viernes, 10 de febrero de 2017

¡Hola, Amanda! Soy tu madre

Enclaustrado entre montañas tan altas que llegan a tocar las nubes, a cien mil kilómetros de la modernidad y justo en medio del olvido, se encuentra un pequeño y calmado pueblo cuyo nombre ni sus habitantes ya recuerdan. En ese pequeño y calmado pueblo cuyo nombre ni sus habitantes ya recuerdan, en el inicio (que también es el final) de la calle principal (que también es la única), se ubica un restaurante que de tan sucio hasta a las moscas provoca asco.
Y en ese restaurante que de tan sucio hasta a las moscas provoca asco, sentadas una frente a la otra, como las primeras clientas en años y años, con sodas que no se atreven a beber enfriando sus manos, dos mujeres parecen platicar.

Ambas lucen jóvenes, a pesar de que aparentan mucha más edad de la que en verdad tienen, por el maltrato de la vida, por lo duro que el tiempo ha sido con ellas. Las dos son pelirrojas y de rostros cubiertos de pecas, que bien podría tratarse de manchas de mugre pues se nota que en el pueblo agua es una palabra que hace mucho no pronuncian. De ojos rasgados, narices pequeñas y labios resecos, hay un gran parecido entre ellas. Algo así como si la mayor, esa vestida con un vestido blanco que de tan gastado se ha tornado ya amarillo, fuera madre de esa la más chica, la que lleva puesta una percudida ombliguera y unos monos pantalones a la cadera que con sus ridículos adornos en falsa pedrería hacen que se noten menos las lonjas que le cuelgan a los lados.

Hace rato que no dicen nada. Me pregunto si en verdad hablaban o simplemente miraban en silencio pasar a la nada. O si acaso no estarán muertas, y por eso no sueltan las sodas a pesar de que ni siquiera han sido abiertas. Si no serán unas fantasmas que se niegan a marcharse del lugar pues entonces volvería a quedarse solo, como casi todo y todos en el pueblo, como se sienten ellas aún estando acompañadas, una de la otra pero sin realmente estar ahí. Hace rato que no dicen nada, pero como que la más pequeña, esa que tiene dieciséis y no los treinta que la tristeza en su mirada refleja, se va animando a abrir la boca. Se moja los labios. Cruza la pierna. Inquisitiva le clava los ojos a quien pensamos es su madre, y finalmente escupe su interrogante.

– ¿Por qué fuiste a prisión? ¿Qué hiciste? – inquiere en tono desinteresado, como si en verdad no quisiera saberlo pero por alguna razón se sintiera obligada a continuar con la conversación, al menos por un rato.

– ¿De verdad quieres saberlo? – cuestiona la más vieja y maltratada, como si adivinara la verdadera apatía de la muchacha.

– La verdad… ¡no! – responde ésta –. ¡Me importa un bledo lo que hayas hecho! Pero… ¿de qué más podríamos hablar? ¿Eh? Si ya viniste hasta acá…

– ¿De qué más podríamos hablar? Sí, creo que de nada – apunta la de vestido, suspirando –. Pues bien, creo que entonces habré de confesarte mis pecados – sugiere preparándose a relatar esos los sucesos que la llevaron a permanecer más de quince años encerrada, tras las rejas de una celda más fría que la soda que ahora suelta. Entrelaza sus dedos, agacha la cabeza y se decide a hablar.

