sábado, 30 de julio de 2016

Sesiones con mi madre

Me llamo David Remart López y soy psicólogo ejerciente en la ciudad de Madrid. A mis veintiocho años he conseguido poner mi propia consulta y tener una buena “cartera” de pacientes, algo bastante extraño ya que con la crisis mi profesión ha sufrido bastante. Mi primer apellido lo utilizo por inercia, casi con desprecio. A mi padre nunca lo conocí y es poca la información que tengo de él. Era un compañero de clase de mi madre que al dejarla embarazada a los quince años decidió no hacerse cargo de la situación, dejando que tanto ella como mis abuelos se ocuparan de mí sin ningún tipo de ayuda.

Creo que mis circunstancias personales tuvieron mucho peso a la hora de elegir mi profesión, trabajo que amo. Eso y mi voraz curiosidad por la mente humana, claro está. Estoy especializado en terapia de pareja, desórdenes afectivos, traumas por abandono e incluso sexología entre muchos otros. El ser un hijo sin padre no solo me ha marcado a fuego toda mi vida, también ha sido una maldición para mi madre. Ella es una mujer que sin duda ha luchado mucho para sacarme delante de una manera valiente, pero a su vez la ha convertido en una persona bastante retraída, insegura y acomplejada. Desde hace unos años atrás, coincidiendo además con mi emancipación, sus problemas psicológicos han empeorado causándole todo tipo de síntomas, desde dormir muy poco y mal hasta depresión.

Hace unas semanas viendo que su estado se agravaba y no pudiendo soportar el empeoramiento de una mujer de cuarenta y tres años que además era mi progenitora decidí saltarme todas las recomendaciones al respecto, incluso diría que el juramento hipocrático, y le aconsejé que viniera a mi consulta para comenzar una terapia conmigo. Con gusto le habría recomendado a cualquier colega para tratarla, pero además de que económicamente habría sido un poco difícil para ella estaba seguro de que jamás habría aceptado algo así de no ser conmigo y solo después de mucho insistir. Con su aprobación comenzó algo que jamás habría imaginado.

Primera sesión

Rocío, mi madre, llegó puntual a las nueve de la mañana a la consulta. La llevó servicialmente hasta mi despacho Mónica, mi servicial recepcionista. La consulta es muy estereotipada, probablemente inspirada en tantas películas que había visto a lo largo de mi vida consistía en una habitación repleta de libros, un diván, un sillón colocado estratégicamente para no ser visto desde éste donde me sentaba yo durante las sesiones y un pequeño escritorio en un rincón.

—Hola mamá, ¿qué tal? —la saludé sonriente pero sin darle un beso, marcando un poco las distancias, preocupado por conciliar la relación médico paciente con la materno filial.

—Casi no vengo hijo, no sé muy bien que hago aquí.

A su edad parecía bastante más joven de lo normal, incluso a pesar de sus ojeras y no cuidarse demasiado, siendo la peluquería un lugar que no pisaba en muchos meses.

—No te preocupes, ya verás cómo poco a poco le irás viendo el sentido a todo esto. Será un proceso lento pero beneficioso.

—¿Pero qué vas a hacerme hijo?

—Nada, se trata simplemente de hablar, de que te sientas cómoda y te sinceres en todo momento, esfuérzate por no verme como tu hijo, intenta relajarte.

—¿Pero me darás alguna pastilla para poder dormir bien por las noches por lo menos? Esta noche me la he pasado prácticamente en vela, escuchando la radio.

—Ya sabes que no puedo, soy psicólogo no psiquiatra, no puedo recetarte nada. Pero no te preocupes que si vemos que necesitas ayuda farmacológica te pasaré el contacto de un buen amigo que te ayudará. Olvida por el momento las medicinas y confía en el poder de la mente, tus problemas no son físicos, están dentro de tu cabeza.

Ella con cara ligeramente extrañada asintió con la cabeza mientras yo le señalaba el diván y le decía:

—Túmbate en él, ponte lo más cómoda que seas capaz.

Dejó su bolso en el suelo y obedeció, recolocando los cojines de la manera más confortable para ella y estirándose completamente. Yéndome hacia mi sillón le aconsejé que se quitara también los zapatos, era algo que mis pacientes hacían frecuentemente.

—¿Y ahora qué? —me preguntaba entre incrédula e intrigada sin que ya no tuviéramos contacto visual entre nosotros.

—Ahora nada, simplemente háblame de ti.

—¡Pero si lo sabes todo de mí, hijo! —exclamó casi irritada.

Aquella respuesta me recordó la razón por la cual no es aconsejable hacer terapia con amigos ni familiares, por raro que parezca conocer a la persona es un inconveniente y no una ventaja.

—Cuéntame que has estado haciendo estos días, cómo te sientes en general, ese tipo de cosas —insistí.

Mi madre apenas trabajaba, había heredado una tintorería de mis abuelos que prácticamente funcionaba sola y aunque los ingresos eran escasos sí daban lo suficiente para vivir. Siempre he pensado que demasiado tiempo libre tampoco le había hecho ningún bien, especialmente a una persona como ella sin aficiones ni demasiadas inquietudes. Se pasó un buen rato contándome cosas cotidianas, que si a ratos pasaba para ver que en el negocio estuviera todo bien, que si cocinaba tal cosa o tal otra, la compra, recados, limpieza del hogar, en definitiva nada que tuviera un mínimo de interés ocioso.

—¿Y qué haces para divertirte? —le pregunté intentando por todos los medios no terminar la frase con un “mamá”.

—Escucho la radio, veo la televisión… —me contestaba ella con voz apagada.

—¿Por qué no quedas con tus amigas?, ¿o vas al cine?, ¿o a la peluquería?

—Ay hijo, hace mucho que no quedo con nadie y ¿para qué me voy a arreglar?, ni que tuviera que recibir al presidente o algo así.

Los síntomas eran tan evidentes cómo difíciles de gestionar, sabía que en casos así mandar “deberes” a los pacientes ayudaba mucho y viendo que quedaba poco para terminar la sesión le comenté poniéndome de pie y yendo en su encuentro:

—Pues muy bien, estamos terminando por hoy. Para la semana que viene te voy a poner varias tareas.

—¿Tareas? —me preguntó incorporándose y cogiendo sus zapatos del suelo.

—Sí, tómatelo como unos deberes. La semana que viene quiero que vengas a la consulta un poco arreglada. Que te pongas unos buenos tacones y vayas a la peluquería.

Ella me miraba pensativa, con mirada de “menuda estupidez”, pero sin dejarle decir nada le acerqué el bolso que tenía en el suelo sentenciando:

—Se trata simplemente de dejar que te cuiden un poquito y de hacer lo mismo tú misma, tienes el pelo larguísimo y negro, seguro que harán maravillas con él. Y si me vas a decir que no tienes tacones que sepas que te contestaré que te compres unos —me anticipé con una sonrisa tierna en la cara.

