martes, 28 de junio de 2016

La familia Arranz Oloffson

Me llamo Jorge Arranz Oloffson, tengo dieciocho años y soy el hijo mayor de una familia aparentemente normal. Mi padre Pablo Arranz es un empresario medio de Madrid que con tan solo treinta y cinco años, (me tuvo con diecisiete), ha conseguido a base de mucho fuerzo que vivamos de manera acomodada en el barrio de Chamartín, sin grandes lujos pero sin ningún problema económico. Mi madre de treinta y tres años es de origen sueco, se llama Lena y se trasladó a España con tan solo diez años de edad junto a su familia, fue en el instituto donde mis padres se conocieron. Tengo una hermana menor llamada Eva, nombre que eligieron sabiamente mis progenitores ya que existe tanto en español como en sueco, ahorrándose esta vez las discusiones típicas que surgieron a la hora de bautizarme a mí. Ella tiene quince años y actualmente está estudiando interna en un colegio de Irlanda culpa de sus problemas de aprendizaje con el inglés.

Desde hace un par de años y a raíz de la repentina muerte de mi abuelo también vive con nosotros mi abuela materna Kerstin de cuarenta y ocho años. Ellas, las mujeres Oloffson, tienen, además obviamente del parentesco básicamente dos cosas en común: Embarazarse con tan solo quince años y los pechos grandes, en el caso de mi abuela tirando a descomunales. Supongo que allí nace el miedo con mi hermana y que justo al cumplir dicha edad se tomó la decisión de enviarla a un internado irlandés solo para señoritas. Si lo que les preocupaba era la tradición familiar os puedo asegurar que la del tamaño de los pechos ya la había roto ampliamente, siendo los suyos pequeños y poco desarrollados hasta la fecha.

Toda mi niñez y adolescencia transcurrió con total normalidad, estudiando, saliendo con los amigos del instituto, sin excesos ni grandes aventuras que contar. Mi vida cambió a principios de este curso cuando comencé la universidad cometiendo el error más grave hasta la fecha, elegir Ingeniería en Telecomunicaciones como carrera. Por mucho que me habían avisado jamás había imaginado el grado de exigencia que te pedía estudiar “telecos”, estoy en mi primer año y siento que es más duro que estudiar la peor de las oposiciones. Me absorbe, me deja sin tiempo, me agobia, en pocos meses me había aislado perdiendo casi por completo mis aficiones, hobbies, o cualquier forma de vida social por falta de tiempo. Lo único que había conseguido mantener era el deporte y eso a base de despertarme cada día a las 6:15 de la mañana. Mi vida consistía en madrugar, ir a la piscina a nadar una hora y directo a la facultad para posteriormente pasarme las tardes estudiando o haciendo cualquier trabajo encargado por el profesor de turno. Cuando llegaba la noche estaba tan agotado que mi único plan era quedarme dormido mirando la televisión. Sin amigos, sin novia, sin diversiones, mi vida era además de dura monótona.

Después del primer semestre, el cual conseguí buenas cualificaciones gracias a mi gran fuerza de voluntad, las cosas empezaron a cambiar para mí. ¡Joder!, tengo dieciocho años, ¿qué más podían esperar de mí mis padres? Mi padre siempre me había inculcado la idea del esfuerzo, de la responsabilidad, del trabajo duro. Eran decenas sus batallitas de cómo había sacado a la familia adelante a base de trabajar por el día y estudiar por la noche. No se le podía negar que seguía predicando con el ejemplo, trabajando más de doce horas diarias en su pequeña pero productiva empresa. A su vez mi madre ayudaba trabajando media jornada, de nueve a dos, en una pequeña agencia de publicidad como secretaria. Estaba claro que no podía defraudarles, pero a medida que pasaban los meses mis horas de estudio se volvían más ociosas, hasta el punto que seguramente por lo menos el veinte por ciento del tiempo que pasaba en mi cuarto lo dedicaba a visitar páginas pornográficas, y es que el obligado celibato también me estaba pasando factura.

