domingo, 19 de junio de 2016

Mi profe de piano

Hace años atrás, cuando estaba en la preparatoria, comencé a desarrollar un gusto por la música clásica, pero más que gusto se volvió una obsesión. En especial, estaba maravillada con la voz de María Callas, sólo bastó escucharla una vez, para no dejarla de oír nunca. Pasaba horas enteras escuchándola pintar melodías con su voz, y tomándola como referencia comencé a buscar cursos de canto lírico. Mi exhaustiva búsqueda no rindió muchos frutos, pero encontré unos cursos de piano que al menos servirían de distracción. 

El primero del que tuve conocimiento quedaba a cuarenta minutos de mi casa y el segundo quedaba a un par de cuadras, así que obviamente me incliné por el segundo. Las clases eran los días lunes, miércoles y viernes, de cuatro a seis de la tarde, lo cual era perfecto pues no interfería con mis actividades de la escuela, ni con mis partidos debásquet. Así que el lunes me presenté a la dirección que tenía, toqué el timbre y en unos segundos una amable señora me abrió la puerta. 
-Buenas tardes. Necesito información para las clases de piano. Me interesa tomar el curso y comenzar lo más pronto posible.- 
-La señorita Cristina no se encuentra por el momento, ella es la profesora. Pero no tarda mucho en venir, si gusta la puede esperar.- Me dijo amablemente mientras me invitaba a pasar a una enorme sala. 

La casa por fuera se veía bastante pequeña, pero por dentro estaba enorme. Todo prolijamente acomodado, los colores no tan fuertes, pero tampoco tan opacos y justo en medio de la habitación un bello piano de cola color blanco. Era simplemente hermoso. Sobre él había partituras, algunas canciones y velas pequeñas, ocho para ser exactos, de color rojo y acomodados simétricamente sobre la cola del piano. Vaya que tenían buen gusto. 
-¿Y tú eres?- Estaba tan entretenida contemplando el piano de cerca que me asusté al escuchar la voz. 
-Lo siento. Soy Ale, vengo por información para las clases de piano.- Nunca antes había visto a esa mujer, vivo en un pueblo relativamente pequeño, y todos nos conocemos, pero ella, ella no era del pueblo. Era, fácilmente, diez centímetro más alta que yo; yo apenas rebasaba el metro sesenta. Con cabellos rojizos, delgada, tez blanca, con unos profundos ojos negros, nariz respingada y unos labios delgados. 
-Hola, Ale. Yo soy Cristina, soy la profesora de piano, ¿qué deseas saber?- Preguntó amablemente. 
-El precio de los cursos y cuando puedo comenzar.- Contesté sin moverme de mi lugar. 
-Vaya que estás decidida. Serían ciento cincuenta pesos a la semana o trescientos quincenales, como se te sea más fácil y podemos comenzar mañana mismo.- Me dijo sonriente. 

Asentí, me dijo que ella se haría cargo del material que necesitaría ya que venía incluido en la primera cuota que sería de doscientos pesos. Era un poco caro para mí, pero sabía que valdría la pena, así que gustosa regresé a casa. 

Las clases comenzaron y no podría estar más feliz, Cristina era una excelente profesora y una excelente persona, disfrutaba estar con ella. Cuando estaba en clase era como si nada más existiera, realmente estaba enfocada en aprender y en poco tiempo comencé a ver los resultados. También comencé a conocer más sobre Cristina; ella había nacido en Monterrey (sabía que era del norte, por su acento) y que por azares del destino, después de la muerte de su mamá llegó ahí (no quiso entrar en detalles) apenas tenía tres meses viviendo en la ciudad y como medio de sustento, aparte de ser maestra de preescolar, decidió dar clases de piano. 

Su madre tocaba y cantaba en fiestas para poderse mantener, nunca conoció a su papá y nunca hizo intentos por conocerlo. Tenía veinticuatro años, no estaba casada, ni tenía hijos. Era muy divertida y platicar con ella era sinónimo de perderse en el tiempo y el espacio. 