Semana dos

Nueve en punto de la mañana, se abre la puerta y ésta es cruzada por una persona parecida a mi madre. Me levanto del escritorio donde llevaba ya un rato inmerso entre mis papeles, me acerco hacia ella y le digo:

—Pero bueno, ésta no es mi madre, ¡me la han cambiado!

—No digas tonterías —me contesta bajando la cabeza y sonrojándose.

Aunque sus ojeras y la cara de cansancio siguen inalterables, el juvenil peinado, un vestido sencillo de color gris y unos zapatos de tacón oscuros hacen que su imagen esté bastante mejorada. Incluso diría que la he visto sonreír tímidamente por primera vez en semanas.

—¿Lo ves cómo sienta bien dedicarse un poco de tiempo? —le digo señalándole el diván.

—Qué quieres qué te diga hijo, yo me veo igual que siempre —me responde poco convencida.

—Tranquila, que llevamos solo una semana, ya te dije que estas cosas no cambian de la noche a la mañana.

Después de un comienzo de sesión que me parece prometedor pasamos a la misma charla anodina de la semana pasada. Esta vez incluso con más comentarios que me hacen detectar lo ya sabido, una fuerte falta de autoestima. Intento hablar poco, principalmente debes dejar que los pacientes te cuenten lo que para ellos es importante, pero finalmente decido a diez minutos del final de la sesión orientarla a un tema más concreto y doloroso.

—Háblame de papá.

Aun sin verla puedo notar su rostro de desagrado ante aquello.

—Hay poco que decir, ya lo sabes, nunca quiso saber nada ni de ti ni de mí.

—Sí, esa parte la sé, pero cuéntame cómo era él, como surgió vuestra relación, ese tipo de detalles.

Un incomodísimo silencio de un minuto se me hace eterno, doy la sesión casi por perdida, sintiendo que he retrocedido dos pasos después de haber avanzado medio cuando finalmente contesta:

—Era el chico más guapo de mi clase con diferencia. Alto y castaño como tú, de espaldas anchas y seguro de sí mismo. Sin lugar a dudas la persona más popular del curso.

—¿Cómo eras tú por aquel entonces? —le pregunto gratamente sorprendido por su reacción.

—Igual que ahora, una chica que pasaba desapercibida completamente, nunca entendí como pudo fijarse en mí.

—No digas eso, eres una mujer guapa y seguro que en aquellos tiempos tendrías a más de uno yéndote detrás.

—Era invisible, centrada en mis estudios y poco más.

Noto que su voz se quiebra con aquella frase y pienso que en la segunda sesión es demasiado pronto para dejar que llore, me levanto rápido del sillón y la doy por concluida.

—Muy bien Rocío —le llamo por su nombre mostrando profesionalidad pero también con una cierta ironía —tus deberes para la semana que viene son muy sencillos.

Ella me mira intrigada mientras se calza los pies con sus nuevos zapatos.

—Tienes que venir igual que hoy, pero con un vestido algo más atrevido y maquillada, imagínate que vas a ir a una fiesta.

—¿Cómo que atrevido? Si encontrar éste ya me ha costado. ¿Maquillada?

—No discutas con tu psicoanalista, si no tienes nada así lo compras en vez de seguir ahorrando como una hormiguita —contesté con voz algo autoritaria pero siempre cariñosa.

—Vale —me dice a regañadientes —pero recuerda que lo que más me interesa es descansar mejor.

Tercera sesión

Aquella mañana llegó incluso antes de la hora, prácticamente no me había ni instalado que Mónica ya abría la puerta de la consulta dejando pasar a mi madre.

—¿Pero bueno que puntual llegas hoy, no? —le digo yendo hacia ella.

—Perdona hijo pero es que en casa el tiempo no pasa, sobre todo por las noches.

Me fijo en ella y quedo bastante impresionado. Cierto es que las ojeras y su cara chupada siguen igual aunque camufladas por el maquillaje, pero delante de mí hay una mujer que cada vez se parece menos a mi madre, es increíble lo que puede mejorar una persona físicamente cambiando solo tres o cuatro cositas.

El pelo era largo hasta los hombros conservando aún bastante bien el peinado de peluquería, con partes cortadas de manera ligeramente irregular buscando y consiguiendo un efecto rejuvenecedor. Sus ojos se notaban cansados pero estaban maquillados con delicadeza y clase, apreciándose unas larguísimas pestañas negras ayudadas por el rímel que le iba muy bien para decorar aquellos ojos marrón verdosos. Su escaso metro sesenta y siete de estatura lucía mucho mejor gracias a los tacones y el vestido elegido para la ocasión era de color granate y lo suficientemente ajustado para que pudiera apreciar unas curvas que desconocía. Era poco escotado pero aun así resaltaba sorprendentemente bien lo que siempre he pensado que eran unos pechos algo pequeños. La cintura se marcaba delgada contrastando con un culo firme y bien puesto que la cómoda ropa que solía llevar había hecho que pasara siempre completamente desapercibido para mí. Me sorprendió la elección que mi madre había hecho de la ropa, ya que si el escote no era lo más pronunciado del vestido éste si era bastante más corto de lo que me habría imaginado, terminando palmo y medio por debajo de sus caderas y mostrando unas bonitas y torneadas piernas recubiertas por medias. Creo era la primera vez en mi vida que veía a mi madre con medias y desde luego me di cuenta de que le quedaban muy bien.

Joder pero si mi madre casi podría ser una MILF, no pude evitar pensar.

La miré sonriente de arriba abajo y le dije:

—¡Pero bueno si estás arrebatadora!

Lo decía completamente en serio, aquella mujer de cuarenta y tres años era mucho más atractiva de lo que parecía, con unas medidas que se acercarían bastante a 85-63-92, siendo sin lugar a dudas el trasero y las piernas las partes más destacables.

—¡Cállate tonto! —dijo ella nuevamente ruborizada.

—Estoy muy contento de que me estés haciendo caso mamá —le dije señalándole de nuevo el diván, arrepentido al instante de haberle llamado “mamá” comenzando ya la sesión.

—Te hago caso en todo pero sigo sin dormir bien y muy apática —contestaba ella diría que en el fondo algo más animada de lo normal.

Comenzamos la terapia como la última vez, primero hablando de cosas mundanas pero a los veinte minutos aproximadamente volví a sacar el tema de mi padre, los dos éramos conscientes que debíamos trabajar mucho sobre ello por doloroso que fuese. Personalmente es obvio que también sentía curiosidad por saber cosas sobre mi progenitor. Con un apellido tan poco usual lo habría podido localizar con bastante facilidad probablemente, pero nunca había querido hacerlo.

Mi madre siguió alabando los rasgos físicos y el carisma de mi padre, a medida que engrandecía su persona notaba como ella se hacía más y más pequeña. Yo procuraba interrumpirla lo menos posible hasta que finalmente, más por mi propio interés que por el suyo probablemente, le pregunté sin tapujos:

—Entonces, ¿cómo acabasteis juntos?

Como era normal en ella ante algunos hechos incómodos hubo un rato de silencio hasta que reunió las fuerzas suficientes para seguir.

