sábado, 1 de octubre de 2016

El verano que todo cambió

La historia que os voy a contar sucedió hace ya varios años. He dudado hasta el último momento acerca de en qué categoría debía publicarlo; al final me he decidido por esta porque se ajusta igual de bien que a otras categorías y es la que más frecuento. Quizá el sexo explícito tarde un poco en llegar (y el auténtico amor filial no llegará hasta la segunda entrega), pero creo que la espera merecerá la pena.

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Me llamo Fernando y tengo 44 años. Hace 14 que estoy casado con la mujer de mi vida, Vanesa. La conocí cuando apenas era una cría en las fiestas de su facultad. No fue amor a primera vista. Evidentemente, era la imagen del puro morbo, con su aspecto de niña “bien” modosita: melena castaña a capas, alisada con discretas mechas, ropa cara, pendientes de perlas, en fin todo el uniforme de pijita estudiante de derecho. Al principio, cuando la vi bailando, sólo pensaba en tener sexo con ella esa misma noche. No lo conseguí, pero conocí a una mujer interesante y divertida, muy alejada de la imagen de superficialidad que desprendía su estilo. Nunca he sido un tipo especialmente atractivo, pero no me manejo mal en las distancias cortas y tengo bastante labia, así que conseguí que ella estuviera cómoda cuando me presenté y estuvimos charlando toda la noche. Ella estaba en 1º de carrera, mientras que yo había terminado mis estudios de económicas hacía un año y estaba opositando a la administración pública. Pertenecía a una familia muy pudiente de Madrid, pero tenía ideas progresistas (lo que le acarreaba no pocas discusiones con sus padres conservadores). Ella había consentido en estudiar Derecho porque su desarrollado sentido del deber la motivaba a ayudar a todo el mundo y defender de las injusticias a los más inocentes y débiles (incluidos las ballenas y los osos polares).

Ambos nos fuimos enamorando poco a poco, y a las pocas semanas ya salíamos juntos. Fue una de las épocas más felices de mi vida: soñábamos con el futuro, nos comprometíamos con causas sociales, salíamos de fiesta… Eramos una pareja muy popular entre nuestros amigos, la gente siempre nos invitaba a sus saraos porque éramos gente simpática y amable (Vanesa es especialmente risueña), teníamos conversación agradable, y por supuesto, mi niña deslumbraba con su discreta belleza allá donde iba. Era una chica tremendamente atractiva pero nada despampanante. Su cuerpo breve pero bien proporcionado, su rostro angelical de niña buena, y su eterna y acogedora sonrisa conseguían que todos los chicos sintieran por ella una atracción repentina. No era muy alta, ni tenía grandes curvas, lo que hacía pensar a cualquier pardillo que ella estaba a su alcance, cuando en realidad mi dulce Vanesa era una mujer maravillosa en todos los aspectos, físicos, emocionales e intelectuales y siempre estuvo, desde su adolescencia, al alcance de muy pocos elegidos. Me consta que tuvo un novio durante un tiempo en el instituto, quien la desfloró a los 15 años, y según ella, no había vuelto a probar a ningún hombre salvo a mi. Yo al principio sufrí en silencio algunos ataques de celos cuando alguien se mostraba especialmente cariñoso con ella, pero cuando comprendí que esto nos acompañaría toda la vida y que ella me amaba con amor sincero y fiel, estos pensamientos desaparecieron. Los años pasaron y Vanesa se fue convirtiendo en una mujer increíble; definitivamente me había tocado el premio gordo y para colmo, cada vez nos amábamos más.

Los sueños de juventud quedaron atrás y ambos nos acomodamos en sendos trabajos muy bien remunerados, por lo que empezamos a llevar una vida agradable y desahogada. Cenas con amigos, salidas nocturnas, conciertos, viajes por todo el mundo y ese tipo de cosas. Nos casamos un soleado viernes de marzo en el ayuntamiento, en presencia de la familia más cercana y una veintena de auténticos amigos.

