jueves, 24 de noviembre de 2016

Crónica de un incesto III

Decidí reservar la lencería y las minifaldas para otra ocasión y opté por usar los leggings negros. Cogí primero del suelo la camiseta que me había quitado un rato antes y me la puse sin sujetador. La redonda y gorda silueta de mis pezones apareció inmediatamente marcada bajo la prenda.
A continuación cubrí mis muslos y mi sexo desnudo con los leggings negros, que se ajustaban perfectamente a mi anatomía. Me miré en el espejo de la habitación y comprobé cómo la raja de mi coño se reflejaba en las ceñidas mallas. Me giré y observé la redondez y firmeza de los glúteos y la manera en que el tejido de los leggings se hundía entre ambas nalgas como si fuera engullido por ellas: me veía tremendamente sexy y espectacular.

Abandoné el dormitorio y pasé al cuarto de baño. Allí limpié el dildo y, tras secarlo, regresé a la habitación, lo guardé de nuevo en el cajón y dejé listo el suelo del dormitorio pasando sobre él la fregona. Antes de sentarme un rato en el salón con la esperanza de poder compartir unos minutos con mi hijo para que me viera así vestida, encendí el portátil. Con entusiasmo observé que en la bandeja de entrada de mi correo había un email de Sandro. Lo abrí y empecé a leerlo: contestaba a cada una de mi preguntas y me confesaba que se masturbaba a diario pensando en su madre, puesto que se había convertido en una obsesión para él. Saber que mi vástago sentía eso por mí no hizo más que reforzar mi idea de seguir con el juego que él había iniciado con los relatos, sin saber que su propia madre llegaría a leerlos. Ahora ya era evidente que la vez que se masturbó con mi tanga no había sido la única. Tengo que confesar que me sorprendió la frecuencia con la que Sandro se pajeaba y, a su vez, me sentí halagada con que lo hiciese con tanta frecuencia pensando en mí.

Igualmente me comentaba que, por supuesto, pensaba continuar escribiendo relatos y que lo que reflejaba en ellos eran todas las fantasías que tenía con su madre. Me agradecía el apunte sobre lo de seguir añadiendo imágenes de prendas de su progenitora a los relatos, aunque me señalaba la dificultad que eso entrañaba en cuanto al riesgo de poder ser descubierto con las manos en la masa. Por último, me hacía un sugerencia que me dejó estupefacta: me decía que ya que yo también era madre y que en vista de que gozaba tanto con sus relatos, podría contribuir de alguna manera y me insinuaba que lo hiciera mandándole algunas fotos. No especificaba más, pero era evidente que se refería a imágenes en las que apareciera en ropa íntima o, tal vez, algo más explícito. Se despedía indicando que estaba seguro de que ambos podríamos disfrutar muchísimo juntos.

Apagué el ordenador y me di cuenta de que mi hijo, lleno de desparpajo y de atrevimiento, estaba dispuesto a llegar lejos en el juego y que comenzaba, en cierta forma, a tomar la iniciativa en algunos aspectos. Y lo que más me sorprendió fue mi propia reacción: estaba decidida a aceptar esa especie de trato que Sandro me proponía.

Había llegado el momento de empezar a insinuarme delante de mi hijo. Lo primero que hice fue coger mis bragas sucias y dejarlas tiradas en el baño, en uno de los rincones, como si se me hubieran olvidado allí. Sólo quedaba ya esperar que a Sandro las viese e hiciese uso de ellas. A continuación me dirigí a la cocina y preparé un café con hielo para mi hijo y para mí. Es una de sus bebidas favoritas y sabía que no se negaría a salir un rato de su habitación y a beber ese café en mi compañía. Cuando lo llamé para ofrecérselo, únicamenente tardó un minuto en presentarse en el salón. Me encantó ver su cara al verme con esos leggings nuevos. Miró mis piernas de arriba a abajo. Trató de apartar la mirada pero no lo consiguió: de nuevo recorrió con sus ojos cada centímetro de mis piernas, cuya forma quedaba perfectamente dibujada en la ceñida licra de la prenda. Por último, clavó la vista a la altura de mi sexo y sus ojos se abrieron todavía más al divisar la marca de la raja vaginal. Sandro estaba asombrado, nervioso y hasta tartamudeó al darme las gracias por el café preparado. Nos sentamos en el sofá a ver un concurso televisivo, mientras degustábamos la fría bebida. Mi hijo, situado a mi derecha, se esforzaba por disimular y mirar a la pantalla, pero sus ojos no paraban de fijarse en mis muslos y en mi entrepierna. Bromeé con él sobre la torpeza del concursante a la hora de responder a las preguntas y mi hijo sólo fue capaz de esbozar una leve y tensa sonrisa.

