miércoles, 23 de noviembre de 2016

Crónica de un incesto

Llevaba ya varios meses observando que mi hijo Sandro se pasaba horas y horas sentado ante su ordenador portátil. Comencé a tener esa percepción al poco tiempo de separarme de mi esposo. Tras el divorcio, mi exmarido se marchó a trabajar al extranjero,
por lo que me hice cargo de la custodia de mi hijo prácticamente durante todos los meses del año, excepto algún que otro periodo vacacional. En un primer momento me preocupé por la actitud de Sandro: pensé que la separación le había afectado hasta el punto de encerrarse muchas horas en su cuarto y no salir apenas.

Al cabo de varias semanas intenté averiguar en qué invertía todo ese tiempo ante la pantalla, creyendo que estaba “enganchado” a algún juego o red social. Entré varias veces en su dormitorio con la excusa de llevarle algún refresco o de preguntarle algo y me quedé más tranquila al comprobar que cada una de esas ocasiones en las que accedía a su habitación estaba escribiendo. No había rastro de juegos ni de cosas raras en la pantalla, sino de largos textos de los que no podía concretar el contenido. Me sentí aliviada tras hacer esa comprobación. Nunca antes lo había visto dedicarse a la escritura y me pareció un tanto extraño que un chico joven de 17 años hubiese empezado con esa nueva afición de manera tan obsesiva pero, al menos, era una actividad provechosa y beneficiosa. Los días seguían pasando y la situación no cambiaba: Sandro llegaba del instituto, comíamos juntos, se metía en su habitación y ya casi no lo veía hasta la hora de cenar.

Una mañana que no tuve que ir a trabajar a la oficina por estar en obras de reforma, me dediqué a hacer un poco de limpieza en casa y a reciclar ropa vieja y usada y a llevarla a un contenedor cercano dispuesto para tales efectos. Tras dejar en orden mi dormitorio, fui al de mi hijo. Quería aprovechar el hecho de que estuviera en clase para arreglar el pequeño caos que había en el interior de su cuarto. Me encontraba limpiando el polvo, cuando se me cayó una caja azul de cartón duro y de tamaño mediano. Al golpear contra el suelo, se abrió la tapa y de la caja salieron un cuaderno rojo y un pendrive del mismo color. Fui a introducirlos de nuevo en la caja pero la curiosidad me invadió y me empujó a pasar la cubierta del cuaderno y llegar a la primera página. Me quedé paralizada al leer en letras mayúsculas: “MASTURBÁNDOME CON EL TANGA DE MI MADRE”.

De pronto, mi corazón se aceleró y, tras unos segundos de dudas y de incredulidad ante lo que acababa de ver, empecé a leer lo que parecía un relato erótico. Conocía de sobra la letra a mano de mi hijo y sabía que aquello que estaba leyendo estaba escrito de su puño y letra. En ese texto Sandro narraba y describía con todo lujo de detalles cómo se había hecho una paja con un tanga de su propia madre hasta correrse a chorros. No era un relato demasiado extenso pero el erotismo y el alto grado de pornografía que contenía le daban un elevado nivel de intensidad. Al acabar la lectura, me sentía desconcertada: me entró la duda de si lo contado por mi hijo era fruto de su imaginación o era algo real, que él había experimentado. Fuera como fuese, una cosa estaba bien clara: Sandro fantaseaba conmigo.

Me encontraba sumida en esos pensamientos, cuando de repente sentí que las braguitas azules que llevaba puestas se me habían mojado: el relato de mi hijo había provocado que me excitase hasta el punto de empapar la prenda con mis flujos. Debo reconocer que me avergoncé y me sentí culpable al notar dicha humedad en mi ropa íntima y cerré de inmediato el cuaderno enfadada conmigo misma. Fui a meterlo en la caja junto con el lápiz de memoria y fue entonces cuando me percaté de que dentro había un pequeña bolsa de plástico blanca y semitransparente. Se apreciaba con nitidez que en su interior había algo rojo. Al observarlo mejor, me di cuenta de que se trataba de un tanga mío rojo al que hacía ya tiempo que daba por perdido, creyendo que se me habría caído por el patio interior de la comunidad de vecinos mientras tendía la ropa.

No daba crédito cuando extraje el tanga de la bolsa y confirmé que era el mío: Sandro se había apoderado de él y lo había escondido allí.