Ninguno de los dos estábamos interesados en tener hijos así que disponíamos de todo nuestro abundante dinero y tiempo para nosotros solos. Nuestra vida sexual siempre fue maravillosa; el sexo con ella es, aún hoy, como una especie de droga de la que es imposible desengancharse. Bajo el gesto dulce y aspecto ingenuo de Vanesa, resultó esconderse una auténtica viciosa, que estaba dispuesta a disfrutar de su cuerpo y sus sentidos a todos los niveles sin ningún tipo de remilgo moral. Buena parte de ese placer lo conseguía al proporcionármelo a mi, lo que la convertía en una amante lasciva, complaciente y muy activa. Abiertos a experimentar cualquier juego o práctica sexual que se pudiera realizar en pareja, solíamos usar para nuestras fantasías todo tipo de juguetes y complementos. Follábamos a cualquier hora, en cualquier parte, en aseos de bares y restaurantes, en parques, portales de edificios, en la facultad… y en casa por supuesto. Anales, lluvias doradas, besos negros, esposas, lubricantes, consoladores… de todo había en el repertorio.

Un juego que nos gustaba especialmente era el siguiente: como ella parecía más joven de lo que realmente era, y a mi me empezaron a salir mis primeras canas en las sienes y la barba cuando frisaba los 30, nos gustaba acentuar esa diferencia de edad con nuestra indumentaria, y salir a la calle. Yo me vestía con traje y corbata y ella se hacía trenzas o coletas en el pelo, y vestía minifaldas de cuadros y calcetines hasta las rodillas. Aunque sólo tenía 6 años menos que yo, cuando salíamos a la calle de tal guisa, parecía una colegiala en brazos de un pervertido. En tales ocasiones solíamos cenar en algún McDonalds, entre familias tradicionales. La ropa y el peinado le daba un toque ambiguo a Vanesa, quien a ojos de cualquier desconocido podía tener desde 14 hasta 20 años (cuando en realidad rondaba los 26 cuando empezamos a hacer esto). De postre siempre pedía un helado, y ella se lo comía saboreándolo con ganas, con las piernas abiertas mientras yo la observaba. Después marchábamos a cualquier motel cutre, y ante la mirada desaprobatoria de el de la recepción, cogíamos una habitación para una sola noche. Tras varias horas siendo el centro de todas las miradas, ambos llegábamos a la habitación excitados hasta el paroxismo, por lo que las sesiones más sucias y salvajes de sexo solían tener lugar en tales ocasiones. Me excitaba mucho su indumentaria de “Lolita”, pero aún más imaginar en secreto que ella compartía conmigo estos gustos y que deseaba juguetear con un tierno efebo. Sin duda, el sexo era la tercera gran pata sobre la que se asentaba nuestra relación, junto a la admiración intelectual mutua y el fuerte amor que ambos sentíamos por el otro.
I

Los años, a los años son iguales, y el tiempo fue pasando sin que nos diéramos cuenta. Cuando Vanesa cumplió 32, sintió la llamada de la naturaleza, y un poderoso instinto materno se despertó en su interior. Aún recuerdo el día en que me dijo directamente, y sin lugar a matices o interpretaciones, que quería que le hiciera un hijo sí o sí. Yo nunca había querido ser padre; siempre me he visto a mi mismo como una especie de niño grande incapaz de responsabilizarse de una criatura. Aún así, decidimos que en ese punto de nuestras vidas tener un hijo podría ser una experiencia muy gratificante a nivel emocional, y evitaríamos así el hipotético día en que, sólos y ancianos, nos arrepentiríamos de no haberlo tenido. Además, mi dulce Vanesa quería ser madre y, ¿qué podía hacer yo sino estar a la altura y seguir intentando hacerla la mujer más feliz del mundo?

Apenas un mes después de empezar a intentarlo Vanesa quedó embarazada. Los siguientes 9 meses fueron casi perfectos (ambos ilusionados y enamorados) salvo por un pequeño detalle (o no tan pequeño). En el tercer mes de embarazo, el ginecólogo descubrió que los dolores que sufría a veces mi dulce esposa se debían a una mala posición de la placenta: no era peligroso, pero la penetración quedaba aplazada hasta que no hubiera riesgo de nacimiento prematuro. Seguimos practicando otros tipos de sexo, pero el no poder culminar las sesiones con una caliente y prolongada penetración de mi barra de acero en su chorreante vagina empezó a pasar factura al poco tiempo. Pronto andábamos los dos más que calientes. Vanesa, que no quería poner nada en peligro, ni siquiera me permitía penetrar su delicioso culito, así que nos masturbábamos a diario y teníamos muchas conversaciones tórridas.

