miércoles, 30 de noviembre de 2016

Crónica de un incesto IV

Durante el breve trayecto a pie hasta el centro comercial mi hijo no abrió la boca. Estaba, sin duda, impresionado por lo que acababa de suceder y de ver. Tuve que ser yo quien iniciase un breve diálogo, mientras entrábamos por la puerta del establecimiento.

Subimos primero a la 2ª planta, a la de moda joven, para comprarte algunas prendas y luego vamos a la 3ª: quiero adquirir un par de cosas más que no compré el otro día. ¿Te parece bien?

Sí, mamá, es buena idea y gracias de antemano por lo que me vas a comprar- me respondió educadamente.

La voz de Sandro sonó algo débil, fruto aún del nerviosismo por la situación del autobús. Ascendimos por las escaleras mecánicas hasta la 2ª planta y dejé que mi hijo echara un vistazo a las camisetas y a los jeans. Cada vez que pasaba cerca de mí aprovechaba para mirarme de reojo los pezones, que permanecían duros y marcados bajo la camiseta. Yo contraataqué entonces, me aproximé a una estantería con camisetas, me puse en cuclillas haciendo como la que miraba las etiquetas de las prendas que estaban colocadas en la parte inferior y llamé a Sandro:
-¿Te gustan éstas? Creo que te quedarían bien.

Mi hijo se acercó y se situó ante mí. Mis piernas abiertas y flexionadas le permitían observar lo que había entre ellas: el tanga violeta y su abertura delantera que dejaba al descubierto toda mi raja vaginal. Sus ojos se clavaron de inmediato entre mis piernas y de nuevo aprecié en ellos la misma expresión de deseo que había visto un rato antes en el bus. A continuación, Sandro también se puso en cuclillas para poder contemplar mejor y más cómodo la zona inferior de la estantería. Eso hizo que su rostro quedase más cerca todavía de mis muslos y que tuviese una visión mucho más próxima a mi sexo. Sus manos temblaban, mientras abría un par de camisetas para observarlas mejor y las miradas se alternaban entre dichas prendas y mi entrepierna. Uno a uno fue revisando los artículos, despacio, para poderse recrear en mis partes íntimas. Después de regalarle durante unos instantes dicha visión, me levanté, pues quería dejarlo bien caliente y ansioso.



Me dirigí hacia la zona de los jeans y escogí algunos que sabía que le gustarían a Sandro, mientras él terminaba de elegir las camisetas que más le placían. Tras hacerlo, se acercó a mí con tres de ellas en la mano y yo le ofrecí a su vez dos pantalones:



Deberías pasar al probador para ver cómo te queda todo. Yo esperaré por aquí a que termines- le comenté antes de bajar mi mirada hacia el enorme bulto que se le dibujaba bajo los jeans.



Mi hijo se encaminó hacia la zona de los probadores. Dejé transcurrir un par de minutos y luego me acerqué también hacia dicha zona. No me resultó difícil saber en qué habitáculo se encontraba Sandro, pues todos estaban vacíos, excepto uno que tenía la cortinilla echada. Las cosas se pusieron muy a mi favor: en silencio di un par de pasos más y me detuve junto a la cortinilla azul. Dentro no parecía haber mucho movimiento de cambio de ropa. Agudicé mi oído y comencé a escuchar la respiración entrecortada y acelerada de mi hijo. También sentí el ruido de una ligera agitación, como si se tratase de roces. Comencé a intuir aquello de lo que parecía tratarse, aunque no estaba totalmente segura. Fue entonces cuando me percaté de que la cortina no estaba perfectamente cerrada y de que entre uno de sus extremos y la pared del probador quedaba una pequeña rendija.



Dudé unos instantes, pero el cosquilleo que notaba en mi sexo desde hacía rato en el bus, y que había aumentado tras abrirme de piernas ante Sandro ya en el establecimiento, me empujó a colocarme en el ángulo para poder mirar hacia dentro del habitáculo. Y allí estaba mi hijo, desnudo de cintura para abajo, con su polla completamente empalmada y gruesa. A ojo calculé que ese pene debería de medir unos 16 centímetros. La mano derecha de Sandro agitaba lentamente el falo macizo y con cada agitación se bamboleaban las dos redondas bolas al compás del ritmo manual. De manera deliciosa la mano se deslizaba una y otra vez por toda la superficie del hinchado miembro hasta que el glande rosado y húmedo quedó al descubierto. No aguanté más y, tras asegurarme de que no había nadie cerca, metí la mano bajo la minifalda y empecé a acariciar la raja de mi sexo. Lo tenía empapado y la palma de la mano no tardó en pringarse de flujo. Imitando el ritmo de masturbación de Sandro, restregaba mi mano sobre mi coño, estimulándolo, encendiéndolo todavía más de lo que ya lo estaba. Uno de mis dedos invadió la vagina perdiéndose dentro por completo. Lo moví y lo retorcí varias veces, mientras veía cómo mi hijo aumentaba ligeramente el ritmo y cerraba los ojos por el placer que sentía. Mi dedo comenzó a salir y a entrar sin remisión, resbalando fácil por la humedad y llegando siempre hasta lo más hondo.



