viernes, 22 de julio de 2016

Mi madre embarazada y medicada

Mi nombre es Gabriel y tengo veinte años. Estudio fotografía en Madrid desde hace dos años, aunque apenas tengo recuerdos de mí mismo en los que no llevara una cámara colgando del cuello. Supongo que el ambiente que se vivía en casa influyó mucho para desarrollar la sensibilidad necesaria como para que me interesara por cualquier estilo de arte: pintura, escultura, música, cine, fotografía, etcétera.

Mi padre era un pintor y escultor de un cierto renombre en la capital. Diez años mayor que mi madre fue una persona excepcional. Me enseñó a amar, a respetar, a entender, la libertad, la tolerancia... Sus dotes artísticas eran increíbles y tenía una mente privilegiada. Su único defecto, o por lo menos el más visible, era su maldita adicción al tabaco. Adicción que me privó de su compañía a los ocho años de edad fruto de un cáncer de pulmón rápido y fulminante. Aun siendo tan joven cuando murió son muchísimos los recuerdos que tengo tanto de él como de sus enseñanzas.

Se casó con mi madre siendo ella muy joven, tan solo dieciocho años, y a los veinte de ella y treinta de él nací yo. Agnes, mi madre, era una jovencísima alemana que había llegado a España con la intención de aprender el idioma y estudiar bellas artes. Entre sus múltiples trabajos para pagarse su estancia y sus estudios había hecho de modelo para pintores, así se había convertido primero en la musa de mi padre y rápidamente en su amante y esposa. Una historia algo típica, pero no por ello deja de ser bonita.

Esto nos lleva hasta hoy en día, donde mi madre y yo vivimos sin apuros económicos en un pequeño loft en el centro de la ciudad. La herencia que nos dejó mi padre y los continuos trabajos que sigue realizando ella en el mundo de la publicidad y la imagen ha hecho que nunca tuviéramos que preocuparnos por llegar a fin de mes, teniendo en mi caso una vida muy feliz tan solo manchada por la muerte de mi progenitor. En cuanto a la relación que tengo con Agnes diría que difícilmente podría haber sido mejor, era, además de mi madre, una amiga. Yo nunca le había dado demasiados problemas y ella a mí me había dejado siempre la suficiente libertad para que me hiciera un hombre, permitiéndome incluso equivocarme con tal de aprender una lección.

Todo iba como la seda hasta que recuerdo que un sábado por la mañana mi madre me despertó a eso de las once.
—Despiértate dormilón, tengo que contarte una cosa, ven a desayunar.

Algo sorprendido me desperecé, me lavé la cara a conciencia y me dirigí a la isla de la cocina americana donde solíamos comer. Mi madre parecía estar especialmente alegre, sonriente mientras me preparaba unos cereales con leche. Enseguida me los puso encima de la mesa y se acomodó en uno de los taburetes mirándome fijamente.
—¿Se puede saber qué pasa, mamá? —le dije con voz afónica y dormida.
—Tengo que contarte una cosa.
—Eso ya me lo has dicho cuando me has arrancado de las dulces garras de Morfeo —repliqué.

Ello sonrió más ampliamente y me dijo:
—Quiero que tengas un hermanito, ¡o hermanita claro!

Aquella afirmación hizo que casi me atragantara con el arroz inflado, aún con problemas para tragar dije:

—¿Un hermano? ¿Es que vas a adoptar un niño o a casarte?

Ella rio contestando:

—Ni una cosa ni la otra.

—¿Entonces, inseminación artificial o alguna cosa de estas que se hacen hoy en día? —pregunté cada vez más sorprendido.

—Tampoco, sabes que me gusta todo natural, ¡si hasta soy vegana! —exclamó con una extraña alegría.

La miré absolutamente descolocado por aquella conversación que rozaba lo surrealista esperando que siguiera con su explicación.

—He hablado con Nacho, con Ignacio Puig, ¿te acuerdas de él? Pues bien, como te lo diría…en fin ya eres mayor para entender estas cosas. Hemos acordado que él me ayudará a quedarme embarazada y después nunca reclamará ninguna paternidad ni nada por el estilo si consigo el objetivo.

Claramente lo que me estaba diciendo mi madre de manera eufemística es que le había pedido a Ignacio, al que sí conocía, que podía follársela sin protección una temporada con la pretensión de dejarla embarazada y luego cada uno por su lado. Aquello era demasiado moderno incluso para mí. Toda clase de ideas pasaban por mi cabeza mientras ella me preguntaba:

—¿Te parece bien Gabi?

Lo medité durante unos eternos segundos, cierto era que el tipo me caía bien, era soltero y marchante de arte y durante muchos años se había portado muy bien tanto con mi madre como conmigo. Me fastidiaba un poco la idea imaginándome la escena, viendo allí sentada a mi madre que a sus cuarenta años seguía luciendo preciosa y a su amigo disfrutando con todo aquello, probablemente rezando para que tardase en quedarse embarazada lo máximo posible, pero me habían educado en la tolerancia y la comprensión, y no podía más que apoyarla.

—Pues claro que me parece bien mamá, Nacho es un tío cojonudo —le respondí al fin intentando parecer lo máximo convencido posible.

—¡Genial! —exclamó en un nuevo brote de alegría —ya nos hemos hecho análisis los dos y estamos sanos como una manzana. Además Gabi, piensa que Nacho es la parte menos importante de todo esto, al bebé lo criaré con tu ayuda, sin tu consentimiento nunca lo haría.