—Nunca estuvimos juntos, hijo.

—¿Cómo qué no? —repregunté desconcertado.

—Pues lo que oyes, nunca tuvimos una relación.

Antes de que pudiera añadir nada mi madre siguió con aquella dolorosa y para ella humillante explicación:

—Teníamos quince años, una cosa es que todas las chicas de la clase estuvieran locas por él y otra muy distinta es que pudiera hacerles lo que quisiera.

Ante lo que estaba oyendo yo mismo me revolvía incómodo en el sillón, en aquel momento habría dado lo que fuera por tener contacto visual con mi madre, aunque tenía mis dudas tenía más o menos claro a lo que se refería.

—Quizás le gustó que fuera la empollona de la clase, que no le adorara la píldora como hacían todas. Por lo menos eso es lo que me digo a mí misma muchas noches, pero la verdad no es esa.

Hizo otra pausa, tragó saliva y prosiguió:

—La verdad es que lo que vio en mí es a una adolescente que habría hecho cualquier cosa por él, incluso abrirme de piernas.

Mi madre pronunció aquella última frase con gran esfuerzo, con la voz entrecortada. Me di cuenta de que en ese momento no le hablaba a su hijo sino realmente a su psicólogo. Sabía que aquello era el inicio de algo muy bueno para ella, pero el que había dejado de ser un terapeuta para convertirse en un niño desvalido por unos minutos era yo después de descubrir, de que ella misma me contara, que su gran atractivo fue el que a los quince años fuera una chica fácil, la única en dejarse meter mano por aquel hombre que era mi progenitor.

Quedaban unos ocho minutos de terapia pero era consciente de que el que necesitaba reflexionar un poco sobre todo aquello era yo mismo, y decidí darla por concluida. Cogí una receta de mi escritorio y me acerqué hasta mi paciente que ya se estaba calzando. Mirándola a los ojos pude ver que el rímel se había corrido ligeramente debido seguro a un par de lágrimas. Le puse afectuosamente una mano en el hombro para animarla diciéndole:

—Hoy lo has hecho muy bien, muy bien de verdad. Hay poquísimos pacientes que progresen tan rápidamente.

Ella me miró con ternura observando cómo le entregaba un papel.

—Es una receta para un somnífero, me la ha pasado un amigo mío médico ya que estaba seguro de que no querrías ir a verlo. Es bastante potente, tómate solo una pastilla antes de ir a dormir, y sobre todo, no le cuentas a nadie esto ya que se nos podía caer el pelo tanto a mí como a mi amigo.

Ella asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.

—Sobre todo discreción, y ten en cuenta que como te digo es fuerte, no te sorprenda si al principio por el día te notas algo cansada, despistada o mareada, son efectos típicos de las primeras semanas. Tus deberes para la próxima sesión son dormir bien y hacer algo por ti. Yo te recomendaría un masaje.

Semana cuatro

Había pasado toda la semana pensando en la última terapia, en cómo le afecto aquello a ella y en cómo me estaba afectando a mí. Como siempre mi madre había llegado puntual a su cita y con los deberes hechos. Llevábamos veinte minutos de sesión en los que me había contado su experiencia en el centro de masajes, que las pastillas le habían ayudado a dormir unas cinco horas y que en general se sentía algo mejor. Desde mi sillón, aislado de su diván, le dije:

—Sigue hablándome del hombre que te dejó embarazada, cuéntame cómo sucedió.

—Pero hijo… —titubeó ella.

—Piensa que aquí soy el doctor Remart, un profesional, te estoy escuchando como tal.

Pretendía guardar las distancias cada vez más, reforzar la confianza médico-paciente para ir dejando de lado la relación materno-filial. Desde mi privilegiado lugar pude notar como ella dudaba, reflexionaba antes de proseguir.

—Habíamos sido compañeros de clase durante diez años y en todo ese tiempo apenas me había dirigido un par de frases. Creo que por aquel entonces salía con una chica de nuestro curso, quizás incluso con dos a la vez. Ese año nos sentábamos uno cerca del otro aunque no juntos y pude notar que de vez en cuando me sonreía, incluso me guiñaba el ojo. La razón no te la puedo asegurar, quizás por diversión, quizás porque aquel año mi cuerpo había cambiado o simplemente por pura coquetería, pero para mí aquello era todo un mundo nuevo.

—Continúa.

—Durante semanas todo quedó en eso, pero un día recuerdo que me quedé rezagada en clase de gimnasia, la última en todo el pabellón deportivo. Quería practicar el salto de potro, era una chica bastante patosa y sabía que necesitaba hacerlo bien para aprobar la asignatura. Llevaba más de media hora practicando cuando después de oír unos pasos detrás de mí una voz me dijo: “Vaya, se te da muy bien el ejercicio”.

—Me giré al momento y allí estaba él, el guaperas que todo el mundo conocía por el apodo de Remmy. Con su sola presencia noté como mi corazón se aceleraba, la respiración se me agitaba e incluso me sudaban las manos. Me quedé petrificada, sin ni siquiera contestarle. Él se acercó a mí con la seguridad del que se sabe triunfador quedándose a escasos centímetros, sin decir ni una sola palabra más me agarró por la nuca y me besó, metiéndome la lengua hasta el corvejón. Era el primer beso que me daban en mi vida y no tenía ni idea de cómo actuar, pero Remmy sabía perfectamente lo que hacía, jugando son su lengua dentro de mi boca mientras que con una mano me agarraba con fuerza la nalga.

Aquellas explicaciones sin duda me estaban afectando, ahora el que sudaba era yo. Me imaginaba la situación y sentía como si estuviera oyendo un audio relato erótico y retro, contado por mi propia madre para más inri.

—Sigue por favor —le pedí con voz queda.

—Esa tarde no pasó de allí, después de aquel beso de tornillo que para mí fue de película se retiró con su habitual sonrisa en la boca.

—Pero, ¿entonces cómo fue?, ¿os volvisteis a ver en otra ocasión?

—Dos días por semana, siempre después de la clase de gimnasia. Te puedes imaginar que la cosa fue a más, llegando cada vez más lejos en nuestras pequeñas quedadas clandestinas. Habría hecho cualquier cosa que me pidiera, y la verdad es que me pidió unas cuantas. La última vez que supe de él fue después de saber que estaba embarazada de ti, mis padres, abochornados, me acompañaron a su casa para contárselo a él y a su familia. Ninguno de ellos quiso saber nada del tema.

—Me gustaría que entrases en más detalles sobre vuestros encuentros en el aula de gimnasia.

—Mira hijo, doctor o como quieras que te llame, era una niña de quince años y no debería hablar de estas cosas, pero además lo creas o no mi mente está tan borrosa sobre aquella época que ni que quisiera podría darte detalles.

Su voz sonaba sincera, pero aquello me había removido tanto por dentro que necesitaba toda clase de detalles. Mi madre ha tenido poquísimas relaciones en su vida, por su carácter agravado encima por el trauma que poco a poco empezaba a salir a flote, pero recordaba bien que cuando yo tenía unos diez años tuvo una relación más o menos duradera con el quiosquero del barrio. Quería saber detalles sobre su vida íntima y pensé que éste podría ser un buen tema.

