domingo, 15 de enero de 2017

La venganza de Lilka

Mi nombre es Lilka, soy rusa y vivo en San Petersburgo. Tengo 34 años y desde los 13 estudio el español, que a fecha de hoy es ya como mi lengua materna.


La historia que les voy a explicar ocurrió hace 4 años. Por entonces me había suscrito a una agencia matrimonial especializada en uniones entre mujeres rusas y hombres occidentales. Gracias a dicha agencia conocí a Eduardo, un hombre de negocios de Madrid de unos 50 años, separado y con un hijo.  Tras un breve periodo de flirteo por internet Eduardo se presentó en San Petersburgo y así pudimos conocernos en persona. La primera impresión fue decepcionante: Eduardo era mucho más gordo que en las fotos, le olía el aliento  y su higiene dejaba mucho que desear. Sin embargo por aquel entonces yo no tenía muchas opciones: mi ridículo sueldo de secretaria apenas me daba para pagar el alquiler, y mi madre, ya mayor, estaba enferma y dependía enteramente de mí para subsistir. Eduardo era rico y si conseguía atarlo, mi vida y la de mi familia estarían resueltas.

Para nuestra primera cita me puse un vestido rojo ceñido con un generoso escote, del que Eduardo apenas pudo apartar la vista durante toda la cena. Tampoco mis nalgas, entrenadas en gimnasio, ni mis largas piernas le pasaron desapercibidas. Los tacones que me puse, junto con mi 180 cm de estatura, hacían destacar mi figura de la del resto de chicas del restaurante.

Tras la cena y después de una breve charla nos fuimos directamente a su habitación. Nunca he sido partidaria de posponer lo inevitable, por muy desagradable que éste resulte.  Una vez echado el pestillo me despojé de mi vestido que lancé a un lado, y me deshice la trenza que llevaba dejando que mi larga melena rubia cayera suelta sobre los hombros. Eduardo, con las manos trémulas de nervios, me despojó de la ropa interior. Sonreí para dentro: probablemente en España nunca había estado con una mujer así.

El coito fue desagradable, pero por fortuna no demasiado largo (no se me da bien lo de fingir). Tras varia embestidas que no duraron más de cinco minutos Eduardo se corrió resoplando como un cerdo en el matadero. Menos mal: el olor y el peso de su barriga me hubiesen asfixiado si hubiera durado un poco más. En los cinco días siguientes los roles quedaron perfectamente definidos: durante el día Eduardo me llevaba a la ópera, al ballet… y de tiendas, por los bulevares más exclusivos de San Petersburgo. Por la noche yo era su puta sin derecho a rechistar: felaciones, sexo anal… No le decía que no a nada, siempre con una sonrisa en los labios, siempre gritando en silencio y soportando la humillación. Tras las breves sesiones de sexo siempre me excusaba para ir al baño donde, intentando no hacer ruido, vomitaba y lloraba para intentar limpiar la culpa que sentía.

La última noche noté que Eduardo se mostraba extrañamente nervioso. Tras cerrar la puerta de la habitación me dijo que esta noche haríamos algo diferente. De un armario sacó unas bolsas y me enseñó un strap-on. A pesar de mi estudiada compostura no pude reprimir una mirada de asco. Él intentó tranquilizarme. Me desnudó y me lo ajustó con unas correas. El strap, de plástico negro, debía medir unos 20 cm y daba la impresión de ser un apéndice más de mi anatomía.  El pervertido se colocó sobre la cama con las piernas abiertas y el trasero algo elevado. Me indicó cómo debía poner el lubricante y, tras una pequeña resistencia inicial, el strap fue entrando en su ano sin ninguna dificultad. Guiada por su voz temblorosa empecé a bombera el strap de dentro a fuera, primero despacio y después con más violencia. Debo reconocer que, por una vez, el hecho de ser yo la que dominaba me resarcía de todas las humillaciones sufridas con anterioridad. Ante mi sorpresa el pequeño pene de aquel hombre empezó a tener cada vez más rigidez, hasta que, sin ni siquiera tocarlo, eyaculó en varias andanadas que mancharon la barriga y el pecho de Eduardo. Esta vez no fui al baño, sino que me quedé junto a él observando mi strap y pensando en los oscuros placeres que podía ofrecer el sexo anal  en los hombres. Tras unos minutos de recuperación me explicó que aquel era uno de los mejores orgasmos que se pueden tener, me habló de la próstata y de como estimularla.

Pero esa última noche no iba a librarme tan fácilmente de sus vejaciones, y tras besarme con su boca hedionda me bajó la cabeza hacia su entrepierna. Resignada, me dispuse a iniciar una felación cuando me paró, colocó una almohada bajo su trasero y pidió que le lamiera el ano. Llega un momento en el que ya no se puede sentir más humillación. Yo había cruzado hacía tiempo ese límite. Todo me daba igual. Mi lengua empezó a jugar con su asqueroso ano peludo, primero por fuera, pero al rato me pidió que la metiese dentro, lo más dentro que pudiera. La dilatación del strap había ensanchado el canal, por lo que no me fue difícil introducir mi lengua unos centímetros, degustando con la punta lo que muy probablemente fueran sus heces. El movimiento de entrada y salida de la lengua le excitó en gran medida. Otra vez empezó a gemir como un cerdo mientras me cogía la mano ya la llevaba hasta su pene para que le masturbara. Un nuevo orgasmo no tardó en llegar, pudiendo notar desde mi posición la contracción del esfínter anal coincidiendo con los espasmos eyaculatorios.

Mientras el pervertido recuperaba el aliento me pidió que me tumbara junto a él. Obediente, hice lo que me pedía y me quedé un rato así, aturdida mirando al techo. El sabor de heces en mi boca me indicaba que había tocado fondo.  No quería limpiarme ni lavarme: prefería degustarlo, paladearlo, que ese aroma inmundo llenara mi cavidad nasal y todo mi ser. Esa era yo: mi alma reducida a mierda, a excrementos de un cerdo adinerado. Le observé a mi lado en la cama: gordo, sucio, manchado en su propio semen, respirando con dificultad. Le odiaba. Y se lo iba a hacer pagar. Eso era la única certeza que tenía entonces, si bien el momento y la forma no se me presentarían hasta unos meses después.

Pero eso fue cuando conocí a su hijo Luís.

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