viernes, 22 de julio de 2016

La web

Mi nombre es Bosco Castela y soy un médico de familia de la ciudad de Madrid. Ejerzo mi profesión en un centro de salud cercano al Bernabéu del que prefiero no dar muchos más detalles. Recuerdo perfectamente lo que hacía cuando recibí aquel mail. Eran las dos de la tarde y justo acababa de terminar mi turno ya que los miércoles tengo horario de mañana. Faltaban dos horas hasta que el médico de tarde me remplazara así que aprovechando que mi mujer y mi hija no vendrían a comer hasta las tres, y el centro de salud estaba a escasos diez minutos de la casa decidí relajarme un rato. Me traje a la consulta un café de la máquina mientras que ya tenía desplegado el diario Marca encima de la mesa con la intención de ver que noticias sobre rumores y fichajes me leía. Aquel momento del día, con la calma que daba el dejar atrás el trasiego de los pacientes, era uno de los pequeños placeres de la vida que más disfrutaba. Mi periódico, mi café y la tranquilidad, no podía pedir nada más. A mis cuarenta años la vida se había portado bien conmigo. Me había dado una profesión que amaba, una esposa maravillosa y una hija que a pesar de sus difíciles dieciocho años era lo mejor que me había pasado nunca.

Veinte minutos más tarde me disponía a irme cuando decidí comprobar mi mail personal aprovechando que aún no había apagado el ordenador de la consulta. En él había los típicos mails comerciales que tanto aborrecía, pero hubo uno que me llamó especialmente la atención:

La Caverna……………………………Un amigo le invita a unirse a nuestra sociedad.

Tanto el nombre como el asunto me llamaron poderosamente la atención, me quedé mirando aquel correo varios minutos extrañado y sin saber qué hacer. Estaba seguro que sería propaganda, o peor, un virus, pero no pude evitar la tentación, y malévolamente pensé que mejor infectar el ordenador del centro que el mío personal de casa. Finalmente cliqué con gran curiosidad por saber su contenido. Su contenido aun fue más inquietante.

Estimado sr. Castela,

Un amigo suyo, miembro de nuestro selecto y discreto club, le invita a unirse a nosotros. Antes de que decida aceptar o no debo comentarle que usted ha de ser completamente discreto tanto con el recibimiento de este mail como lo que encontrará al otro lado del mismo.

Atentamente

Asmodeo, guardián de los secretos

ACEPTAR SALIR

En aquel momento ya era consciente que era completamente prisionero de la curiosidad y acepté sin pensármelo demasiado. Al darle a aceptar el mail me direccionó rápidamente al explorador de internet, y las preguntas siguieron.

Está usted a punto de entrar en una zona privada y segura de navegación, ¿desea continuar?

Acepté nuevamente, y tuve la impresión de que el ordenador se bloquear durante un segundo, como si hubiera habido un corte de electricidad, pero rápidamente llegó hasta un interfaz donde sobre un fondo decorada como la piedra de una mazmorra con cadenas colgando se me preguntaba cual quería que fuese mi apodo y mi contraseña. La primera sorpresa es que la contraseña exigían que fuera de un mínimo de diez letras.

Doctor

**********

Estaba seguro que un Nick tan corriente estaría cogido por cualquier otro usuario y que pronto la pantalla me invitaría a cambiarlo, pero ante mi sorpresa me lo aceptó a la primera. Como contraseña simplemente hice una combinación de cumpleaños entre el mío, el de mi mujer y el de mi hija.

Finalmente se me daba la bienvenida a aquella misteriosa página, mis deseos por explorarla eran infinitos. Navegué por ella un buen rato, a priori parecía una simple página de relatos eróticos digamos…extremos, todo inteligentemente ambientado como si fuera una mazmorra sadomasoquista, con gritos de fondo como sonido ambiente y música tenebrosa. Realmente el chico de marketing, el web master o quien fuera había hecho bien su trabajo. A medida que me animaba a leer los relatos que allí se contaban estaba más atrapado por una sensación de morbo e incluso de miedo más grande. Había estado en muchas páginas de relatos, en la que muchos pajilleros contaban sus fantasías sexuales, sus relaciones filiales o incluso relatos de violaciones, pero lo que veía en aquella web era distinto. La cantidad de detalles que se daban, el realismo de las historias, era realmente escalofriante. Leí una sobre la violación de un hijo a su propia madre que estaba escrito con tanto realismo que ponía los pelos de punta. Qué mal está alguna gente…pensé.