Decidí que era el momento de presumirle de culo, por lo que me levanté y comencé a andar hacia la cocina para buscar agua de forma lenta y contoneando ligeramente las caderas. Yo estaba de espaldas, pero sentía los ardientes y deseosos ojos de mi hijo devorando mis glúteos. Satisfecha por cómo se estaba desarrollando todo, llegué a la cocina y cogí un botella de agua. No me arrepentía de nada de lo que estaba haciendo: Sandro lo había comenzado todo con sus relatos, esas masturbaciones, su robo del tanga....Él me había abocado a toda esa situación que yo no había sabido evitar. Pero el hecho de no haber sido yo quien hubiese empezado me servía, en cierta forma, como justificación o coartada para tratar de tener la conciencia tranquila.

Al regresar al salón, Sandro centró su atención en mis pechos y, más en concreto, en los pezones que estaban ya tan tiesos que parecían querer abrir una vía de escape por la parte delantera de la camiseta. Las continuas miradas de mi hijo y mis disimulados movimientos sensuales habían comenzado a excitarme.
-Mamá, los leggings esos que llevas puestos son nuevos, ¿no?- preguntó Sandro.
-Sí, me los compré ayer. ¿Por qué?- respondí con una sonrisa picarona.
-Es que te sientan muy bien. Estás muy juvenil y sexy con ellos- me comentó.
-Gracias por los halagos, Sandro. No ha sido la única prenda que he comprado. He considerado que era hora de renovar parte del vestuario. Ya ves, pensé que me había pasado de atrevida, pero después de oír tus cumplidos me quedo más tranquila- le comenté y le volví a agradecer sus palabras con un beso.
-Me alegro de que hayas dado ese paso, mamá. Tú vales mucho y no es que con otro tipo de ropa no estés guapa, pero así pareces hasta mucho más joven- agregó mi hijo.
-¡Vaya, hoy parece que es el día de los piropos! Han merecido la pena las compras de ropa y lencería- dije.

De forma intencionada mencioné la palabra “lencería” para ver la reacción de Sandro. Mi hijo, al escucharla, se sobresaltó y en su rostro se mezcló inmediatamente una expresión de sorpresa con una leve y pícara sonrisa.
-Haremos lo siguiente, Sandro. Creo que tú también te mereces una renovación de vestuario. Hace ya tiempo que no te compro nada y entre eso y la lluvia de piropos que me has dedicado te has ganado que vayamos mañana de compras al centro comercial. Iremos después de comer, si tú puedes y te apetece, claro.

A mi hijo se le iluminó la cara. Como a cualquier joven de su edad le gusta la ropa y estar a la última.
-¡Por supuesto que me apetece! Muchas gracias, mamá- exclamó antes de darme un beso como agradecimiento.

El diálogo había distraído un poco a Sandro, que había dejado de lanzar miradas deseosas hacia las diferentes partes de mi cuerpo durante la conversación. Pero una vez finalizada ésta, los ojos de mi hijo retomaron la actitud “voyeur” y de nuevo se deleitaban observando mis pechos y mis piernas.
-Me voy un rato a la habitación a hacer unas cosas- dijo Sandro antes de levantarse del sofá.

Al ponerse de pie, me fijé de reojo en su entrepierna y allí había una prueba evidente de lo que esas miradas le habían provocado a su cuerpo: un bulto más que considerable bajo el pantalón y una visible hinchazón de su miembro. Mi plan estaba funcionando a la perfección. Aquel día ya no quise forzar más la situación y el resto de las horas hasta que nos fuimos a dormir transcurrió con normalidad, si bien Sandro no dejó de quitarme el ojo de encima durante la cena.