Este estado de desquiciamiento sexual explica por qué una noche, tras unos cuantos vinos en la terraza, me atreví a hablar del único tabú que permanecía en nuestra vida sexual: la introducción de terceras personas en nuestros juegos. Ella no pareció escandalizarse, e incluso estuvimos elucubrando quién o quiénes podrían ser los elegidos. Aún así, no era un paso fácil de dar, pues fuera de nuestro pequeño mundo de vicio y perversión, éramos (y somos) personas bastante tímidas y prudentes; además, sólo eran ideas, pues en cualquier caso todo debía ser aplazado hasta después del parto.

Nuestro pequeño Alex nació un 4 de septiembre con algo más de 3 kilos. Todos los que seáis padres, queridos lectores, comprenderéis el terremoto que supone para una pareja la llegada de un primogénito. Todo nuestro mundo dio un giro radical, y embargados por el amor y la responsabilidad, nos dedicamos en cuerpo y alma a la crianza de nuestro pequeñuelo. Ahora formábamos un equipo perfecto. Vanesa estaba más radiante que nunca; se suele decir que a todas las mujeres les favorece la maternidad, y con ella no había excepción. Sus ojos sonreían pícaros, su piel resplandecía. Su cuerpo apenas sufrió ningún cambio significativo. El periodo de lactancia sólo duró 6 meses, por lo que sus pechos, tras hincharse y descolgarse un poco, casi no sufrieron cambios en su forma o tamaño. Supongo que hay que tener suerte con la genética, y ella la tenía. 

Pronto asumimos que nuestra vida había cambiado completamente. Habíamos salido de lo que se suele llamar “zona de confort”, y ahora todo giraba en torno a nuestra pequeña. Se acabaron las salidas nocturnas, los conciertos y los viajes por todo el mundo. Tampoco el sexo fue retomado con la misma pasión que antaño; no es que no tuviéramos las mismas ganas de siempre, simplemente es que íbamos reventados de cansancio. Todos estos factores confluyeron para que, al siguiente verano, nuestra vida cambiara para siempre.


II

Se acercaba el verano, y con él, las vacaciones. Normalmente aprovechábamos para coger un avión y visitar alguna/s ciudad/es lejana/s, pero con una criatura de 8 meses, la cosa cambiaba. No es que seamos mochileros, pero solemos viajar con lo justo, caminamos muchos kilómetros para visitar muchas cosas, etc, así que pensamos que por una vez, no estaría mal alquilar alguna vivienda en la costa y relajarnos en la playa durante dos o tres semanas. Además, nos merecíamos un buen descanso. Tras las habituales pesquisas por internet, Vanesa encontró un coqueto dúplex adosado en la costa catalana, sin piscina, pero en segunda línea de playa. La zona no estaba demasiado masificada por el turismo debido a los precios que por allí se estilaban, y las fotos eran prometedoras, así que nos decidimos a alquilarlo.

La noche antes de partir, con la mayoría del equipaje ya en el coche, me encontraba en la terraza, leyendo un libro y bebiendo una copa de vino, cuando Vanesa llegó y me informó de que Alex ya estaba dormido. Al ponerse justo delante de la lámpara, la silueta de su cuerpo se dibujó dentro de su vestidito blanco ibicenco. Pude adivinar, por el tono de su voz, que quería sexo; es algo que pasa cuando llevas mucho tiempo con alguien. Me hice el indiferente, respondiendo secamente: sabía que a veces a ella le gustaba encelarse y suplicar su orgasmo ronroneando. Se acercó y se sentó sobre mí abriendo las piernas. Seguí leyendo como si no fuera sensible al contacto de sus nalgas en mis muslos y al olor almizclado de su sudor. Se había recogido el precioso pelo castaño alisado en una cola de caballo; por el escote se veía el inicio y el fin de su canalillo. Apoyó los antebrazos en mis hombros y cubrió de besitos mi cuello susurrando:

-He estado mirando otra vez las fotos del dúplex. La parcela está rodeada por unos tupidos pinos-. Su aliento caliente se esparcía por el vello de mi pecho; su voz dulce y acogedora, el calor de la noche veraniega… Todo ello me provocó una erección de campeonato que se elevó dentro del pantalón por encima de los muslos. La notó y comenzó a frotarse contra ella. Continuó:

-Quiero que hagamos una cosa estos días. La playa donde vamos es familiar y no podemos dar el espectáculo, pero en casa quiero que esté prohibida la ropa. Iremos todo el día en pelotas y follaremos mucho. Todos los días muchas veces; en todas las habitaciones de la casa y en el jardín también-. La idea me encantó.-Te voy a dejar seco; te voy a follar todos los días hasta que te tiemblen las piernas-. Mientras decía esto, había liberado el pene del bañador y tras frotar sus labios vaginales y el clítoris contra él a través del tanga, lo acomodó entre sus nalgas, elevándose éste por el carril que mostraba la hendidura entre sus cachetes. Sentir el libre roce contra la suave piel de las nalgas provocado por su caprichoso movimiento pélvico se traducía en un aumento de mi deseo- Te voy a dar los buenos días a diario con una mamada; quiero que pases los días enteros empalmado, chorreando por mi culito y mi chochito.