La miré sonriendo por primera vez aquella mañana y le dije:

—Me parece genial la idea mamá.

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Las siguientes semanas, nueve en total, se me hicieron de lo más raro. Cada vez que mi madre salía de casa y no iba a realizar ningún trabajo de imagen me los imaginaba dale que te pego en casa del marchante de arte, fornicando como conejos. Fueron más de dos meses en el que el tiempo no parecía transcurrir para mí, probablemente todo lo contrario que para Ignacio que los días se le estarían haciendo de lo más ameno. Finalmente un día que llegué a casa a la hora de comer después de mis clases me encontré a mi madre de pie en medio del comedor esperándome. En la mano tenía un test de embarazo y desde luego su cara era como un libro abierto.

—¡Lo conseguimos! —exclamó dando pequeños y ridículos saltos de alegría como si se tratara de una adolescente en plena fiesta de pijamas.

Rápidamente la estreché entre mis brazos con fuerza, con una sensación extraña sabiendo que un nuevo miembro de la familia estaba en camino, pero aliviado porque hubiese terminado el proceso de inseminación “natural”.

—Enhorabuena mamá —le susurré al oído mientras seguía abrazándola con fuerza.

Al poco rato estábamos de nuevo en la isla comiendo un arroz con verduras que había preparado ella cuando le dije:

—Por cierto mamá quería pedirte algo. Ya sé que es una idea poco original, incluso trillada, pero me encantaría poderte hacer una foto cada mes de embarazo para ir viendo la evolución de tu cuerpo. ¿Cómo lo ves?

—Me parece una idea preciosa hijo, empezaremos a partir del tercer mes de embarazo, el doctor me ha dicho hace un rato por teléfono que hasta el tercer mes todo es demasiado precario y a mi edad podría tener un aborto espontáneo.

—Claro mamá, empezaremos a partir del tercer mes, y no te preocupes, estoy seguro de que todo saldrá bien.

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Llegamos rápido al mes de la tranquilidad, veníamos del ginecólogo contentos porque todo estaba saliendo bien. El pulso del bebé era fuerte y sano y los análisis de mi madre habían salido perfectos. Me puse cómodo vestido con un chándal de estar por casa y me tiré literalmente encima del sofá dispuesto a ver un rato la televisión. Poco después apareció mi madre vestida también de la manera más cómoda posible, luciendo una braguitas negras y en la parte de arriba llevaba una camisa grande a modo de camisón, prenda de ropa que había pertenecido a mi padre y que guardaba con todo el cariño.

Agnes medía un metro setenta y ocho, cien por cien alemana, y por aquel entonces llevaba el pelo algo corto y rubio fuerte. Lejos de quedarle peor que el cabello largo este peinado le favorecía, resaltando sus bonitas y marcadas facciones y dejando ver aquellos enormes ojos azules. Sus cejas eran finas y de color más oscuro que el pelo, la nariz fina y estrecha y los pómulos del tamaño perfecto. Los labios eran ligeramente gruesos, sensuales y su mandíbula algo cuadrada denotando su origen germánico pero igualmente hermosa. Era realmente guapa de cara, no me extrañaba nada que hubiese podido ganarse bien la vida siendo imagen de marcas, en el mundo de la publicidad. Lo que acompañaba al rostro era igualmente apetecible, su dieta vegana y el yoga habían moldeado su figura convirtiéndola en una mujer de cuarenta años absolutamente despampanante. Los pechos eran firmes y bien puestos aunque no especialmente grandes. La cintura delgada y fibrosa terminando en unas caderas marcadas que precedían un trasero espectacular, firme y bien puesto como el de una veinteañera y sin un átomo de grasa o celulitis. Sus piernas eran larguísimas, interminables, bonitas, esbeltas y completamente tonificadas, con unas pantorrillas fibrosas acostumbradas a los tacones.

Me quedé mirándola un rato embobado, con aquella camisa que no podía quedarle más sexy y maldiciendo por primera vez a Ignacio cuando le dije:

—¿Qué te parece si empezamos con las primeras fotos del embarazo? Ahora que ya han pasado los tres meses es el momento ideal.

Ella no se lo pensó nada contestándome:

—¡Perfecto! ¿Dónde querrás hacerlo aquí mismo?

—Mejor allí que tendremos mejor luz —le dije señalando una parte del salón muy bien iluminada gracias a una claraboya.

Obediente se dirigió hasta la zona mientras yo iba un momento a mi cuarto para coger la réflex y elegir un par de objetivos que creí adecuados para la sesión de fotos. Me puse a un par de metros de ella apuntándola ya con la cámara mientras le daba instrucciones básicas:

—Levántate la camisa para que se vea la tripita…así muy bien…perfecto…gírate un poquito a tu izquierda…ahora mira directa a la cámara…genial…

Ella siguió obedeciendo mis instrucciones mientras yo la bombardeaba a fotografías para posteriormente hacer una selección de las mejores.

—Muy bien mamá se nota que trabajas en esto —le decía.

—Se nota que serás un gran fotógrafo —contestaba ella sonriendo, dejándome ver sus preciosos y alineados dientes. 

Seguí un rato disparando con la cámara réflex hasta que me di por satisfecho.

—Genial, ya lo tengo mamá, eso es todo por este mes.

Al momento dejó caer la camisa algo cansada por haber tenido que estar un rato levantándola mostrando la barriga cuando le propuse:

—Una última cosa mamá, ¿qué te parece si te tomamos también las medidas? Así sabremos exactamente lo que va cambiando tu cuerpo durante el embarazo.