De esto que te cuento han pasado ya bastantes años. ¡Estaba yo en preparatoria! Corría el mes de octubre, lo recuerdo bien porque todos traían sus disfraces. No hubo clases esa tarde. Era la celebración del día de brujas y…



En cuanto Gloria entró al salón de clases, las miradas de todos sus compañeros y compañeras cayeron sobre ella. Siempre llamaba la atención, a donde quiera que fuera y donde quiera que se parara. No era hermosa, sus pecas y sus rasgos en cualquier otra habrían causado inclusive repulsión. No tenía un buen cuerpo, era flaca, de piernas algo chuecas y senos demasiado pequeños, casi planos. Pero en ella había algo, ese no se qué del que tanto escuchamos y decimos mas no podemos explicar, que a todos gustaba, que todos deseaban recibir de ella al menos un saludo. Sin embargo, no era su imponente presencia por lo que esa tarde todos la miraban. La seguridad y vivacidad, esa sonrisa de oreja a oreja con que ella atravesaba el aula cada día se había ido, en su lugar se percibía un nerviosismo y un halo de melancolía que la hacían lucir como un alma vieja, como una mujer amargada y sin ganas de vivir, y por eso la observaban. Se notaba en sus ojos un gran dolor, y una enorme turbación, como si estuviera a punto de cometer una locura, una de cuya magnitud nadie tenía las más mínima idea.

Gloria se sentó en su butaca, abrazando su mochila como si guardara en ella un gran tesoro. No contestó a uno solo de los saludos, no respondió a uno solo de los cuestionamientos. Permaneció callada y con la vista perdida al frente hasta que apareció la profesora y en el pase de lista pronunció su nombre. "Presente", murmuró la muchachilla como si quisiera no ser escuchada, como si quisiera pasar desapercibida para que así nadie supiera de su miseria, de su pena y su vergüenza. Y luego, otra vez calló. El equipo al que tocaba exponer pasó al frente y comenzó a impartir la clase. Ella siguió abrazando su mochila, sin poner atención, sin hacer una sola anotación. No fue hasta que su compañero Pablo, ese chico regordete y de lentes, el típico matado que no ha de faltar en cada grupo, tomó la palabra, que Gloria salió de su ensimismamiento y levantó el brazo, en señal de querer formular una pregunta.

– ¿Quieres preguntar algo? – inquirió la profesora, refiriéndose a la chamaca.

– Sí – respondió Gloria poniéndose de pie –, quisiera saber… – metió la mano en su mochila, como buscando algo – ¡cuántas balas se necesitan para matar a un cerdo! – gritó al tiempo que sacaba de su valija un revólver y apuntaba con éste a la cabeza del gordito.

– Pero… ¡Gloria!… ¡Cálmate, por favor! Baja esa arma – suplicó la profesora mientras que los alumnas, aterradas, lanzaban alaridos y se amontonaban en los rincones, y los alumnos, un tanto más calmados pero no por eso menos aterrados, se quedaban estáticos y en silencio, como esperando el primer disparo.

Todos habían notado algo extraño en la actitud de Gloria. Todos se habían dado cuenta de que algo le ocurría e incluso uno, ese adicto a pensar siempre lo peor, que algo tramaba, pero nadie imaginó que esa atractiva pelirroja que a pesar de su poca belleza enloquecía a todos cogería la pistola de su padre y apuntaría con ella al más dedicado y estudioso de la clase. En medio de los alaridos y del miedo, se preguntaban qué la motivó a tomar esa decisión. Se cuestionaban acerca de las razones que la orillaron a semejante acto de locura, mas nadie se las dijo. Gloria no estaba ahí para hablar, para contarles el porque, y Pablo… Pablo estaba de espaldas contra el muro, deseando que éste no existiera para poder huir, con los pantalones mojados y el rostro desencajado del pavor de verse señalado con aquel pequeño pero letal cañón, incapaz de siquiera articular palabra.

– ¡Gloria! ¡Por favor! – insistió la profesora, tratando de hacer entrar en razón a la muchacha.

– ¡Por favor, nada! – exclamó ella echando un tiro al aire, o mejor dicho al techo, arrancándoles a todos un aullido, un sobresalto –. Entré al salón con la pura idea de acabar con este cerdo y… – apuntó de nuevo a la frente de su compañero – no me iré sin antes haberlo hecho.