Sus palabras eran más excitantes que sus caricias. Le besé y sobé el cuello paladeando la sal de su sudor. Echó a un lado el tanga y en un eléctrico movimiento consiguió ensartarse ella misma con mi miembro. Al principio fue un lento movimiento circular, con el cual mi glande exploró los lugares más recónditos de su vagina. El calor y la humedad que desprendía su coño era suficiente para hacerme sentir relámpagos de placer; no hacía falta fricción ni roce. Cuando comenzó a cabalgar siguió diciéndome obscenidades: “Cabrón, lléname entera. Te voy a dejar seco, vas a adelgazar estos días… ¡oh sí!, sigue follándome así… Mmmmhhhh me encanta tu rabo, te lo voy a desgastar. ¡Oh, oh, ah, sigue, sigue…! Yo mientras ya estaba muy excitado. La voz susurrante, las obscenidades, y el calor de su sexo me arrancaron un gran orgasmo en apenas dos minutos. Nuestros fluidos se unieron en una pócima viscosa y tibia que resbaló por mis testículos. Mi dulce Vanesa. Mi diosa insaciable. Las vacaciones empezaban bien.
III

Salimos muy temprano en la mañana y llegamos a eso del mediodía. No nos costó encontrar el dúplex; era el último de una calle estrecha de una sola dirección, a lo largo de la cual se levantaban las vallas y los pinos de las parcelas. Al ser el último de la calle sólo estábamos adosados por un lado de la edificación a otro dúplex: sólo teníamos un vecino “pared con pared”. El casero nos esperaba, y muy amablemente nos mostró la casa. Era perfecta, pues tenía el tamaño justo y estaba decorada con muebles blancos o de esparto y adornos marineros: cuadros de paisajes marinos, claraboyas, instrumentos de marinería e incluso una red de pescar en la pared de la escalera, lograban crear un ambiente portuario muy agradable. Comimos frugalmente unas frutas que encontramos en el frigo, y ordenamos (más o menos) el contenido de nuestro equipaje. Ambos deseábamos inspeccionar la playa, así que a media tarde cogimos al niño y unas toallas y fuimos a verla. Para los que somos de interior, el primer olor a playa del año evoca muchas y buenas sensaciones, así que estábamos de muy buen humor, sonriendo y gastando bromas sin parar.

La playa era perfecta. Poco concurrida, con un bosquecillo cercano y pocas edificaciones a la vista. Unos pocos jóvenes descansaban aquí y allá al sol de la noche anterior, y algunas familias con niños disfrutaban de la arena y el Mediterráneo. Pusimos el tenderete cerca del agua, no muy lejos de una mujer de unos 45 años. Con una gran melena morena rizada recogida tras una gran visera, hacía pasatiempos sentada en una silla de playa. Llevaba bañador y pareo.

Decidimos dar un paseo con los pies a remojo antes de bañarnos y así lo hicimos. Después nos metimos al agua los tres juntos (era el primer baño de la vida de Alex), y más tarde, las chicas salieron mientras yo me quedaba nadando un rato más. Después de unos minutos, vi a Vanesa en la orilla, haciéndome gestos inequívocos de que volvía a la casa y agité la mano haciéndole saber que prefería quedarme un rato más. La observé recogiendo algunos bártulos y partiendo con el bebé en brazos; no sólo era una buena amiga y una excelente amante, también era una madre entregada. Al cabo de unos minutos salí, me sequé ligeramente y cogiendo una novela me parapeté tras mis gafas de sol y comencé a leer. La mujer seguía haciendo pasatiempos unos metros más a mi derecha.

Al poco rato ya no prestaba especial atención al aburrido best-seller, pues las chicas y mujeres que pasaban cerca atraían toda mi atención. Tras las gafas de sol, pude disfrutar impunemente de los paseos de chicas de diferentes edades y aspectos. Tuvieron que pasar más de 15 minutos para ver el primer top-less. La excitación llamó tímidamente a mi puerta cuando vi pasar de largo aquellos pechos enhiestos. Recordé nuestros planes de nudismo casero y me excité aún más.