Ella se quedó mirándome unos segundos algo perpleja, por un momento pensé que había metido la pata, pero enseguida reaccionó contestándome:

—¡Muy buena idea! Deja que vaya a ponerme un sujetador por eso que no llevo nada debajo de la camisa.

—¡Perfecto! Aquí te espero, pero nada con relleno que eso sería adulterar los resultados eh —le dije ansioso por saber algo que me había preguntado toda la vida, las medidas de mi madre.

En menos de cinco minutos volvió al salón habiendo sustituido la camisa por un finísimo sostén negro a juego con las braguitas, tan escaso que en él se marcaban sus pezones que parecían estar erectos.

—¿Está bien así?

—Así perfecto —conseguí contestar algo impactado por su increíble aspecto en ropa interior.

Abrí un cajón del mueble del salón y volví rápidamente con la cinta métrica de papel, me coloqué detrás de ella y le indiqué:

—Sube los brazos para que pueda medirte el busto.

Lo hizo al instante y enrollé aquel trozo de papel desde su espalda, pasando por los pechos y llegando de nuevo al punto de origen.

—A ver no te muevas madre, perfecto, sigue con los brazos en alto.

Repetí la acción en la cintura y luego en sus caderas y trasero, cuando había terminado me preguntó impaciente:

—¿Bueno qué? ¿Soy una vaca o algo así?

—87-59-90, tendrías que presentarte a los certámenes de supermodelo en vez de hacer anuncios de cremas hidratantes o de tinte.

—¡No seas bobo! —me dijo riéndose, obviamente satisfecha con aquellos números espectaculares en una “cuarentona”. 

—De todas formas poco me va a durar, por mucho que me cuide en unos meses estaré hecha una elefanta —añadió.

Yo sonreí a modo de respuesta y rápidamente me fui al baño con la excusa de que llevaba rato meándome. Cuando llegué me bajé el pantalón de chándal y el calzoncillo, liberando, ante mi preocupación y sorpresa, una notable erección.

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Pasó un mes bastante tranquilo en el que intenté no darle demasiadas vueltas a mi reacción en la sesión de fotos con mi madre. Era un jueves por la tarde, yo ya me había puesto el pijama dando por hecho que no volvería a salir a la calle y mi madre andaba por los rincones de la casa haciendo pequeños trabajo de limpieza vestida con un short y una camiseta de tirantes ancha de color blanco.

—Mamá, ha pasado ya un mes, ¿cómo lo tienes para hacerte unas fotos?

—Vale hijo, termino un momento de limpiar la encimera y nos ponemos a ello.

Mientras terminaba fui a por la cámara y tal y como hicimos la última vez la siguiente media hora la pasamos en el salón haciendo las fotos pertinentes. Cuando terminamos le dije:

—Ahora solo falta medirte.

—Vale, deja que me ponga lo mismo que la última vez.

Fue a cambiarse a su habitación y por primera vez me noté nervioso, impaciente. Pocos minutos después apareció de nuevo vestida con aquel conjunto de ropa interior tan sexy, vino directa hacia mí y dándose la vuelta a la vez que levantaba los brazos me dijo:

—Cuando quieras.

Mi perspectiva de su espalda y culo era maravillosa, casi tembloroso rodeé sus pechos con la cinta métrica mientras notaba que mi miembro, a pesar de los esfuerzos, comenzaba de nuevo a crecer. Para cuando había terminado con su culo mi erección ya era descomunal, tan bestia que para disimularla debajo de aquel pijama había tenido que sacar la punta y apresarla con la goma del pantalón, tapándola a su vez con la camiseta.

—88-61-90 —tartamudeé.

—Bueno, por lo menos el culo no me ha crecido —dijo ella entre risas.

—Veremos en el quinto mes cómo estoy —finalizó.

Sin decir nada guardé la cinta métrica como pude incómodo por el empalme que llevaba y recogiendo la cámara fui directo a mi habitación. Tenía el pulso algo acelerado, y aunque no quería darle muchas vueltas a la nueva reacción lo cierto es que tenía un calentón brutal. Me estiré en la cama y liberé mi sable con la intención de hacerme una paja rápida cuando de repente oí un grito que provenía del salón.

Me vestí nuevamente como pude disimulando el estado de mi manubrio y salí a toda velocidad, al llegar vi a mi madre de rodillas en el suelo, gritando y llorando mientras decía:

—¡Gabi me duele, me duele mucho!

Histérico conseguí ayudarla a incorporarse mientras intentaba calmarla, la llevé directa a su habitación y la ayudé a ponerse el primer vestido que encontré y unas sandalias. Me puse un pantalón vaquero encima del pantalón corto de pijama y ni siquiera me cambié la parte de arriba cuando ya estábamos en el ascensor camino del parking, dispuestos a ir a urgencias en el coche.

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El pronóstico del ginecólogo después de varios días de prueba no había sido terrible pero tampoco bueno. Mi madre tenía un embarazo de riesgo por culpa de un pequeño fibroma en el útero, una especie de tumor benigno. Esto hacía que el seguimiento médico tuviera que ser bastante exhausto y lo más preocupante es que a pesar de no ser grave por el momento el fibroma le provocaba tremendos dolores. Finalmente el médico decidió medicarla para superar el dolor y que pudiera dormir, recetándole Tryptizol y Diazepan, convencido de que si le hacían los análisis pertinentes el feto no sufriría ningún daño.