Estaba inmerso en un nuevo relato donde un usuario apodado Mutilación contaba como asistía con asiduidad a un club donde todas las prostitutas eran mutiladas. En esta ocasión contaba su experiencia con una tal Rosy, una chica mexicana que no tenía ni brazos ni piernas.

Un lugar así es imposible que exista.

Me convencía a mí mismo de que todo era ficción, historias salidas de mentes depravadas, pero estaba tan absorto navegando por aquel lugar que cuando sonó mi teléfono móvil me di el susto más grande en años, incluso di un pequeño grito.

—¡Joder!

Con el pulso aún acelerado contesté la llamada.

—¿Cariño que no vienes a comer? Te estamos esperando en casa.

La voz de mi mujer sonaba con cierta paciencia y yo no podía creer que llevaba más de una hora hipnotizado por aquel extraño lugar virtual.

—Ahora mismo voy mi amor, me he entretenido con unos pacientes, cosas del centro.

—Date prisa Bosco, que pronto nos tenemos que ir.

Me fui directo a casa a comer en familia, aunque aquel lugar me había quitado el apetito por completo. La comida transcurrió normal, mi hija se fue la primera al instituto y al poco rato mi mujer volvió al bufete donde trabajaba. En la comida había estado bastante ausente, aquella página web no se iba de mi cabeza. ¿Quién me había invitado? ¿Por qué yo?

Enseguida de quedarme solo fui corriendo a mi portátil personal y entré al lugar mediante el mail. Seguí navegando por aquel sitio teniendo sensaciones de todo tipo. Cuando llevaba como media hora me salió un nuevo mensaje en la pantalla.

Sr. Doctor, para poder seguir viendo el contenido de esta página usted debe compartir con nosotros una historia.

Sin darme ninguna opción el mensaje desapareció abriéndose ante mí un procesador de texto, un programa que la web ponía a mi servicio. Era muy intuitivo, parecido a cualquiera que haya visto ya, y enseguida entendí lo que debía hacer, no estaba dispuesto a ser expulsado de aquel lugar.

Había podido leer varios relatos y sabía que es lo que buscaban. Detalles, realismo, temas prohibidos. Para dotar al relato de la máxima verosimilitud posible escribí de lo que conocía, incluso de personajes reales de mi vida cuotidiana. Las siguientes dos horas las pasé relatando como un médico de cuarenta años y más o menos apuesto (yo), aprovechándose de sus conocimientos sobre fármacos y con la ayuda de un amigo drogaban y secuestraban a una sexy paciente del doctor. Me inspiré para describir a la víctima a mi paciente Gloria Teixidor, o mejor dicho, la describí con todo lujo de detalles. Gloria era una mujer de treinta y ocho años que venía asiduamente a la consulta por un problema de litiasis renal. Era alta y rubia, con unas curvas de infarto y guapísima, casada con empresario de éxito. El hecho de que fuese extremadamente pija siempre me había dado aún más morbo. El relato contaba como Gloria sin estar consciente en ningún momento por el efecto de los fármacos era llevada a una furgoneta donde recibía toda clase de abusos sexuales por parte de sus secuestradores. Cuando terminé le di al botón de enviar, y me di cuenta de que dentro de mis pantalones había crecido una tremenda erección.

Gracias por su aportación señor Doctor, en breve sabrá si es usted apto para seguir en nuestro grupo.

Recuerdo desear con fuerza recibir la respuesta lo más pronto posible. Miré el reloj, y viendo que aún quedaba algo de tiempo hasta que llegaran mis mujercitas decidí masturbarme con frenesí en el cuarto de baño.

A la mañana siguiente me levanté excitado, me di una ducha y aprovechando que mi mujer preparaba el desayuno encendí corriendo el portátil para comprobar si ya tenía acceso a la página, pero ésta seguía bloqueada. Desayuné, me vestí y fui rápidamente al centro de salud donde una vez en mi consulta lo volví a comprobar desde el ordenador del trabajo, pero seguía igual. Mi frustración crecía por momentos, y ya era hora de atender al primer paciente, así que me asomé hasta la sala de espera y dije:

—Enrique Mármol por favor, pase a la consulta.

