lunes, 6 de febrero de 2017

Viaje de negocios

Hola; quisiera relatarles una aventura – casi insólita para mí - que me acaba de suceder. Tenía que ir al D.F., por cuestión de negocios. Tenía una cita de negocios el día 3 de noviembre, jueves, así que, quise aprovechar la combinación de días y hacer “puente”, pues el 1 y 2 de noviembre no se trabajaban, así que, me fui desde el 31 de octubre, lunes.

Me describo, para que entiendan mi situación: soy una mujer casada, pero separada de mi marido, quien no vive conmigo desde principio de año, que se fue para los estados unidos. Yo tengo 39 años y tengo dos hijos, uno de 23 años y otro de apenas 6, aunque el mayor vive con su papá en los estados unidos. Mi familia tiene una plantación de naranja y mi mercado principal es la ciudad de México DF, sin embargo, como las cosas han estado muy difíciles, mi marido se tuvo que ir a los estados unidos a buscar trabajo, llevándose a mi hijo mayor; andan por allá desde principio de año, hace ya casi 11 meses, aunque mi marido vino a pasar el fin de semana, apenas un día antes de mi viaje al DF.

Bueno, regreso al relato: llegué al DF a la hora de la comida; me fui al hotel, dejé mi equipaje y bajé a comer, pues me venía muriendo de hambre. Ahí, en una mesa vecina, estaban comiendo 3 chicos: uno de ellos, que me quedaba de frente, me saludaba y “se me lanzaba” desde lejos. Bebían cervezas y levantando su tarro me dijo: ¡salud!, a lo lejos. Me sonreí y agaché mi cabeza.

Luego de unos momentos, se me acercó uno de los meseros y me preguntó si quería una cerveza, pues el muchacho de la otra mesa me la estaba mandando. Le pedí una ”corona” y le di las gracias al chico, desde lejos.

Aquí vuelvo interrumpir el relato para darles una descripción de mi personita: mido 1.60 m; no soy delgada, pero tampoco soy gorda, soy quizás “rellenita”, como se usaban las mujeres hace ya algunos años. Soy trigueña – morena clara, cabello obscuro, ojos cafés claros, senos medianos: no grandes, no chicos, piernas bonitas, nalgona, carácter amigable, risueña, amiguera.

Terminé de comer y pedí la cuenta pero:

      & ya está pagada, la pagaron de aquella mesa,

me dijo el mesero. Me levanté, y ese chico se me acercó:

      = Señora…,

      + Muchas gracias, no debió de haberse molestado, se lo agradezco…

      = No faltaba más señora…, es un homenaje a su belleza…

      + gracias…,

le dije, nuevamente, agachando mi cabeza, algo abochornada por los piropos del chico, poniéndome a caminar hacia el elevador del hotel. El chico me acompañó:

      = ¿Está hospedada en el hotel…?,

me preguntó:

      + Sí…,

le dije, cortada, apenada, sintiéndome algo incómoda por la situación:

      = nosotros somos de Sinaloa…, venimos a las carreras, al “Gran Premio de

        México…”

      + ¡ah…!,

exclamé, más sorprendida aún, pues yo no sabía de qué se trataban “las carreras” que me mencionaba ese chico.

Yo creo que él comprendió mi extrañeza y entonces:

      = Yo me llamo Porfirio... Estamos en el 3er piso…

      + Yo me llamo Marel; y también estoy en el 3er piso…

      = ¿Viene sola…?

      + sí…, de negocios…, bueno…, también de compras y…, también de paseo…

      = ¿fuma?,

me dijo, ofreciéndome de su cajetilla. Me lo prendió y nos pusimos a fumar, mientras esperábamos el elevador. Nos subimos y:

      = ¿Qué piensas hacer en la tarde…?.

Me dijo ese chico, comenzando a tutearme. No le di importancia y le contesté:

      + no tenía pensado nada especial…, quizás ir al centro…, de compras…, mirar aparadores…

      = ¿Y en la noche…?,

me preguntaba, justo cuando llegábamos a mi piso.