Todo seguía igual hasta que todo cambió. Era la noche de un martes cualquiera cuando sobre las once y después de haberme quedado un buen rato dormido en el sofá frente al televisor les di las buenas noches a mis padres con la intención de irme directo a la cama. Ya estaba encarando el pasillo que lleva hasta mi cuarto cuando mi madre me dijo:

—Cariño, mañana te acompañaré a la piscina si te parece bien, ¿vale?

—¿A la piscina? ¿La de mi gimnasio? —pregunté extrañado.

—Sí, sí, el médico lleva tiempo diciendo que tengo que hacer natación por el tema de la escoliosis y este medio día me he apuntado, he aprovechado que tenían la típica oferta en la que te ahorrabas la matrícula y te daban dos meses sin coste pagando seis meses de una vez.

Desde luego me había dado más información incluso de la que necesitaba, así que asentí con la cabeza y me dispuse a seguir mi camino, pero ella siguió con sus argumentos:

—¿Te parece bien no? Nunca se me ha dado muy bien nadar y me gustaría que me enseñaras un poco de técnica antes de que sea peor el remedio que la enfermedad. Además el primer día me da vergüenza ir sola.

—Que sí mamá que ningún problema, mañana te enseño un par de trucos, me voy a dormir.

Por tercera vez emprendí el paso mientras la seguía oyendo hablar de fondo.

—¿A esa hora tan temprano no suele ir mucha gente no? Qué vergüenza que me vean allí con el gorro y las gafas de buceo haciendo el pato.

—No te preocupes mamá a lo sumo hay algún que otro viejo en el SPA y poco más, a las siete aquello es un cementerio —contesté sin dejar de avanzar en dirección a mi habitación, con demasiado sueño para seguir con aquella conversación que no iba a ningún lado.

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Como cada mañana mi despertador sonó cruel a las 6:15 de la mañana. Me desperecé como pude y me vestí con el típico chándal con el que solía ir al gimnasio, revisé mi mochila comprobando que lo tenía todo y fui directo a la cocina a desayunar algo ligero. Mientras terminaba de prepararme un bocadillo de pavo entró mi madre sobreexcitada por su primer día de natación. Ya estaba preparada, con su bolsa de deporte a punto y cotorreando y preguntando sin parar.

Joder, esto va a ser más duro de lo que creía, pensé.

Los diez minutos que hay de casa al gimnasio los aproveché para contarle las típicas cosas, como funciona la tarjeta de entrada, la taquilla, donde está la salida a la piscina/SPA, etcétera. Al llegar nos fuimos cada uno a sus respectivos vestuarios y poco más de diez minutos después yo ya estaba equipado con mi pequeño bañador ceñido de nadar negro y mi gorro y gafas a juego haciendo los primeros largos de calentamiento. Fui subiendo el ritmo ante la atenta mirada de dos cincuentones que disfrutaban a escasos metros de mí de los jacuzzis de agua caliente y los chorros terapéuticos cuando pude ver de reojo como ambos cambiaban la dirección de sus cabezas en busca de un nuevo, y más atractivo, objetivo. Efectivamente, por fin mi madre irrumpía en la piscina.

La verdad es que no podía culparles por casi salírseles los ojos de las órbitas, tener una madre tan joven y atractiva había sido mi pesadilla en el instituto. Los comentarios jocosos de mis amigos se amontonaban en mi mente a centenares, hecho que llevé siempre con el máximo de dignidad. Mi madre se acercaba lentamente hacia mi carril de natación vestida con un bañador de una sola pieza color azul que sin duda no conseguía camuflar en absoluto sus atributos. Medía un metro setenta y tres y llevaba una melena larga y tan rubia que parecía dorada. Sus ojos eran de color azul océano y sus rasgos eran finos y armoniosos, con una nariz pequeña y algo afilada y unos labios carnosos pero sin exageraciones. Con aquel bañador ceñido al cuerpo se apreciaba perfectamente la voluptuosidad de sus curvas. Sus pechos se veían más que grandes incluso oprimidos por la tela de aquella prenda, de una talla cien como mínimo éstos eran carnosos pero duros y bien puestos. Su cintura era bastante delgada pero sus turgentes caderas aún creaban un efecto más de avispa. Parecía sacada de “Los vigilantes de la playa”, con aquella figura y aquel potente culo en forma de corazón invertido, generoso pero firme y sin un átomo de grasa. Le seguían unas piernas fibrosas y tersas, sin rastros de celulitis por ningún lado. Debo reconocer que mi madre habiendo tenido dos hijos a sus treinta y tres años era una “MILF” en toda regla, con un cuerpo estilo reloj de arena completamente apetecible para cualquiera que tuviera ojos en la cara, y unas medidas que rondarían las 100-63-95.