Y así, poco a poco nos fuimos conociendo, a veces llegaba antes a su casa y comíamos juntas, la amable señora, Luisa, hacia el aseo de la casa tres veces a la semana. Era lindo tener alguien con quien hablar y distraerse un poco y al parecer a ella también le agradaba mi compañía. La invitaba a los partidos de básquet y siempre estaba ahí, sentía que se creaba una conexión muy fuerte entre ambas. 
-¿Podrías repetir las últimas 6 notas, por favor? Te saltaste dos.- 

-Está bien.- Ese día, definitivamente no era mi día. Había tenido una fuerte pelea con uno de mis maestros que culminó en un reporte a dirección y una notificación a mi madre. Quién a pesar de saber que soy una persona calmada, me dio un sermón de media hora acerca del respeto a los mayores y un montón de cosas, que para ser sincera, ignoré. Toda esa frustración y enojo, salieron a flote duramente la clase con la pelirroja. 
-Al, ¿estás bien? Estás bastante distraída hoy.- 
-Sí, todo bien.- Le contesté en el tono más seco que poseo. 

-Detente- La miré un poco confundida y me detuve. -Vamos.- Estiró su mano hacia mí, la tomé y fuimos directamente a su coche. Me abrió la puerta del copiloto, se subió y comenzó a manejar, durante el camino no dije nada. Ella iba cantando “Toxic” de Britney Spears, mientras yo veía como la ciudad se alejaba, sabía a donde me llevaba o eso creía. Ella fácilmente me pudo haber llevado a otro país y yo no hubiese dicho nada, sabía que de alguna manera, con ella no corría peligro. 

Llegamos a la mitad de la montaña que estaba frente a la ciudad, era imponente, conocía el mirador que estaba en la cima, pero no el que estaba a medio camino, y ciertamente era maravilloso, la vista era espléndida. Bajé del carro y no pude evitar sonreír, de reojo vi que también se dibujaba una sonrisa en su rostro. 
-Me alegra que tu humor vaya cambiando.- 
-Siento haber sido tan pesada contigo, tú eras la menos indicada para descargar mi mal humor.- 
-Créeme que no presté atención a tus berrinches, desde que te vi entrar por la puerta sabía que no habías tenido un buen día, así que, mentalmente, me preparé.- Otra vez, su espléndida sonrisa. 
-Es increíble aquí. Nunca había visto está panorámica. Gracias.- Dije con honestidad. 
-Creo que ambas necesitábamos respirar aire fresco.- Se acercó más a mí y puso su mano sobre mi hombro. Me acerqué aún más y quedé entre su hombro y su cuello, ella me abrazó más fuerte. 
-La paso muy bien cuando estoy contigo. Gracias.- 

-Creo que la que debe dar las gracias soy yo. Al menos unos días a la semana no como sola, salgo a ver partidos de básquet y tengo tardes agradables. Y sobre todo tengo a alguien con quien platicar. Gracias a ti.- Al finalizar, me dio un beso en la cabeza y me abrazó más fuerte; nunca fuimos personas cariñosas la una con la otra. Siempre nos saludábamos con un beso, un abrazo y hasta ahí. Pero la posición en la cual nos encontrábamos no nos resultaba para nada incomoda, todo lo contrario. 

Nos sentamos en al borde de una barda y Cristina sacó una cajetilla de cigarros. El que yo le pidiera uno fue motivo de un gran lío, ya que ella se negaba a dármelo, primero, porque era menor de edad y segundo porque era deportista. Al final después de tantas suplicas, accedió, no de muy buena gana. Y estuvimos un gran rato platicando. 
-¿Por qué no tienes una pareja?- 
-Porque la persona que me gusta, estoy casi segura que no quiere nada conmigo más que una amistad.- 
-¿Se lo has dicho?- 
-No, pero sé cuál será su respuesta. Y prefiero dejarlo así.- 
-Te declaras perdedora antes de comenzar la batalla. Esa no es la Cris que conozco.- 
-Nena, si supiera que esa persona tiene un poco de interés en mí, no estaría….- Antes de que terminara la oración, un ruido nos interrumpió, el de mi celular. Era mi madre preocupada por mí, y con razón, iban a dar las once de la noche. 