Intentaba concentrarme en el libro con el fin de que la erección remitiera cuando algo llamó mi atención. Un intenso chapoteo que había empezado a sonar hacía un par de minutos estaba acercándose. Miré al mar y vi a una chica sobre una colchoneta hinchable acercándose a la orilla. Cuando lo estimó conveniente hizo pie, cogió la colchoneta y se dirigió hacia donde yo estaba. Cualquier descripción de tal aparición sería injusta pues resultaría imposible plasmar tal belleza en palabras. El pelo mojado, moreno y rizado, se posaba sobre sus hombros y apenas cubría sus clavículas. Los ojos eran enormes y muy redondos, almendrados; brillaban con el reflejo del mar a sus pies. La boca, pequeña y de labios carnosos. Su cuerpo era desconcertante; la chica era alta, cerca del metro setenta, pero sus curvas eran como de niña, como si aún estuviera en formación. La estatura no se correspondía con esas curvas: los senos apenas abultaban, las caderas eran casi imperceptibles y las piernas eran larguísimas y fibrosas. Gotas de agua resbalaban sobre la piel tersa y bronceada acariciando cada centímetro. Pasó por delante de mí y se dirigió a la mujer de los pasatiempos. Tan dura era su carne y tan tersa su piel que no había separación entre su culo y sus piernas; las nalgas no hacían pliegue al encontrarse con los muslos.

Disimulé con el libro entre las manos, repasando a aquel ángel desde detrás de mis gafas de sol. Se acercó a la mujer y tras debatir, decidieron irse. La que parecía la madre se levantó y comenzaron a recoger. Tenía pechos y caderas generosas, así como labios carnosos. La chica, dándome la espalda, se agachó a coger algo, regalándome una panorámica de su entrepierna que no dejaba mucho a la imaginación; un candoroso paquetito del color del bikini, abombado y surcado longitudinalmente por una hendidura que nacía entre los cachetes de su culo se abrió paso holgadamente entre sus muslos al agacharse, quedando enmarcado por aquellas sólidas nalgas. Al momento se enderezó y se giró para mirarme directamente. Afortunadamente, mi libro y mis gafas de sol la tranquilizaron y siguió a lo suyo. Parecía que la chica aun estaba acostumbrándose a que los hombres la miraran y empezaba a ser consciente de su poder sobre estos; con seguridad, de repente había sido consciente del espectáculo que me estaba ofreciendo y rectificó su postura con brusquedad. Cuando hubieron recogido todo empezaron la marcha charlando. Yo quedé excitado, con el miembro a punto de reventar mi bañador. Aprovechando que la playa empezaba a estar desierta, salí corriendo hacia el mar con la esperanza de que el agua fría me calmara pero tuve que hacer unos largos extra para bajar mi erección. Por un momento pensé en masturbarme, pero preferí esperar a estar en casa para aliviarme con mi querida esposa.
IV

Entré en la parcela y me dirigí a la ducha que había en el patio trasero. Antes de ducharme dije un cantarín “Hola” esperando que se me oyera dentro de la casa pero no obtuve respuesta. Me asomé por un ojo de buey que daba a una sala de estar y vi a Vanesa de pie junto a la cuna, completamente desnuda, meciéndola mientras se llevaba un dedo a los labios en clara petición de silencio. Era tremendamente erótico observar tan bella mujer desnuda realizando una actividad que no congeniaba para nada con el sexo. Sus pezones semejaban caramelos de fresa y su rajita, totalmente depilada, se acomodaba plácidamente en el triángulo que formaban sus muslos. La observé unos instantes sintiendo mi pene crecer. Aunque sólo podía verme la cara ella adivinó lo que estaba pasando y me sonrió. Siempre podía leer en mi cara lo que estaba pensando o sintiendo. Me conjuré para follar a Vanesa después, y soltando bártulos, dejé caer el bañador al suelo y entré a la ducha equipado únicamente con las chanclas. Sentir el agua tibia limpiando la arena y recorriendo mi cuerpo reafirmó mis deseos lujuriosos y mi pene alcanzó una consistencia y un tamaño que me hacían sentir una especie de tonto orgullo. Estaba aclarándome el jabón cuando sentí las manos de Vanesa masajeando mi espalda y mis hombros. Dejé los brazos muertos y disfruté del momento, pero enseguida, se acercó a mí, pasó sus brazos por mis axilas y me abrazó por detrás. Apoyó su cara contra mi espalda y sus pechos se aplastaron contra mí. Tiernos besitos recorrieron mis hombros mientras sus sabias manos acariciaron mi torso “fofisano” y descendieron hasta agarrar mi herramienta. Un par de caricias después no pude aguantar más, me giré bruscamente y mi lengua azotó su boca. Ella no pudo evitar un gesto de placentera sorpresa pero yo no podía más; había vuelto de la playa “calentito” y tenía que descargar salvajemente en su coño, sin preliminares. Pellizqué sus nalgas con toda la extensión de mi mano separándolas mientras con todo el cuerpo la aprisioné contra la pared. Bajé las manos hasta agarrar los muslos y la levanté en peso. Ella me abrazó con las piernas y la penetré hasta el fondo. Las embestidas fueron salvajes. El agua recorría nuestros cuerpos y hacía que un par de mechones de pelo rebeldes se pegaran a su cara. Alcanzamos el orgasmo a la vez, entre gemidos de placer que se fueron acallando poco a poco.