A la mañana siguiente volví a despertarme unos minutos antes de lo habitual: deseaba tener unos instantes para poder comprobar la bandeja de entrada de mi correo. En esta ocasión lo hice a través del móvil para mayor rapidez y comodidad, pues, además, no tenía pensado entrar en ese momento en la página de relatos (eso lo reservaría para cuando regresase del trabajo). Comprobé que había un email nuevo de mi hijo, cuya hora de entrada evidenciaba que Sandro lo había enviado de madrugada.

Abrí el mensaje y empecé a leerlo: cada palabra que veía escrita, cada frase, no hacían más que aumentar mi satisfacción. Sandro comentaba todo lo ocurrido conmigo la tarde anterior, resaltando lo provocativa y ardiente que había estado su madre con esos leggings negros y la forma tan impresionante en que se marcaba la raja del sexo. Igualmente destacaba lo espectacular que se veía mi culo, aprisionado y ceñido bajo la licra de la prenda. Por último, comentaba la certeza de que su madre no llevaba ropa interior ni por arriba ni por abajo: hacía alusión a la forma tan exagerada en que los pezones presionaban el tejido de la camiseta y a que no había detectado señal alguna de ropa íntima bajo los leggings. Finalizaba el correo describiendo la paja que se había hecho en su habitación, usando para ello las braguitas sucias y apestosas que su madre había dejado tiradas en el baño y que había fotografiado para algún futuro relato, y cómo sus chorros de semen habían caído descontrolados sobre las sábanas de la cama.

La lectura del mensaje de mi hijo me dejó encendida y con ganas de más. Reaccioné de forma rápida y aproveché los escasos minutos de los que aún disponía para ponerme los leggings del día anterior y hacer una foto con el móvil a la zona de mi entrepierna. Comprobé el resultado de la imagen y era mucho más interesante de lo que podía imaginar: se apreciaba perfectamente mi raja vaginal y el grado de excitación que yo sufría hizo que la licra se manchase ligeramente. Aquella foto de mi sexo marcado en las mallas con esa mancha de flujo que se extendía unos centímetros por la prenda me encantó y colmó el deseo que tenía: mandarle la imagen a mi hijo diciéndole que yo solía usar también a veces ese tipo de prendas y que perdonase por la mancha, pero que la lectura de su correo me había dejado muy caliente y que sólo el hecho de tenerme que ir ya a trabajar iba a impedir que me masturbase.

Terminé recordándole lo que él mismo me había pedido: si yo le enviaba algunas fotos para ilustrar sus textos, él los seguiría escribiendo. Así que le solicité que usara la imagen mandada para un relato donde narrase con pelos y señales lo ocurrido con su madre la tarde anterior y la paja que se había hecho pensando en ella. Adjunté la foto al correo y se lo envié antes de quitarme los leggings y de vestirme un poco más formal para acudir al trabajo. Pero dejé preparada sobre la cama de mi habitación la ropa que me pondría para ir de compras con Sandro por la tarde.

El deseo de que llegase la hora de ir al centro comercial con mi hijo provocó que mi jornda laboral se hiciera interminable. No dejé de pensar en el mensaje de Sandro ni en mi osadía de fotografiar mi mojada entrepierna y mostrársela mediante la imagen enviada. Acababa de echar más gasolina al fuego y me invadió la sensación de estar convirtiéndome en una especie de “calientapollas” de mi propio hijo y de que él, con sus relatos y correos, me estaba emputeciendo.

Al fin terminé de trabajar y pude regresar a casa. Había acordado con Sandro que saldríamos hacia el centro comercial sobre las seis de la tarde. Cuando llegué al domicilio, mi hijo aún no estaba, pero no tardó mucho en aparecer. Durante la comida todo transcurrió con normalidad, si bien por mi mente no dejaba de circular la duda de si habría ya leído mi respuesta a su mensaje y de si habría visto la foto. Me tocaría esperar, por lo tanto, para ver el siguiente paso que daba. Después de comer, tanto mi hijo como yo nos fuimos a nuestras habitaciones. Tomé una pequeña siesta, pues tanta agitación hizo que me sintiera algo cansada.