—De acuerdo, olvidémonos de cuando ibas al colegio, háblame de Fernando, el quiosquero. Tuvisteis una relación de casi un año, ¿cierto?

—Sí —contestó algo cortante.

—Cuéntame cómo fue esa relación —insistí.

—¿Qué quieres saber exactamente?, ¡no te entiendo! —respondió claramente a la defensiva.

—Lo siento, sé que son temas difíciles, pero necesito saber todos los detalles posibles para hacerte un perfil, saber qué no ha funcionado en tus relaciones que ha acabado siendo un lastre para tu vida diaria.

—¿Quieres saber los detalles? —me repreguntaba con tono irascible —muy fácil. Fernando era un tipo encantador, atento y educado. Me llevó al cine, me invitó a cenar, me compró flores y toda clase de estupideces más. Así estuvimos un mes hasta que empezó a ponerse nervioso. Mis pocos conocimientos sobre los hombres y mi desconfianza habían hecho que quisiera ir lenta, lo más lenta posible en aquella relación. Pero él había llegado a la conclusión que treinta días de cortejo eran más que suficientes, así que cada vez intentaba llegar más lejos conmigo.

—¿A qué te refieres?, sé más explícita por favor.

Mi madre parecía estar enfadándose por momentos, pero aun así siguió con su explicación:

—Me refiero a que cuando me llevaba a casa después de haber salido por allí ya no me daba un beso casto de despedida, sino que intentaba ponerme la mano en el muslo mientras alargaba el morreo lo máximo que podía. Al día siguiente su mano en el muslo se convirtió en dos manos en los pechos. Luego por dentro de la ropa, luego pidiéndome que yo también lo tocara, cosas así, ¿me entiendes ahora?

—Sigue por favor —dije con la voz más profesional posible.

Ella resopló, pero siguió:

—Al final las despedidas en aquel incómodo coche eran casi tan largas como la película que habíamos ido a ver o la cena supuestamente romántica a la que me había invitado, presionándome cada día más para que yo me entregara por completo.

Ella siguió sus explicaciones mientras que yo noté, sorprendentemente, que empezaba a excitarme con todo aquello. Soy psicólogo, así que fue fácil convencerme de que aquella reacción era normal, que me la provocaba una paciente cualquiera y no mi madre. A lo sumo estaba pecando de poco profesional, pero nada más.

—Sigue, lo estás haciendo muy bien —la animé después de tragar saliva.

—Finalmente simplemente pasó lo inevitable.

—¿Qué es lo inevitable? —pregunté casi por inercia.

Ella calló unos segundos, respiró profundamente y arrancó de nuevo.

—Pues que una noche en vez de aparcar delante de mi casa lo hizo en un callejón. Yo llevaba una falda más bien corta, por aquel entonces aún tenía unas buenas piernas. Fernando me besaba y metía mano sin parar ante mi pasividad. Nunca me resistí, aunque tampoco me sentía cómoda con todo aquello. Se las ingenió para quitarme la ropa interior y que acabara encima de él en el asiento del piloto, y bueno, ya te puedes imaginar. A partir de allí fue muy fácil.

—Tuvisteis relaciones sexuales por primera vez —afirmé sin dejar de pensar que sus piernas seguían siendo bonitas y con un creciente bulto dentro de mi pantalón.

—Pues eso —contestó ella incómoda.

—¿Qué pasó después?

—Lo que pasa siempre. A partir de allí todas nuestras citas eran en su casa para tener relaciones, se terminaron los cines, las cenas y las flores. El bonachón del quiosquero ya tenía lo que quería.

Hubo una pausa de un minuto en el que ninguno de los dos dijimos nada hasta que finalmente sentenció:

—Hubo un día en el que estábamos en su casa y él, como siempre, ya estaba caliente diría que incluso antes de que cruzara por la puerta. Intentó acostarse conmigo pero yo cansada de todo aquello le dije que no me apetecía, que prefería salir a dar una vuelta o hacer cualquier cosa. Fue el último día que nos vimos.

—Pero entonces, entiendo el disgusto con los hombres, pero lo que no entiendo es tu falta de autoestima. ¿Te das cuenta que te deseaban, no? Sí, muchos hombres son unos cerdos, pero sin duda sentían una fortísima atracción por ti.

Ella pensó un rato sobre aquello hasta que me contestó:

—¿Sabes qué me dijo el día que cortamos? Me dijo: “tranquila mujer, no estás tan buena, simplemente un coño es un coño”.

Realmente la frase para alguien como mi madre tuvo que ser devastadora, aunque estaba seguro que había sido fruto de la frustración de un ser tan primitivo como el quiosquero era demasiado pronto para que ella lo entendiera. Me levanté notando la notable erección que escondían mis Dockers y fui en busca de mi madre, dando por finalizada la terapia.

—Lo has hecho genial, estamos progresando mucho, para la semana que viene quiero que sigas en la línea de cuidarte. Cómprate lencería bonita por ejemplo. Ya que la sesión de hoy ha sido muy intensa y probablemente te haya removido mucho por dentro, excepcionalmente te dejo tomarte una pastilla y media del somnífero que te recetaron para dormir bien, si ves que no te sienta bien córtalo inmediatamente.

Ella asintió con la cabeza como era habitual a la vez que se despedía y abandonaba la consulta. Me dirigí a mi escritorio pensativo, sentándome en la silla, agarré el teléfono y marqué la extensión de Mónica, mi recepcionista.

—Mónica, espérate diez minutos antes de entrarme al siguiente paciente por favor.

Después de aquello y con bastante ansiedad me bajé los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos liberando lo que ya era una erección descomunal y comencé a masturbarme. Primero intentaba pensar en cualquier otra cosa, en alguna actriz de cine, en alguna exnovia, pero finalmente mi mente no consiguió dejar de imaginarse a mi madre siendo una colegiala follando en un gimnasio o siendo penetrada en aquel destartalado coche en un callejón. No pasaron ni tres minutos cuando lo salpiqué todo de semen, teniendo uno de los orgasmos más rápidos de mi vida.

Quinta sesión

Mi madre entró por la puerta a las 9:05 exactamente, siendo ella una impuntualidad casi inimaginable.

—Perdona hijo, estas pastillas me tienen muy atontada, he dormido muy bien toda la semana pero voy más lenta haciéndolo todo.

—Tranquila Rocío, que solo pasan cinco minutos de la hora —respondí.

Llevaba un vestido grisáceo bastante bonito, algo escotado y corto sin ser extremado, unos tacones diría que más altos que los de la semana pasada y esta vez sin medias. Su cara, aunque con expresión adormilada, lucía más sana y descansada. Las ojeras habían disminuido considerablemente y su piel parecía más brillante y saludable.

Señaló un objeto de grandes dimensiones que tenía instalado delante del diván tapado con una sábana preguntándome por él.