Otro disparo, y otro y otro se escucharon por toda la escuela, pero ya no impactaron contra ladrillo ni contra cemento. Ante el horror de la profesora y de los alumnos, que incrédulos observaban alternadamente a víctima y victimario, a cadáver y sicario, Pablo cayó al piso con un orificio en la entrepierna, otro en el pecho y uno más entre las cejas, todos sangrando, todos destilando muerte. Las preguntas, el querer saber las razones y los motivos le dio paso a un odio hacia aquel monstruo capaz de asesinar a sangre fría. Todos la miraron, y no por su atractivo, deseando que sus ojos también fueran armas para así acabar con ella. Todos la miraron, con una ira inmensa que de no haber sido por el miedo se lanzan a despedazarla, y Gloria… Gloria, al ver al cerdo desangrado, finalmente, otra vez sonrió.



Lorenzo estaba harto de la pelirroja. Desde su primer día como profesor de matemáticas, la descarada chica lo había estado acosando. De boca de otros profesores, el joven docente se había enterado de lo fácil que la niña era, y de lo bien que hacía… la tarea. Por su mente pasó muchas veces, cada que la atrevida estudiante le rozaba el paquete o le besaba justo a un lado de los labios, la idea de follarla con tal furia que no le quedaran ganas de follar con nadie, pero necesitaba el empleo y no podía darse el lujo de ponerlo en riesgo. El director no estaba enterado de las aventurillas de su profesorado con la muchachilla, tal vez quizá porque él también había caído en sus encantos, pero eso no era garantía para que él fuera el primero, para que se quedara sin trabajo o, peor aún, fuera a dar a la cárcel, acusado de abusar de una menor a la que se le notaba en cada uno de sus rojos cabellos lo puta que era. Muchas veces estuvo a punto de ganarle la tentación. Muchas veces por poco se baja el pantalón y se la entierra toda y hasta el fondo hasta correrse dentro de ella, pero logró contenerse. Se contuvo a base de recordar su pobre infancia y esa tarde de día de brujas, teniéndola a sus pies mojándole con sus labios la bragueta, quiso jugarle una perversa broma. Pensó en darle una lección y así librarse de ella. Ambas cosas darían resultado, pero nunca imaginó a qué grado.

– Espera. ¡Espera! – pidió Lorenzo al ver que la caliente adolescente comenzaba a bajarle el cierre, buscando extraerle de entre sus ropas la inflamada polla.

– ¿Qué pasa? – cuestionó ella molesta –. No me digas que otra vez piensas echarte para atrás.

– No, nada de eso – aseguró el agitado profesor, animándola a ponerse de pie –. Lo que pasa, es que no quiero que esto se quede en sólo una mamada. Sí me entiendes, ¿verdad? Quiero follarte, ni niña. Quiero meterte la verga hasta bañarte por dentro con mi leche, hasta que me claves las uñas en mi espalda cuando explotes al sentir mis disparos inundando tu coñito. Eso es lo que quiero, pero… ¡no traigo condón! Espérame aquí, ¿sí? Espérame que voy por uno al coche, y enseguida estoy de vuelta.

– De acuerdo. Pero… no te tardes. ¡Que ando bien ganosa! – expresó contenta la muchacha, de pensar que de una vez por todas se le haría con el de matemáticas.

– ¡Ah! – se detuvo el profesor antes de cruzar la puerta –. ¿Por qué no… te vas quitando la ropita? Estoy tan… No quiero entretenerme en desnudarte – apuntó para entonces sí salir, supuestamente a por un condón.

Gloria obedeció la petición de su maestro, estaba demasiado emocionada como para no haberlo hecho. Estaba tan feliz por haber conseguido finalmente seducirlo, que ni siquiera reparó en lo incongruente de aquellas palabras. ¿Para qué necesitaba Lorenzo un preservativo, si ardía de ganas por bañarle los adentros con su semen? ¿Cómo es que iría a buscar uno al coche, si Lorenzo andaba en camiones? Además de lujuriosa, con aquella inocente equivocación la adolescente demostró ser una idiota. Pero bueno, la falta de inteligencia no sería un impedimento para que ese quien se apareciera en lugar del profesor viera en ella una candidata al abuso.