Apreté mis labios para evitar que mis gemidos delatasen mi presencia ante mi hijo y metí dentro de mi coño un segundo y un tercer dedo. Sandro, por su parte, tenía envuelto el glande en su puño y lo machacaba con rápidos y enérgicos movimientos. Me moría de ganas por abrir del todo la cortina y apoderarme de ese tremendo nabo que mi hijo blandía entre su mano. Sabía que Sandro no ofrecería resistencia ante mi acoso, pero también era consciente de que si entraba y tenía sexo con él, el juego habría terminado. Y no estaba dispuesta a que eso sucediera tan pronto. Así que resistí y no accedí al probador, sino que continué fuera en mi papel de voyeur. El ritmo que Sandro le estaba imprimiendo a su polla era ya vertiginoso y mis dedos perforaban el coño cada vez con mayor vehemencia y velocidad. Notaba cómo el flujo vaginal chorreaba entre mis piernas por la cara interna de los muslos y estaba cercana al éxtasis.



Mi vástago sudaba y resoplaba ante la intensa fuerza con la que aprisionaba su pene. Lo agitó violentamente varias veces más desde la base hasta la punta, de la que colgaban finos hilos blancuzcos de líquido preseminal, y un leve grito se escapó de su boca, cuando la mano dio un último arreón y provocó que aquel miembro erguido y tieso escupiese enérgicamente varios chorros de leche, que impactaron sin control contra el espejo del probador. Mientras contemplaba cómo las últimas gotas de semen caían desde el agujero del glande y cómo el esperma expulsado resbalaba parsimoniosamente por el cristal del espejo, mis rápidos y hábiles dedos terminaron por arrancarme el ansiado orgasmo.



Me sequé el sudor que poblaba mi frente, me recoloqué la ropa y me alejé unos instantes del probador para esperar a que Sandro se recuperase también de la corrida. Un par de minutos después regresé, me acerqué a la cortina y le pregunté a mi hijo:



Sandro, ¿qué tal te quedan esas prendas?


Ehhh....Bien, mamá. Aún no he terminado de probarme todas- me respondió con la voz algo temblorosa.



Miré por el hueco que dejaba al descubierto la cortinilla y, ahora ya sí, mi hijo estaba probándose unos jeans.



Date prisa que tenemos que ir luego a la sección de mujeres.


Sí, mamá, no te preocupes. Unos minutos más y ya termino.



Mientras Sandro acababa de probarse las prendas, me dirigí hacia la zona donde vendían bañadores para chicos. Nos encontrábamos en primavera y la temporada estival se aproximaba, por lo que pronto llegarían los días de sol y playa. Por eso pensé que no estaría mal comprarle a mi hijo algún que otro bañador. Pero esta vez no le daría la posibilidad de elegir: los seleccionaría yo, los pagaría y, cuando saliera del probador, se los entregaría. Elegí dos bañadores de entre todos los expuestos: uno, de tipo bermudas, de color verde pistacho, un tanto llamativo, pero estaban de moda esos colores vivos, de forma que no lo dudé. El otro fue más pensando en mis intereses: de olor celeste, era tipo bóxer, de esos que se ciñen perfectamente al cuerpo como una segunda piel. Sólo de rozar con los dedos ese tejido de licra y de imaginarme a mi hijo con eso puesto, volví a encenderme. Hacía años que Sandro no usaba esos bañadores tan cortos y ajustados, pero ardía en deseos de verlo luciendo uno de ésos. Si se lo compraba y se lo entregaba, sabía que no lo rechazaría.



Pagué las dos prendas y, tras hacerlo, apareció Sandro con la ropa que se había probado en la mano.



Me quedan todas bien, mamá, y me gustan.


Perfecto. Pues déjamelas para que las pague y luego iremos a ver algunas prendas para mí.



Después de realizar el pago, le mostré a mi hijo los dos bañadores que le había comprado. El verde le encantó. Sin embargo, cuando vio el de tipo bóxer, puso cara de extrañeza.



Mamá, yo hace tiempo que dejé de usar ese tipo de traje de baño. La verdad, no sé si....