Dejamos esa plática sin terminar, subimos al coche y durante el camino ambas íbamos cantando “Toxic”. Llegamos a mi casa, me despedí de Cris. 
-Dulces sueños, niña.- Dijo mientras ponía un mechón de mi cabello detrás de mí oreja. Me bajé del coche y subí rápidamente a mi habitación para que mi mamá no detectara el olor a cigarro que llevaba. 

Esa noche fue distinta, fue la primera vez que pensé en Cristina de manera diferente, no como mi profesora, no como mi amiga, si no como una persona realmente atractiva en muchos aspectos. Físicamente, obvio. Pero también era una mujer muy inteligente, graciosa y, me confesé a mí misma, que era una mujer con una sonrisa cautivadora. Mis pensamientos, me asustaban, porque nunca antes había pensado así de otra mujer, pero a la vez causaba una linda sensación en mí. 

Esa noche dormí confundida, asustada, feliz y muchas emociones más juntas, porque me di cuenta de que gustaba enormemente de una mujer, y no cualquier mujer, gustaba de mi profesora de piano. 

Dos días después, cuando me tocó clase de nuevo, comencé la práctica sola, Luisa era la única que se encontraba en casa y supuse que Cris tenía trabajo. Estaba por irme a mi casa, cuando Cris llegó, completamente borracha. Luisa, se había ido unos minutos atrás, así que sólo yo me encontraba en la casa. 
-¡Mira! La niña aplicada está intentado tocar canciones diferentes. ¡Bravo! El público se pone de pie…- Realmente estaba tomada, apenas pudo dar unos pasos más cuando cayó al suelo, rápidamente fui a levantarla y con un esfuerzo enorme logré ponerla sobre el sofá. 
-Dios, decir que vienes borracha es poco.- A decir verdad, me sentí un poco decepcionada por verla en tal estado. Pero creo que todos necesitamos desahogo de vez en cuando. 
-Sigue tocando, toca para mí o tócame a mí.- Reía a carcajadas.-Me agrada más la segunda opción. He pensado mucho en la segunda opción.- 

Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, y Cris estaba irrevocablemente borracha, eso significaba que ¿decía la verdad? Inmediatamente se me vino a la mente el día que salimos de la ciudad, cuando me dijo que la persona que a ella le gustaba, estaba segura que no quería nada con ella, ¿se refería a mí? 

Me senté en la mesa que está frente al sofá, mientras ella boca arriba seguía diciendo cosas sin sentido. Estaba en shock, no sabía si el alcohol hacía que se expresara así o si el alcohol le había dado valor para decir eso. Estuve un rato contemplando su show, le envíe un mensaje a mi mamá para avisar que llegaría tarde. Cris se quedó callada, supuse que se había quedado dormida, así que tomé mi mochila e intenté salir de la habitación, cuando de pronto la escuché. 
-Te dije que siguieras tocando.- 
-Yo no toco para las personas que están dormidas o que no están en sus cincos sentidos.- Respondí algo molesta. 
-Pues no estoy dormida, así que toca.- 

Regresé al piano y comencé a tocar. Estaba probando con “My Immortal” de Evanescence, pero al llegar al coro tenía algunos problemas, así que cuando llegué a él, comencé la canción de nuevo. Estaba por llegar a coro cuando sentí que Cris se sentó detrás de mí, dejándome en la orilla del banco. Sentía sus pechos pegarse a mi espalda y su centro rozaba con mis nalgas. Era una posición bastante erótica. 
-No tengas miedo, confía en ti.- Paso sus manos debajo de las mías y tocó con enorme facilidad el coro que había sido mi dolor de cabeza las últimas clases. -¿Ves? Es bastante fácil.- 