Justo cuando Gloria terminaba de quitarse sus pequeñas y coquetas bragas, Pablo, el estudioso de su grupo, se plantó en la entrada del cubículo y la miró con ojos de deseo, escurriéndole la baba por los labios. Lorenzo, en su intención de burlarse de la chiquilla acosadora, le había dicho al gordito que una sorpresa lo esperaba en aquella oficina. Pensó que las cosas no pasarían de él viéndola desnuda y ella sintiéndose avergonzada, y que después ambos volverían a la fiesta que los demás alumnos disfrutaban en ese el patio más alejado del lugar de encuentro. Con lo que no contaba el bromista profesor, era con que Pablo, en parte por los más de quince tragos que llevaba en parte porque debajo de esas gafas se escondía un degenerado con cuatro violaciones en su haber, se atrevería a ir más allá. Con lo que el joven docente no contó, fue con lo dura que sería para Gloria la lección.

– ¿Qué… demonios haces aquí? – inquirió Gloria tapándose los senos con la mano y el sexo con un trapo –. Vete. ¡Lárgate!

– ¿Irme? ¿Por qué quieres que me vaya si… podemos divertirnos? – sugirió Pablo sobando su entrepierna, que empezaba a verse algo abultada –. ¿No lo crees así?

– Yo… ¡No! – gritó la chamaca tratando de que no se le notara el miedo, ese que sintió al percatarse de la inusual perversidad en la mirada de su compañero –. ¡Vete! Por favor. Que quiero vestirme.

– ¿Para qué? ¡Así estás bien, preciosa! – afirmó caminando hacia ella –. Así me gustas y… – se desabotonó los pantalones camuflajehados de su disfraz de militar – ¡así le gustas! – dejó libre su pene, un grueso y venoso trozo de carne que a pesar de la barriga que colgaba sobre de él lucía impactante, imponente, mucho más grande que el de cualquiera de los profesores de la escuela, al menos que aquellos que Gloria conocía –. ¿Por qué no quitas tus manitas? ¿Por qué no vienes y le das una chupadita? ¡Maldita zorra!

Gloria hizo como que si estuviera sola en aquel cubículo e intentó vestirse, esperando que como por arte de magia la actitud de Pablo se ablandara, pero ese día no estaba de suerte. Cuando hizo por ponerse sus braguitas, el enloquecido chico la tomó de ambas manos y la obligó a besarlo. Ella trató de soltarse, pero entre su delgadez y la fuerza de su atacante pronto tuvo una lengua intrusa entre sus labios, y después un par de manos sobre su cabeza presionándola a ir abajo, al encuentro de aquel monstruoso miembro. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no era la única que ahí lloraba y, lógicamente, Pablo le hizo caso a su amiguito.

– ¡Trágatelo entero, perra! – ordenó el perverso adolescente justo antes de enterrárselo hasta el fondo, de llegarle a ella a la garganta provocándole el vómito –. Pero… ¡Estúpida! ¡Maldita cerda! – la insultó al sentir que le escupía encima los bocadillos digeridos de la fiesta –. ¿Cómo… ¡Toma! – le soltó un puñetazo en la nariz –. ¡Perra! – uno más en el estómago –. Ahora verás. Pudimos habérnosla pasado muy a gusto, pero ahora no tendré piedad. ¿Quién te crees para hacerme semejante grosería? ¿Qué piensas, que sólo los maestros se merecen tus favores, que yo, por gordo, feo y estudioso no tengo derecho a disfrutarte? ¡¿Eh?! ¿Eso es lo que piensas? Pues veamos si… – la agarró de los cabellos y la puso boca abajo contra el escritorio, con el culo en pompa – después de esto… – le separó las nalgas y le acomodó la polla al centro – piensas lo mismo. ¡Zorra!