¡Psssttt! Nada de protestar. Te va a quedar perfecto. Se ve muy cómodo y...sexy- le comenté para tratar de convencerlo.


¡Mamá, que yo no tengo un cuerpo como el de esos tíos que se machacan horas y horas en el gimnasio y que luego suelen ponerse esos bañadores para lucir palmito!


No digas tonterías, Sandro. ¿Me vas a decir que no tienes un cuerpo bonito? ¡Si lo heredaste de mí! Y tú mismo me piropeaste el otro día. ¿O ya no te acuerdas?



Mi hijo parecía empezar a ceder por la cara que estaba poniendo.



Bueno, está bien. Pero si me veo ridículo con él, no me lo pongo.


Ya verás cómo te queda perfecto. La próxima vez que vayamos a la playa te lo quiero ver puesto, ¿de acuerdo? Y seguro que iremos pronto, porque ya empieza a hacer calor.- le indiqué.



Cuando mi hijo me entregó la prenda de baño para que la guardara de nuevo en la bolsa, aprovechó para mirarme los pezones que, libres de sujetador, se me continuaban marcando en la camiseta.


Luego me dirigí con Sandro a la planta de la ropa de mujeres. Ya tenía pensado lo que iba a adquirir: un short vaquero y un bikini. Por supuesto, quería que fuesen muy provocativos y rápidamente me puse a la búsqueda de ambas prendas. No me resultó difícil encontrar el short deseado: había bastantes modelos expuestos y elegí uno que ya a simple vista se sabía que cubriría bastante poco por la parte de atrás. Sandro observaba atento e incrédulo los “modelitos” que yo estaba ojeando y puso gesto de asombro, cuando vio abierto el que finalmente escogí, muy escueto de tela.



Acto seguido pasé a la zona donde venden los tajes de baño. Me detuve brevemente en los bikinis, pero después me acerqué hasta donde estaban los que tenían como parte inferior un tanga. De nuevo giré la cara hacia mi hijo y comprobé cómo se mostraba atónito, al ver que su madre estaba dispuesta a comprar una de esas prendas. Seguro que por su cabeza empezaba a rondar la idea de compartir un día de playa conmigo y de lo que podría disfrutar visualmente. Me fijé en uno de color plateado, cuyo tanga tenía la parte trasera en forma de triángulo. Luego en otro rosa, con menos tejido todavía, acabado en un minúsculo y fino hilo. Había otro, tipo braga brasileña, pero lo descarté porque no dejaría al descubierto todo lo que yo quería.



A ver, Sandro. Necesito tu opinión, pues me está costando tomar una decisión. ¿Cuál te gusta más?- le pregunté de forma pícara.


Aún no se me ha olvidado la expresión de mi hijo ante la pregunta, con los ojos abiertos, mientras contemplaba las prendas. Guardó silencio durante unos instantes y, finalmente, me dijo:



¿De verdad piensas comprarte uno de éstos?


¡Pues claro! ¿Acaso tengo pinta de estar de broma o de querer malgastar el tiempo? ¡Venga, dispara de una vez!- exclamé.



Dudó unos segundos hasta que respondió:



El de tono plateado es el que más me gusta.



Era justo el que a mí también más me placía: ese color brillante y gris y la forma triangular trasera le daban un toque de elegancia, pero psicodélico y provocativo a la vez.


Me dirigí entonces a los probadores. Sandro me acompañó hasta esa zona y se quedó parado junto al habitáculo en el que me metí. Cerré la cortinilla sin dejar resquicio alguno. Me desnudé por completo y me probé el traje de baño. Me quedaba increíblemente bien. Yo misma me sorprendí de verme tan espectacular. Me giré hacia un lado, hacia otro, puse diferentes posturas ante el espejo...Me reafirmé en la opinión de lo guapa y sensual que estaba. Me quité el bikini, me cubrí el torso con la camiseta y después me puse el short sin la braguita. Volví a mirarme en el espejo: la prenda me quedaba justo como había imaginado. Por detrás tapaba las nalgas pero dejaba ver el inicio de los glúteos y los flecos con los que terminaba el short rozaban la piel del comienzo del culo. Fue en ese momento cuando se me ocurrió un travesura: decidí abrir la cortina para pedirle opinión a mi hijo:



¿Cómo me queda?- le pregunté.



Esta vez ya no puso trabas para para expresar su parecer.



Estás muy guapa y sensual, mamá- me contestó.



En su cara se mezclaban el asombro y la expresión de deseo, que no podía disimular. Me giré lentamente y de forma juguetona, para que pudiese verme entera. Observé cómo resopló por la sensación que le había causado: mi pequeña exhibición estaba dando el resultado esperado.