—¿Esto? Una pequeña sorpresa.

Quité la sábana como si fuera un mago de feria y descubrí un espejo de grandes dimensiones que había utilizado alguna vez para pacientes que sufren de anorexia. Ella se lo quedó mirando extrañada y antes de que pudiera decir nada le expliqué:

—Esto es, ni más ni menos que una máquina de la verdad.

Su expresión seguía siendo de total intriga, intercambiando su mirada entre el espejo y yo.

—¿Qué quieres decir? —se animó a preguntar al fin.

—Verás, este instrumento me es muy útil para gente como tú, gente que se infravalora, que tiene una imagen absolutamente distorsionada de como son.

La agarré por los hombros y la coloqué a la distancia justa del espejo en la que se pudiera ver reflejada entera.

—¿Qué ves en el espejo?

—¿Que qué veo? No seas ridículo…pues que voy a ver, a mí —me respondió cada vez más desconcertada.

—Claro, pero, descríbete.

Ella se quedó pensando un rato, mirando fijamente su imagen reflejada sin decir nada hasta que tuve que intervenir:

—Yo veo una mujer atractiva, guapa, que aparenta menos edad de la que tiene. Una mujer que podría comerse el mundo si quisiera.

—Lo poco que tengo me lo dan los tacones y el peinado de peluquería que me obligaste a hacerme —contestó algo ruborizada.

—¿Ah sí?, ¿tú crees? Veámoslo, quítate los tacones.

Aprovechando que obedecía le puse una mano en el pelo y la despeiné con fuerza, dejando su larga melena negra asalvajada.

—Mírate ahora sin tacones ni peinado impecable, ¿qué ves?

Ella siguió estudiándose a sí misma, buscando argumentos negativos que proporcionar.

—Una mujer normal, castigada por los años. Una cuarentona que lleva un vestido que sabe que le favorece.

—¿De verdad ves eso? —insistí extrañado —ok, quítate el vestido.

Ella me miró con expresión de haberme vuelto loco, cada vez más alucinada, pero yo intenté darle poco tiempo para pensar.

—Estás en la consulta del doctor, recuérdalo, quítese el vestido señora López por favor.

Ella obedeció de nuevo tímidamente, quedándose en ropa interior negra, en bonita lencería fina que sin duda obedecía a los deberes que le había puesto la semana pasada. No veía el cuerpo de mi madre quizás desde que era niño, siempre había sido una mujer muy pudorosa incluso por casa. Me había sorprendido gratamente al verla con vestidos más bonitos y sugerentes pero la verdad es que en cuando la vi a un metro escaso de mí tapada solamente por el sujetador y las braguitas noté algo difícil de describir. Efectivamente sus pechos se veían pequeños escondidos tras aquel delicado sostén sin relleno, sin trampa ni cartón. Su vientre no era el de una veinteañera pero seguía estando liso y firme, las piernas eran uno de sus grandes atractivos junto con su espectacular trasero que seguía tan apetecible como hace veinte años, duro, bien puesto y sin un átomo de grasa o celulitis. Era una mujer realmente deseable.

—Dime, ¿de verdad no ves a una mujer absolutamente deseable?

Ella se miraba de arriba abajo, inclinando ligeramente el cuerpo para verse desde todas las perspectivas mientras yo seguía con mi descripción:

—Tienes cuarenta y tres años y aparentas treinta y pocos, y además bien puestos. No tienes ni un resquicio de grasa por ningún lado, posees un cuerpo espectacular para tu edad y además eres guapa de cara, ¿de dónde salen tus complejos?

Ella seguía mirándose entre avergonzada por la situación y creo que gratamente sorprendida por lo que el espejo le mostraba.

—¡Vamos hombre!, voy a volver a ser tu hijo por un momento. Si llegas a arreglarte como haces ahora y a ponerte estos vestidos en vez del típico chándal de maruja que solías llevar cuando venías a recogerme al cole la mitad de los padres y de mis amigos habrían fantaseado contigo cada noche —arriesgué a decirle con una pícara sonrisa.

Ella no pudo evitar sonreír y me golpeó cariñosamente en el hombro.

—¡No digas tonterías David!

—De tonterías nada, ya me gustaría a mí hacerme con una mujer como tú.

La terapia funcionaba, mi madre seguía mirándose en el espejo cada vez más convencida de que lo que le decía era verdad, pero a su vez yo me daba cuenta de que el que empezaba a tener un problema era yo. En pocos minutos había crecido una erección tan grande dentro de mi ropa que empezaba incluso a doler y esta vez no había manera de auto engañarme. En todo el tiempo que llevo ejerciendo jamás me había sentido así, y lo último que esperaba es que fuera ella la que me hiciera perder la perspectiva de una manera tan brutal.

La observé un rato viéndose en el espejo hasta que finalmente decidí arriesgar un poco más. Me coloqué muy cerca de ella y con una mano le agarré fuertemente una nalga, el tacto de ésta contra su piel, separados solo por aquella fina prenda de ropa interior, hizo que mi miembro tuviera un espasmo al instante. Al ver que inocentemente ni siquiera se inmutaba aproveché para acariciarle su despampanante trasero, casi magreándoselo, mientras le decía:

—¡Joder pero mira que culo tienes, ya le gustaría a la mayoría de las modelos que corren por allí!

Ella seguía ensimismada mirándose, ajena a la perversidad de aquellos tocamientos. ¿Cómo iba a imaginarse algo así de su propio hijo? Era impensable. Podría haber parado en aquel preciso instante y nunca habría tenido ni la más mínima sospecha de mi estado de excitación, de que aquello ya no formaba parte de la terapia, mi problema es que ya no podía parar. Seguí disfrutando de su espectacular culo hasta que subí la mano hasta uno de sus pechos, agarrándoselo por encima del sujetador. Mi madre entonces sí se quedó muy parada, quedándose seria, impertérrita, mientras al momento yo ya estaba detrás de ella y había colocado la otra mano en el seno libre, sobándole los dos por encima del sostén mientras apretaba el bulto de mi pantalón contra su culo.

—¡Y mira que tetitas tienes! ¿a quién no podrían gustarle?

Había perdido definitivamente el control y lo sabía, mi última acción era imposible de justificar ni terapéutica ni moralmente, así que sabiendo que no había marcha atrás decidí no detenerme. Seguí manoseándole sus pequeños pero apetecibles melocotones ante su estupor, aprovechándome de su estado de shock. Con suma facilidad conseguí bajarle el sujetador hasta la cintura, liberando por fin la ansiada parte de su anatomía. Mientras mi falo seguía clavado en su culo separados solo por la ropa mis manos jugaban con sus tetas desnudas, sobándolas y pellizcando los pezones. Vernos a los dos frente al espejo aún me puso más cachondo.

—Cualquiera querría follarte mamá, ¿lo ves ahora? —le dije en un estado cercano al trance.