-Vaya vaya; sí que tenías ganas- dijo sonriendo.- Eso es que has estado mirando las chicas de la playa. Voy a tener que regañarte.

-Si todas las regañinas van a ser así, no me importa: seguiré mirándolas.

-Jajaja; trato hecho -rió ella. Debo reconocer que su comentario me sorprendió un poco. No es que Vanesa sea especialmente celosa, pero nunca habíamos comentado nada acerca de mis posibles deseos hacia otras chicas.

Cenamos en el porche totalmente desnudos. Era agradable notar la caricia de la brisa veraniega en los testículos. Además cualquier roce era vivido con risitas de complicidad. Para recoger la mesa, ella hubo de poner sus nalgas ante mi cara pues yo seguía sentado, así que no tuve más remedio que darle un buen mordisco. No podía dejar de manosearla ante estas situaciones: un pellizquito en un pezón, un intrépido dedo buscando sus labios menores, una nalga castigada por una cachetada, etc. Gracias a estos jugueteos, mi miembro pasó por todos sus estados (de flácido a sólido) varias veces esa noche sin necesidad de ser acariciado. De alguna manera sentía que nuestra sexualidad estaba a punto de pasar a otro nivel.

Al fin, ella se tumbó un rato a ver la TV, y yo anuncié que subía al balcón de nuestro cuarto a fumar un cigarro, pues había allí una oportuna mesa y unos sillones muy cómodos. No soy fumador, no tengo el vicio, pero a veces me apetece relajarme al final del día con un whisky o un vino y un cigarrillo. Preparé todo y me acomodé en el sillón del balcón sin encender luces. La terraza no tenía barandilla sino una especie de pared que llegaba hasta la cintura, así que una vez sentado, permanecía prácticamente oculto. Justo al otro lado de la calle, se elevaba un dúplex idéntico al nuestro. La habitación del balcón (que debía de ser como la nuestra) permanecía con la luz apagada, pero de la ventana de al lado salía el tenue brillo de una lámpara de noche. Sólo se veía una puerta abierta que daba al pasillo. Escudriñé unos segundos (¡viva el voyeurismo!) pero sólo vi un pie, que parecía femenino, aparecer de cuando en cuando por la parte inferior de la ventana. Evidentemente, alguna persona estaba tumbada boca abajo en la cama y movía los pies. Me dediqué a leer unos artículos en la tablet rodeado por la penumbra y al cabo del rato me volví a fijar en la ventana. Ni rastro del pie. ¿Quién sería su dueño? ¿Sería una chica? ¿Sería guapa?. Y lo peor: ¿me la había perdido por leer aquellos estúpidos artículos? Una especie de ansiedad me invadió y sentí gran curiosidad por averiguar quién era aquella persona.

Como imaginareis, queridos lectores, la providencia me deparaba una grata sorpresa. De repente, la lolita que había obnubilado mis sentidos en la playa apareció por la derecha y se esfumó rápidamente por la izquierda. Mi corazón se disparó. Sus rizos, ahora secos, se habían contraído unos centímetros, y se movían saltarines a su paso, dándole un aspecto tribal y salvaje. Como única indumentaria lucía una camisetita de tirantes pegada al cuerpo y una braga-culotte. Aunque por la tarde la había visto con mucha menos tela encima, ahora me parecía infinitamente más sexy y mi pene empezó a reaccionar cuando volvió a pasar, ahora hacia el otro lado. La camiseta ceñida evidenciaba la escasez de pecho (aunque sus senos parecían empezar a pugnar por desarrollarse), pero marcaba dos botoncitos magníficos a la altura de los pezones.