La verdad es que los medicamentos funcionaron muy bien para aliviarle los dolores y que pudiese dormir, aunque los efectos secundarios eran algo fuertes. La dejaban bastante grogui, como sedada todo el día, y por la noche se acostaba muy temprano ya que tenía sueño a todas horas. Pasaron los días y por suerte los efectos secundarios disminuyeron un poco sin dejar de funcionar como terapia contra el dolor, la cosa iba bien.

Era un día entre semana cuando vi que el calendario marcaba que ya estábamos en el quinto mes de embarazo. Cenamos muy temprano, a eso de las ocho. Al finalizar le pregunté si le parecía bien que le hiciera las fotos y le tomara las medidas tal y cómo habíamos acordado, aunque ya no había luz natural en el loft era fácil solucionarlo con un simple foco o incluso el flash. 

—Vale hijo, voy a ponerme la ropa de siempre y terminamos rápido que me caigo de sueño —contestó.

Estaba preparando nuestro habitual set de fotografía improvisado cuando apareció directamente vestida con aquel conjunto de ropa interior negro, recé para no sentir nada, concentrándome en cualquier otra cosa que no fuera su cuerpo, aunque reconozco que seguía luciendo espectacular. Su figura apenas había cambiado desde la última vez, tan solo un poco en la zona abdominal. Hice las fotos de rigor lo más rápido posible ya que realmente veía a mi madre bastante cansada y enseguida saqué la cinta métrica para medirla.

—88-63-90, ya se empieza a notar la barriguita —le dije con ternura.

—Perfecto, voy a estirarme un rato en el sofá —me dijo con voz bastante narcotizada.

Pusimos un reality en la tele y desde mi sillón pude ver de reojo como enseguida se quedaba dormida. Me sentía bastante feliz de haberme sabido controlar a la hora de las fotos y las mediciones, pero viéndola allí estirada en el sofá, vestida aún con aquella lencería, hizo que enseguida mi cerebro reaccionase, activando otras partes de mi anatomía.

Joder que buena que estás mamá, no pude evitar pensar. Decidí irme a la habitación pero antes la tapé con una manta para que no tuviera frío, con delicadeza para no despertarla. Ya en mi cuarto mi erección había crecido ostensiblemente, me agarré el rabo con una mano y empecé a masturbarme lentamente, pensando en chicas de mi universidad, en actrices famosas, en cualquier cosa, pero a la que me despistaba las imágenes de mi madre en paños menores irrumpían en mi cerebro de golpe, sin permiso. Aquello me asqueaba pero cuando más intentaba concentrarme en otras mujeres más aparecía mi madre en mis pensamientos, era como una auténtica lucha interna. Seguí con aquella batalla hasta que me di cuenta de que ella se había apoderado por completo del proceso, eyaculando casi por sorpresa con una imagen fija de ella haciéndome una felación. El orgasmo fue sucio, pero tan potente que tuve que contenerme para no gemir demasiado fuerte, manchando mi vientre con pequeños ríos de semen.

A la mañana siguiente me duché y vestí dispuesto a ir a clase cuando al salir al salón me di cuenta de que mi madre seguía dormida en el sofá, tapada con la misma manta que yo mismo le había puesto encima la noche anterior. Me acerqué a ella y con delicadeza intenté despertarla, pero era inútil, su sueño era profundísimo. Después de zarandearla un poco conseguí que empezara a abrir los ojos tímidamente.

—¿Dónde estoy? —me dijo arrastrando las sílabas.

—En el sofá mamá, ¿no te acuerdas?, ayer te quedaste aquí dormida.

—No me acuerdo de nada —contestó claramente confundida.

—Estuvimos haciéndote las fotos y midiéndote y después te quedaste traspuesta viendo el reality.

—¿Las fotos?…no me acuerdo de nada…solo de que estábamos cenando —insistió hablando con cierta dificultad.

—Bueno, no te preocupes, estabas cansadísima. Me voy a clase nos vemos a la hora de comer —le dije sin darle demasiada importancia al tema, despidiéndome con un beso en la mejilla.

Lo cierto es que los días siguientes le pasaron cosas parecidas, al despertarse olvidaba buena parte de lo que había hecho la noche anterior. Finalmente, como precaución, decidimos adelantar la visita al ginecólogo.

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—No os preocupéis por nada, es algo perfectamente normal. Se llama amnesia anterógrada, poco después de tomarse la medicación hay personas que no recuerdan lo que hacen hasta que descansan siete u ocho horas. Por eso recomendamos tomar la medicación a la hora de cenar e irse a dormir poco después, pero insisto, es algo absolutamente normal —nos tranquilizó el doctor Palazo.

—Entonces, ¿dice que después de tomar la medicación puedo no recordar lo que hago hasta que me voy a la cama? —insistía mi madre.

—En efecto, es normal que le pase, la gente no recuerda que se fue a la cama a dormir, que mantuvo una conversación o lo que estuvo mirando en la televisión, si le molesta este efecto puede retrasar la toma de las pastillas, pero corre el riesgo de dormirse más tarde y de que vuelvan los dolores.

Salimos de la consulta sorprendidos por las explicaciones del médico pero sin duda mucho más tranquilos al saber que era algo completamente benigno. Los días fueron pasando y mi madre aunque estaba menos cansada durante las horas diurnas al caer la noche se sentía agotada y somnolienta. Tampoco se pasó aquella extraña amnesia nocturna, pero no le dábamos la menor importancia.