Entró un paciente al que había visto en innumerables ocasiones. Enrique era casi tan alto como yo, cercano al metro ochenta, tenía el pelo rubio y más bien largo y era de complexión fuerte. Era propietario de un pequeño negocio que se dedicaba a pintar pisos, y venía frecuentemente porque debía tratarse una persistente alergia cutánea que le provocaba el estar en contacto con ciertos productos químicos y algunas pinturas. Era una mala jugada el que tu oficio afectase negativamente a tu salud. El paciente entró y me estrechó la mano educadamente y sonriente como de costumbre.

—Buenos días Enrique, tú dirás, ¿cómo va el tema de la alergia?

—Pues la verdad es que bastante bien doctor, lleva semanas sin darme la murga—. Dijo éste con una sonrisa más amplia de lo normal.

—Ah pues muy bien Enrique, me alegro, entonces dime, ¿qué te ha hecho pedir consulta?

Enrique me miraba atento y divertido, pero no contestaba. Me aguanto unos segundos la mirada hasta que empecé a sentirme incómodo y me dijo:

—¿Le ha gustado la página web doctor?

No podía creer lo que oía, ¡había sido él!, jamás habría pensado que la invitación provenía de un paciente, y mucho menos aún de un pintor de brocha gorda. Aquella frase me dejó sin palabras. Enrique siguió hablando.

—Por las horas que ha estado conectado yo diría que sí le ha gustado, estaba seguro que le gustaría don Bosco.

Yo no sabía cómo reaccionar, finalmente sonreí, me acomodé en la silla y comenté:

—Desde luego era un lugar curioso, pero me ha dudado muy poco.

Mis palabras iban acompañadas de frustración, quería saber si Enrique sabía algo al respecto.

—No se preocupe amigo mío, le voy a contar cómo funciona esto. El relato que ha contado ha gustado, yo mismo lo he leído ya que soy…digamos…uno de los moderadores de la página, solo tiene un problema.

—¿Y cuál es si se puede saber?

—Por supuesto que lo puede saber, estamos entusiasmados de aceptar un integrante nuevo a nuestro grupo. Verá mi buen doctor, el único problema es que el relato es falso, una fantasía.

Cuando oí esto me quedé de piedra, estuve un momento pensando y terminé contestando indignado.

—¡Pues claro que es falso! ¡Como todas las salvajadas que allí se contaban espero!

Enrique rio, y mirándome a los ojos prosiguió.

—Mire Bosco, es indiferente si lo que allí se cuenta es verdadero o falso, pero lo que usted recibió ayer es mucho más que una invitación, es un regalo que muy pocas personas reciben. Es una oportunidad, la oportunidad de coger el control, la oportunidad de ser quien es usted realmente, es la liberación, la vuelta al ser primitivo. Ser miembro de nuestro grupo significa estar por encima de todo, no tenerle miedo a nada.

A medida que seguía con su discurso, yo lejos de sentirme liberado o sosegado me sentía cada vez más aterrorizado.

—Querido doctor, quien no ha pensado alguna vez en violar a una vecina, quien no se ha sentido nunca atraído por un familiar, que persona de este mundo no tiene alguna fantasía inconfesable. Todo esto es lo que nos hace humanos, y las normas y leyes de esta sociedad son las que nos someten. Por cierto mi buen doctor, debo decirle que tiene usted un gusto exquisito, conozco a la pija de Gloria de la sala de espera, entiendo perfectamente que la desee.

Hice un ademán de defenderme, de decirle que creía que todo era un juego, pero él me paró con un gesto autoritario y siguió:

—El relato está muy bien, pero ahora debes hacerlo realidad. Nadie puede entrar en el grupo sin tener las manos manchadas, nadie pue ser de La Caverna sin compartir un secreto con nosotros. Cumple tu fantasía y yo te prometo que te espera una vida cargada de experiencias increíbles.

—Enrique, perdona que te diga pero…¡estáis como una puta cabra! ¿Tú te estás oyendo? Haz el favor de salir de mi consulta y no vuelvas más por aquí.

Mi enfado era real, pero a él pareció no afectarle lo más mínimo.

—Doctor basta de estupideces, con nosotros no debes esconderte más, somos todos iguales. Cumplirás tu fantasía y yo te ayudaré a ello. Te acompañaré y participaré, tu consigue los fármacos que yo pongo la furgoneta, ahora solo falta planearlo todo bien.