¿No es demasiado atrevido? Es que se me ven un poco las nalgas- le dije a mi hijo para darle una vuelta de tuerca más a la situación.



Percibí cómo Sandro se ruborizaba ante esta pregunta, ya con mayor carga erótica en su formulación, y por la tesitura en que lo acababa de poner. Se quedó callado unos segundos, tal vez para medir bien las palabras con las que me respondería.



Creo que no, mamá. Así está perfecto. Es de esa forma como se suelen llevar ahora. Muchas chicas los lucen así- contestó finalmente.


¡Ahhhh! O sea, que vas por ahí mirándoles el culo a las mujeres, ¿no?


¡Mamá, por favor!- exclamó al verse un tanto acorralado.


¡Tranquilo, hombre, que era una broma! Ya sé que se llevan de esta manera, pero yo ya no tengo el culito de una veinteañera.



La conversación parecía ir subiendo de tono. Sandro volvió a guardar silencio unos instantes hasta que comentó con firmeza y decisión:



Tu culo no tiene nada que envidiar a los de esas chicas de las que hablas.


¿De verdad te parece tan bonito?- le pregunté, tocándome con las manos los glúteos y apretándolos.



Sandro me comía con la mirada: sus ojos se clavaban en mi trasero y en mis muslos. Cuando me ponía de cara, aprovechaba para mirarme los pezones gruesos. Cada vez lo hacía con menos disimulo y con más descaro y su paquete volvía a mostrase abultado bajo el pantalón.



Hora de cambiarme. Espérame que ahora salgo- le indiqué justo antes de cerrar la cortinilla del probador.



Me despojé del short y me percaté de que lo había manchado por la zona de la entrepierna debido a la humedad de mi sexo. Seguía excitada y el calentón no cesaba. Me acordé entonces de ese pequeño trato al que habíamos llegado a través de lo mensajes: que le enviase algunas fotos a cambio de seguir escribiendo relatos. Pensé que había llegado el momento de cumplir con mi parte del acuerdo y saqué el móvil del bolso. Aquel probador sería un buen lugar para tomarme unas fotos sin el riesgo de que mi hijo reconociera el escenario, como sí sucedería si me hiciera las fotos en casa. De modo que me aparté del espejo para no revelar que estaba en un probador (cosa que también hubiese sido demasiada pista para él) y me situé junto a la pared. Me llevé la mano izquierda a mi sexo y lo tapé con la palma abierta. Disparé un par de fotos en diferentes posturas y enfocándome sólo de cintura para abajo: de perfil, de frente, desplazando un poco la mano pero sin llegar a mostrar nada...


Satisfecha y con la mano húmeda finalicé la sesión de fotos. Era justo lo que quería: insinuar pero sin enseñar, para tener a mi hijo ansioso y encendido.



Me vestí y salí del probador. Fuera me topé ya con Sandro y ambos nos dirigimos a la caja, donde pagué las compras y luego abandonamos el centro comercial. Quería llegar lo antes posible a casa, para mandarle a mi hijo las imágenes tomadas. La impaciencia por hacerlo y por que él las viese me comía; el coño me palpitaba. Así que decidí parar un taxi para regresar antes y más cómodos. Lo que sucedió en aquel vehículo hizo que no me arrepintiese de tal decisión.



Cuando el taxista paró y mientras yo abría la puerta trasera para montarme junto a mi hijo, el tipo me echó una mirada de arriba a abajo. Tendría unos cincuenta años, pelo canoso y corto y barba de un par de días. Dejé que Sandro subiese primero al vehículo y que se sentara junto a la ventanilla de la izquierda. El taxista continuaba con la cabeza girada hacia donde yo me encontraba y con sus ojos atraídos por la dureza de mis pezones. Las miradas lascivas de aquel hombre, sumadas a la calentura con la que había salido del centro comercial, hicieron que mi imaginación crease una nueva y pequeña “aventura”. Me monté en el taxi y me situé al lado de Sandro, ocupando así el asiento central con aparente normalidad. Pero sabía que el conductor tendría de esa manera una visión perfecta de mis piernas a través del espejo retrovisor superior. Y no me equivoqué: en cuanto me senté, observé cómo el hombre se fijaba en mis muslos y en el final de la minifalda. Yo había colocado las bolsas con las compras sobre mi regazo, con lo cual el conductor no podía ver por entre mis piernas. Sin embargo, fue ahí cuando comencé con el juego ideado. Mi objetivo era que Sandro se diese cuenta de que el desconocido estaba pudiendo observarme. Deseaba que supiese que ese taxista me estaba viendo las braguitas, su abertura central y la raja de mi coño. Pero mi intención era que pareciera todo fortuito.