      = ¿No vas irte de “Halloween” a algún lado…?.

me sonreí y lo voltié a ver:

      + ¡Cómo crees…!. ¡No…!, no lo creo…, no tenía pensado salir…

      = Bueno…, nosotros vamos a ir aquí abajo…, hay un grupo y animación…

me dijo, cuando llegábamos a mi cuarto.

Iba yo a abrir pero él, tomando mi llave, me abrió. Iba a meterme a mi cuarto cuando él me dijo:

      + ¿No necesitas un acompañante para tus compras…?

Me voltee hacia él, levanté la mirada – pues era más alto que yo – y algo intrigada le pregunté:

      = ¿acompañarme…, de compras…?

      + sí…,¿no dijiste que ibas irte de compras…?.

      = ¡aaahhh…!.

No sabía qué decir, pero el chico ese agregó:

      = quieres…, paso por ti en 10 minutos…, el metro pasa aquí enfrente y nos deja en el centro…

      + ¡aaahhh…!.

Yo seguí sin saber qué decir y el chico, despidiéndose me confirmó:

      = te veo en 10 minutos…

Me dio un beso en la mejilla, se dio media vuelta y se fue. Me dejó toda tonta.

Me metí al cuarto a cambiarme, pues andaba todavía de mallones, con los que me había venido en el autobús. No estaba arreglada, tenía que maquillarme y…, ¡no me iba a dar tiempo de hacer todo eso en tan solo 10 minutos!, pero me quise apurar…

Me quité los mallones en la recámara y de paso las pantaletas, unas negras: ¡estaban todas blancas de la entrepierna!. Tan sólo de estar platicando con ese muchacho me había calentado, aunque hacía menos de un día que acaba de tener sexo con mi marido, ¡y por tres veces, durante dos días seguidos!. Era que…, tenía tanto tiempo de no tener un “ligue” así…, ¡por más de 20 años sin un solo ligue…!, ¡desde que era yo una muchacha!, ¡cuando estaba en a secundaria y los muchachos me pretendían y a veces hasta me robaban un beso…!, hasta que conocí a mi marido, que me lleva casi 10 años, que era el “asistente” de mi papá, pues lo ayudaba con todo en la plantación…

¡Me sonreí de las ideas locas que me venían a la mente…!. Me quité la pantaleta y me la llevé hasta mi nariz: ¡tenía un olor muy fuerte y muy penetrante!..., ¡a sexo!. ¡Me sentí apenada por mis pensamientos!. Aventé la pantaleta sobre la cama y me fui para el baño.

Me metí y me di un baño rápido y salí a la carrera. Ya había terminado pero aún no me arreglaba ni me vestía, cuando oí que tocaban a la puerta de mi cuarto. Me asomé por la mirilla de la puerta: ¡era él!.

      + ¡Aún no termino de arreglarme Porfirio…,dame 15 minutos más por favor…!,

le grité, sin abrirle la puerta, pues estaba desnuda de la parte de abajo.

      = ¡ok…, pero arréglate muy bonita…, pues te voy a andar presumiendo lo linda que eres…!,

me gritó ese muchacho, desde el pasillo, ¡y me emocioné nuevamente!. ¡Hacia tanto tiempo que no tenía un “ligue” así…!: ¡desde que estaba en la secundaria…!, ¡desde antes de embarazarme de mi hijo mayor…!. ¡Sentí una descarga en mi sexo!, ¡sentí que comenzaba a fluirme!. ¡No era posible!. ¡Qué cosas estaba pensando!. ¡Eso no era posible!. ¡Ese chico…!, ¡era apenas un chico de la edad de mi hijo!, ¡podría ser mi hijo!, ¡estaba muy jovencito!, pero…, ¡estaba seguro que le interesaba!..., sí…, y él…, ¡él me interesaba también…!, ¡había retenido mi atención y se me hacía muy guapito…!.

Me comencé a arreglar; me puse unas pantaletas limpias, ahora unas rojas, pues también me puse otros mallones, rojos, para que no se notaran. Me cambié mi blusa: me puse una blanca. Me maquillé la cara pero me faltaba peinarme, cuando tocaron la puerta.