—Además de unos depravados sois también imbéciles veo, ¿piensas que es tan fácil? ¿Sabes la cantidad de pruebas que podemos dejar por el camino dos pringados como nosotros? En media hora tendríamos al a policía llamando a nuestra puerta.

—Déjese de excusas doctor y vaya preparándose, no se preocupe por nada, el grupo no dejará que nos pase nada. Yo me encargaré de vigilarla unos días, usted solo consiga los fármacos. Nos vemos la semana que viene.

Seguí increpándole pero Enrique se levantó de la silla y girando sobre sus talones sin ni siquiera despedirse abandonó tranquilamente la consulta. En cuanto salió de allí abrí mi correo con la convicción de borrar aquel maldito mail, pero después de tener el puntero del ratón señalando la casilla de eliminar fui físicamente incapaz de hacerlo, ya era prisionero del morbo.

Los días pasaron lentos, no sabía cuándo iba a volver a ver a aquel paciente, tampoco estaba seguro de que no fuera todo una broma de mal gusto. En casa apenas hablaba, ante las preguntas de mi mujer sobre mi estado anímico yo la convencí de que estaba bien, simplemente agobiado por temas de la consulta, recortes y todas aquellas cosas tan comunes en la seguridad social española. Si los días transcurrían lentos, las noches no eran mucho mejores, o tenía terribles pesadillas o soñaba una y otra vez conmigo abusando del cuerpo de aquella paciente que no tenía la culpa de nada. Estaba seguro que todo aquello terminaría en nada, pero igualmente conseguí los fármacos necesarios, no me fue muy difícil siendo médico.

Había pasado una semana entera, estábamos a jueves y yo ya estaba consiguiendo olvidar todo aquel desagradable acontecimiento. Aquel día había cambiado mi turno para hacerle un favor a un colega médico así que pasé consulta por la tarde. Me quedaba poco para terminar cuando entre paciente y paciente se coló Enrique en la consulta.

—Hoy es el día doctor, ¿has cumplido con tu parte?

—¿Hoy? Esto sí…pero…Enrique escúchame.

—Ya está todo planeado, hoy tu esposa tiene una cena con los socios del bufete, lo he comprobado, y tu hija va a dormir a casa de una amiga, no tiene excusa, termine su turno, le estaré esperando a la salida, coja todo lo que necesitamos.

Sin darme opción a réplica se fue. La información precisa que tenía de mi familia me heló la sangre, y empecé a darme cuenta que no había vuelta atrás. Terminé la consulta con los dos pacientes que me faltaban, eran más o menos las ocho de la tarde. Salí a la calle y después de mirar un rato por las inmediaciones del centro vi aparcada una furgoneta, Pintores Mármol. De conductor allí estaba Enrique, esperándome con cara de paciencia. Me acerqué hacia él, y después de pensármelo un poco me decidí a subir al asiento del copiloto.

—Muy bien amigo, este es el plan, tenemos poco tiempo. Gloria, como bien debe saber, vive en una tranquila calle que desemboca en la también tranquila calle Serrano. A las 8:45 exactamente, como un reloj, ella saca a pasear al perro cada tarde. No te preocupes porque aún sea de día, es la mejor opción que tenemos y después de vigilarla durante una semana te puedo asegurar que por allí no pasa ni Dios. Te dejaré en esa misma calle, tu síguela unos minutos, si todo está despejado apareceré con la furgoneta, es el momento de abordarla. Yo me ocuparé del perro, es un Pomerania inofensivo. Tu acércate por detrás y déjala inconsciente con el pañuelo de cloroformo, el paso más delicado es subirla a la furgoneta.

—No es tan fácil hacer esto, el cloroformo no es tan infalible como en las películas.

—Ya no hay marcha atrás doctor, los temas médicos son asunto suyo. Tome, póngase esto.

Me dio una sudadera negra con capucha para poder pasar algo más desapercibido y siguió conduciendo decididamente hasta el lugar. Una vez allí lo preparamos todo aún mejor, yo temblaba como nunca lo había hecho, y eso que la tarde noche estaba siendo muy agradable. Dejé mi maletín en la parte de atrás de la furgoneta, que estaba completamente despejada para la ocasión y salí vestido con la sudadera, con la capucha bien calada tapando lo máximo posible mi rostro. En los bolsillos llevaba el pañuelo y el frasco de cloroformo, sabía que tenía que impregnarlo justo momento antes de utilizarlo contra ella ya que este líquido pierde rápidamente su efectividad estando en contacto con el oxígeno.