Recordé el relato que acababa de leer y comencé a considerar seriamente la opción de que lo que mi hijo había escrito no era algo ficticio, sino real. Justo en ese instante comencé a percibir un olor intenso. Acerqué el tanga a mi nariz y el olor que de él manaba me hizo saber que estaba sucio. No tardé en reconocer en el forrito interno para la entrepierna el aroma salvaje de mi coño, lo cual me llevó a pensar que mi hijo había cogido el tanga del cesto de la ropa sucia.

Pero no era el único olor que impregnaba mi tanga: en el tejido, en la parte delantera, distinguí el inconfundible olor a semen seco. Durante el tiempo en que estuve casada con mi marido, una de las prácticas que más realizábamos era el sexo oral: en infinidad de ocasiones mi esposo se corrió en mi boca, en mi frente, en mi rostro y me familiaricé con ese intenso y fuerte olor y sabor.

Mi asombro y mi sorpresa iban cada vez en aumento al darme cuenta de que Sandro se había corrido en mi propio tanga. ¿Habría sido esa la primera vez? ¿Desde cuándo tenía esas fantasías conmigo? ¿Mi hijo era fetichista de las bragas y tangas usados de su madre y se machacaba la polla pensando en ellos y en mí, hasta terminar por correrse?

Yo estaba con un tremendo desorden mental ante lo vivido y en mi cabeza se mezclaban la indignación, el estupor y el enfado, más aun cuando continuaba notando mi tanga mojado por culpa del relato de mi hijo. Supuse que el pendrive que había en la caja tenía algo que ver con los relatos y estuve tentada en aquel momento de averiguar qué contenía exactamente. Pero Sandro no iba ya a tardar mucho en regresar y además necesitaba calmarme un poco de tantas emociones fuertes vividas en tan poco tiempo. Así que coloqué todo en su sitio tal y como estaba antes para que mi hijo no notase nada raro, terminé de hacer la limpieza en la habitación y salí de ella. En mi cabeza seguía presente todo lo que acababa de descubrir y, mientras preparaba la comida, no dejé de pensar en ello.

Cuando mi hijo abrió la puerta de la vivienda y me saludó, se me encogió el corazón. Apenas pude balbucear un tímido “Hola, Sandro”. Sabía que tenía que tranquilizarme, si no quería que mi hijo notase que ocurría algo y empezara a hacer preguntas. Pero me resultó difícil fingir naturalidad. Durante la comida, Sandro, al ver que yo estaba mucho más callada que de costumbre, me preguntó:
-Mamá, ¿te pasa algo? ¿Estás bien?
-No te preocupes, no es nada. Es que tuve una mañana muy atareada aquí en casa y estoy un poco cansada. Ahora dormiré una siesta y se me pasará- le respondí.

Mis palabras parecieron convencer a mi hijo y terminamos de comer. Después de que me ayudase a recoger la cocina y tras ver juntos un rato la tele, Sandro se levantó del sofá y se dirigió a su cuarto. No tardé en oír el sonido del ordenador al iniciar sesión y luego el de las teclas pulsadas por Sandro. De inmediato comencé a imaginar qué estaría escribiendo. Decidí encaminarme hacia mi habitación y tumbarme en la cama para descansar. Tras varios minutos de reflexión, el sueño se apoderó de mí y me quedé dormida. Al despertar de la siesta, me arreglé un poco y fui tomar un café con una amiga, con la que había quedado el día anterior. Cuando me despedí de mi hijo y salí de casa, Sandro continuaba en su habitación escribiendo, cosa que no hizo más que recordarme mi descubrimiento matutino.

Tomando el café con mi amiga Jéssica, ella también percibió algo extraño en mí y tuve que mentir de nuevo diciendo que me encontraba cansada.
-A ti lo que te hace falta es olvidarte de una vez del capullo de tu exmarido y buscarte a alguien que te dé un poco de marcha para ese cuerpo que tienes- me indicó Jéssica riéndose.

Consiguió arrancarme una sonrisa y continuó hablando:
-¿Ves? Esa sonrisa es un “sí”, o sea, que me das la razón. Mírame a mí: después de separarme, me llevé un tiempo desanimada y alicaída Pero desde que estoy con mi monitor de gimnasio, casi diez años más joven que yo, soy otra. Créeme, lo que te hace falta es follar a diario como hacemos nosotros.