En un primer instante, y tras ponerse ya el taxi en marcha, mi hijo iba distraído mirando por la ventanilla. De vez en cuando, y de reojo, contemplaba mis muslos. Decidí entonces quitarme de encima las bolsas y las coloqué a mi derecha, en el asiento trasero que quedaba libre. No tardó ni un segundo mi hijo en dirigir la mirada a mi falda y a la parte superior de mis piernas. Pese a lo corto de la prenda, desde su posición lateral hacia mí no podría ver gran cosa y ésa era, precisamente, la intención: tenerlo ahí, a mi lado, impotente por no poder ver nada más pese a la cercanía. Y no sólo eso: pretendía redoblar esa sensación de ansia de Sandro, actuando de forma que advirtiera que el taxista sí que tenía visión directa hacia mi entrepierna.


Tras dejar las bolsas a mi lado, crucé inmediatamente las piernas y coloqué mis manos para tapar cualquier resquicio. Las miradas del conductor a través del espejo empezaron a hacerse cada vez más frecuentes e instantes después comprobé cómo mi hijo miraba un par de veces hacia delante, al taxista y luego al espejo.


El nerviosismo que se reflejaba en el rostro de mi vástago iba creciendo por momentos al percatarse de las intenciones del desconocido.



Aparentando naturalidad, empecé a hablar con Sandro sobre el importante partido de fútbol que su equipo disputaría en unos días. Él seguía la conversación pero sin centrarse en ella realmente. Cada vez lo notaba más inquieto y mi duda residía en saber si ese estado se debía únicamente a las ganas que tenía de volver a contemplar mi sexo o si era también por una especie de ataque de celos por el hecho de que aquel hombre estuviese al acecho para tratar de comerme con la mirada bajo la falda.


Opté por dar el siguiente paso, pues el vehículo continuaba avanzando por las calles y pronto llegaríamos a casa. De modo que retiré las manos de entre las piernas, busqué el móvil en el bolso y empecé a consultar las noticias del día. Casi al unísono, la mirada de Sandro y la del taxista se dirigieron a mi falda, cuya escasez de tela provocaba que, aunque tuviese las piernas cruzadas, fuese inevitable no enseñar las bragas. Lo corroboró la cara que puso el conductor al comprobar el color de mi prenda íntima. No obstante, estaba segura de que no habría podido divisar aún el resto del espectáculo. Miré el pantalón de mi hijo y el bulto se le volvía marcar de forma sugerente. Mi plan se estaba cumpliendo, pero yo quería más. Los tres que íbamos en ese taxi queríamos más.



Así que, mientras continuaba leyendo lo que aparecía en la pantalla del móvil, y sin perder de vista ni a Sandro ni al conductor, hice un primer amago de descruzar las piernas: ahí estaban ya los cuatro ojos pendientes de mí, a la vez que mi sexo no paraba de soltar flujos. Me sentía poderosa en aquel momento, teniendo el control de la situación y “torturando” tanto a mi hijo como al canoso desconocido. Comencé de nuevo a mover ligeramente las piernas y esta vez sí completé el descruce y miré de inmediato el cristal del espejo del conductor: al tipo se le quedaron los ojos abiertos como platos y desde mi asiento pude contemplar de perfil la cara de asombro que se le había quedado al comprobar el tipo de braguita que yo lucía y que le acababa de permitir ver toda la raja de mi sexo. Sólo le concedí ese regalo durante varios segundos, pues inmediatamente volví a cruzar mis piernas y a colocar las manos sobre ellas, dando por finalizada la exhibición.



Luego, y cuando el taxi se aproximaba ya casa, giré mi cuerpo hacia Sandro.



¿Te apetece que pidamos unas pizza paras cenar?- le pregunté.



Pese a saber que no se negaría, tardó en responder debido al shock en el que se encontraba por aquello a lo que había asistido y porque en ese instante yo estaba orientada hacia él, con mi pierna izquierda rozando su derecha. Aparté las manos dos segundos, los suficientes como para que la mirada de mi hijo no desaprovechase la ocasión de deleitarse brevemente con mi excitado coño. Cuando las situé de nuevo para taparme, Sandro respondió prácticamente balbuceando:



Ehh...Sí, sí....,mamá. Me apetece cenar pizza.


Perfecto. Pues entonces, en cuanto lleguemos a casa, las pedimos. Así hoy nos ahorramos preparar la cena y podemos relajarnos un rato.