Comencé de nuevo, llegué al coro y por fin lo logré, estaba por continuar, pero su respiración sobre mi cuello me desconcentró y perdí el ritmo. Apoyó su barbilla sobre mi hombro, se giró, me dio un beso en la mejilla y me dijo, 
-Sí que es fácil distraerte, niña. No imagino que hubiera pasado si te hubiera besado.- Intentó bajarse del banco, pero lo único que logró fue su segunda caída de la tarde. 

Ahora estaba más que segura que era el alcohol que le había dado valor para decir o para dar a entender que yo era la persona de quién ella gustaba. Otra vez, con mucho esfuerzo la puse sobre el sofá. Y no fue necesario más nada, se quedó profundamente dormida. Salí de ahí no sin antes darle un beso en la frente. Su aroma era tan especial, aún con el olor a alcohol, era inconfundible. Se veía divina durmiendo; salí de ahí lo más despacio que pude y me dirigí a casa. Al llegar subí directamente a mi habitación, me acosté y me puse a repasar lo que había pasado las últimas dos horas. Era más que obvio que era yo quien le gustaba y era más que obvio que era correspondida, pero, ¿se acordaría de todo por la mañana? 

Me levanté temprano, para ir a la escuela, pero no lo hice. Maté algo de tiempo en el parque, antes de ir a la casa de Cris. Hoy no había clases de piano, pero quería saber cómo estaba y si recordaba los eventos de ayer. Toqué el timbre varias veces, y nadie contestó; estaba por irme cuando la puerta se abrió. La cara de Cris era un poema; un poema con una gran resaca, enchinó los ojos a sentir los rayos del sol, se escondió detrás de la puerta y me indicó que pasará. Llegamos a la sala y se volvió a acostar en el sillón. 
-Por favor, dime que no me viste ebria ayer.- Casi podía escuchar como mi corazón se rompía; no recordaba lo que me había dicho. 
-Sí, pero sólo vi cuando entraste, aterrizaste directamente en el sofá y te quedaste profundamente dormida.- 
-Lo siento mucho, Al.- Apenas y podía hablar, tenía una terrible resaca. 

Fui a la cocina, le acerqué un vaso de agua y me dispuse a preparar café. No había desayunado, era obvio que ella tampoco. Le ordené que se diera una ducha porque saldríamos a desayunar. Como pudo se dirigió a su habitación y yo me quedé en la sala tocando el piano. Tocaba o intentaba tocar “My Immortal” cuando Cris regresó, ya limpia. Se detuvo un poco en el muro al escuchar la canción. 
-Si confiarás más en ti, ya tendrías esa pieza aprendida sin ningún problema.- 

No dije nada, pero me dolió que no recordara que me dijo eso ayer, cuando estaba junto a mí, respirando sobre mi cuello. Me levanté del banco y nos dirigimos a su coche, le pedí las llaves porque temía que aún no estuviera en sus cinco sentidos, la petición le molestó un poco pero accedió. 

