sábado, 28 de enero de 2017

Tú papá sabe lo putita que sos

Las paredes vaginales lo volvían loco succionando el pene una y otra vez, llegando a creer que podían arrancarlo de cuajo de su ingle. A Alejo le encantaba esa sensación y la postura que le permitía arremeter contra ese agujero caliente. Laura, su novia desde hacía más de cinco años, se encontraba de costado en la cama en una especie de posición fetal. Su mejilla reposaba en el colchón, dándole la oportunidad de morder las sábanas blancas para no aullar de placer. Los senos pecosos vibraban con cada embestida de su parte; y el culo quedaba tan expuesto, con las rodillas al pecho, que lo provocaba a azotarlo una y otra vez hasta dejarlo del mismo tono que el pelo femenino; finalizando la hazañ pasaba sus manos por todo el cuerpo, deleitándose de las curvas.


Al principio siempre iban lento, disfrutando del otro, agradeciendo a la vida haberlos unido, pero con el pasar de los minutos las estocadas se volvían más salvajes y rápidas. Los gemidos agudos también cambiaban volviéndose más estrepitosos; Laura trataba de acallarlos, como en ese momento con un pedazo de tela, pero no lograba silenciar la cama que se sacudía de tal manera que temían que los vecinos escucharan el golpeteo del respaldo con la pared; aunque al recordar las miradas pícaras que les dedicaban al cruzarlos por los pasillos, la vergüenza de mojigatos se les iba.

Por alguna razón, el joven esa noche se sentía más excitado que nunca. En su cabeza, empezó a dar vueltas la conversación que tuvo con sus amigos. Habían hecho una apuesta a raíz de una discusión sobre a qué tipo de hombre aspiran las mujeres. Ricardo, un nuevo integrante del círculo, le había dicho que, según el psicoanálisis, a las mujeres les atraían los hombres que se parecían a su progenitor, es decir, a su padre, llegando a la conclusión de que Laura veía en Alejo algo que le recordaba a José, su suegro. Al muchacho no le cerraba del todo esa teoría, así que decidió ir con la contraria.

Como resultado, decidieron que su novia iba a ser el ratoncito de experimento: si se excitaba con unos “estímulos”, ganaba Ricky, pero si se deserotizaba o le insultaba, se llevaba la razón... La razón y algunos pesos.

Se devanó los sesos casi una semana ideando la mejor manera de probar que la teoría era falsa y poder ganar esa apuesta. No se le había ocurrido nada, temía ser muy evidente y que lo tratase de loco, hasta que la joven llegó de su trabajo esa tarde calurosa. Como si estuviese hambrienta, se arrodilló frente a él, le sacó la verga del pantalón y empezó lamerla con gula. Sólo esa acción activó los engranes de su cerebro.

Esperó al momento de mayor excitación en los que podían deshinibirse: los últimos diez minutos donde finalizaba la faena con la expulsión de su semilla. Decidió probar con pequeñas frases:

—¡Que putita sos! Te gusta que “papi” te lo haga así ¿no? —observó fijamente los ojos aguamarina en los cuales se reflejaba la duda. Se asustó durante los primeros minutos, hasta que Laura cerró los ojos mientras se mordía los labios. El muchacho sintió cómo los flujos aumentaban y notó a los pezones rosados endurecerse más, si eso era posible. Alejo levantó una ceja—. No te hagas la mojigata, que sé que te calienta que te diga esas cosas —continuó diciendo a la vez que la penetraba con violencia. Llevó las manos a las rotundas tetas de su chica para estirar de los botones.

―¡Amor! Me estás matando de placer ―exclamó con furia con su voz de niña.

Al borde de la explosión, Alejo se recostó encima de Laura apoyando su frente con la sien de la muchacha. Bajó su cabeza, acariciando con su nariz el tierno pómulo hasta morder la oreja izquierda. Ubicado allí, hizo la siguiente pregunta, más directa y un poco más peligrosa, buscando expandir la respuesta corporal.

    —¿Tu papá sabe lo putita que sos? —llevó su mano hasta encontrarse con el protuberante clítoris. Con su dedo índice y pulgar lo apretó y estiró de él, provocando que todos los músculos se tensaran. Conocía perfectamente el cuerpo y las reacciones de su pareja. La tenía a punto de caramelo, casi restregándole por el delicado rostro que él tenía el poder de su elixir. Los gemidos femeninos ascendieron hasta confundirse con gritos, y entre ellos, el morbo de la respuesta los llevó al más dulce de los orgasmos.

    —¡Sí, lo sabe! —confesó la mujer con los ojos en blanco. Por su parte, el hombre mordió el delicado y pálido hombro, depositando todo su semen en el interior.

El cuarto se sumió en silencio, interrumpido por las respiraciones profundas de la pareja tratando de recuperarse de la explosión. Exhaustos, se acomodaron en la típica posición de cucharita, con ella adelante y él por detrás abrazándola. El sudor los encubría en el hervidero de la cama. Echó un vistazo hacia el reloj colgado en la pared encima de la cabecera y lo sorprendió lo tarde que era. Casi las diez de la noche. 

Sin dudarlo, ambos decidieron omitir la cena e irse a dormir. La jornada había sido muy larga y degastadora. Alejo se enredó en el cabello rojizo de su novia, su sitio preferido en el mundo, aspirando felizmente su dulce aroma, olvidándose del índole de la conversación. En cambio, en su mente rememoraba la primera vez que se había animado a levantarse a Laura y lo afortunado, que se sentía de que una chica tan bella le hubiese dado bola. Le estaría eternamente agradecido a sus amigos por darle el ánimo que necesitaba. Con eso en su mente, se abandonó al mundo de los sueños.

Los rayos del sol se colaban por las rendijas de la persiana del departamento. Laura notó que su novio ya se había despertado, el nivel de la respiración lo delataba. Eso y la terrible erección que sentía pegada en su muslo. 

Desperezándose, se dio vuelta para observar los ojos oscuros que la había hipnotizado desde el primer día. Al verlos, contempló la incertidumbre que emanaban. En su cabeza volvió  la conversación que tuvieron la noche anteior y su pequeña confesión en pleno acto sexual. Se sentía culpable y supo que le debía una explicación. Alejo se lo merecía.

Acostada boca arriba, mirando algún punto fijo en el techo, empezó a relatar con miedo a ser incomprendida y perder el amor de su vida, el trágico suceso que la había llevado a las puertas del dulce placer prohibido. 

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