De repente volvió a aparecer, pero esta vez no pasó de largo, sino que cerró la puerta, dejando visible el espejo de cuerpo entero que había tras ella. Hizo una pose, como de modelo, y con el móvil que llevaba en la mano, fotografió la imagen del espejo. Volvió a poner otra pose sensual y disparó nuevamente. Para la siguiente instantánea se giró y se agachó, enfocando las firmes nalgas. No estaba muy lejos, pero evidentemente no podía apreciar todos los detalles. Pensé en acariciarme, e iba a hacerlo, pero una voz desde lo más profundo de mi ser me hizo mirar hacia atrás, a la puerta del balcón, donde estaba Vanesa, con un hombro apoyado en el marco y con cara de poker.

Me avergoncé. La excitación se hacía evidente en mi pene; era obvio que aquella muchacha me había excitado mucho, y sentí el impulso de disculparme ante mi esposa, una mujer hecha y derecha. Abrí la boca sin saber muy bien lo que iba a decir, pero ella se adelantó rápidamente, sonriendo y llevándose otra vez el dedo a los labios en señal de silencio. Entonces sacó la otra mano de detrás de su espalda y vi que sostenía el bote de lubricante que solemos usar para el sexo anal. Se acercó despacio, desnuda y terrible. Se arrodilló a mi lado y antes de lamer mi oreja susurró con su aliento caliente “Te queda prohibido moverte. Disfruta. Todo vale”. Comprendí que mis temores no tenían razón de ser. Estaba claro que Vanesa tenía alguna especie de plan con respecto a nuestra vida sexual, del que aún no me había hecho partícipe; evidentemente, prefería que lo fuera descubriendo poco a poco con hechos, lo que me pareció una gran idea. Al principio elucubré que lo hacía sólo por complacerme, pero a juzgar por la pasión que ponía, a ella también le gustaban estas formas de sexo.

Me empujó por el pecho hacia atrás para que me recostara en el sillón. La muchachita había concluido la sesión de fotos, pero ahora bailaba ante el espejo alguna música que no podíamos oír. Parecía ensayar bailes sexys para no desentonar cuando saliera con amigos a bailar. Un buen chorro de lubricante cayó sobre mi polla y mis testículos y Vanesa comenzó a masajear. Sus dedos resbalaban aceitosos en torno a mi miembro. Me masturbaba con gran destreza, apretando más fuerte en la base, y deslizando más suavemente los deditos por los contornos del glande. La sujetó por la base con una mano y restregó suavemente la punta con la palma de la otra, para después formar un anillo con el índice y el pulgar y masturbar la parte más sensible de la cabezota de mi pene con un movimiento de no más de un centímetro arriba y abajo. Después formó un coño suave y resbaladizo entrelazando los dedos de ambas manos y me la machacó. Nunca había imaginado que una paja pudiese ser tan placentera. Los pechos de Vanesa temblaban a cada movimiento de sus brazos. Hizo resbalar mi glande entre sus palmas y entre sus dedos de todas las formas posibles. Desde el principio supe que no iba a usar su boca acogedora, y esa dolorosa renuncia resultó añadir morbo al asunto. La muchacha seguía con su infartante baile sensual; se ponía en cuclillas y volvía a elevarse despacio arqueando la espalda; acariciaba su torso y su culo mientras zimbreaba su cuerpo; se recogía el precioso cabello con los brazos en alto y lo volvía a soltar, etc. Vanesa también miraba a la chica con evidente placer y mi imaginación me regaló la preciosa imagen de las dos besándose y acariciándose desnudas. Mientras masajeaba mi falo y mis testículos a la vez susurró:

-Qué buena está la hija de puta, quién la pillara.