      + ¡aaahhh…, pásale…, ya casi termino…!,

le dije al muchacho, abriéndole la puerta e invitándolo a pasar, mientras yo me sentaba en la banqueta del tocador para cepillarme el cabello: ¡nunca lo pensé…!, ¡senté a Porfirio justo a un lado de mis pantaletas usadas!. Él las vio, las tomó, las volvió a ver y…, al verlo por el espejo, como de rayo me levanté:

      + ¡disculpa el desorden…!,

y casi arrebatándoselas de su mano, las eché en un cajón, junto con los mallones y la blusa con la que había yo llegado del viaje. ¡Me sentí “descubierta”, de mi intimidad…!. ¡Había estado mirando esa mancha blanca de mis secreciones en la entrepierna de mis pantaletas!. ¡Qué pena…, qué bochorno…, qué mal me sentía ante ese muchacho…!.

Tomé una chamarra (chaqueta), aún fastidiada conmigo mismo y nos fuimos. Abajo nos estaban esperando sus dos compañeros:

      = ¡Fabricio…, Leonardo…!.

      + ¡Marel…!.

Nos fuimos caminando hasta la parada del metro; sus dos acompañantes iban platicando entre sí; yo me fui platicando con él. Le decía, en plan de broma, que “hacía mucha gente que no me subía al metro”, pues tenía ya casi 7 años que no venía al DF e íbamos completamente apretados.

Llegamos al “zócalo” (plaza mayor de la ciudad de México): ¡qué bella es esa plaza!. Me quedé embobada viéndola: el palacio, la catedral, los portales.

      = ¿Conoces la catedral?

      + No…

      = Nosotros tampoco. ¿Vamos?

Entramos. ¡Qué hermosa!.

Alguien nos dijo que desde un hotel de ahí cerca se veía muy bonita la plaza. Entramos a ese hotel. Subimos al “mirador”. ¡Precioso!. Me estuve tomando fotos con ellos. Me abrazaban, como si fuéramos conocidos de toda la vida. ¡Nunca le vi nada malo a eso!.

     

¡Cuando salimos del hotel ya éramos los mejores amigos del mundo!. Íbamos bromeando, platicando, comentando. Íbamos a ir de compras a una tienda, a un “gran almacén” de por ahí y, al salir, Porfirio me tomó de la mano y…, así de la mano y abrazados nos fuimos, caminando por las calles de la ciudad.

Esa tienda era de “departamentos”. Ahí nos separamos: yo quería ver la ropa y artículos para decoración del hogar. Porfirio dijo que me acompañaba y los otros dos chicos se fueron a algún otro departamento.

Luego de comprar algunas cosas para la casa, me fui a “Damas”. Porfirio me llevaba de la mano, ¡no me soltaba!; me decía que me comprara una minifalda:

      = ¡Con esas piernotas que tienes…, te vas a ver súper linda…!.

¡Sus piropos espontáneos me hacían “echarme a volar”, como si fuera globito!, y me hacían mojarme de mi entrepierna también, sin yo siquiera pensarlo.

Porfirio me decía que me comprara tal o cual cosa, como se vestían sus amigas, sus compañeras, ¡pero le llevaba 18 años!. Él apenas andaba en los 21 yo andaba en los 39, ¡y mi hijo tenía ya los 23!.

Porfirio escogió dos minifaldas: una roja y una azul marino, y me pidió que me las probara. Las tomé y me metí al vestidor. Me puse la minifalda roja por encima de los mallones, rojos y luego de eso, me miré en el espejo: ¡no me la creía de que fuera yo esa mujer tan “atrevida” que reflejaba la imagen de aquel espejo!.

Salí. Porfirio me miró fijamente, recorriéndome de arriba abajo con su mirada escrutadora, y luego de ello me dijo:

      = ¡Nooo…, así no…, tienes que quitarte esos mallones…, así no luce la minifalda…!,

en un todo molesto, de desagrado.

Me sentí mal y me regresé de inmediato al vestidor: me quité primero la minifalda y luego los mallones, me quedé solamente con mis pantaletas, unas rojas, caladas, de encaje, y con una blusita blanca.

El espejo atrajo mi atención y me vi, semi-desnuda, apenas cubierta de mi parte inferior, aunque se miraban completamente las pantaletas, rojas, que de inmediato llamaban la atención de cualquier mirada y, por supuesto, mis piernas y muslos, resaltados por mis zapatillas blancas, de tacón alto.