Faltaban solo diez minutos para que, teóricamente, gloria saliera del portal. Tal y como había dicho Enrique, en todo el tiempo que estuvimos allí no habíamos visto ni un alma. Me seguía temblando todo el cuerpo, estuve a punto de salir corriendo en varias ocasiones, pero en aquel punto de la historia incluso tenía miedo de que hubieran represalias contra mí o contra mi familia.

A la hora estimada, ni un minuto más tarde, la mujer salió con su perro yendo en dirección contraria a la que yo estaba. La seguí a una distancia prudencial, tapado lo máximo posible por aquella capucha. Andaba lenta y pizpireta llevando aquel pequeño ser que no hacía más que mear a cada rincón. Viéndola desde allí lucía tan sexy como siempre. Llevaba el pelo recogido en una coleta, una ajustada blusa blanca que resaltaba su preciosa cintura y una falta más bien corta, un palmo por encima de las rodillas, que dejaban ver unas largas y torneadas piernas y ayudaban a imaginar un redondo y duro culo, elevado y en su sitio. Mis nervios iban cada vez a más, pero también mi excitación. No habían pasado ni cinco minutos cuando vi aparecer la furgoneta, momento que aproveché para acercarme más a ella intentando no llamar la atención. Enrique nos siguió por el carril de los coches lentamente, y sin previo aviso aprovechando un vado se metió de culo con un rápido movimiento, dejando la mitad del vehículo dentro de la acera justo a unos pocos metros de Gloria. Ella se quedó quieta del susto, mientras él salió del asiento del conductor con toda la tranquilidad del mundo, se fue hasta la parte de atrás y abrió las dos puertas que dejaban ver el interior de la zona de carga de la furgoneta. Mirando hacia nosotros, yo estaba justo detrás de ella dijo.

—¡Ahora!

Antes de que ésta pudiera reaccionar, yo ya había rociado el pañuelo con el líquido y sin pensármelo dos veces se lo puse en la cara tapándole los orificios nasales y la boca.

—Mmmmm, mmmmm, mmmmm

Forcejeó apenas unos segundos mientras yo la agarraba con un brazo y con la otra mano apretaba el pañuelo en la cara y Enrique ya había venido corriendo a ayudarme. Mientras hacía callar al chucho de una patada la agarró por los pies y la llevamos rápidamente hacia la furgoneta subiéndola sin muchas dificultades. Una vez dentro cerró rápidamente las puertas, volvíamos a oír al perro ladrar desde el exterior. Me di cuenta que la mujer no estaba inconsciente pero si muy aturdida, cogí rápidamente la jeringuilla que tenía preparada en la furgoneta con cóctel de sedantes cosecha propia y se la inyecté en el cuello. Prácticamente al instante perdió el conocimiento, y si todo salía bien no lo iba a recuperar en un mínimo de dos horas.

—Vámonos de aquí

Enrique entró en el asiento del conductor desde la parte de atrás y salió rápidamente de la zona, pero sin intentar llamar la atención. No me lo podía creer, ¡lo habíamos hecho! Tenía a aquella Diosa tumbada en el suelo de aquel cochambroso vehículo, absolutamente a nuestra disposición.

—Lo ves Doctor, no era tan difícil.

Condujo durante unos veinte minutos, hasta que entramos en un parking de su propiedad, el sitio donde guardaba las cinco furgonetas de su negocio.

—Aquí estaremos tranquilos—. Dijo él.

Volvió con nosotros a la zona de carga y sin dejar de contemplarla me dio un bote de vaselina y un preservativo.

—Hay que tener cabeza mi buen doctor. Joder, que buena que está, te lo vas a pasar en grande.

Yo me quedé paralizado, aquello iba más en serio que nunca y me estaba saliendo el susto de todo lo sucedido, en ese momento me veía incapaz de moverme.

Él me miró, la miró a ella nuevamente y comenzó a desabrocharle lentamente la blusa, botón a botón. Se la quitó de dentro de la falda y desabrochando el último botón la abrió dejando a la vista unos increíbles pechos tapados por un caro sujetador de encaje.

—Mira que tetas tiene la puta pija, y su marido rico las disfruta siempre que quiere.