Al fin el taxi se detuvo en la puerta de casa. Mientras le abonaba la carrera, el conductor se dio un último festín visual con mi cuerpo. Ya dentro de la vivienda, y tras llamar a la pizzería, Sandro y yo cenamos. Hablamos de algunas cosas de sus estudios y luego nos reímos un rato viendo un programa de humor en la tele.


Tras dar buena cuenta de las pizzas, le dije a mi hijo que me daría una ducha antes de acostarme. Me dirigí al baño y, aunque lo único que deseaba en ese momento era meterme los dedos y pajearme como un loca, me contuve a duras penas y me limité a darme una rápida ducha, pues tenía ya otro plan en mente: Sandro siempre entra al baño para lavarse los dientes después de cenar, pero yo había sido lo suficientemente hábil como para acceder al baño antes de que él entrase, así que sabía que estaría esperando a que terminase mi ducha para pasar.



La ropa que me había quitado antes de ducharme yacía en el suelo del baño. Me sequé, envolví la toalla alrededor de mi cuerpo y cogí todas las prendas excepto las braguitas, que dejé intencionadamente en el suelo. Tapada sólo por la toalla, me acerqué al salón, donde permanecía Sandro, y le dije desde la puerta:



Pongo la lavadora y me acuesto. Buenas noches, hijo.


Buenas noches, mamá, y gracias otra vez por todo lo que me has comprado y por la pizza, que estaba deliciosa- me comentó.



Le sonreí y me dirigí hacia el lavadero para meter la ropa en la lavadora. Siguiendo lo tramado, me quedé allí unos instantes hasta escuchar que mi hijo entraba en el cuarto de baño. No se oía aún el agua del grifo correr. Aguanté medio minuto más y caminé con sigilo hasta el cuarto de baño, cuya puerta permanecía abierta. Me pegué a la pared y asomé ligeramente la cabeza. Todo había salido perfecto: allí estaba Sandro, de espaldas, con mis bragas pegadas a la nariz, oliéndolas, aspirando el aroma que yo había dejado impregnado en ellas durante toda la excitante tarde de compras. Una y otra vez las acercaba a la nariz, las separaba y las volvía a pegar a su rostro. Yo sabía que estaban muy sucias: lo había comprobado por mí misma antes de dejarlas en el suelo. La parte de la prenda que bordeaba los labios vaginales estaba pringosa y húmeda de mis flujos y con un inconfundible aroma a coño. También la parte trasera olía lo suficientemente a culo como para poner tiesa cualquier polla.



Mi corazón palpitaba a mil ante lo que estaba viendo. Me mantuve allí quieta un minuto más y mi valentía tuvo premio: Sandro sacó su móvil del bolsillo y comenzó a tomarles fotos a las bragas: por delante, por detrás, del derecho y del revés....Mi sexo quemaba pidiendo guerra, pero tenía que ser fuerte y aguantarme las ganas. Cuando mi hijo guardó el teléfono en el bolsillo y mientras aún tenía mis bragas en la mano, entré de golpe en el cuarto de baño, haciéndome la despistada.



Creo que he debido dejarme por aquí una cosa.



El rostro de Sandro, al ser sorprendido con mi prenda íntima en la mano, era un poema. Puse cierta cara de asombro y luego me quedé callada. A mi hijo le costó reaccionar pero, cuando lo logró, lo hizo de forma acertada para sus intereses exculpatorios:



Ohhh... Mamá.....Verás....Las he encontrado en el suelo y las iba a llevar ahora a la lavadora.


Gracias, Sandro. No te preocupes, ya las llevo yo. Y perdón por el olvido, que una no debe ir dejándose cosas por ahí y menos las bragas- le dije riéndome y recogiendo la prenda que mi hijo ya me estaba extendiendo.



Salí del cuarto de baño y metí las braguitas en la lavadora, pese a que ya no la pondría hasta la mañana siguiente. Mi plan había salido a la perfección, mejor incluso de lo previsto. Satisfecha entré en mi dormitorio, pero aún no era hora de dormir. Cerré la puerta, me quité la toalla y empecé a aplicarme crema hidratante por todo el cuerpo. Inmediatamente mis manos llegaron a las tetas, vertí sobre ellas un generosa cantidad de loción blanca y comencé a extenderla por mis senos. Conforme la crema iba siendo absorbida por mi piel, le daba un tono brillante a mis pechos. Restregué también un poco por los pezones, que a esas alturas de la situación volvían a lucir como auténticos pitones apuntando hacia delante. Con las yemas de los dedos los friccioné y los apreté ligeramente. Luego mis manos esparcieron crema por mi vientre, haciendo suaves círculos, mientras mi sexo emitía palpitaciones sin cesar. Acaricié los labios vaginales y en mis dedos se mezclaba ya la crema hidratante con los flujos que mi coño segregaba. Froté varias veces la palma de la mano sobre mi entrepierna y, aunque me moría de ganas por masturbarme, había otra cosa que rondaba por mi cabeza y que me generaba ansiedad: saber si Sandro me había mandado algún email en respuesta al mío, en el que le incluía la foto con mis leggings negros manchados la altura de la raja vaginal.