Contoneándose al andar como era habitual en ella, os aseguro que no lo hacía con ninguna maldad, llegó hasta mi posición y se lanzó al agua después de luchar un par de minutos con su larga cabellera y el gorro de piscina.

—Pues ya estoy aquí —dijo risueña mirándome.

—Has tardado lo tuyo eh presumida —contesté sonriéndole.

—Dame un respiro Jorge que todo esto es nuevo para mí. ¿Por dónde empiezo?

Viéndola colocarse las gafas de piscina y haciendo sus primeros movimientos en el agua me di cuenta enseguida de que aquello no sería fácil, partíamos de un nivel muy bajo.

—Primero te recomiendo que practiques un poco con la flotación, que te sientas relajada de espaldas aguantándote con el agua, estilo calamar.

Ella hizo un par de intentos y cuando parecía que lo tenía dominado acabo por hundirse de golpe como un peso muerto.

—¡Fan! —exclamó al volver a la superficie, palabra que en sueco significa “joder”.

No pude contenerme la risa ante su mirada de indignación.

—Vamos no me mires así, ha sido gracioso, prueba ahora y yo te sujeto un poco.

Obedeció al momento, mientras se familiarizaba con la flotación yo la ayudaba poniendo mis manos en su espalda, moviéndola lentamente por el carril de natación.

—¿Lo ves cómo no es tan difícil? —comenté para animarla siguiendo con el sencillo ejercicio.

—Ahora mueve tranquilamente las piernas y los brazos como yo te diga, el estilo de natación de espalda además de ser de los más sanos es el más sencillo ya que tu cabeza está siempre fuera del agua y así la respiración es mucho más sencilla —seguía aleccionando a mi aplicada alumna.

Seguimos así un rato hasta que las cosas fueron mejorando para ella, pero empeorando para mí. Por primera vez en mi vida, aquel movimiento acuático con mi madre me había hecho reaccionar de una manera del todo inesperada. Llevaba un rato en el que cada vez la instruía menos y me fijaba más en su pecaminoso cuerpo y aunque luchaba por no hacerlo me estaba siendo del todo inevitable, hasta el punto que noté como mi miembro reaccionaba bajo mi apretadísimo bañador de nadar. Un par de minutos más tarde la erección era tan grande que incluso me dolía debajo de aquella incómoda prenda.

¿Pero qué coño me pasa?, me pregunté asustado por dicha reacción. ¡Joder pero si es que es mi madre!, seguía atormentándome. Decidí no darle más vueltas y culpar de todo a la represión que mi carrera universitaria estaba ejerciendo sobre mí, eso sí, tenía que acabar como fuera con aquella situación.

—Muy bien mamá, lo estás haciendo de lujo, ahora sigue practicando un poco por tu cuenta y déjame hacer unos largos a mí para aprovechar la mañana.

Lo que le había dicho tenía todo el sentido, lo que no tuvo ninguna lógica fue que ni nadando con la furia Michael Phelps me consiguiera deshacer de la tremenda empalmada que llevaba. Se acabó el rato de piscina y salí de ésta camino del vestuario aún con el miembro tieso como un sable, por primera vez agradecí tener que llevar aquellas ridículas y ajustadísimas prendas de piscina, ya que con un bañador normal aún habría sido mucho más difícil disimular mi estado.

—Nos vemos a la salida —me dijo risueña mi madre retirándose a los cambiadores femeninos.

Ya en los míos me las apañé como pude con la toalla para llegar a la ducha sin levantar miradas curiosas, pero una vez allí me di cuenta que ni el agua fría podía terminar con mi estado de excitación, os juro que nunca me había pasado nada igual. Asomé la cabeza por encima de la puerta de la ducha individual, y cerciorándome de que nadie podía verme acabé masturbándome lo más rápido y silenciosamente posible.