—Mamá, estamos ya en el sexto mes, prepárate para las fotos y las mediciones —le comenté a eso de las nueve y media de la noche.

—Ok Gabi pero rápido que ya hace como una hora que me he tomado las pastillas y no sé ni dónde tengo la cabeza.

Como un auténtico voyeur miraba el cuerpo de mi madre a través del objetivo de la cámara, silueta que semana a semana estaba cambiando poco a poco, no en demasía gracias a la dieta y su constitución. Después de las fotos me coloqué detrás de ella con la cinta métrica, observé cómo mi madre estaba tan cansada que incluso le costaba levantar los brazos para que pudiera medirla. Pasando el papel alrededor de su busto pude notar sus pechos a través de aquel fino sujetador, sin duda estaban más duros y turgentes. Al repetir la acción en su trasero también aproveché disimuladamente para palparle las nalgas, ligeramente más grandes pero absolutamente deseables.

—90-65-91.

—Bueno, que me crezcan las tetas tampoco sería mala cosa —dijo entre risas a pesar de estar más dormida que despierta.

Oír a mi propia madre decir eso me mató, desde detrás suyo las mediciones me habían puesto aún más caliente de lo normal, tenía la polla tan tiesa que parecía capaz de reventar el pantalón del pijama. Como en un impulso me acerqué a ella hasta que mi cipote chocó contra su culo, separados tan solo por las finas ropas, y mis manos casi como autómatas fueron directas a agarrarle suavemente los senos, estrujándolos con delicadeza.

—La verdad es que se te están poniendo unas buenas tetas —le susurré mientras las manoseaba por encima del sostén.

Ella se quedó sin reaccionar, completamente quieta, mientras yo seguía magreándole los pechos y restregando mi mástil por su espectacular culo. Seguí unos segundos gloriosos metiéndole mano, notando sus pezones a través de la tela hasta que me dijo con gran dificultad, gangosamente:

—Gabi, ¿qué haces?

Enseguida volví en sí y me separé de ella en un movimiento rápido mientras le contestaba:

—Nada mamá, me voy a dormir, ya hemos terminado la sesión.

Me fui corriendo a mi habitación, nerviosísimo por lo sucedido pero aún cachondo. Liberé mi sable con torpeza y comencé a pajearme con furor mientras no podía dejar de pensar en que ojalá mi madre no recordase nada al día siguiente. Ni la angustia por lo sucedido ni la culpa evitaron que me corriese encima del a colcha de la cama en menos de cinco minutos.

Aquella noche dormí realmente mal, angustiado por lo sucedido, asustado por las consecuencias que podía tener. La relación con mi madre había sido siempre excelente y lo que había pasado era difícilmente justificable. Os puedo asegurar que hasta que se quedó embarazada jamás había sentido ningún tipo de atracción por ella y el excitarme con mi propia madre me reconcomía por dentro como una madera llena de termitas.

A la mañana siguiente dubitativo me lavé la cara como cada día y fui a la cocina a desayunar. Cuando llegué me encontré con ella sonriente y preparando unos cereales con leche de soja.

—Buenos días hijo, ¿has dormido bien?

Aquella única frase fue suficiente para saber que no recordaba nada de lo sucedido.

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Las siguientes semanas fueron una lucha constante para controlar mis impulsos pero conseguí que transcurrieran lo más normales posible. Íbamos frecuentemente al médico para hacerle análisis de sangre y pruebas para poder comprobar que la medicación no estuviera afectando al feto de ninguna manera. El fibroma seguía allí pero gracias a las medicinas Agnes apenas sentía dolor. 

Viendo a mi madre por casa siempre con ropa cómoda podía comprobar como su cuerpo estaba cambiando a mucha más velocidad. El grueso de sus piernas había aumentado ligeramente al igual que su espléndido culo que se veía más carnoso, la barriga era más que notable y sus pechos sin lugar a dudas habían crecido. Curiosamente cuanto más se alejaba de la perfección física más caliente me ponía, verla tan voluptuosa era como vivir en una constante fantasía erótica. Tenía claro que no podría soportar otra de nuestras sesiones mensuales y decidí hacerme el “longuis”, pero pocos días después de que superara el séptimo mes de embarazo fue ella la que me lo recordó:

—Gabi este mes tenemos pendiente hacerme las fotos —me dijo mientras cenábamos una ensalada y tostadas con hummus. 

—Claro mamá, después de cenar si quieres te las hago.

—Ok pero hagámoslo justo después que luego me convierto en una especie de zombi —apuntó.

Aquello me inquietó mucho, no solo íbamos a hacer la sesión sino que probablemente el efecto de la medicación aún no se haría notar demasiado, tenía que controlarme fuera como fuera. Después de cenar me apoltroné en el sillón frente al televisor, haciéndome de nuevo el sueco con la esperanza de que ya no se acordara de las fotos, pero a los diez minutos se presentó en el salón vestida con aquella ropa interior negra a modo de uniforme. Ésta se veía extremadamente pequeña en su cuerpo debido al aumento de todas sus formas, el sujetador apenas podía tapar sus nuevos y grandes senos y marcaba claramente unos pezones erectos como misiles y las braguitas luchaban por no dejar al descubierto unas carnosas y exuberantes nalgas. Su vientre se veía más grande y redondo con la piel tan estirada que su ombligo había salido hacia fuera.

—Cuando quieras —se ofreció con su habitual sonrisa en la boca.