Yo seguía paralizado, pero a su vez mi miembro estaba empezando a reaccionar ante aquella situación. Enrique empezó a acariciarle suavemente los pechos por encima del sostén, mientras que Gloria estaba tan sedada que parecía muerta.

—¿Son realmente espectaculares verdad?

Siguió sobándoselos un rato hasta que con toda la calma del mundo se los desabrochó. Al quitarlos quedaron sueltas el mejor par de tetas que había visto jamás. Mi esposa es una mujer muy atractiva, pero debo reconocer que Gloria era simplemente perfecta. Debería tener una talla noventa, eran turgentes y duros, con los pezones en punta y una bonita aureola rosada. Si no hubiera decidido ser la mantenida de un rico empresario podría haber sido modelo perfectamente, o mejor aún, ya que las modelos son demasiado delgadas para mi gusto. Siguió manoseándole sus desprotegidas tetas mientras me miraba de reojo.

—Vamos doctor anímese, estamos aquí por usted, esta es su fantasía.

Jugó un rato con aquellos maravillosos senos y decidió seguir desvistiéndola. Le quitó con cuidado sus finos zapatos de tacón, y seguidamente le bajó la falda hasta quitársela completamente. Aquel cuerpo que tenía delante de mí era una auténtica maravilla, si no era una 90-60-90 era sin duda lo más parecido que había tenido delante de mí jamás. Ella estaba desnuda tan solo tapada por unas braguitas negras de encaje a juego con el sujetador que ya le había quitado.

—Joder, joder, joder. Es sin duda una criatura hecha para follar ¿no cree doctor?

Empezó a acariciarle sus partes por encima de las braguitas, el culo, los pechos de nuevo, mientras no cesaba con sus comentarios groseros, y mi erección estaba alcanzando ya límites insospechados.

—Ya sé que le pasa Bosco, necesita intimidad, y la verdad, si sigo así aún le voy a fastidiar la juega, me estoy poniendo cachondo de verdad, y esto no puede ser, esta es su fantasía. Me voy a ir a fumarme un cigarrillo y a pasear por el parking. Bosco…no sea idiota, hemos corrido demasiados riesgos para que se quede allí mirando, no me decepcione.

Antes de irse, lentamente le quitó las bragas dejando a la vista un apetitoso coño rasurado casi por completo, luciendo solo una fina línea de pelo.

—Se lo dejo todo preparadito, recuerde las normas doctor, no le deje marcas y utilice el condón y el lubricante si es necesario. Disfrute…

Me dejó allí solo cerrando la parte de atrás de la furgoneta, en ese preciso instante me di cuenta que la tentación era demasiado grande. Lenta y temblorosamente acerqué mis manos hacia aquella inocente criatura. Empecé a acariciarle los pechos con delicadeza, al tacto aún eran mejores de lo que imaginaba, suaves y excitantes. Poco a poco fui cogiendo confianza y seguí sobándoselos y manoseándoselos a mi antojo, mi erección empezaba a ser tan salvaje que enseguida tuve que quitarme la ropa para liberarla. Desnudo de cintura para abajo proseguí mi exploración.

¡Qué buena que estás Gloria!

Le magreaba las tetas y también el culo, os juro que el mejor culo que había visto en mi vida. Era tan perfecta que no sabía con qué parte de ella quedarme.

Puestos a secuestrar y violar a alguien, tenía que elegir bien.

Siempre me sale humor negro en circunstancias extremas, es como un mecanismo de defensa. Seguí disfrutando de aquel maravilloso cuerpo, mientras que con una mano no perdía detalle de sus tetas con la otra frotaba la rajita de su coño con delicadeza al principio y cada vez más animadamente. La sobaba a placer, sabiendo que estaba completamente a mi merced, y metí lentamente dos de mis dedos por su vagina. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que ésta estaba bastante lubricada, y mis dedos podían moverse dentro y fuera sin casi dificultad.

¿Puede excitarse una persona sedada? ¿Es simplemente un acto reflejo?

Aquella era una pregunta que ni siendo médico podía responder, lo que si sabía es que el contacto con sus flujos me habían puesto si cabe aún más cachondo.

Veo que estás preparada.

Me puse rápidamente el preservativo y me tumbé encima sin perder ni un segundo la ocasión de sobarle todo el cuerpo y una vez bien posicionado la abrí de piernas lo máximo que pude. La agarré fuertemente por el culo y colocando mi erectísimo miembro en la entrada de su agujero la penetré de una sola vez.