Ella seguía sin reaccionar y yo decidí deshacerme de la última prenda de ropa que me molestaba, bajé mis manos hasta sus caderas y agarrando sus braguitas se las bajé un par de centímetros, mi intención era sin duda poseerla allí mismo, estaba realmente cegado por el deseo. Justo en aquel instante mi madre volvió en sí liberándose de mí de un empujón, se subió las bragas y se colocó a toda velocidad el sostén a la vez que ya estaba agarrando el vestido para ponérselo. Intenté detenerla tímidamente, sin saber en absoluto que decirle, pero ella sin dirigirme la palabra salió de la consulta, tan aprisa que llevaba puesto un tacón y el otro en la mano.

Salí al pasillo y pude ver la cara de alucinada que tenía Mónica al ver como mi madre huía despavorida del lugar, anduve nervioso un poco por delante de la recepción y le dije:

—Mónica, cancélame todas las visitas de hoy por favor.

Después de eso

Aquella mañana con mi madre había destruido totalmente la persona que era. Obsesionado con ella y con aquel incidente había perdido la perspectiva por completo. Intenté hablar con ella llamándola decenas de veces, al fijo, al móvil, enviándole mensajes de texto, pero estaba claro que por el momento no quería saber nada de mí.

Los días posteriores seguí haciendo consulta pero ya no era el mismo. Al día siguiente de lo sucedido recuerdo que estaba haciendo terapia con una chica de treinta y dos años que llevaba tiempo viniendo por problemas con su novio. Llevé toda la sesión al terreno que me interesaba, al sexual. Haciéndole hablar durante una hora sobre cómo eran las relaciones con su pareja. Terminando el tiempo me explicaba cómo su novio la había estado presionando para tener relaciones sexuales anales, relatándome que finalmente, agobiada por la insistencia, lo habían intentado con la ayuda de vaselina. Le pregunté por todos y cada uno de los detalles hasta que finalmente, aprovechando la intimidad que me daba el sillón separado del diván me masturbé en silencio escuchando lo que ella relataba.

Aquello sucedió en más de una ocasión, de hecho creo que batí records de pajas diarias, llegando a números que no alcanzaba desde la adolescencia. Tres o cuatro días después seguía siendo inútil comunicarme con mi madre y yo sentía que perdía la cabeza un poco más a medida que pasaban las horas. Una tarde bastante tranquila en cuanto a pacientes se refiere marqué la extensión de recepción de mi teléfono y le dije a Mónica que viniera un momento. Ella en menos de un minuto cruzaba la puerta de la consulta.

—Hola Mónica, necesito hablar un momento contigo, ponte cómoda por favor.

Llevaba puesta una falda de color marrón algo larga, tacones, y un jersey rojo abotonado hasta el cuello. Aunque no llegaba a los treinta siempre vestía de manera muy sobria, pero ni la ropa con poca gracia ocultaban una figura espectacular, voluptuosa haciendo mención especial a unos grandes pechos. Sus rasgos eran armónicos y delicados, con una nariz fina y unos enormes ojos azules oceánicos. Llevaba el cabello rubio, largo y muy ondulado. Ya cuando la contraté no negaré que su buena presencia, por así decirlo, habían sido determinantes para que me decantara por ella.

—Estírate en el diván por favor, tengo que mencionarte un tema —le dije señalando el mueble.

Mónica se había casado a los veinticinco con su novio de toda la vida del colegio, algo que a mí siempre me había parecido un desperdicio. No podía evitar pensar la pena que suponía el que solo un hombre hubiera disfrutado de semejante monumento en casi treinta años. Su novio llevaba un año en el paro y sabía que aquello era un punto a favor mío.

—¿Pasa algo señor Remart? —me preguntó intrigada mientras se acomodaba.

—Verás Mónica, la verdad es que estoy satisfecho con tu rendimiento en el trabajo, pero habrás notado que el número de pacientes ha disminuido en los últimos meses —mentí.

—No me lo había parecido, por favor, ¿no me dirá que vamos a cerrar?, ¿o que tiene que prescindir de mí? —siguió ella cada vez más asustada.

Ya había ejecutado la primera parte del plan, inculcarle miedo, que sufriera por su trabajo, que pensara en el alquiler de su piso y en la poca ayuda económica que actualmente aportaba el novio. Conociendo a Mónica, ya era mía.

—Bueno, dejemos el tema del trabajo de lado por un momento, te he hecho venir por otro motivo, te necesito para una especie de experimento.

Ella me miró cada vez más extrañada mientras yo ya notaba cómo mi rabo iba reaccionando ante mi maléfico plan.

—Desabróchate el jersey todo lo que puedas por favor, y relájate, es fundamental.

La recepcionista, que seguía estirada en el diván como una paciente más me miraba sin saber cómo reaccionar mientras yo la observaba de pie justo delante suyo.

—Hazlo sin miedo por favor Mónica, es importante.

Tímidamente y bastante asustada comenzó a obedecerme, desabrochando lentamente uno por uno cada uno de los botones, dejando entre ver una blusa también llena de éstos.

—Exacto, quítatelo por favor.

Ella obedeció mostrando unos enormes melones que luchaban por no salir de aquella ceñida camisa.

—¿Y ahora?

Me quedé mirándola fijamente, una de mis manos estaba por dentro del bolsillo acariciando mi enorme erección por encima de la ropa.

—Ahora haz lo mismo con la blusa.

Sus ojos se llenaron de pavor y de indignación, pero antes de que pudiera decir nada seguí con mis órdenes:

—Sé que necesitas este trabajo y te aseguro que no te voy a hacer nada, ni a tocarte ni nada de eso, es tan solo un experimento. Quítate la parte de arriba por favor Mónica.

El tono de mi voz intentaba ser tranquilizador pero también autoritario. Igual que había hecho con la anterior prenda, con cautela y miedo se desabotonó la blusa lentamente hasta quitársela. Llevaba un sujetador de color blanco, de una talla noventa y cinco por lo menos. Su cintura era delgada, firme, perfecta. Apenas asomaba el ombligo por encima de la falda. Sin pensármelo dos veces me bajé el pantalón y el bóxer hasta las rodillas, mostrándole mi miembro que estaba tieso como un sable y cogiéndolo con la mano.

Con los ojos como platos la recepcionista se incorporó en el diván quedándose sentada y tapándose el cuerpo con los brazos mientras me gritaba:

—¿Pero qué hace? ¿es que se ha vuelto loco?

Yo subía y bajaba la piel de mi banana con suavidad mientras le decía:

—¡Quieta! Te he dicho que no voy a tocarte, tu solo tienes que quedarte allí quietecita, recuerda que son tiempos difíciles para encontrar trabajo.

Me miraba alucinada por la situación, con ojos de rabia e indefensión mientras yo seguía acariciándome despacio sin perder detalle de su cuerpo.

—Quita los brazos de en medio, déjame verte el escote —le ordené tiránicamente.

Mónica obedeció completamente superada, en los dos años que habíamos trabajado juntos la había tratado con una educación exquisita, aquello era lo último que esperaba de mí. Seguí pajeándome con la espectacular visión de su canalillo, me moría por abalanzarme sobre ella y arrancarle el sujetador pero sabía que mi juego estaba yendo muy al límite.