De modo que aplacé la masturbación para más tarde: era hora de consultar el correo con calma. Encendí el portátil y rápidamente accedí a la bandeja de entrada. Apreté el puño cerrado en gesto de alegría al comprobar que tenía un correo de mi hijo. Impaciente lo abrí y comencé a leer su contenido.



“En primer lugar quería darte las gracias por tu email. Me congratula saber que continúas atenta a nuestra comunicación y que, además, has cumplido con tu promesa y con tu parte del trato de enviar alguna foto a cambio de que yo siga escribiendo sobre mis fantasías sexuales y maternas. Me encanta comprobar el grado de excitación que generan en ti mis historias. Ver tus leggings mojados y sucios ha sido algo increíble. Como acordamos, he usado esa imagen para ilustrar uno de mis textos y haré uso también de todas cuantas me envíes para hacer lo mismo con todas ellas. Por cierto, ya hay publicado un nuevo relato sobre lo ocurrido cuando mi madre estrenó sus mallas negras y se le marcaba absolutamente todo. Ojalá lo puedas leer pronto: te va a gustar, estoy seguro.


Me pusiste la polla muy dura, ¿sabes? Te confesaré algo: me masturbé contemplando la foto, mirando sin pestañear la raja de tu coño marcada en esas licras. Estaba tan caliente que mi paja no duró mucho tiempo y eyaculé enseguida sobre la cama. Espero que mi madre no detecte nada raro cuando vaya a lavar las sábanas, porque te juro que los manchones que dejé eran enormes y con fuerte olor.



Hoy me ha sucedido una cosa increíble con mi progenitora. Es una historia larga de contar y tendría que extenderme mucho. Prefiero escribir con calma un relato y narrarlo todo allí. Además, así te dejo con la intriga.


Pero volviendo al tema de las fotos, quería comentarte algo al respecto: ya que te veo tan interesada, yo diría que hasta obsesionada por mis textos, he pensado que lo más justo es elevar la compensación a pagar a cambio. Tranquila que no voy a pedirte un imposible. Sólo pretendo darle una pequeña vuelta de tuerca a nuestro trato. A partir de ahora quiero ser yo el que te solicite fotos, pero me refiero a imágenes concretas. No voy a pedirte fotos de tu rostro, no es el momento para eso todavía. Pero sí quiero tener la opción de ejercer un cierto dominio sobre ti en lo que se refiere a este asunto de las instantáneas. Yo te solicito una o varias específicas, tú me las mandas y habrá relato a cambio. Si no me las envías, daré por concluida mi vena literaria.



Por favor, no te lo tomes como un chantaje: se trata sólo de darle más mordiente a nuestro juego. Se me hace ya tarde y debo ir terminando. Espero tu respuesta a mi propuesta. No te olvides de leer mi último relato, ya disponible. Tócate y mastúrbate mientras lo haces”.



Ése era el contenido del email de mi hijo. Mi alegría fue doble al leerlo: por un lado, ese nuevo texto ya podía ser disfrutado por mí; por otro, el alivio de la propuesta de Sandro de no pedirme fotos en las que apareciera mi cara y que hubiese dado al traste con todo. Pero hubo algo que me agradó especialmente: la decisión de exigirme fotos concretas. La amenaza y el tono chantajista que se desprendían de esa parte del correo daban un cierto giro a nuestra “relación” y se trataba de algo que yo venía deseando desde el principio: que mi hijo me sometiese cierta forma, que fuera él el que impusiera las reglas del juego, siguiendo sus propias fantasías e instintos.



Dejé transcurrir unos minutos desde la lectura del email, para asimilar bien todo lo que había leído, y luego le respondí a mi hijo: le di las gracias por el nuevo relato, al que le dedicaría mi atención tras enviarle el correo, y por haberlo ilustrado con mi foto. A continuación, le expresé mi coincidencia sobre el asunto de no revelar aún mi identidad ni la suya tampoco. No quise hacerme la fácil y disimulé comentándole que me asustaba un poco el hecho de que fuera él quien ordenase qué imagen tendría que mandarle. Le expuse mi temor a que pidiera fotos demasiado exigentes para mí o complejas, pero, finalmente, le indiqué que aceptaba su oferta y que quedaba a la espera de que volviese a escribirme para realizar su primera petición. Aproveché también para adjuntarle las fotos que me había hecho por la tarde en el probador en diferentes posturas y poses. Le comenté que las tomara como un pequeño obsequio por lo que me hacía disfrutar con sus textos y que las aprovechase para lo que considerase oportuno.