El desayuno supo a gloria, nada con un buen caldo con picante para revivir casi, casi, a los muertos. Vi como el semblante de Cris se normalizaba a medida que el desayuno avanzaba. No platicamos de nada en especial, sólo nos dedicamos a comer, ambas estábamos hambrientas. Al terminar el desayuno, la llevé al lugar al que ella me llevó cuando yo estaba mal. Y le dije que lo hacía porque necesitaba aire fresco. Estando allá, la ayudé a sentarse en el mismo lugar en el cual nos sentamos unas semanas atrás. Estábamos en silencio, hasta que ella lo rompió. 
-Al, siento lo de ayer.- 
-Ya te dije que no pasa nada. No es gran cosa ver a alguien tomado.- 
-No me refiero a eso…- 
-¿De qué hablas entonces?- 
-Perdón por haberte dicho esas cosas.- 
-Entonces, sí recuerdas lo que pasó ayer.- 
-Sí, lo recuerdo claramente.- 
-Cris, el alcohol causa muchos efectos en las personas, no eras tú. Créeme, no pasa nada.- Lo pedazos de mi corazón, rompiéndose en más pedazos. Se acercó más a mí. 
-No te pido perdón por lo que te dije, te pido perdón por la forma y el estado en el cuál te lo dije. Eso te lo debí haber dicho cuando estaba en mis cinco sentidos.- Parecía que mi corazón comenzaba un proceso de reconstrucción.-Me gustas muchísimo, Al. Me haces sentir viva, alegre, soy otra persona cuando estoy contigo.- 

Mi alegría me enmudeció por tanto tiempo que Cris lo tomó como una reacción negativa. Así que se fue retirando poco a poco, intentó levantarse, pero la tomé de la mano y se lo impedí. 
-No…. No eres la única que siente eso. Yo también soy feliz contigo y desde ese día que me trajiste para acá, has sido la dueña de mis pensamientos, día y noche. Ansío verte todo los días, tu carita de ángel, tu cuerpo, tu cabello, tus ojos que tanto me gustan y tu sonrisa, ¡Dios! Tu sonrisa me vuelve loca. Escuchar tu voz, contemplarte cuando estás al piano…- Me detuve para tomar aire. 
-Creo que también te gusto.- Ambas reímos, se volvió a acercar mí, me abrazó y besó mi cabello. 
-¿Crees que después de tanto tiempo sólo me merezca un beso en la cabeza?- La vi sonreír, de reojo. Con una de sus manos tomó mi mentón y lo levantó, con la otra tomaba mi cabello, y se acercó poco a poco, hasta que por fin sus labios se juntaron con los míos. 

Fue un beso tan delicado que sentía que fuera el primero de mi vida, me puso nerviosa. Sus labios eran tan suaves y dulces; nunca había probado nada igual. Me aferré a su cintura y ella me acercó aún más; parecía que nuestros labios se conocían de toda la vida. Se acompasaban a la perfección. Cuando nos separamos, volvió a abrazarme y nos quedamos así un largo rato. 

La hora de regresar a casa llegó y en silencio caminamos al auto. De regreso sentía su mirada sobre mí, las pocas veces que apartaba la vista del camino, la veía y la encontraba viéndome con una espléndida sonrisa en el rostro. Le tomé la mano y así llegamos a su casa. Me sentía como en una nube, la sensación era única. 

Al llegar entré primero, escuché como cerró la puerta y como apresuró sus pasos para llegar a mí. Me abrazó por detrás con mucha fuerza, sentí como sus senos se pegan a mi espalda. 
-Me encanta el aroma de tu cabello, ¿lo sabías? 
-No, pero ahora ya lo sé.- Me voltee para poder verla de frente. 

No tardamos mucho y comenzamos a besarnos nuevamente; al principio, fue como nuestro primer y único beso hasta ahora, tierno, pero poco a poco fue subiendo de intensidad. Me atreví a explorar su linda boca con mi lengua, un poco temerosa, pero al sentir que ella la abría más, sabía que era una señal para continuar. Y lo que había comenzado como una exploración se había convertido en una batalla, entre su lengua y la mía, recorriendo cada una de nuestras bocas. 