Estaba absorta en mi propia contemplación cuando se asomó Porfirio por la cortina del vestidor:

      = ¡De verdad que te ves súper linda…!

      + ¡Porfirio!,

Le dije, cubriéndome mis piernas y pantaletas con la mini - faldita:

      = ¡Dame un besito…!, ¡por linda!.

      + ¡Cómo crees…, estás loco…!. ¡Ya vete de aquí…, nos van a llamar la

        atención…!.

      = ¡Si no me das un besito…, no me muevo de aquí…!

      + ¡Cómo serás…!,

y estirándome un poco, le quise dar un beso en la mejilla, pero él me puso los labios y fue un beso fugas, un “pico”, en la boca, que me hizo volver a mojarme todita de la pantaleta, y luego de eso, el chico cerró la cortina, y yo, temblando de la emoción y la excitación, terminé por ponerme aquella faldita.

Me puse la minifalda. Me miré en el espejo: ¡hacia tanto tiempo que yo ya no usaba una minifalda…!;¡desde que iba a la secundaría, ¡hacía ya más de 20 años…!.

Me sentí nuevamente emocionada y, con ganas de llamarle la atención al muchacho, de gustarle, a pesar de la diferencia de edades, y salí. No pudo aguantarse al verme y me soltó una expresión:

      = ¡Te ves súper buena Marel…, qué piernotas que tienes…!.

        ¡Se te miran unas nalgas…, bien paraditas y respingadas…!.

        ¡Estás… pa’ co…merte completamente…!.

¡Me dieron mucha pena sus comentarios!, me sentí muy cortada y hasta culpable:

      + ¡No hay que ser, Porfirio…, no seas así…, nomás trato de darte gusto…!.

      = ¡Y me lo estás dando, bonita…, te lo digo deveras…, te miras muy linda y sabrosa con esa mini faldita…!. ¡Se te paran muy ricas tus nalgas…!,

me dijo, acariciándomelas fugazmente por encima de la faldita.

      = ¡Estás… pa’ co…merte por toda la noche…!.

      + ¡Porfirio…, no sigas…!,

Y el chico, sonriente, se me acercó y me dio un nuevo “pico” en la boca:

      = ¡Te ves muy bonita, preciosa!.

¡Me dio mucha pena!, pues al darme ese beso, una señora, la dependienta, nos estaba mirando y me separé de su lado.

      = ¡A ver…, pruébate la otra faldita…!.

Me dijo, cuando me separé de su lado y me metí al vestidor. Me quité la primera minifaldita y, estaba a punto de ponerme la otra, cuando se asomó de nuevo Porfirio por la cortina del vestidor:

      = ¡Estás súper linda…!

      + ¡Porfirio!,

      = ¿Qué…? ¡Es verdad…, estás súper linda…!

      + ¡Ciérrale ahí…!,

le dije, nerviosa de que nos fuera a ver nuevamente aquella dependienta, que ya nos había sorprendido besándonos:

      = ¡Ya sabes el precio…, mi beso…!.

y estirándome un poco de nuevo, nos dimos otro “pico” en la boca.

¡Estaba emocionadísima!. ¡Me sentía fascinada con ese chico pretendiéndome!, ¡aunque fuera muchos años más joven que yo!; ¡lo sentía de mi edad!, o mejor dicho, ¡me sentía de su edad!, jugando a los novios o enamorados.

Me probé la segunda faldita y el resultado fue similar, ¡también le gustó mucho a ese chico!, así que…, decidí comprarme las dos.

Me probé y me compré también, a insistencia de ese muchacho, un vestidito color rosa encendido, corto, entallado a mi cuerpo, con largo de minifalda, plisado de la parte de abajo y con un “vuelo” bonito; me daba a la mitad de mis muslos y por el frente tenía un escote muy amplio, que mostraba mis tetas, mucho más de lo que yo hubiera querido mostrarlas, pero Porfirio insistió.

Me lo iba a quitar luego de probármelo, pero Porfirio me dijo que me lo dejara:

      = ¡me gusta mucho el vestido, déjatelo!,

y pasándome su mano por mi cintura, unió su boca a mi boca en el momento de decirme que me lo dejara. ¡Me hizo volver a volar de emoción!, y me lo dejé.