Finalmente le confesé mi ansiedad por saber qué era eso que le había sucedido con su madre aquel mismo día y que no se demorase en escribir sobre ese asunto. Le dije que me ponía ya a leer el relato sobre los leggings y me despedí de él.



En cuanto salí de mi cuenta de correo, entré en la página de relatos. Accedí al perfil de mi hijo y en la lista de textos publicados figuraba, en efecto, uno nuevo, titulado “Mamá moja los leggings”.


El número de lectores que tenía ya la historia, pese al escaso tiempo transcurrido desde su publicación, era considerable, al igual que la espléndida puntuación, 9.5. Empecé con la lectura del texto y lo hice de forma pausada para saborear mejor cada detalle reflejado en él. Una vez más, Sandro narraba con gran maestría todo lo ocurrido aquel día en casa. Era increíble la habilidad y el realismo con los que manejaba las descripciones. Conseguía que te metieras en la historia inmediatamente. Conforme avanzaba en la lectura, fui conociendo de primera mano las reacciones que había despertado en mi hijo: deseo hacia mí, el cosquilleo y quemazón de su miembro, ganas de manosearme el culo, de arrancarme las mallas y de meter su empalmado pene en todos mis agujeros...



Sin darme cuenta y enfrascada en la lectura del texto, había bajado mi mano hacia mi sexo y lo estaba masajeando. Había esperado ese momento toda la tarde y parte de la noche y ahora sí que no pensaba desaprovechar la ocasión. Me contuve unos minutos más hasta dar término a la lectura de la historia, que de nuevo me había dejado el coño húmedo de flujos. Ni siquiera me tumbé en la cama, ni siquiera me molesté en levantarme para coger el dildo: no deseaba perder ni un segundo más. Pinché en el acceso a los comentarios sobre el relato dejados por los lectores y me abrí entera de piernas, colocando cada una de ellas sobre los brazos de la silla giratoria del escritorio y dejando los pies colgando en el aire. Inmediatamente el tejido rojo del siento acolchado comenzó a teñirse de oscuro al absorber los goterones que manaban de mi sexo. Mi mano derecha aceleró sus movimientos después de leer yo el primer comentario, en el que un lector decía todo lo que haría con una madre así, como la protagonista del texto. Los dedos iban entrando uno tras otro en mi húmeda raja, haciendo pequeños círculos dentro, rozándolo absolutamente todo y haciéndome gemir más todavía, cuando comprobé que otro lector se había pajeado hasta correrse de forma descomunal, mientras veía la foto de mi sexo marcado en los leggings y la mancha de flujo.

Mi puño se perdió en el interior de la palpitante vagina, tal y como una lectora reconocía haber hecho a la par que gozaba del relato. Con brusquedad me puse a meter y sacar el puño, cada vez más rápido, cada vez más enérgicamente. Ya no fui capaz de seguir leyendo más: estaba entrando en éxtasis y no podía mantener la mirada fija en las letras de la pantalla. Cerré los ojos: a mi mente vino la imagen de la polla de Sandro que había visto por la tarde en el probador, totalmente tiesa y empalmada, mientras él se masturbaba. Aceleré otro poco más: recordé la velocidad con la que mi hijo se había estado machacando su polla y di un par de arreones secos en mi sexo jadeando como una loca.

Volví a visualizar mentalmente el momento en el que el rojo glande de mi hijo reventaba y expulsaba varios chorros de leche manchando por completo el interior del probador. Eso fue ya demasiado para mí: tras apretar varias veces hasta el fondo mi puño, alcancé un delicioso orgasmo, al que segundos más tarde le siguió otro no menos espectacular.

Estaba temblando por completo, como jamás antes me había ocurrido. Me levanté como pude de la silla y, de repente, sentí varias contracciones fuertes en mi abdomen, Me asusté por su fuerte intensidad, me tapé la boca con las manos para que Sandro no escuchara mis gritos y me meé, sí, me meé encima de gusto, mojándolo absolutamente todo, salpicando el suelo y parte de la pared y del mueble. Conforme el líquido salía a borbotones de mi vagina, sentía alivio y relajación, que culminó con un profundo suspiro, cuando el orín dejó de salir de mi coño.

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