¡Qué buena era besando! A ese punto sentía la humedad en mi entrepierna y lo único que quería era a ella besando todo mi cuerpo. Sentí como sus manos fueron bajando por mi espalda, hasta casi llegar a mis nalgas. Con una mano acariciaba su espalda y con la otra la atraía más hacía mí. Subió una de sus manos y la puso sobre mi cuello, haciendo el beso aún más profundo y, por fin, sentí su otra mano sobre mi trasero, lo acariciaba con tal delicadeza que me llenaba de ternura y me excitaba al mismo tiempo. 
-¿Quieres continuar?- Sus ojos bailaban lujuriosos mientras no se despegaban de los míos. 
-¿Todavía lo preguntas?- Sonreímos ambas y nos seguimos besando. Ella, sin despegarse de mí, trataba de llevarme hasta su habitación, pero tropezamos y caímos sobre el sofá; Cris encima de mí. Tomaba mi cara con ambas manos, mientras yo abrazaba su cintura con mis piernas y con mis manos recorría su espalda. Ya no aguanté más y tiré de su blusa, levantó las manos y quedó sólo con su sostén. Era perfecta, su cuerpo blanco y sus senos pequeños. Me senté y ella quedó a horcajadas sobre mí. 
-¿Estás bien?- Preguntó sosteniendo mi cara con sus manos. 
-Nunca había estado mejor.- Ahora yo tomé la iniciativa y me lancé a besarla. Sus hábiles manos se deshicieron de mi blusa inmediatamente y quedamos ambas sólo con sostén. 
-Las veces que deseé hacerte esto y verte así…- Me dio un apasionado beso. –Especialmente cuando jugabas… me excitaba mucho ver lo flexible que eres.- No sabía ni que responder así que simplemente la volvía besar. Era más que obvio que yo no era la primera chica con la que estaba. 

Con un rápido movimiento me quitó el sostén y liberó mis no tan pequeños senos, bien formados con una aureola café. Los observó por un momento y me veía fijo; asentí. Me pedía permiso para acercase. Dejó suaves besos por todo mi pecho evitando tocar mis aureolas. Era una deliciosa tortura el sentir como cambiaba su lengua por sus dientes o cuando no muy delicadamente succionaba. Me estaba volviendo loca. Casi doy un grito cuando finalmente se decidió a pasar su lengua por mi aureola izquierda. La sensación era increíble; mientras su boca se hacía cargo de un pecho, una de sus manos masajeaba la otra con tal veneración que sentía que no aguantaría mucho. 

Torpemente usé una de mis manos para tratar de simular lo que ella hacía con mis senos y al parecer le agradó porque soltó un leve gemido cuando mi mano hizo contacto con el material de su sostén. Mis manos rondaban por su espalda para buscar el seguro del sostén pero simplemente se había esfumado. 
-Está enfrente, cariño.- Dijo con una sonrisa antes de besar mis labios. Ahora ambos pechos eran deliciosamente atendidos por sus expertas manos. Involuntarios gemidos comenzaron a brotar de mi garganta con forme sus caricias se conectaban con mi centro de placer. –Eso… Déjame escucharte, Al.- Y esto fue el incentivo para que me escuchara. 

Por un momento olvidé que deseaba quitarle el sostén, cerré los ojos y dejé que hiciera conmigo lo que quisiera. Constantemente sus manos eran remplazadas por su lengua o sus labios y así no duraría mucho. Mis gemidos se hicieron cada vez más fuerte y se detuvo. 
-Aún no.- Dijo con una maliciosa sonrisa y regresó a comerme los labios. No era la primera vez que besaba a alguien pero sí era la primera vez que alguien me besaba con tal fervor. Lentamente una de sus manos bajaba por mis senos, jugó con ambos y luego siguió su descenso; en ningún momento dejó de besarme. Un dedo jugueteó con mi ombligo para luego bajar hasta mi pantalón. Con mucha maestría desabotonó mi pantalón y metió su mano debajo de mi ropa interior. Sentía que su toque dejaba rastros de fuego por mi piel. Era la sensación más excitante de mi vida. 