Vamos Mónica no me falles…no me falles…pensaba mentalmente en una ex novia del instituto mientras me la sacudía, material que solía solucionarme más de un calentón Mónica era un recurso al que recurría con frecuencia en mis sesiones de onanismo. Al par de minutos me corrí sin problemas contra la pared pudiendo seguir, por fin y mucho más tranquilo, con aquella ducha y, a su vez, con aquella situación extraña y excepcional, por no decir única.

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La mañana siguiente mi madre entusiasmada con su primera experiencia acuática decidió, como era de esperar, que también vendría conmigo. Aquel día me preparé mejor, a mi tradicional mochila, chándal y sano desayuno lo acompañó una fugaz paja mañanera para evitar situaciones incómodas. Ya en la piscina se repitieron algunas escenas, esta vez eran cuatro los hombres entre cincuenta y setenta años que se giraban para ver aparecer a la sueca en bañador, parecía que se hubiera corrido la voz, una mala película de Ozores. Mi madre calcaba su aparición del día anterior con la única diferencia de que el traje de baño en esta ocasión era de color naranja y no azul.

—¿Qué vamos a hacer hoy? —me comentó ella ajena a las babosas miradas de los aficionados al SPA.

—Seguiremos un poco lo de ayer, ahora que ya flotas mejor y tienes más equilibrio intentaremos que hagas tus primeros largos de espalda. En un tiempo cuando domines este estilo te enseñaré a nadar braza y crol. 

Estuve un rato observándola nadar, corrigiéndole detalles aquí y allá, que si la patada, que si la palanca debajo del agua, pero la verdad es que en solo un día había mejorado muchísimo. Viendo que se valía bastante bien por su cuenta comencé mi fulgurante entreno, me había despertado con especiales ganas de quemar energía. Sabedor que el resto del día se compondría por clases y estudios, aquel rato a primerísima hora de la mañana era, sin duda, de lo más placentero y necesario para mí. Terminamos ambos de nadar y mi madre me dijo:

—En el folleto del gimnasio ponía que había sauna, ¿me acompañas y me enseñas dónde está? Me da vergüenza ir sola.

La verdad es que prácticamente nunca iba a la sauna, no me gustaba, era pequeña y solía haber gente, pero pensé que por una vez no me iba a morir y asentí con la cabeza. Cuando llegamos había tres personas en ella, dos ancianos y una mujer de unos cincuenta años, suficiente para que prácticamente no cupiera nadie más. Intentándonos acomodar me senté en el banco más bajo de los dos, mi madre, al ver el panorama, se sentó delante de mí. Abrí las piernas para hacerle sitio y aprovechó el escaso trozo de madera sobrante para sentarse entre ellas. Primeramente no le di ninguna importancia, además siempre he sabido la afición a las saunas en los países nórdicos, seguro que ella se sentía como en casa, pero luego me di cuenta que la escasez de espacio había colocado su culo contra mi paquete. Enseguida me vino a la cabeza lo que había pasado el día anterior.

¿Mierda pero si ayer me empalmé solo por sujetarla por la espalda que va a pasar ahora? 

Cuanto más intentaba pensar en otra cosa más difícil me parecía, agradecí haberme pajeado aquella misma mañana pero en menos de un minuto, notando aquellas espléndidas nalgas presionando directamente contra mi polla noté como ésta empezaba a reaccionar, creciendo en un tiempo récord con ansias de liberarse de aquel bañador. Mi bulto ya era evidente y estaba clavado justo contra su despampanante trasero, recé angustiado para que no se diera cuenta, otra vez amparado por el ceñido bañador.

¿Pero qué haces Jorge?¿Con mamá de nuevo? Me decía mentalmente abochornado una y otra vez. 

—Mamá yo no tengo aguante para la sauna, me voy va para la ducha —le dije como última escapatoria.

—Vale hijo yo me quedo un rato, supongo que irás directo a la Facultad así que ya nos vemos a la hora de comer.