Al despertar, era la hora de comenzar a prepararme para ir de compras. Fue entonces cuando miré la ropa que había elegido esa misma mañana. Sólo de verla me recorrió un latigazo de ardor por dentro de mi cuerpo. Pero también cierto nerviosismo: no recordaba la última vez que había vestido de esa manera tan sexy. Y ese nerviosismo aumentaba al saber que la persona con la que iba a estar y a salir era mi propio hijo. Pese a dichos nervios, estaba dispuesta a seguir con el plan ideado por la mañana. Comencé a desnudarme: me quité la blusa roja que llevaba y el pantalón negro y ancho y dejé esas prendas en el suelo.

Cubierta únicamente por un conjunto blanco de lencería formado por sujetador y braguita, me acerqué hacia donde se encontraba la ropa que iba a ponerme esa tarde. De repente, en la puerta de la habitación se oyó el golpeo de los nudillos de los dedos de mi hijo y justo después su voz:
-Mamá, ¿te queda mucho? Te estoy esperando.

Mi hijo tenía razón: sin darme cuenta, sumida en mis pensamientos, se me había echado la hora encima.
-Ya voy, Sandro. Estoy terminando de vestirme- le respondí, mientras me desabrochaba el sujetador y me quitaba las bragas.

No hice esperar mucho más a mi hijo. Cuando, ya vestida, abrí la puerta y me dirigí al salón para coger mi bolso, me encontré allí a Sandro, que esperaba sentado. Todavía no se me ha olvidado la cara que se le quedó al verme. No tenía ni punto de comparación con la del día anterior, cuando me puse los leggings.
-¡Wow!- fue lo primero que acertó a decir con una cara de asombro absoluto y con unos ojos que parecían a punto de salírsele de las órbitas.

Luego volvió a mirarme sorprendido, pero con un gesto evidente de deseo hacia mí.
-¿Nos vamos?- le pregunté sonriéndole.

Pero Sandro no reaccionó: permaneció sentado, impactado por lo que veía.
-¿No tenías prisa por irnos? ¿Qué te pasa?- le dije.
-Ehhh.....No....Nada, mamá, es que estás.....
-¿Guapa, tal vez?
-No sólo guapa, mamá, estás......- comentó Sandro sin atreverse a seguir hablando.
-¿Qué más estoy, entonces? Anda, dímelo, que me gustaría saberlo.
-Pues estás....Estás muy sexy, mamá.
-¡Vaya! Ya veo que mi cambio de look cuenta con una primera e importante aprobación: la de mi hijo. No sabía que fuese a impactarte tanto. No seas tan generoso con tus halagos, cariño, al fin y al cabo se trata sólo de esta camiseta celeste ajustadita y de una sencilla minifalda- le comenté, intentando aumentar el grado de provocación, mientras me giraba un poco para que me viese desde todos los ángulos y poder resaltar la sensualidad de mi cuerpo ataviado con aquella camiseta ajustada, bajo la cual mis tetas lucían desnudas y libres de sujetador, y la escuetísima minifalda amarilla que dejaba al aire mis piernas, cubriendo sólo el culo y los primeros centímetros de los muslos.

Con mi hijo aún en pleno asombro, salimos de casa y nos dirigimos hacia la parada del autobús. Durante el camino, tuve que soportar las miradas descaradas de la mayoría de hombres con los que nos cruzábamos, que no dudaban en girarse para mirarme el culo. Mi hijo no era ajeno a la situación y se daba perfectamente cuenta de que su madre estaba siendo el centro de atención. Procuré caminar un poco por delante de Sandro para regalarle la visión de la parte trasera de mi anatomía y sabía de sobra que él tampoco desaprovechaba la ocasión para comerme el culo con la mirada.