Los intentos de mi amiga por animarme y su interpretación errónea de lo que me sucedía sólo consiguieron meter todavía más el dedo en la llaga, pues tuve que aguantar varios minutos más de escucha de sus hazañas y juegos sexuales con el monitor. Lo que yo menos necesitaba era oír hablar sobre sexo, pero ella seguía y seguía. Cuando nos despedimos, nos citamos para la siguiente semana para volver a tomar café juntas. Regresé a casa con un caos aun mayor del que tenía cuando salí. En lugar de poder olvidarme un rato de lo de mi hijo, la charla sexual de Jéssica lo había impedido y debo reconocer que algunos de los episodios narrados y descritos por ella habían llegado a encenderme un poco. Al fin y al cabo una no es de piedra.

Al entrar en mi vivienda, vi que Sandro no estaba. Supuse que habría salido un momento o que habría ido a casa de algún amigo. Allí sola, parada delante de la puerta de su habitación, contemplando la caja en la que se escondía ese cuaderno y el pendrive, me invadieron las ganas de entrar y volver a curiosear y a leer más y despejar mis dudas sobre el contenido de aquel lápiz de memoria. Finalmente accedí al cuarto de mi hijo y, cuando iba a destapar la caja, escuché la puerta de casa abrirse. Inmediatamente abandoné la habitación justo antes de que Sandro me pillara allí. Con el corazón en la garganta por el sobresalto y por el susto, lo saludé y respiré aliviada por no haber sido descubierta.

Aquella tarde-noche transcurrió ya con cierta normalidad, si bien el asunto no dejó de estar presente en mi mente ni un instante. Ya acostada en mi cama antes de dormir, tomé la decisión de que, en cuanto tuviese una buena oportunidad, volvería a la habitación de Sandro a saciar definitivamente toda mi curiosidad. Y, afortunadamente, no tardó mucho en presentarse. Y digo “afortunadamente” porque en los siguientes días al descubrimiento del cuaderno empecé a obsesionarme tanto que cada vez mi hijo entraba al baño a ducharse o a lo que fuese, yo estaba pendiente del tiempo que se llevaba dentro y, si tardaba demasiado en salir, no podía evitar pensar en el hecho de que tal vez estuviese masturbándose o jugando nuevamente con mi tanga robado.

Como digo, no tardé mucho en lograr mi objetivo. El domingo, unos días más tarde de mi hallazgo, Sandro quedó con un par de compañeros de clase para ir al Salón Internacional del Cómic, que se celebraba aquel fin de semana en la ciudad. Me dijo que pasaría allí toda la mañana y que luego comería algo con sus compañeros en un establecimiento de comida rápida, antes de regresar a casa.

Cuando se marchó temprano aquella mañana dominical, supe que tenía al fin vía libre durante unas horas para explorar en el cuaderno y averiguar el contenido del pendrive.

Por precaución dejé pasar unos minutos desde que mi hijo se marchó de casa y luego me dirigí ya a su cuarto. Lo hice nerviosa, con el corazón palpitándome a mil por hora. Abrí la caja y saqué el cuaderno con las manos temblorosas. Inmediatamente comencé a pasar las hojas y comprobé que, además del relato que ya había leído, existían otros tres más. Todos ellos hacían alusión en el título a una madre y los relacioné enseguida con el primero. Supuse que esa madre a la que hacían referencia los nuevos títulos era de nuevo yo.

No pude resistirme a echar un rápido vistazo a las primeras líneas de cada una de esas tres historias y eso no hizo más que confirmar mis sospechas. En efecto, la mujer descrita era yo y no sólo eso: el otro protagonista de los hechos era mi propio hijo. Uno de esos relatos se titulaba “Mi madre se exhibe en el autobús”, otro “Gozando de mi madre en la playa” y el último “Follando a mi madre con dos amigos”.

De nuevo la perplejidad se apoderó de mí: era evidente que mi hijo fantaseaba conmigo y que yo le servía como inspiración para sus relatos.

Tendría que haber cerrado en ese momento el cuaderno y haber intentado olvidarme del asunto. Debería haber abandonado la habitación de Sandro y dejar de obsesionarme con el tema. Pero no lo hice: la curiosidad por saber qué cosas imaginaba mi hijo sobre mí pudo con todo lo demás. Eso y el recuerdo de lo que me provocó la lectura días antes del relato de mi tanga que, aunque me avergüence reconocerlo, me excitó. El no salir de la habitación y continuar investigando fue mi perdición.