Por el tono de su voz estaba claro que mi madre no había notado nada, ¿cómo iba a hacerlo?, ¿qué clase de enfermo se excitaría con su propia madre?. Yo mismo tampoco me lo creía, seguía achacándolo a la presión de los estudios y la privación de vida social, la falta de una novia con la que descargar de vez en cuando y el hartazgo del porno en internet. Me convencí de que había sido otra casualidad, pero lo cierto es que ese día terminé masturbándome nuevamente en la ducha de los gimnasios. Pensé que como siguiera así algún día me descubriría alguien y acabarían echándome por conducta indecorosa.

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El tercer día de piscina iba a ser para mí el último de la semana ya que era viernes y solo acudía en días laborales. Aquella mañana me había preparado mejor que nunca dispuesto a terminar con aquella aberración. La noche anterior me había hecho hasta dos pajas seguidas y esa misma mañana había rematado la faena con una tercera justo antes de levantarme de la cama. Nadando en mi carril me sentía manso como un eunuco. Al rato apareció mi madre, no podía creerme lo que veía. No era el único, su club de fans que ya ascendía a siete también la observaban “ojipláticos”. Se adentró en el agua sin que pudiera sacarle la vista de encima y me dijo:

—Tengo que comprarme más bañadores, los dos los tenía para lavar y he tenido que acabar poniéndome un bikini. 

La visión de mi madre con aquello era espectacular, la prenda constaba en la parte de arriba por dos triángulos unidos por tiras que no siendo pequeños desde luego apenas podían esconder del todo sus enormes mamas y la parte de abajo eran unas “braguitas” que sin ser escasas lo parecían cubriendo el voluptuoso cuerpo de mi madre. Se notaba que había intentado elegir uno lo menos sexy posible, pero sus esfuerzos por no llamar demasiado la atención habían sido inútiles. Me pareció oír incluso risas entre nuestros mirones. 

—¿Se me ve muy rara o qué? —me preguntó preocupada.

—Para nada mamá, aquí hay mujeres que van tanto en bañador como en bikini, nadie se va a fijar —mentí.

Por su sonrisa noté que mis argumentos la habían convencido y más tranquila me preguntó qué lecciones le iba a impartir hoy.

—Hoy empezaremos con la braza —le contesté sabiendo ya que ni diez pajas podrían haber apagado el calor que empezaba a sentir.

Le enseñé un poco la técnica y comenzamos con los ejercicios, el estilo rana parecía dársele bastante bien.

—No fuerces tanto el cuello cuando salgas a respirar mamá, un poco menos hundida cuando bracees —le iba corrigiendo pequeños detalles mientras ella iba y venía por el carril.

A ratos la seguía buceando, observando teóricamente su técnica para ser más eficiente en mis indicaciones, pero lo cierto es que desde debajo del agua mi perspectiva de su despampanante cuerpo era deliciosa, viendo aquellos enormes melones subiendo y bajando, luchando por no salirse del bikini, me la puso dura enseguida. Era el tercer día que me excitaba en las sesiones acuáticas con mi madre y estaba empezando a acostumbrarme, todas las mentiras y excusas que me había dicho a mí mismo para justificarlo habían calado profundamente y empezaba incluso a gozar con aquellas inesperadas erecciones. De vez en cuando se sostenía flotando boca abajo en el agua para que con mis manos pudiera ayudarle a encontrar la postura más correcta, cualquier pequeño roce con sus pechos o cualquier parte interesante de su anatomía hacía que mi falo tuviera un pequeño espasmo.

Viendo que ella estaba muy lejos de darse cuenta de aquella situación, poco a poco y con sumo cuidado fui yendo más allá. Comencé poniéndole mi mano en el culo con la excusa de darle un poco de impulso en sus salidas, cada vez con algo más de descaro. Sus nalgas entre mis dedos, en esas décimas de segundo en las que la propulsaba, se me hacían deliciosas. Las podía notar firmes y apetecibles, creía imposible que la natación pudiese mejorar semejante manjar. Con la excusa de empujarla con más fuerza alargaba el tiempo en el que mis palmas estaban en contacto con su trasero hasta el punto que casi podía magrearlo. Seguimos así un rato hasta que cegado por lo cachondo que estaba comencé a impulsarla cada vez más desde el centro de sus piernas en vez de desde sus posaderas, hasta el punto en el que la última vez juraría que le rocé el sexo por encima de la ropa con uno de mis dedos. Ella salió nadando y a las tres o cuatro brazadas se paró en seco en medio del carril de natación. La miré con cara de sorprendido, supongo que la mitad de mi genética me hizo hacerme perfectamente el sueco. Ella me miró algo seria y me dijo:

—Estoy cansada, me voy ya para la ducha.