Me compré unas playeras y un par de corpiños también. Entre ver una cosa y ver otra, llegamos al departamento de “lencería”. De tan solo ver toda esa ropa interior…, ¡mi sexo se me mojó!. ¡Me vine de golpe, una venida muy fuerte!. Porfirio me hablaba y decía no se cuántas cosas, pero yo estaba concentrada en esas venidas que me estaban llegando en ese momento.

      = ¿Ya me haces caso?,

me dijo Porfirio, entre serio y bromeando:

      = ¡mira lo que me encontré!,

me dijo, señalando el departamento de lencería y más específicamente señalando un maniquí que tenía un conjunto de ropa interior para dama: brasier – pantaleta, de un color rosado salmón, muy bonito y cachondo, con un tejido casi transparente, con vivos negros, muy gruesos en los extremos de la pantaleta y brasier. Le puse mi mano de un lado de la telita y…, ¡se miraba completamente!. ¡Era calado, transparente, insinuoso, cachondo, caliente!. Porfirio exclamó: 

      = ¡mira, está como para una noche de sexo…, cabrón…!.

¡Sentí otra descarga  más recorrerme mi cuerpo!, y solamente le dediqué una sonrisa, nerviosa, y luego le dije, tratando de minimizar el asunto:

      + ¿Qué sabes tú de esas cosas?

      = No mucho…, pero ando queriendo aprender… ¿No quieres ser mi maestra?

      + ¡Tonto…!. ¡Tengo un hijo mayor que tú…!.

      = Bueno…, y eso qué…,

      + ¡Que estás loco con tus ideas…!

      = ¿Me dejas que te lo compre…?.

      + ¿Para qué Porfirio…, estás loco…!.

      = Para una noche de sexo cabrona…, ya te lo dije…

      + Pero…,¿y eso?, ¿cuándo…?.

      = a tu regreso…,

      + ¿a mi regreso, a mi casa…?,¿con quién…?,

      = ¡con tu marido…!

      + ¿cómo crees?, ya te lo dije Porfirio…, yo vivo sola…, mi esposo está en los estados unidos…

      = ¡bueno…, entonces…, con quien tú mejor quieras…!, ¡consíguete un buen amante…, un chavo guapo, cogelón, ganoso, que te traiga muchas ganas,

         que ande loco por ti…!,

me dijo, tocándose el pecho, señalándose a sí mismo, pero sin hablar.

      + ¡Estás súper loco…, no inventes…!.

Pero de inmediato el chico le habló a una dependienta, una señora un poco mayor que yo, ¡la misma que nos había visto cuando nos dimos el beso!, la cual se acercó presta, para atendernos, y mientras estábamos en eso, algo retiradas de Porfirio, la señora me dijo:

      % ¡Qué envidia señora…, qué suerte…, con ese chico, tan joven, tan guapo…!

y de inmediato añadió una pregunta:

      % ¿no le gustaría llevarse puesta esa pantaleta?.

Voltié a ver al chico y luego nuevamente a aquella señora y, toda emocionada, le pregunté:

      + ¿puedo?

      % ¡Claro…, ya las pagó!,

Y de manera inconsciente voltié a ver nuevamente a ese chico, que seguía “fisgoneando” la lencería. Le hice señas y luego le dije en voz alta:

      + ¡Voy al probador nuevamente!.

Me metí. Me quité mis pantaletas rojas y me puse esas otras, las nuevas, de un color rosado salmón, muy cachondo, en un tejido casi transparente que dejaba mirar la pelambrera de mi pubis, enmarcada por vivos negros en los extremos.

Porfirio se asomó para espiarme y yo se las enseñé brevemente, ya puestas, levantándome la orilla del vestidito:

      + ¿te gustan?

y de inmediato dejé caer mi vestido:

      = ¡están bien cachondas…!, ¡para una noche de sexo…, cabróooon…!

Recogí mis bolsas que ya llevaba y salí. La dependiente, no se si igualmente emocionada que yo, tan solo me dijo:

       % ¡Que lo disfrute mucho, señora!.

¡Me volví a venir en ese preciso momento!. ¡Porfirio estaba feliz!; ¡yo estaba tremendamente excitada y emocionada!, ¡me sentía como una chiquilla con su primer novio!.