—Oh sí Mónica, menudas tetas tienes —susurraba a la vez que aumentaba el ritmo de mis tocamientos.

Ella permanecía sentada haciendo ademanes de cubrirse los pechos con las manos pero siempre se lo impedía tajantemente.

—¡No te tapes!, ponte erguida para que pueda verte bien.

Gemía de puro placer, masturbándome a ritmo casi de centrifugado cuando le dije:

—Ahora dime: “te quiero hijo”, dímelo, ¡dímelo!

Su mirada fue de repulsión total pero yo no dejaba de insistir mientras notaba mi polla a punto de explotar.

—¡Dilo!, ¡dímelo!

—Te quiero hijo —susurró al fin.

—Más alto, ¡más alto!, ¡grítalo!

Mi mano subía y bajaba con furia mientras finalmente oí como la recepcionista gritaba a pleno pulmón:

—¡Te quiero hijo! Te quiero hijo!

Aquello fue demasiado para mí y acabé corriéndome, lanzando un primer lechazo sobre su canalillo y otros dos igual de potentes contra su cuello y su cara a la vez que gritaba de puro placer.

Enseguida se limpió como pudo con la blusa y asqueada por todo aquello abandonó la consulta sin ni siquiera vestirse mientras yo recuperaba las fuerzas después de un potente orgasmo. Era la segunda vez en pocos días que una mujer abandonaba mi despacho sin tiempo ni para vestirse, pensé.

El lunes siguiente

La semana había sido desastrosa, por mi comportamiento naturalmente Mónica apenas me dirigía la palabra y en las terapias con las pacientes femeninas cada vez me extralimitaba más. Naturalmente aquella mañana no se había presentado mi madre en la consulta para su sesión, llevaba ya siete días sin conseguir hablar con ella. Me di cuenta de que estaba tocando fondo, a muy poco de lanzar mi carrera y vida, todo, por la borda.

Terminé con el trabajo sobre las cinco de la tarde y fui directo al apartamento de mi madre. Pensé que en persona era la única manera de tener una oportunidad para hablar con ella. En menos de media hora ya me encontraba frente a su puerta, recordando que siempre he conservado una llave de la que durante tantos años fue mi casa decidí abrir sin llamar al timbre y entrar.

—¡Hola mamá, soy yo! ¡¿estás en casa?! —pregunté a gritos con intención de no asustarla.

Me acerqué hasta el salón y allí la vi, planchando a la vez que miraba un programa de cotilleos en el televisor. Me acerqué por detrás y le di un beso en la mejilla como tantas veces había hecho a lo largo de mi vida, mi actitud era como si jamás hubiera pasado nada. Ella ni reaccionó, siguió con su tarea sin despegar la mirada del televisor.

Aunque su aspecto era saludable, se la notaba muy atontada, probablemente había abusado de las pastillas para dormir después de lo acontecido el lunes pasado. Vestía con una camiseta vieja de color blanco donde se transparentaba un sujetador negro y una falda floreada de ir por casa, su típico uniforme de mujer de la limpieza.

—¿Te ha pasado algo? Hoy no has venido a la consulta —le pregunté con toda la naturalidad del mundo recibiendo la callada por respuesta.

—Mamá, ¿estás bien? —insistí acercándome más a ella.

Finalmente se giró mirándome directamente a los ojos, su mirada era inquisitiva, de rechazo. Aguantó la mirada unos instantes y volvió a bajar la cabeza fijándose en sus quehaceres, aquello había sido claramente su respuesta. Puse mi mano delicadamente encima de la suya que permanecía sobre la tabla de planchar y con todo el morro del mundo le pregunté de nuevo:

—¿Te pasa algo mamá? ¿Vuelves a no poder dormir? Te he llamado un montón de veces y no me lo has cogido.

Ella volvió a mirarme fijamente y apartando su mano de la mía contestó:

—¿Qué si estoy bien?, ¿ya no te acuerdas de lo que pasó la última sesión que tuvimos?

La miré forzando cara de sorpresa.

—¿Qué pasó?

Aquello era probablemente la peor actuación que nadie había hecho nunca. Ella me miró con indignación para decirme:

—Nada, tan solo que después de contarte que los hombres se habían aprovechado de mí toda la vida decidiste meterme mano, ¡a tu propia madre! —su tono era mitad sarcasmo mitad odio.

La miré con ojos de cordero degollado, siguiendo con el plan de quitarle hierro al asunto que en el fondo sabía que no iba a ninguna parte y me defendí:

—Mamá, lo único que buscaba era que te sintieras mejor contigo misma. Una mujer deseada. Sí, quizás se me fe un poco de las manos pero te aseguro que es un tipo de terapia que se utiliza muy habitualmente.

—Entonces, ¿te dedicas a meterle mano a tus pacientes para que se sientan mejor?, ¿aunque sean familia?

El volumen de su voz aumentaba por momentos, obviamente lo que le estaba contando era increíble incluso para una madre. Mientras pensaba qué podía contestarle añadió:

—Mira David, ¿sabes qué?, será mejor que te vayas. Hoy no me encuentro nada bien por culpa de las pastillas que me diste, estoy bastante mareada, ya hablaremos más adelante.

Le di un beso afectuoso en la mejilla a modo de despedida y abandoné lentamente el salón, seguí por el pasillo, abrí la puerta que daba al rellano y me quedé unos instantes pensativo. Aquella situación me estaba volviendo loco, no hacía falta ser psicólogo para saber que estaba completamente desquiciado, que no podía posponer ni un día más un desenlace fuera cual fuera, miré el ascensor desde dentro de la casa y cerré la puerta quedándome dentro.

Volví a hurtadillas por donde había venido y al llegar al salón me quedé observándola planchar. Ella ni se percató de que estaba allí, entre el atontamiento por las pastillas y haber oído la puerta cerrarse seguro que ya me imaginaba en la conserjería o incluso en la calle. Ni siquiera aquella horrenda falda escondía el increíble culazo que tenía, balanceándose debajo de la prenda a medida que seguía planchando una toalla. Mi respiración volvió a acelerarse al igual que mi corazón a medida que notaba como mi miembro crecía de pura excitación.

Luché por evitar aquello, por volver hacia la puerta de salida para esta vez sí abandonar la casa, pero a medida que mis ojos de voyeur seguían comiéndose con la mirada a aquella hembra me di cuenta de que ya era demasiado tarde. A paso ligero me acerqué hacia ella sorprendiéndola por detrás. Ella dio un sobresalto del susto, pero para cuando entendió que estaba pasando mis manos ya estaban manoseando sus pechos por encima de la camiseta mientras que mi polla volvía a estar apretada contra su trasero.

—Pero qué buena que estás mamá.