Su tono era seco, incluso algo cortante, me di cuenta de lo incómoda que estaba y me maldije mil veces por mi juego, no podía creerme hasta donde había llegado. Mamá salió seria de la piscina y se despidió con un simple “nos vemos para comer”. En el vestuario seguí con el ritual que empezaba a ser habitual, escondido en una de las duchas me masturbé frenéticamente, pero mi mente no dejaba de darle vueltas a lo que había pasado en la piscina. Mis clases en la facultad pasaron casi sin darme cuenta, pensando en lo acontecido, preguntándome si mi madre estaría igual que yo en su trabajo, dándole vueltas a la intencionalidad de mis actos.

Entré en casa casi con miedo, al ir a la cocina pude ver como mi madre vigilaba una olla que hervía pasta mientras cortaba unos tomates. Al oírme se giró y me dijo sonriente:

—Espero que vengáis con hambre, se me ha ido la mano con los macarrones.

Aquello acabó con todos mis temores, proporcionándome una gran sensación de alivio.

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La mañana del sábado me desperté bastante temprano, aunque pretendía dormir algo más uno finalmente se acostumbra a madrugar. Me esperaba un día intenso de estudio pero con tan solo levantarme de la cama me di cuenta que mi cabeza en absoluto estaba metida en las Telecomunicaciones. Si creía que el problema con mi madre había terminado gracias al susto del día anterior estaba muy equivocado. Si hacía días el contacto con mi madre me parecía de lo más embarazoso ahora parecía ser lo único que me motivaba. Fui a la cocina y desayuné unos cereales junto a mi abuela, esquivando como podía sus típicas preguntas sobre cómo me iban los estudios o de cualquier otro tema poco interesante que se le pasase por la cabeza. Al volver hacia mi cuarto oí como el baño del pasillo, el de mis padres, estaba cerrado y se oía correr el agua de la ducha.

Es mi madre seguro, mi padre siempre se levanta más tarde, pensé.

Solía ducharse nada más levantarse, incluso antes de desayunar. Yo, que aún iba vestido solamente con una camiseta vieja y calzoncillos a modo de pijama, noté como mi bulto crecía rápidamente dentro de éstos. Imaginar a mi madre completamente desnuda enjabonándose había sido lo único necesario para estar en estado de medio-erección. Me pregunté a mí mismo cuantas veces había entrado en el baño de mis padres mientras uno de estos de duchaba buscando algo que se hubiera terminado en el mío, y me dije: “¿por qué no?”.

Sin ni siquiera hacer inventario de mi propio lavabo irrumpí en el de mis padres, miré directamente hacia la parte de la ducha y comprobé que había tanto vaho que la mampara de cristal que separaba el plato de ducha del resto del cuarto estaba demasiado empañada para poder ver nada, apenas se veía la figura de mi madre sin ningún tipo de detalle.

—¿Quién eres? —preguntó al oír ruido

—Soy yo mamá, venía a por un rollo de papel higiénico que se ha terminado en mi baño —mentí frustrado.

—Están en el armario de debajo de la pila —me contestó ella inocentemente.

Amargado y con una erección que ya era más que notable salí por donde había venido, en el pasillo volví a cruzarme con mi abuela, que me miró fijamente. Sin decir ni una palabra me fui directo a mi habitación.

Joder ya solo me faltaba que mi abuela me haya visto empalmado.

Había salido todo tan mal que me quedé hasta sin ganas de hacerme una paja, me vestí con un chándal viejo y decidí abrir el apasionante libro de conmutación, a ver si conseguía estudiar un rato.