Gloria no podía ni hablar. Le dolía la cara, le escurría la sangre. Le faltaba el aire, pero aún así gritó como si le atravesaran el alma cuando aquella verga se clavó en su ano sin más lubricante que los desechos con que ella misma lo cubriera hacía unos segundos. Pablo, cumpliendo su promesa, no se apiadó de ella y la penetró sin importarle nada más que su satisfacción, esa que en lo enfermo de sus gustos se incrementaba con los gritos y el dolor de quién con odio cabalgaba. Gloria recibió una a una las feroces embestidas, sintiendo como sus músculos se desgarraban, como la sangre le corría no solo por el rostro. Su compañero, ese en el que todos veían un ejemplo a seguir en cuanto a estudios, arremetía contra ella sin ninguna compasión. Se la dejó ir hasta que la supo destrozada por atrás, y entonces, sin cambiar de posición, le siguió por adelante. A pesar de que ese orificio había recibido ya a más de uno, no dejó de dolerle, no dejó de aullar ante el impresionante grosor y tamaño de lo que sin su consentimiento la invadía. Para su fortuna (eso fue lo que en aquel momento ella pensó), esos primeros minutos en su culo hicieron que Pablo no aguantara mucho, y casi en cuanto le llenó el coño se corrió dentro de ella, derramándosele el semen por las piernas de lo abierta, poniéndole una mancha más a la vergüenza, a la maldita humillación.

Y una vez satisfecho, una vez saciada su sed de sexo, el degenerado chico se orinó encima de ella, acabando de pisotearle la dignidad. Luego, vaciada su vejiga, abandonó el cubículo sin ningún remordimiento. Por el contrario, orgulloso de haberle dado su merecido a la más puta del colegio. Gloria lo miró marcharse, sintiéndose por primera vez en su vida una basura. Maldijo a Dios por castigarla de esa forma. Maldijo a Lorenzo, a Pablo y al mundo entero hasta que… por su mente cruzó la idea más maravillosa. Con los ojos clavados en el día de mañana, se levantó y como pudo limpió de su cuerpo los rastros del abuso. Se vistió y, con una malévola sonrisa rematando su disfraz de bruja, partió con rumbo a casa. A su verdugo… ya le llegaría la hora de pagar.



… Fue por eso que lo maté y… el resto ya lo sabes.

– ¡Esa es mi historia! – finaliza quien ahora sabemos en efecto es la madre –. Dime, ¿qué piensas?

– Pues… ¿Qué habrías hecho conmigo de no haber ido a la cárcel? – inquiere la que ahora sabemos sí es la hija –. ¿Me habrías querido? ¿Me habrías criado?

–… No lo sé – responde la del vestido que era blanco –. La verdad no se qué habría hecho. Siendo honesta, por un lado, me quitaron un peso de encima. Creo que… ¡No sé lo que creo! Mejor pregúntame otra cosa.

– ¡Vaya! Al menos no mentiste. ¿Y otra cosa? A ver… ¿Para qué viniste? ¿Por qué decidiste buscarme? ¿Por qué no te quedaste como estabas y me dejabas a mí igual?

– No estoy segura. Tal vez… para verte. Creo. Porque soy tu madre. O… Porque… No quiero que pases por lo mismo que pasé, no quiero que un desgraciado se aproveche de ti y pensé que mi experiencia podría servirte de algo, no lo sé. Por la sangre.

– ¿Por la sangre? ¿Para que no pase por lo mismo? No te preocupes… ¡madre! A mí no me va a pasar lo mismo. ¡Nunca!

– Me alegra que estés tan… segura.

Gloria y su hija se quedan en silencio por un rato, mirándose nomás. Ya una se ha desahogado y ya la otra ha escuchado esa explicación con la que tantas veces soñó, pero no logran sentirse conectadas, atraídas. Por el contrario, no ven la hora de marcharse. Desean salir corriendo y librarse de esa plática por compromiso, pero ninguna de las dos se atreve, aún sienten algo de… lástima. Se miran y se miran, sin hacer o decir nada, sin proponer ni sugerir hasta que, al recordar que ya casi es hora de su telenovela favorita, la más chica se propone hablar y terminar con el encuentro.