Esta vez el shock creo que fue incluso mayor que el de la semana pasada en la consulta, quedándose completamente quieta mientras le apretujaba con pasión las tetas por encima de la ropa satisfecho por comprobar que, su falda, era fea pero de una tela tan fina que casi podía notar mi falo atravesándola. Consiguió farfullar algo en voz baja mientras le decía:

—No hay ninguna mujer tan apetecible como tú en el mundo.

Con cierta fuerza conseguí deshacerme de aquella camiseta mientras que hábilmente lograba desabrocharle el sostén para dejarlo caer sobre la tabla de planchar, para cuando mi madre consiguió reaccionar mis manos volvían a estar magreándole las tetas sin descanso.

—¿Qué coño estás haciendo David? —me dijo ella forcejeando muy débilmente.

Yo le besaba por el cuello mientras conseguía bajarme los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos para después deshacerme de ellos completamente, quedando desnudo de cintura para abajo. Con mi rabo restregándose por aquella falda de fina tela mis manos no perdían ni un segundo en meterle mano, las tetas, el culo, incluso la vulva por encima de la ropa.

—No sabes cómo me pones mamá —le susurraba al oído.

Le bajé la falda hasta los pies para luego deshacerme de ella, las escasas braguitas que llevaba apenas podían tapar sus espectaculares posaderas. Seguí sobándola hasta que metí una de mis manos por dentro de ellas y comencé a acariciarle el clítoris de manera circular.

—¿Te gusta esto mami?, dime que te gusta.

Ella seguía completamente sumisa a mis actos, el débil forcejeo que había mantenido durante un momento había desaparecido por completo, a medida que frotaba mis dedos por su pepita notaba acelerarse su respiración.

—David… —susurraba con la voz entrecortada.

—Shht, no digas nada Rocío, imagínate que soy tu doctor si quieres.

Seguí disfrutando de aquel espectacular cuerpo hasta que finalmente conseguí deshacerme de sus braguitas, dejándola completamente desnuda en frente de mí. Le acomodé la parte de arriba del cuerpo encima de la tabla de planchar mientras que con los pies le abría ligeramente las piernas, puse mi lubricado manubrio en la entrada de su coño desde atrás y justo cuando estaba a punto de penetrarla mi madre salió de aquel estado de estupor para forcejear hasta darse completamente la vuelta. De pie en frente de mí, ahora de cara, la distancia era tan corta que mi pene chorreaba líquido pre seminal en contacto con su vientre.

—¡¿Qué demonios estás haciendo hijo?! ¡Soy tu madre!

Mientras me decía aquello alzando la voz pero juraría que con poco convencimiento yo aprovechaba para volver a manosearle las tetas tête à tête. Ella intentó empujarme pero yo me abalancé sobre ella con toda la fuerza cayendo ambos al suelo encima de la alfombra. Me tiré encima y conseguí abrirle las piernas y colocarme en medio de éstas.

—La posición del misionero también me gusta mamá, no te preocupes —le dije irónicamente.

Ella luchó un poco más mientras yo volvía a meterle mano compulsivamente mientras me decía:

—Suéltame por favor, ¡detente!

Inserté uno de mis dedos dentro de su vagina, comprobando que ésta estaba mojada y entendí que ya fuera por el efecto de las pastillas o por la cantidad de años que llevaba sin estar con un hombre toda aquella situación también la había excitado.

—Vamos déjate llevar, no hay nada de malo, mira cómo te chorrea el coño —le dije en un estado de excitación casi indescriptible.

Mi madre seguía resistiéndose un poco preguntando sin parar:

—¿Qué pretendes?, ¿qué pretendes?, ¿qué pretendes?, ¿qué pretendes?

Coloqué mis manos en sus nalgas agarrándolas con fuerza, puse el glande en la entrada de su coño y de un fuerte empujón la penetré hasta lo más hondo que me permitió su conducto.

—¡Oh sí mamá, síiii!

Ella seguía preguntándome sin parar a modo de mantra mientras yo sentía mi miembro aprisionado en aquella cueva que llevaba años sin abrirse, sintiendo un placer inconmensurable.

—¿Qué pretendes?, ¿qué pretendes?, ¿qué pretendes?, ¿qué pretendes?

—Pretendo que por una vez te folle alguien que te quiere de verdad —le dije aumentando el ritmo de mis embestidas.

Seguí penetrándola gimiendo sin parar al igual que ella, que aunque intentaba reprimirse claramente estaba disfrutando sintiendo mi falo moverse en su interior. Su cuerpo había sido tan ansiado que mis manos se estresaban jugando con todo lo que podían, sus pechos, su culo, ¡todo!

Las embestidas eran tan fuertes que podía ver como sus pequeñas tetas se balanceaban arriba y abajo, notaba mis ingles chocar contra las suyas a cada sacudida.

—David por favor… —se quejaba sin convicción.

—Mamá ya está hecho, ¡ahora solo disfruta!

Me la follaba con tanta fuerza que notaba crujir el parqué debajo de la alfombra, hasta ese día, por mucho que hubiera leído sobre el tema, no entendí el increíble placer del sexo prohibido. Mi madre parecía empezar a soltarse y sus gemidos casi igualaban en intensidad a los míos, atronando por todo el salón

—¡Qué buena que estás mamá! ¡Me pasaría el día follándote!

Noté que me quedaba poco aguante y poco a poco fui reduciendo el ritmo de las penetraciones, ella pareció mirarme extrañada pero sin tiempo a preguntas quité mi instrumento de su interior mientras le decía:

—Ponte a cuatro patas mamá por favor, ¡necesito follarte a lo perrito!

Ella pareció un poco desconcertada pero enseguida me hizo caso colocándose en aquella posición, con sus codos y sus rodillas clavadas en la mullida alfombra. Volví a colocar la punta de mi polla en la entrada de su coño y agarrándola fuertemente por las ingles la penetré nuevamente. Se la metí tan hasta el fondo que notaba ahora mis ingles chocar contra sus tersas nalgas, el ruido que hacían éstas a cada sacudida me excitaban cómo nada en el mundo. Mientras seguía follándomela en la nueva postura nuestros gemidos volvían a sonar intensamente.

—Mamá, mamá, ¡mamáaa!

El coito estaba siendo tan intenso que notaba como la desplazaba poco a poco por la alfombra, teniendo ella que mantener el equilibrio con alguna dificultad. Desde mi perspectiva veía sus pechos moviéndose hacia delante y atrás y mis manos fueron directas a estrujarlos como un perro busca su presa. Mi polla en su interior, su culo clavado en mis ingles y sus tetas entre mis manos fue demasiado para mí y me corrí entre fortísimos espasmos llenando su coño de semen y gritando casi como si me estuvieran matando. Ella gimió con tanta fuerza que habría jurado que también llegó al orgasmo.

—¡¡¡¡Oh síii, síii, me corroooo, me corroooooo!!!!

Me quedé exhausto, a duras penas conseguí sacar mi miembro de su cavidad y estirarme en la alfombra. Ella al momento imitó mi movimiento quedándose justo a mi lado. La miré de reojo, contemplando el cuerpo que mayor placer me había dado en toda mi vida y le dije:

—Te amo.

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