Buscamos a sus compañeros y nos regresamos para el hotel.

En cuanto me vieron, de inmediato hicieron la exclamación:

      & ¡qué bárbara…, te ves muy bonita!

      # ¡De verdad…, te ves bien chavita…!

      & ¡Y bien buena!,

Y nos soltamos todos a reír.

Ya pasaba de las nueve de la noche. Porfirio y yo nos fuimos abrazados hasta el metro y ahí, nos fuimos besando. Bajamos tomados de la mano y así nos dirigimos hasta el hotel.

      = ¿Cenamos?

      + Bueno…, voy a dejar esto al cuarto y los alcanzo en un rato.

      = Te acompaño,

dijo Porfirio, y nos fuimos hacia el elevador. Porfirio me llevaba abrazada y mientras esperábamos el elevador, me buscó nuevamente mi boca con su boca y nos estábamos dando un beso cuando llegó el elevador. Nos subimos, marcamos el piso 3 y nos volvimos a besar, ahora en un beso muy cachondo, que Porfirio acompañó con un descarado apretón a mi vulva, acompañado de un intento de introducción de su dedo por mi rajadita, a través de mis ropas, que me hizo sentir mariposas en el estómago y mirar un cielo lleno de luces de mil colores. ¡Me hizo venirme en el preciso instante en que sentí su dedo en mi rajadita!.

      + ¡Porfiriooo…!,

Le dije, envuelta en mi paroxismo.

Cuando llegamos al piso 3 y se detuvo el elevador, también Porfirio se detuvo; suspendimos nuestro beso y me dijo al oído, con una voz muy cálida y sugestiva:

      = ¡Tengo muchas ganas de meterte la verga!,

y sin decir nada más, nos salimos del elevador hacia el pasillo, en donde nos volvimos a besar con pasión. Yo me le colgaba de su cuello sin dejar de besarlo y él me levantó el vestidito por la parte de atrás y comenzó a acariciarme las nalgas y las pantaletas: ¡estábamos "fajando” de manera indecente a la mitad del pasillo!, ¡con riesgo de que alguien nos viera!.

Comenzó a meterme sus dedos y manos por debajo de mis pantaletas, al tiempo que me repitió:

      = ¡Tengo muchas ganas de meterte la verga!.

No pude evitarlo, y de mis labios salió una frase que me traicionó;

      + ¡Yo también…!,

y volví a ofrecerle mis labios, a otro beso lascivo y cachondo.

En cuanto suspendimos el beso y sin decir nada más, nos fuimos hasta mi cuarto. Me pido la llave, se la di, entramos y apenas cerramos la puerta, de inmediato me metió su mano por debajo de mi faldita y mis pantaletas y se puso a acariciarme mi sexo, mi rajadita, a llenarme de dedo, aprisionando de manera muy rica mi clítoris, haciéndome proferir dos gemidos al momento que me sacaba un nuevo orgasmo.

      + ¡Porfiriooohhh…, ooohhh…, aaaggghhh…, aaaggghhh…!,

luego del cual, nos lanzamos sobre la cama. Le empecé a quitar la playera que llevaba, una negra. Él se incorporó y me facilitó el sacársela por encima de su cabeza.

Apenas se la saqué, de inmediato se flexionó hacia a mí, que seguía sentada en la cama y sus labios buscaron mis labios, pero su mano, la derecha, también se introdujo a la mitad de mis piernas, llegándome hasta mi sexo, haciéndome soltar un gemido de placer:

      = ¡Aaaaggghhh…!.

Sin quitarse los jeans se lanzó sobre de mí, sin dejar de besarme, con su torso desnudo, acomodándose a la mitad de mis piernas, colocando su pubis sobre mi pubis, empujando con fuerza, haciendo ya los movimientos de coito, pero los jeans estorbaban y por ello:

      + ¡quítatelos!,

le pedí.

Y mientras él se quitaba la ropa, yo procedí a sacarme el vestido, el rosita, ese que acaba yo de estrenar.