Al llegar a la parada del bus, no tuvimos que esperar mucho para que llegase el vehículo que habría de llevarnos al centro comercial. Los pocos minutos que duró la espera sirvieron para que un grupo de chicos jóvenes, de edad similar a la de mi hijo, y varios hombres maduros se deleitasen con mi presencia. Los maduros me observaban en silencio, pero los jóvenes murmuraban comentarios entre ellos. El sentirme el centro de atención de todos no hizo más que prender todavía más la mecha de mi ardor y excitación y me impulsó a proseguir con el juego planeado para mi hijo.

Al llegar el bus, Sandro me dejó subir por delante de él. Con el gesto de elevar la pierna para ascender los escalones, la estrecha minifalda se me subió un poco más y sentí cómo el inicio de mis nalgas habían quedado al descubierto, con la cara de mi hijo a escasos centímetros por detrás. Intenté actuar con naturalidad y, una vez dentro del bus, me bajé de nuevo la prenda para recolocarla, si bien sabía que mi hijo me había visto buena parte de los glúteos desde su posición y, probablemente, el color violeta del tanga que llevaba puesto. Entramos en el vehículo y estaba semivacío, justo como yo quería, porque deseaba tener la posibilidad de elegir asiento.

Y eso fue lo que hice: llevaba en mente qué sitios ocuparíamos, si estaban libres, y, en efecto, aquellos que había pensado se encontraban desocupados. Le indiqué a mi hijo el lugar en el que nos sentaríamos: un grupo de cuatro asientos colocados dos frente a dos. Sandro se sentó en uno de los que estaba pegado a la ventanilla y yo me dispuse a ocupar el que estaba frente a él. Miré a mi hijo y observé cómo aguardaba, nervioso, el momento en que ocupase mi asiento. Sabía que lo que deseaba era verme el tanga por delante, pero no estaba dispuesta a ponérselo fácil: quería que “sufriese” un poco.

De modo que me senté y coloqué inmediatamente el bolso sobre mi regazo, impidiendo cualquier posibilidad de acceso visual entre mis piernas. Pese a que no hacía mucho calor, sobre la frente de mi hijo comenzaron a aparecer pequeñas gotas de sudor. El pobre no sabía ya adónde mirar, si por la ventanilla, si hacia mis pechos cuyos pezones se marcaban en la camiseta, si a mis piernas o a mi rostro, que le dedicó un pícara sonrisa, cuando mis ojos se cruzaron con suyos. El bus empezó a circular y yo comencé a hacer como si consultase algo en el móvil, a la vez que separaba un poco los muslos, sobre los cuales permanecía inamovible el bolso como protección.

Sandro seguía esperando la mínima posibilidad de poder ver algo más de lo que contemplaba y, aunque fingía a veces estar distraído mirando por la ventana, inmediatamente volvía a observarme. Era el momento de dar el siguiente paso. Al detenerse el autobús en la siguiente parada, abrí muy lentamente la cremallera del bolso bajo la atenta mirada de Sandro. Removí el interior como si estuviera buscando algo y tras unos segundos resoplé resignada.
-¿Buscas algo, mamá?- quiso saber mi hijo.
-No, no importa. Buscaba mi lápiz de labios para pintarme un poco pero lo habré dejado en casa.

Cuando me disponía a desplazar el bolso para dejar parcialmente descubierta la apertura de la minifalda, llegó un viejo y se sentó junto a mi hijo quedando, por lo tanto, también enfrente de mí. La inesperada llegada de ese hombre me hizo dudar sobre si continuar con la exhibición o detenerla. Pero no podía desaprovechar la oportunidad ni el clímax creado, así que opté por seguir adelante: si aquel viejo canoso participaba también como espectador, lo consideraría como un daño colateral.

Finalmente, mientras hacía una supuesta última intentona por encontrar el lápiz en el bolso, lo fui desplazando ligeramente hacia el lado derecho. La parte superior de mis muslos empezó a quedar al descubierto y Sandro no perdía detalle de lo que sucedía. Sus ojos permanecían vigilantes, deseosos de penetrar entre mis piernas y de contemplar lo que ansiaba. Levanté el bolso, lo acerqué a mi rostro, simulando querer buscar mejor, y separé en ese instante un poco más los muslos. Miré entonces a mi hijo y observé una tremenda expresión de sorpresa en su cara, clara señal de que, al fin, había tenido acceso visual a lo que tanto ansiaba: el tanga violeta cuya abertura delantera dejaba al descubierto la raja de mi sexo, húmedo por mi propio juego de provocación.