—Ahora mismo, voy a por la cámara y las demás cosas —contesté.

Cuando entré en mi cuarto noté cómo la excitación ya había hecho reaccionar mi miembro, dejándolo en estado de semi-erección.

Joder Gabi aún no hemos empezado y ya estás cachondo, pensé.

Bastante agobiado me quité el pantalón corto del pijama y me puse un bóxer ajustado para volver a vestirme con el pantalón encima, pensé que el calzoncillo ayudaría a disimular mi calentura. 

Reduje al mínimo el tiempo de fotos, apenas le había sacado unas diez cuando le dije:

—Hoy han quedado perfectas mamá, con esto es suficiente hasta el mes que viene.

Me disponía a escurrir el bulto, nunca mejor dicho, cuando ya camino de mi habitación me dijo:

—¿Y las mediciones?

—¡Ah sí, es verdad! ¡Se me olvidaba! —disimulé con la gracia del peor de los actores.

Volví con la cinta métrica de papel y como hacíamos habitualmente me coloqué detrás a la vez que ella subía los brazos, en esta ocasión se la veía bastante más despierta que las últimas veces. Con voluntad de hierro medí las partes de su anatomía sin hacer ningún movimiento sospechoso, sudando y casi tembloroso.

—92-69-93 —le dije casi manteniendo la respiración, notando mi falo a punto de explotar.

—Bueno no está tan mal, aún no soy un ñu —contestó simpática y divertida como siempre.

Sin añadir nada le di las buenas noches y después de recogerlo todo me fui directo a mi habitación. Estirado en mi cama los remordimientos por mi calentura volvían a sacudirme por dentro mientras que mi manubrio parecía tener cerebro propio, estando cada vez más empalmado.

¡No! ¡Basta! ¡No puedes sentir esto por tu propia madre! ¡Eres un enfermo!, me decía a mí mismo.

¡Se acabaron las pajas pensando en ella!, me ordené mentalmente con toda la convicción de la que fui capaz.

Así estuve sin exagerar casi una hora sin conseguir que la erección bajase por si sola ni sacarme la imagen de mi progenitora de la cabeza. Asqueado decidí ir a la cocina a por un trozo de queso a ver si con el tardío postre conseguía pensar en otra cosa. Camino de la cocina vi a mi madre completamente dormida en el sofá, tumbada y vestida aún con aquella escasa lencería. Como un ladrón de baja estopa me acerqué a ella a hurtadillas y me acomodé en el poco espacio que su cuerpo dejaba en el sofá, justo en frente de sus pechos. Ella ni se inmutó. Puse suavemente mi mano en su hombro y la zarandeé con cuidado.

—Mamá, te has quedado dormida —le susurré.

Siguió sin dar el más mínimo estimulo de consciencia mientras notaba como mi lado oscuro se apoderaba lentamente de mí.

—¡¿Mamá?! —insistí subiendo la voz.

Me di cuenta de que estaba completamente narcotizada, y pensé que aunque se despertase a la mañana siguiente no recordaría nada, el corazón me latía tan fuerte que parecía una taquicardia. Parecía una diosa allí estirada, una especie de regalo. Con sumo cuidado llevé una de mis manos y comencé a acariciarle el pecho más próximo a mí, cerciorándome de que siguiese en estado vegetativo. Poco a poco me fui animando y las caricias se fueron convirtiendo en magreos, sobeteos en toda regla. Ella ni siquiera se movía con aquellos tocamientos mientras yo notaba una erección tan bestia que me dolía aprisionada dentro de la ropa. Con la mano libre me bajé el pantalón del pijama y el bóxer hasta las rodillas mientras que con la otra había conseguido hábilmente colarme por dentro del sujetador, manoseándole la mama sin la tela de por medio, incluso pellizcándole aquel pezón que por el embarazo estaba siempre erecto como una torre de comunicaciones. Seguí toqueteándole el pecho mientras lentamente comencé a masturbarme, subiendo y bajando la piel muy lentamente.

Como me pones mamá.

Al ver que ni con todo aquello reaccionaba decidí cambiar de parte del cuerpo y con cuidado llevé la mano que no sacudía mi polla hasta sus muslos, acariciándolos primero para luego colarme entre ellos y empezar a frotar delicadamente su vagina por encima de la tela de las braguitas. Aquello me puso tan cachondo que pude notar como el ritmo de la paja subía inconscientemente.

—Mmm —Balbuceó por primera vez mi madre algo incómoda pero lejos de despertarse.

—Shh mamá tranquila, no pasa nada, soy yo —le susurré para relajarla mientras seguía acariciándole el coño haciendo pequeños circulitos con los dedos.

Conseguí introducirla también algo incómodamente por dentro de la ropa interior y llegué hasta su clítoris, aquello empezaba a ser demasiado para mí. Palpándolo con cuidado noté que mi masturbación estaba llegando a la velocidad de centrifugado, sin sacar mi mano de sus partes me puse de rodillas sobre la alfombra del suelo, dejando mi glande a escasos centímetros de su barriga y con dos últimas y profundas sacudidas me corrí encima de ésta llenándola por completo de semen entre grandes espasmos. Fue dificilísimo para mí disimular mis gemidos de puro placer pero ella siguió dormida ante mi tranquilidad. Poco a poco recuperé el aliento, le puse bien la ropa interior y agarrando la parte de arriba del pijama a modo de improvisada bayeta le limpié el vientre con cuidado, la tapé con una manta como solía hacer siempre que se quedaba dormida en el sofá y me fui a mi habitación.