Una vez que decidí quedarme, pensé en leer uno por uno los relatos del cuaderno pero mi mirada se fijó entonces en el pendrive rojo: allí estaba, dentro de la caja y todavía no tenía ni idea de lo que podría contener. Así que tomé la decisión de dejar para luego el cuaderno y centrarme en el lápiz de memoria. Salí del cuarto de Sandro y me dirigí a la mía con el pendrive en la mano. Encendí mi ordenador, conecté el lápiz de memoria y abrí su contenido: había varias carpetas, cada una con un nombre: “Microrrelatos”, “Voyeurismo”, “Sexo con maduras” y “Amor filial”. Tardé unos segundos en salir de mi asombro y, cuando reaccioné, lo primero que hice fue volcar en mi ordenador todo el contenido del lápiz de memoria. Así ya no tendría problemas para revisarlo con toda la tranquilidad del mundo. Acto seguido regresé a la habitación de Sandro y volví a poner en la caja el pendrive.

Me sentí un tanto aliviada, pues ahora ya podría curiosear sin miedo a ser descubierta por mi hijo.

Con esa tranquilidad en el cuerpo y recordando los títulos de esos relatos y los nombres de las carpetas de archivos, me encaminé de nuevo a mi habitación.

Tras entrar, opté por pinchar primero en la que ponía “Microrrelatos”: aparecieron varios archivos de texto con títulos muy sugerentes. Repetí la acción con el resto de carpetas y cada una englobaba tres o cuatro textos. Preferí no abrir ninguno más, pues mi siguiente objetivo era investigar en la carpeta de “Amor filial”. Me encontré entonces con los tres mismos textos que había visto antes en el cuaderno y pinché sobre el que ya había leído al completo (“Masturbándome con el tanga de mi madre”).

Ante mis ojos aparecieron las palabras que conformaban ese texto pero había una gran novedad: en la parte final aparecía añadida un foto del tanga que mi hijo cogió del cesto de la ropa. Me impresionó ver ahí expuesta la imagen de mi sucio tanga entre la últimas líneas del texto. Pero en lugar de cerrar el archivo, lo que hice fue releer la historia, en esta ocasión más despacio que la vez anterior. Cada párrafo, cada línea del relato rezumaban un gran dosis de erotismo y de provocación. Sentí cómo mi coño se humedecía conforme yo avanzaba en la lectura.

Noté mis bragas mojadas bajo el jeans que llevaba puesto y cómo mis oscuros pezones se endurecían oprimidos por el sujetador y por la camiseta azul. Eso me llevó a sucumbir a la tentación de leer otro de los relatos. Elegí el titulado “Mi madre se exhibe en el autobús”. En él Sandro narraba y describía un viaje juntos en un autobús urbano y mis juegos exhibicionistas ante sus ojos y los de otro viajero. Toda la escena del bus estaba tan bien detallada que te hacía sentir como si la estuvieras viviendo realmente. Mi calentura estaba llegando al límite y, a la mitad del relato, mi mano se perdió entre el jeans y comenzó a acariciar mi palpitante sexo.

Mientras avanzaba en la lectura, mis dedos se empapaban cada vez más de mis flujos vaginales y opté por bajarme el pantalón y las bragas hasta los tobillos para tocarme y masturbarme con mayor comodidad y facilidad. En ese momento dejé a un lado el pensamiento de que me estaba masturbando por culpa de mi hijo: sólo me dejaba llevar por mis ganas, por mi deseo sexual y no era capaz de pensar en nada más. Varios dedos penetraron a la vez mi coño hasta hundirse por completo en él. Cada línea leída de la historia venía acompañada por un par de impulsos de mi mano que me causaban un enorme placer.

Chupé y lamí mis propios jugos antes de volver a enterrar los dedos entre mis carnosos labios vaginales y empujarlos y sacarlos una y otra vez. Aceleré como un loca y no aguanté mucho más: me corrí sin ni siquiera haber llegado al final del relato. Lo hice justo a la altura de la historia en la que mi hijo se deleitaba observando mis braguitas mojadas en el autobús, mientras mi mirada se clavaba en su hinchado bulto bajo el pantalón y en el del pasajero que asistía también complacido a la escena.