Sandro se quedó inmóvil, sin pestañear y sin apartar la vista de mi entrepierna, mientras yo hacía como si me diera por vencida en mi búsqueda del lápiz labial. Sin embargo, ya no coloqué el bolso encima de mis muslos, sino en el lateral de mi pierna. Sandro me miró, yo disimulé y comencé a observar a través de la ventanilla. Luego abrí más todavía los muslos, levanté la pierna derecha unos centímetros y la crucé sobre la izquierda, regalándole a mi hijo con ese lento movimiento una perfecta visión de mi coño, brillante de humedad. De reojo observé cómo el viejo que estaba sentado junto a Sandro y que, desde que llegó, no había dejado de mirarme las tetas, hundió también sus ojos bajo mi minifalda amarilla.

El desconocido reaccionó llevándose con disimulo la mano a su paquete, a la par que mi sexo no paraba de escupir gotas de flujo. El anciano comenzó a deslizar la palma de la mano por todo el bulto, despacio, parando y moviéndola luego otra vez.

Bajo el jeans que llevaba puesto mi hijo, se adivinaba la silueta de su ya hinchada polla, empalmada gracias a la visión de mi tanga abierto. Mi boca empezaba a hacerse agua imaginando aquellas dos vergas para mí. Sandro se mostraba nervioso, temiendo que yo pudiera pillarlo mirándome; por el contrario, el viejo no se cortaba ni un pelo y permanecía con todo el descaro del mundo con los ojos puestos en mi entrepierna. Creo que se dio cuenta de que yo estaba permitiendo sus miradas y esto le dio alas hasta el punto de que pasara a magrearse el paquete sobre el pantalón sin ningún tipo de tapujos.

El autobús se acercaba a la parada del centro comercial y decidí poner el broche al espectáculo: descrucé las piernas y las dejé abiertas de par en par ante la atónita mirada de Sandro y la del desconocido. Volví a desentenderme de ambos y miré fijamente por la ventanilla del vehículo durante casi un minuto, hasta que llegó el momento de levantarme, pues el bus ya casi estaba en la parada.

Al volver a contemplar al viejo y a mi hijo, vi cómo sobre la fina tela del pantalón gris del desconocido había una extensa mancha de humedad y una especie de espuma blanca: el tipo se había corrido allí mismo, mientras observaba mi coño. Sandro, por su parte, había comenzado a imitar al viejo: lo sorprendí rozando con la mano su miembro sobre el pantalón y con rapidez apartó la mano en cuanto giré la cabeza hacia él.
-Nos bajamos aquí, Sandro- le dije, haciéndome la ignorante de la situación.

Mi hijo, al ponerse de pie, me obsequió con la imagen de todo su bulto hinchado bajo el jeans. Me levanté yo también y los dos nos dirigimos a la puerta del autobús. Justo en el instante en que ésta se abría, sentí cómo una mano se introducía por detrás, bajo mi minifalda, y me tocaba y pellizcaba las nalgas. Volví ligeramente la cabeza y escuché:
-Gracias por la corrida, putita.

Era el viejo el que me lo susurraba al oído aún con su mano metida dentro de la falda y con un dedo rozando la raja húmeda de mi coño e intentando penetralo. Sólo lo apartó cuando mi hijo bajó del autobús y yo detrás de él. También el desconocido se apeó del vehículo, pero tomó la dirección opuesta a la nuestra.

Sabiendo que Sandro estaba ardiendo y que yo me encontraba igual, más todavía tras los tocamientos de aquel pervertido viejo, comencé a caminar junto a mi hijo hacia el centro comercial. Allí me esperaba el desarrollo de la segunda parte del plan para aquel día.

PARTE III

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