Este comentario azotó mis ansias lujuriosas y sentí que el placer iba invadiendo mi cuerpo como el mar inunda la playa cuando sube la marea. Mis movimientos y mis ahogados gemidos la pusieron sobreaviso y justo cuando parecía que no había vuelta atrás e iba a eyacular, dejó de masturbarme, consiguiendo que me doblase por el doloroso gusto que provocaba no alcanzar el prometido orgasmo. Gotas de líquido preseminal resbalaron por mi capullo cuando contraje el perineo y se precipitaron recorriendo todo mi rabo, morado, tumefacto y reluciente gracias al lubricante. Todo esto sucedía mientras yo no me perdía ni un movimiento del bailecito que nos ofrecía la chica. Mi mujer se centró ahora en los testículos, haciendo un masaje resbaladizo que terminó con su dedo anular masajeando mi ano. El cosquilleo estaba resultando muy agradable y pronto introdujo dos falanges del dedo y dejándolo ahí retomó su trabajo en la base de mi aceitada polla con la otra mano.

Pero ¡oh amigos!, todos los astros conspiraban a mi favor esa noche, y cuando parecía que la cosa no podía mejorar, se encendió la luz de la otra habitación, lo que llamó nuestra atención. De repente apareció la mujer de los pasatiempos. Se había recogido la melena en un sensual moño que dejaba caer mechones de pelo por sus sienes. Como única indumentaria, una toalla envolvía su cuerpo desde el escote hasta los muslos. Entonces se quitó la toalla y la arrojó, quedando totalmente desnuda ante nosotros. Vanesa me miró divertida (sin parar de masturbarme suavemente) y ambos sonreímos. La mujer se conservaba estupendamente, pues a pesar de que aparentaba estar en la cuarentena desde hacía tiempo, y de que tenía un pequeño y delicioso exceso de peso, sus formas eran muy exuberantes y femeninas. El corte del bronceado era evidente, y dejaba sus partes íntimas mucho más blancas que los brazos y las piernas. Estaba equipada con dos melones de campeonato adornados por dos pezones grandes y oscuros. Estaban algo caídos, pero no eran para nada feos: tenía unas tetas espectaculares. Su coño era, desde donde estábamos nosotros, un tupido mechón triangular de vello negro. Rápidamente se puso unas bragas blancas que dejaban escapar algunos pelitos negros por los laterales y comenzó a embadurnarse el cuerpo con leche hidratante mientras su hija seguía ensayando escorzos y pasos de baile, y Vanesa continuaba con la paja más deliciosa que nadie pudiera imaginar. Aquella era la primera de las situaciones ultra eróticas que me esperaban esos días: mientras mi esposa disfrutaba masturbándome, ambos nos recreábamos con el sublime espectáculo que madre e hija nos ofrecían. La mayor se masajeaba las tetas y la menor ponía poses sexys y se tocaba los pezoncitos y las nalgas mientras bailaba. Incluso llegó a subir la pierna como una bailarina, quedando su tobillo a la altura de la oreja.

No podía aguantar más, el placer iba en aumento. Empecé a gruñir ahogando los gritos que el cuerpo me pedía para no ser descubiertos. Sin darme cuenta, Vanesa había metido el dedo por completo en mi ano y lo movía levemente, lo que me proporcionaba descargas de placer. La otra mano se deslizaba sobre mi embadurnada polla con maestría buscando los pliegues y zonas más erógenas. El orgasmo llegaba ya, me puse en tensión, y cuando estaba a punto de estallar, Vanesa cesó de masturbarme y me acarició los testículos mientras el dedito se deslizaba con facilidad dentro de mí. Estallé en una sorprendente erupción de semen que aterrizó en mi torso, mi cara, mi pelo y el suelo. Sucesivos espasmos provocaron dos o tres erupciones más, igual de impresionantes que la primera, lo que dio paso a un caudaloso reguero de leche que embadurnó mi pelvis. Era la primera vez que sentía esa morbosa sensación del inmenso placer de un gran orgasmo, sumado a la ansiedad de no encontrar roce en el momento álgido. Quedé exhausto: con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados disfruté del momento con todos mis sentidos: el sonido del mar, la brisa veraniega…

Cuando volví a mirar, la mujer ya llevaba un camisón puesto y deambulaba por la habitación preparándose para acostarse. La chavala continuaba con su baile cuando la madre apagó la luz. Vanesa había apoyado su cabecita en mi regazo y me miraba amorosa y sonriente. A los pocos minutos la chica dejó de bailar y se lanzó a la cama. La luz permaneció encendida un rato más, pero no la volvimos a ver. Me encendí un cigarrillo y lo fumé mientras acariciaba el pelo de Vanesa. Al rato, nos duchamos y nos acostamos, sin sospechar que la mujer del pasatiempos, desde la penumbra de su habitación, había creído ver la misteriosa brasa de un cigarrillo brillar en la oscuridad.



Continuará…?

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