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Las siguientes dos semanas apenas tuve tiempo de tener mala conciencia por aprovecharme de mi madre, los dolores volvieron y se hicieron bastante intensos, incluso tuvo que estar un par de días hospitalizada para hacerle pruebas y tenerla controlada. Estaba sentado sobre una silla en la habitación de hospital de mi madre, haciéndole compañía, cuando entró el doctor Palazo:

—Las pruebas no han salido mal del todo Agnes, los dolores han vuelto simplemente porque el bebé está creciendo más rápidamente en estos últimos meses y esto obviamente hace que presione el fibroma con más fuerza. Por desgracia lo único que podemos hacer es ajustarte la medicación, llegar a un punto en el que el bebé no corra peligro pero tú puedas vivir más cómodamente, con los menos dolores posibles. Lo más probable es que debido a esto el parto se adelante un par de semanas, tampoco es nada preocupante créeme. Eso sí, ya te puedo adelantar que será por cesárea, no podemos correr riesgos.

—Entonces doctor, ¿pronto podremos ir a casa? —pregunté.

—Hoy mismo os daré el alta y las nuevas recetas, cuídala mucho, que no haga demasiados esfuerzos y cualquier complicación os venís directos a verme.

Las siguientes semanas estuve tan pendiente de ella que conseguí olvidarme de lo acontecido en el sofá. Por suerte el ginecólogo era un gran experto y mi madre volvió a vivir sin apenas molestias, pero nuevamente muy cansada y somnolienta debido a la medicación. Llegamos al octavo mes de embarazo y ambos estábamos en la cocina preparando la cena. Mientras yo pelaba unas zanahorias ella condimentaba el caldo hirviendo para la sopa que íbamos a preparar. A pesar de estar siendo un embarazo algo complicado estaba radiante, guapísima vestida con aquella camisa que a pesar de ser muy ancha se ceñía en su enorme vientre y unos culotes azul marino completamente ajustados a su piel.

—Ahora sí que nada puede disimular tu tripa, ¿eh mamá?

—Calla, calla, me siento como una elefanta.

—Pero si estás guapísima —le dije sonriente.

—Que me vas a decir tú hijo mío, ¿qué parezco una ballena? Siento como si pesara mil quilos, y encima todo el día atontada por la medicación.

—No te preocupes mami, queda muy poco ya oíste al doctor. Después de cenar te haré la que parece ser que será la última sesión de fotos y te mediré, ¿te parece bien?

—Muy bien Gabi, pero no te extrañe si me quedo dormida de pie.

Cenando pude observar como a mi madre le costaba mantener una conversación, incluso parecía que le requiriera grandes esfuerzos aguantar su cabeza erguida. Terminamos y retiré los platos de la mesa dejándolos en el fregadero de la cocina.

—Luego los lavo mamá pero vamos a hacer las fotos antes de que no puedas ni levantarte.

—De acuerdo hijo, será lo mejor.

Fui raudo y veloz a por la cámara mientras ella iba a la parte del salón que habíamos convertido casi en un estudio de fotografía.

—Muy bien, desabróchate un poco la camisa y súbetela para que se pueda ver la tripita.

Obedeció no sin cierta dificultad, subiéndose la camisa hasta la altura de los pechos y luciendo la enorme barriga de ocho meses. Su cuerpo había cambiado bastante pero mis pensamientos lascivos hacia ella volvían con más fuerza que nunca. Pocos minutos después terminé con las fotos y le dije:

—Muy bien, ahora solo falta medirte.

—Ok hijo, pero estoy demasiado hecha polvo para cambiarme, mídeme encima de esta misma ropa por favor.

Aquello me desanimó un poco, pero sin tener argumentos en contra de su idea y viendo el estado en el que se encontraba fui a por la cinta métrica y me puse detrás de ella. Hice un par de amagos de medirla por encima de la camisa y tan solo con eso mi cipote se puso tan tieso debajo del pijama que incluso tuve que separarme unos centímetros para que no impactara contra su trasero.

—Esto no funciona mamá, esta camisa es bastante gruesa y no me deja medirte bien —argumenté.

—Lo mejor será quitártela.

Ella procesó lo dicho unos segundos, bastante confundida y atontada hasta que finalmente contestó:

—Es que no llevo sujetador hijo.

—No te preocupes mamá, será muy rápido, es solo un momentito.

Desde atrás la ayudé a desabrocharse los botones de la camisa y con delicadeza se la quité dejándola caer primero por los hombros y luego los brazos hasta que ésta impactó finalmente contra el suelo. La visión de la espalda desnuda de mi madre, con aquel impresionante culo tapado solo por un culote hizo que mi rabo tuviera un espasmo.

—Mucho mejor —afirmé casi fuera de mí.

Le pasé lentamente la cinta por el busto, disfrutando de cada segundo y de cada pequeño roce con la piel, sus senos se notaban enormes. Repetí la acción en la cintura y finalmente en aquel despampanante trasero.

—93-73-94.

Mi madre estaba tan atontada que ni siquiera comentó los nuevos números, se quedó inmóvil allí de pie, sin hacer ademán tampoco de vestirse de nuevo con la camisa. Dejé caer la cinta métrica y sin pensarlo demasiado me quité la parte de abajo del pijama, dejando a la vista una casi desproporcionada erección. Ella seguía de espaldas a mí sin hacer nada cuando con cuidado acerqué mi falo y lo apreté contra sus nalgas, más grandes pero igualmente firmes, separadas de mí tan solo por aquel fino culote. Al ver que seguía sin reaccionar comencé a frotarlo contra su culo mientras que mis manos acariciaban su espalda despacio hasta llegar a sus desnudas y enormes glándulas mamarias. 