El sábado transcurrió como todos, largo y aburrido, conmigo metido entre los libros y las fantasías con mamá. Con fugaces visitas de mi padre preguntándome si necesitaba algún tipo de ayuda con algún ejercicio o mi abuela ofreciéndose a traerme algo de merienda a aquella habitación que se había convertido en una pequeña mazmorra. Llegó la hora de cenar y decidí dar el estudio por concluido. Fui a la cocina con la excusa de ayudar a mi madre con la cena, pero lo cierto es que después de tantas horas necesitaba verla un rato para alimentar lo que serían mis fantasías nocturnas.

—¿Qué estás preparando, mamá?

—Voy a hacer “tempura” de verduras.

Iba vestida completamente de blanco, camiseta y pantalones. Ceñida ya que difícilmente alguna prenda de ropa no le quedaba así. Con la cintura ligeramente al aire parecía un uniforme de practicar yoga en toda regla.

—¿Te ayudo a cortar el calabacín o lo que sea? —le propuse con cara servicial.

—Genial hijo, así termino antes —me dijo enseñándome la mejor de sus sonrisas, mostrando unos dientes blancos y perfectamente alineados.

Me puse a su lado y comencé a cortar las verduras que me dio, codo con codo con ella, con la encimera llena de cachivaches frente a nosotros. De reojo podía verle aquel culazo que los ajustados pantalones acentuaban aún más si cabe su forma de cereza. Mientras troceaba un calabacín notaba como dentro del chándal crecía mi nabo.

—¿Te ha gustado tu primera semana de piscina? —le pregunté inocentemente.

—Pues la verdad es que mucho, pensaba que sería mucho más complicado, y aunque hayan sido solo tres días ya me parece notar que me duele menos la espalda.

¿Cómo no va a dolerte la espalda con esa delantera que tienes?, pensé mientras me respondía.

—Además lo estás haciendo muy bien, lo llevas en la sangre —comenté animándola.

Me limpiaba las manos con un trapo de cocina después de terminar con las verduras sin poder apartar la mirada de su trasero hasta que finalmente me decidí y le di una palmada diciéndole como excusa:

—Además mira que culo se te está poniendo, la natación te va a dejar genial.

Se quedó muy parada con aquello, dejando incluso de trocear la cebolla que tenía entre las manos mientras yo disfrutaba aún de haber notado el contacto de su nalga contra mi mano, notando incluso sus finas braguitas clavadas en aquel pantalón tan apretado. Lejos de detenerme volví a palmearlo esta vez quedándome en una de sus cachas, apretujándola con fuerza.

—Se te va a quedar un culo que ni Jennifer López mamá —bromeé con la intención de encubrir mis lascivos actos.

Ella se apartó de inmediato, seria como el día del a piscina y diciéndome:

—Esto ya está, vete que ya os aviso para cenar.

Obedecí sin más, consciente de que estaba tentando demasiado mi suerte. En la puerta de la cocina tuve que esquivar a mi abuela para salir, últimamente tenía la sensación de que me vigilaba. A la media hora cenamos los cuatro mientras hablábamos de cualquier bobada, el fútbol, que si Eva había llamado hoy diciendo que todo muy bien pero que no para de llover en Dublín, que pronto vendría a pasar unos días, el trabajo, la universidad…pero yo notaba a mi madre más seria de lo normal, cada vez tenía más claro que el tema se me estaba yendo completamente de las manos, en este caso, nunca mejor dicho.

Me despedí de la familia a las diez y me fui a mi habitación, me masturbé pensando en la escena de la cocina que había protagonizado junto a mi madre y me dormí enseguida. A la una de la madrugada me desperté con unas ganas tremendas de orinar, cosa que me pasaba habitualmente. Fui en dirección al baño y unos “ruiditos” llamaron poderosamente mi atención. Éstos venían de la habitación de mis padres que tenía la puerta mal cerrada. Intrigado me acerqué sigilosamente, a hurtadillas. Me asomé con extrema precaución y enseguida entendí que lo que oía no era otra cosa que sus propios gemidos. Siempre me había preguntado cómo lo hacían mis padres para tener relaciones sin que ni mi hermana ni yo nos enterásemos nunca, es más, incluso si después de tantos años juntos las tenían. Las vistas eran impactantes, de rodillas veía a mi padre completamente desnudo de espaldas y a pesar de la poca luz y mi mala perspectiva intuía como mi madre estaba colocada delante a cuatro patas.