Se quitó los zapatos, los jeans y tan solo con sus bóxers se puso a contemplarme, parada a la orilla de la cama, con mis zapatillas de tacón alto y ese juego de ropa interior rosa salmón que tanto nos había gustado a los dos:

      = ¡de verdad que estás…, para una noche de sexo cabrón…!.

Se fue sobre de mí: nos abrazamos, nos besamos con pasión y luego rodamos sobre la cama, él por encima de mí.

Nos continuamos besando por unos instantes, hasta que él comenzó a “bajarse” por encima de mí, besando mi cuello, mis senos – por encima de mi brasier – mi pecho, el estómago, mi ombligo y siguió descendiendo hasta llegarme a mi vientre.

Me comenzó a besar mi monte de venus, por encima de la pantaleta:

      = ¡Se te ven muy cachondos tus “pelos”!.

      + ¡Son todos tuyos, chiquito!,

le respondí, emocionada, entregada, rendida ante ese muchacho, más jovencito que mi hijo.

Me estuvo besando mis vellos púbicos a través de mis pantaletas por un buen momento y luego procedió a bajármelas, a quitármelas.

Las tomó con sus dos manos de la parte superior y comenzó a jalarlas hacia abajo.

Aparecieron mi monte de venus y mis vellos púbicos, ya desnudos, y el chico se detuvo por encima de ellos, para comenzar a besarlos, ahora de manera directa: ¡me tenía emocionada, excitada, caliente!, ¡hacia tanto tiempo que no me besaban ahí!:

     + ¡Sí chiquito…, bésame ahí…, ahí…, así…, sigue mi niño…, síguele así…!

Sentí su aliento sobre mi vulva, sus labios sobre mis labios vaginales, su lengua sobre mi clítoris y:

      + ¡aaahhh…, aaasíiii…, síii…, sí…, sígueleee…, aaahhh…, síiii…!.

Y volví a venirme completamente, ¡en la boca del chico!, de manera profusa, en medio de gemidos y ayes muy placenteros:

      + ¡me vengo…, me vengooo…, chiquitooo…, mi lindooo…, mi bebéeee…!.

Luego de eso, sentí que me retiraba su boca de mi sexo y luego, entre brumas, enmedio de un gran orgasmo, sentí que me colocaba algo muy duro en la mitad de mis labios vaginales y comenzó a penetrarme, con fuerza, hasta el fondo.

Estaba yo tan batida, tan venida, tan lubricada, que no tuvo ese chico ningún problema para penetrarme hasta el fondo:

      + ¡Paaapiiitooo…!,

Le dije, al momento de sentirlo tan adentro de mí:

      + ¡Qué rico mi niño…, qué rico mi cielo…, mi lindo…!,

y comenzó a bombearme, con fuerza, de manera decidida, como queriendo romperme. ¡Sentía que me llegaba hasta el corazón con cada bombeada!.

      + ¡Paaapiiitooo…!,

      = ¡Putita…!,

me dijo.

No me hizo efecto la frase, de manera inmediata, pues me seguía bombeando con mucha fuerza y de manera muy deliciosa, pero luego, a cada empujón que me daba, me volvía a repetir:

      = ¡puta, puta, puta…!,

y luego de casi cinco minutos de bombear sin parar, me convenció de lo que decía, así que, cuando me preguntó, sin dejar de bombearme:

      = ¿quieres volverte mi puta?,

de manera automática le respondí:

      + ¡sí mi rey…, soy tu puta…!,

y no se qué efecto fue aquel que me produjo, que aceleró fuertemente otro orgasmo y me hizo gritarle, repetidamente, mientras me estaba viniendo:

      + ¡Soy tu puta…, tu puta…, tu puta…!,

al mismo tiempo que el chico aquel me depositaba su semen en el fondo de mi vagina.

Terminó de vaciarse dentro de mí con un par de estocadas muy compulsivas y luego de reposar por un rato, recostado por encima de mí, levantándose un poco, separando un poco su cara de la mía y su tórax de mis pechos, me miró fijamente, me tomó mi barbilla con su mano derecha y me volvió a preguntar:

      = ¿eres mi puta?,

y yo se lo confirmé:

      + ¡Sí mi rey…, soy tu puta…!.

Él se rio y yo también.

Se levantó de la cama y:

      = ¡vámonos a cenar…!.

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