—Ahora sí que se han puesto unas buenas tetazas —le dije con descaro.

Ella no hizo nada, ni contestó ni pareció estar incómoda con la situación, simplemente estaba ausente mientras yo seguía metiéndole mano a mi antojo, pellizcando de nuevo aquellos pezones como misiles. Seguí sobándola un rato hasta que decidí agarrarle la única prenda que aún llevaba y con delicadeza se la bajé hasta los tobillos para sacársela definitivamente por los pies. Parecía ayudarme a desvestirla de manera autómata.

—Y menudo culazo de bailarina de bachata se te ha puesto mami —le dije mientras le acariciaba las nalgas ahora desnudas sin dejar de restregarle el miembro.

Seguí metiéndole mano sin parar, mientras que con una mano jugaba con sus tetazas la otra estaba ya en su parcialmente rasurado sexo, jugando con su clítoris y rajita cuidadosamente.

—No sabía que te arreglabas el coño —le susurré más cachondo que nunca mientras seguía sobándola.

En ese momento ella pareció querer decirme algo, pero de su boca tan solo salieron algunos gruñidos ininteligibles. En aquel momento estaba tan caliente que sabía que no había vuelta atrás. Despacio la llevé hasta un mueble del salón siempre guiándola desde detrás, la incliné un poco y puse con sumo cariño sus manos encima de éste, inclinándola un poco y dejándola de pie ligeramente en pompa. Viendo su culo frente a mí manchado de mi líquido pre-seminal me excité aún más, colocando mis pies en el interior de los suyos la abrí ligeramente de piernas hasta alcanzar la altura óptima que buscaba. La agarré por las caderas y busqué con la punta de mi polla la entrada de su vagina, acomodando el glande en el agujero de su cueva mientras le decía:

—Estás buenísima mamá, no sabes el tiempo que llevo imaginándome este momento.

Justo en ese momento pareció reaccionar un poco, se movió incómoda mientras contestaba arrastrando las sílabas, tan drogada que apenas pude entenderla:

—¿Hijo que me estás haciendo?, soy tu madre…

—Tranquila mamá no pasa nada, soy yo, está todo bien —la tranquilicé con la voz que pondría para cantarle una nana a un niño.

Sin poder decirme nada más presione un poco contra su coño y sin demasiadas dificultades mi polla consiguió hacerse paso lentamente dentro de aquel celestial conducto.

—Oh sí mamá, que morbo me das.

Ayudándome con las manos que seguían en sus caderas y la cintura seguí penetrándola con cuidado, disfrutando de cada fricción, de cada segundo. Notaba como mis testículos rozaban sus nalgas a medida que podía penetrarla más profundamente y aquello me mataba de gusto.

—Joder que gusto mami, ¡qué gusto!

Las embestidas fueron subiendo de ritmo y fuerza mientras que con una mano le acariciaba el coño desde atrás y con la otra le agarraba las tetas que se movían al compás del coito. Ella parecía querer decir algo pero en ningún momento se resistía, rendida a cualquier cosa que le hiciera.

—Me encanta, me encanta, ¡me encanta! —gritaba yo entre gemidos de puro placer.

Ella también gemía de manera casi imperceptible, probablemente más de incomodidad que de placer, pero yo estaba teniendo el mejor polvo de toda mi vida.

—Como me pones mamá, que bien te mueves. Seguro que Nacho se lo pasó en grande dejándote preñada.

Me la estaba follando con tanta fuerza que notaba como instintivamente se ponía de puntillas para aguantar el equilibrio y notaba el mueble donde estaba apoyada vibrar. Mis huevos chocaban con gran fuerza contra su culo, siendo las sacudidas cada vez más fuertes y profundas.

—Hijo para por favor, ¿Qué está haciendo? —dijo de nuevo casi ininteligiblemente.

—Tranquila mamá ya casi termino, ¡me voy a correr joder! ¡Quería saber que notó Nacho todas esas semanas! —le gritaba casi tan alto como gemía, como tirándoselo en cara.

Mis manos que habían gozado de cada rincón de su cuerpo volvieron a sus caderas, y en una última penetración llegando hasta lo más hondo de su cueva me corrí entre numerosos espasmos y ríos de leche.

—¡Ohhh síiiii! ¡¡Síiiiiiiiiii!! —grité desbocado por el orgasmo más brutal de mi vida.

Mantuve mi polla unos segundos dentro suyo hasta que recuperé las fuerzas y conseguí controlar mi respiración, le agarré de la mano y como si fuera una sonámbula la llevé hasta su baño. La limpié con esmero y la vestí con un camisón y unas braguitas limpias. Ella tenía la mirada perdida, no sabía si estaba despierta o en un sueño. La acompañé hasta su cama y la arropé mientras le decía:

—Dulces sueños mami, mañana no te vas a acordar de nada.

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Al ver que realmente a la mañana siguiente se despertó alegre y jovial como siempre, sin el menor recuerdo de lo sucedido, mis visitas nocturnas a su habitación se hicieron frecuentes y variadas hasta que nació mi hermana Anke mediante cesárea. Aunque lo que hice probablemente fuera una monstruosidad fueron los mejores días de mi vida. Mi obsesión por mi madre nunca terminó.

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