—¡Ohhhhhhh!

No pude evitar gemir con fuerza, aquella sensación era maravillosa, mi polla se movía con gran facilidad dentro de aquel angelical cuerpo y yo cada vez la penetraba con más determinación. Veía como sus pechos botaban al ritmo de mis embestidas y oía el clap, clap de mis ingles contra las suyas, la excitación era increíble. Pensé que seguramente era un enfermo, pero que aquella semana de angustia y sufrimiento habían valido la pena.

Seguí metiendo y sacando mi polla de aquel delicioso coño, cada vez con más fuerza y ya sin reprimir mis gemidos de placer cuando oí el ruido de la puerta trasera de la furgoneta abriéndose. Aquello me cortó el ritmo y también el rollo, y detrás de mí oí la voz de Enrique diciéndome.

—Muy bien doctor así me gusta, pero permítame un consejo, estoy seguro que su puritana esposa nunca se ha dejado dar por detrás, ¿me equivoco?. ¡Y mira que el tu mujer está como para encularla eh! En fin, no me quiero extender más, pero tiene la opción de hacer con ella lo que hasta ahora nunca ha podido hacer, es solo un consejo.

Nuevamente sin darme opción a contestar cerró la puerta y volvió a desaparecer. El enfado que sentía por el comentario de mi esposa se disipó rápidamente por la excitación que sentí al analizar el consejo que aquel maldito degenerado me había dado. Me quedé mirando el cuerpo inconsciente de Gloria un par de minutos hasta que finalmente le di la vuelta con cuidado. Al ver aquel culo de infarto, desnudo y dispuesto lo tuve claro. Me unté bien los dedos de vaselina y le unté el ano abundantemente. No quería hacerle ningún desgarro anal y estaba seguro que aquella acción no sería tan fácil como la anterior, pero la verdad es que rápidamente me di cuenta que no hay nada mejor para practicar el griego que un culo relajado y un buen lubricante.

Excitadísimo coloqué mi polla en la entrada de su culo y presionando con fuerza pero menos de la esperada conseguí meterle el glande.

—¡¡¡Ohhhhhhhh, ahhhhhhh, ahhhhh!!!

Con solo la puntita dentro el placer que sentí fue incontrolable y mis gemidos resonaron por toda la furgoneta. Con un poquito más de insistencia rápidamente tenía todo mi miembro metido en aquel deseado orificio. Aquello fue mi perdición, embistiéndola unos segundos con mi pene apretujado dentro suyo mientras la cogía por las caderas me di cuenta que ya había perdido el control sobre mí y teniendo un gigantesco orgasmo me corrí entre fortísimos espasmos.

—¡¡¡Ahhhhh, síii, síiii, síiiiiii, ahhhhh!!!!

Me quedé extasiado sentado al lado de su inconsciente cuerpo cuando al momento entró mi secuaz de nuevo.

—Bien hecho amigo mío, pon en esta bolsa el preservativo y cualquier cosa que pueda delatarnos y vístete, nos vamos pitando de aquí.

Mientras obedecía ya notaba que nos habíamos puesto en marcha y después de una media hora note como nos detuvimos. Yo ya sufría por si el efecto de la anestesia iba a dejar de hacer efecto cuando entró Enrique con aire nervioso.

—Vamos ayúdeme a vestirla.

Entre los dos y dado que llevaba una ropa bastante fácil tardamos muy poco tiempo, recuerdo que mientras volvía a ponerle con cuidado la ropa interior tuve otra erección. Enrique se asomó y viendo que no pasaba nadie por la calle me dijo:

—Ahora, la bajamos y la dejamos tumbada en este callejón, está cerca de su casa, o la encuentran o en breve debería despertarse. ¡Vamos, vamos!

La agarré por los hombros y él por los pies e hicimos exactamente eso, volvimos rápidamente a la furgoneta y abandonamos el lugar. No volvió a dirigirme la palabra, tan solo un frio adiós cuando me dejó un par de calles más debajo de mi portal.

Los siguientes días no tuve ni tiempo de tener mala conciencia, estaba angustiado pensando que de un momento a otro la policía irrumpiría en mi casa o en mi consulta para detenerme, pero eso no pasó. Una semana más tarde reuní el valor suficiente para intentar entrar en aquella página, abrí mi mail, cliqué el enlace y en efecto, la página volvía a funcionar.

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