Dos de sus dedos recorría mi sexo sin pudor alguno. A este punto medio respondía a sus besos. Sentir sus dedos ahí simplemente me enloquecía y eso que aún no hacía lo que yo tanto esperaba. Dejó de besarme y se colocó un poco más arriba de mí de modo que sus senos quedaron justo sobre mi boca. 
-Todos tuyos.- No lo pensé dos veces y atrapé su aureola con mi boca y comencé a succionar como si mi vida dependiera de ello. Ahora la de los gemidos era ella. Con forme succionaba sus perfectas aureolas color rosa, sus dedos rozaban mi clítoris. Ya no podía más; dejé de chupar y arqueé la espalda. Justo cuando sentí que me corría ella puso dos dedos muy dentro de mí. 
-¡Cris!- Ese grito se debió escuchar a varias cuadras de donde estábamos. Esta mujer me iba a matar y no tenía nada en contra de sus métodos de tortura. Me besó fervientemente para después ponerse de pie y quitarme el pantalón y las bragas. Tomó mi ropa interior y de la manera más sexy, viéndome a los ojos se la llevó a la boca. 
-Sabes muy rico.- Su descaro casi hizo que me corriera de nuevo. De igual manera se quitó el resto de la ropa y su depilado sexo pronto estuvo a la vista. –Quiero que me muestres qué tan flexible eres.- Se subió de nuevo al sofá, tomó mi pierna izquierda y la levantó hasta dejarla casi sobre su hombro. ¡Oh, Dios! Creí tener una idea de lo que haría y eso hizo que me mojara aún más. Se acercó más y más hasta que su sexo quedó sobre el mío. Ambas Soltamos un leve gemido cuando se dio el encuentro. -¿Lista?- 
-Siempre.- 
-Esa es mi chica.- Y tan pronto dijo eso comenzó a moverse rítmicamente sobre mí. Lento, tortuoso, con una delicadeza muy propia de ella. –Al, me gustas mucho.- Besaba mi pantorrilla con mucho cariño. 
-Y tú a mí, Chris.- 
-Esto es sólo el inicio…- Comenzó a subir el ritmo. Al estar ella sobre mí tenía todo el control, yo era una simple espectadora de su habilidad. –Todavía tengo hacerte mía en mi cama…- Extendió una de sus manos y se aferró a mi pecho. Como buscando un apoyo para ir más rápido. 
-Cris…- Era lo único que salía de mi boca. Su nombre; su precioso nombre. Tomé sus caderas y la jalaba más hacia mí. 
-Encima del piano.- Volvió a revolucionar su ritmo. –En el coche… ¡Dios!- Ahora no eran simples movimientos, arremetía contra mí de la manera más deliciosa que pueda existir. Ya no podía más y pude ver que ella tampoco. Nuestro orgasmo llegó de manera sincronizada; ella diciendo mi nombre y yo gritando el de ella. Cayó totalmente desplomada sobre mí con la frente llena de sudor. –Debí decirte antes.- Ambas reímos. 
-De acuerdo con eso.- Levantó su cabeza y buscó mis labios, la recibí más que feliz. Estuvimos besándonos por muchos minutos; ella tenía las manos enredadas en mi cabello y las mías frotaban su espalda y de vez en cuando bajaban a sus bien formadas nalgas. 
-Es nuestro secreto, Al. Nadie puede saberlo.- Asentí. 
-Nadie lo sabrá, te lo aseguro.- 
-Besas muy rico.- Dijo acercándose de nuevo a mis labios. 
-He practicado bastante.- Me mordió el labio inferior. 
-Soy muy celosa.- 
-Ya lo creo.- Sonreímos en el beso y después de unos segundos se recostó de nuevo sobre mi pecho. –No soy la primera, ¿cierto?- 
-No, no lo eres.- Un incómodo silencio nos reinó por varios segundos. –Pero contigo quiero que esto se siga repitiendo.- Acariciaba su espalda con mis uñas. 
-A mí también me gustaría eso.- 
-Tus deseos son órdenes.- Quién diría que ella sería la que llevaría a un mundo de perversión y erotismo que jamás creí que conocería.

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