– ¿Entonces nos vemos mañana? – interroga a su madre luego de echarle un vistazo a su reloj –. ¿Aquí mismo?

– Sí – contesta Gloria, sin ánimos, poniéndose de pie antes de siquiera pensarlo, delatando su prisa por marcharse.

– Bueno. Hasta mañana entonces – se despide la de la ombliguera con un suave y desganado apretón de manos para emprender después la huida –. ¡Ah! – exclama deteniendo su caminar y dando media vuelta –. Yo aborté – confiesa para retomar el paso y perderse entre el polvo y lo deshabitado.

Tras ser violada por su compañero, Gloria resultó embarazada. Lo supo cuando fue llevada a la enfermería del tutelar a causa de un desmayo, y ahí el médico le práctico unos exámenes. Para su fortuna, su estado le valió para permanecer bajo constantes cuidados, gozando de privilegios que no cualquiera, pero en cuanto dio a luz la vida de princesa se le vino abajo, y una vez trasladada al reformatorio fue peor. Pudo haberse quedado con la niña, al menos por un tiempo, pero sus padres, sin ella hacer nada para impedirlo, se la llevaron y, sin decir nada, la entregaron en adopción a una pareja de extranjeros dedicada a disfrutar de su dinero en un pueblo pequeño y calmado oculto entre montañas. Durante los más de quince años que estuvo recluida, Gloria, a pesar de nunca preguntar por ella, tuvo en mente la necesidad de conocer a la niña, de llamarla hija. Pero ese constante pensar en ella, ese tratar de convencerse de un amor materno que nunca estuvo siquiera cerca de sentir, no fue más que un recurso para sobrellevar el encierro. En realidad, poco o nada le importaba lo que pudiera sucederle a la chamaca, fruto de aquella humillación. De hecho, más que interés o preocupación, sentía hacia ella odio y desprecio. La culpaba por haber pasado los mejores años de su vida entre cuatro muros, tras las rejas, aún cuando a la hora del crimen de su existencia ni por enterada. Con todo y eso, lo primero que hizo al quedar en libertad y descubrir lo que habían hecho sus padres, fue buscarla, fue preguntar e investigar hasta dar con ella y sentarse ambas a charlar, sobre lo único que podían hablar, sobre el motivo de la separación. Pero ahora que el encuentro se había dado, que había tenido a su hija frente a frente… Simplemente nada había pasado. De ese supuesto y fuerte lazo que debe existir entre una madre y su retoño… ¿Algún día lo sentiría? Con la convivencia, ¿dejaría de serle Amanda indiferente?

Amanda supo desde niña que había sido adoptada, mas nunca supo las razones de la madre para entregarla a un par de extraños. Creció esperando el día en que esa mujer desnaturalizada a la que odió por el simple hecho de haberla puesto en manos de un par idiotas que la confinaron en aquel el lugar más aburrido del mundo se presentara a explicarle los motivos para abandonarla y entonces ella la obligaría a ponerse de rodillas y besarle los pies pidiéndole perdón. Había crecido con esa idea, cada minuto de su vida. Había inventado mil escenas y escrito un millón de frases con las cuales destrozar a su ausente madre, pero, ahora que la había tenido enfrente, ese odio… simplemente desapareció. Y no es que hubiera sido reemplazado por amor sino que… cayó en la cuenta de que poco o nada le importaban las razones, de que no le interesaba escuchar de aquella mujer una sola palabra pues en su vida significaba menos que una mierda. No la odiaba, pero tampoco la amaba. No sentía por ella absolutamente nada, era una desconocida. Ese supuesto e inmenso cariño que todo hijo siente por su madre… ¿Llegaría a sentirlo con el paso de los días, con el irse conociendo? De tratarse más, ¿podrían ya por lo menos ser amigas? Nunca lo sabría. Al igual que Gloria, a la cita programada para el día siguiente…

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