Extasiada, abierta de piernas y con la respiración agitada continué leyendo el relato. Sandro terminaba la historia dándole otra vuelta de tuerca: narraba cómo por la noche, ya de regreso a casa tras la exhibición en el autobús, yo me masturbaba en mi habitación pensando en todo lo acontecido y usando para ello un dildo. El color, el tamaño y la forma coincidían con el que tengo guardado en uno de mis cajones y, al pasar a la siguiente página del relato, mis sospechas se confirmaron: una foto de mi dildo azul estaba ahí, casi al final del texto para ilustrar mejor las escenas descritas. Me quedé con la boca abierta: Sandro había rebuscado en los cajones donde guardo la lencería y ese juguete erótico y tras tomarle una foto la había publicado en el relato.

Lo normal era que me hubiese indignado con mi hijo y que me hubiese enfado en ese instante. Pero no tuve esos sentimientos de enfado: el ardor que recorría todo mi cuerpo me lo impedía. Me quité las zapatillas deportivas que llevaba, me saqué los jeans y las bragas y me despojé de la camiseta y del sujetador, quedándome completamente desnuda. Observé mis marrones pezones, tiesos y endurecidos, apuntando hacia delante. Abrí mi cajón, retiré un par de prendas y allí apareció el dildo ante mis ojos. Lo extraje celosamente y pasé la yema los dedos de arriba a abajo por toda la larga y gruesa superficie empezando por la redondez de su punta hasta acabar en la base. Repetí varias veces más la acción con los ojos cerrados, imaginando que aquello que tenía en mi mano no era un dildo sino una auténtica polla gorda y empalmada que estaba a punto de follarme y de partirme el coño.

Me tumbé en la cama y, tras juguetear unos instantes con la punta del juguete sobre mis areolas y pezones, deslicé el dildo por mi cuerpo, llegué hasta mi vientre y rocé mi vello púbico justo antes de restregarlo sobre la raja de mi sexo. Inmediatamente el color azul comenzó a brillar por la humedad y empecé a enterrar el dildo centímetro a centímetro dentro de mi coño. Lo metí entero, hasta el fondo; lo saqué despacio y lo volví a meter.

Poco a poco fui incrementando la velocidad tratando de imitar la descripción que momentos antes había leído en el relato de Sandro. Mis primeros gemidos rompieron el silencio que reinaba hasta entonces en la habitación. Sentía placer, mucho deleite y no recordaba haber experimentado tanto goce en ninguna de las muchas ocasiones anteriores en las que había hecho uso del juguete. Imprimí mayor vehemencia a mis movimientos y el objeto azul taladraba mi sexo sin compasión. Sudorosa y acalorada seguí empujando sin cesar el juguete hasta que noté que se acercaba el clímax.

En el relato mi hijo narraba cómo su madre paraba justo antes de correrse y cómo luego, tras unos segundos de pausa, retomaba la masturbación. Eso fue precisamente lo que hice: disminuí el ritmo y dejé mi coño con ganas de explotar y de reventar por completo. Proseguí, pero me masturbaba ya muy despacio, de forma lenta, sintiendo al máximo cada penetración del dildo. Estuve así varios minutos y luego volví a acelerar de forma progresiva hasta alcanzar de nuevo un ritmo endiablado.

Con todas mis ganas machacaba una y otra vez mi sexo, mientras los flujos resbalaban parsimoniosamente por la cara interna de los muslos y empapaban las sábanas de la cama. Yo gemía sin detenimiento y sentía contracciones en el bajo vientre. Según el relato de mi hijo, debía parar otra vez, y luego comenzar de nuevo a masturbarme. Pero ya no me fue posible prolongar más la “tortura” descrita en el texto: tras un último arreón, de mi sexo empezó a brotar un imparable chorro de líquido blancuzco que terminó mojando mis desnudas piernas y gran parte de la cama. Exhausta lamí con la lengua el dildo de arriba a abajo y probé el rico sabor de mi propio sexo.

Permanecí unos minutos tumbada hasta recuperar las fuerzas suficientes como para levantarme. Me acerqué entonces al ordenador y retomé la lectura del último párrafo del relato, tras el cual me esperaba una última sorpresa: mi hijo invitaba a la lectura de todos sus otros relatos y añadía la dirección de una página web donde estaban publicados. Sandro no se limitaba a escribir para él sus fantasías ni, tal vez, para que las leyeran sus amigos, sino que publicaba sus textos en una página de relatos eróticos y pornográficos que tenía gran cantidad de usuarios.

Me encontraba agotada y empezaba a hacerse tarde, por lo que decidí reservar para luego el momento de entrar en dicha página e investigar más a fondo en ella las andanzas de mi hijo.

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