No me lo puedo creer, ¡el cabrón se la está follando a lo perro!

Mi padre gemía a cada embestida mientras que ella le acompañaba a la vez que le pedía que bajara la voz, seguro que por miedo a despertarnos a mí o a mi abuela. Apenas podía ver nada pero me imaginaba como las tetazas de mamá se balanceaban a cada sacudida de mi padre, tenía el manubrio tan tieso que la punta del glande se asomaba saliendo del calzoncillo. Mi padre subía el ritmo del coito a la vez que lo hacían sus gemidos, mi excitación era tal que pensé que era imposible que se dieran cuenta de mi presencia. Con mucho cuidado me bajé lo justo y necesario la ropa interior y agarrándome el cipote comencé a tocarme siendo un espectador de lujo de la mejor película porno que hubiera visto en mi vida. Concentrado por no hacer ruido fui aumentando la intensidad hasta que el crujido del parqué detrás de mí me puso por completo en alerta. Volteé la cabeza y allí vi a mi abuela en camisón, observándome alucinada.

¡Me cago en la puta ahora sí que la he liado!

Me subí como pude el bóxer, no podía estar más avergonzado pero a su vez mi erección era tan bestia que apenas podía meterse dentro de la ropa interior. Me fui a toda prisa hasta mi cuarto casi como un autómata y una vez allí cerré la puerta con fuerza.

¡Mierda coño, mierda, mierda! ¿Y ahora qué voy a hacer?

Apoyado aún detrás de la puerta sudaba como si estuviera dentro de una sauna, solo que estos eran fríos de puro temor. Maldije mil veces que mi abuela viniera a vivir con nosotros, sentía que mi vida había acabado. Intenté serenarme un poco, me senté en la cama y encendí una pequeña luz que tenía en mi mesita de noche, mi corazón latía tan fuerte que lo notaba en mi nuca, mi respiración estaba completamente desbocada. Fui entrando poco a poco en un estado normal, con el mástil aún bien tieso, cuando ante mi sorpresa se abrió la puerta y mi abuela cruzó la entrada cerrándola tras de sí. 

—¡¿Joder abuela qué haces?! —le dije poniéndome de pie de un respingo y dándome la vuelta para tapar con mi propio cuerpo mi estado de erección.

Ella no dijo nada, se acercó a mí pausadamente y desde detrás noté su mano encima de mi hombro.

—¡Déjame solo por favor, vete! —insistí cada vez más nervioso.

Me dio la vuelta lentamente, yo me cubría como podía el bulto de mi ropa interior mientras me decía:

—Jorge, no estás bien, sé lo que estás haciendo.

Yo me movía inquieto, negando con la cabeza sin que se me ocurriera nada coherente que decir.

—Te he estado observando últimamente, tenemos que hablar, cuéntame qué te pasa.

La situación era terrible, no podía ser más vergonzante para mí, después de negar varias veces o insistir en que no sabía de qué me hablaba ante su mirada clavada en mí acabé por explotar.

—¡Qué estoy harto joder! ¡Eso es lo que me pasa! Todo el puto día encerrado en casa como un preso, ¡como una jodida mascota! No hago nada, ni salgo, ni veo a mis amigos, ¡me estoy volviendo loco!

Seguí un rato más despotricando de mi actual situación, justificando indirectamente lo injustificable mientras mi abuela seguía observándome con ojos tiernos, compasivos.

—Soy un chico de dieciocho años y me he quedado sin vida, es desesperante…

Después de esas últimas palabras incluso se me escapó una lágrima. Mi abuela se sentó a mi lado y poniéndome una mano en el muslo empezó a consolarme.

—No te preocupes hijo mío, estás en una edad muy difícil, en un momento muy difícil. Es natural que explotes, que estés nervioso, pasas demasiado tiempo encerrado con tus libros se lo he dicho a tus padres muchas veces.

Lo increíble de todo aquello es que consiguió serenarme, lo que sucedió después fue directamente surrealista.

—Pero lo que te está pasando tiene que parar, ¿me oyes? Hay cosas que no pueden ser Jorge.

Estando los dos sentados en mi cama con su mano en mi pierna, y sabiéndome descubierto, tuve la reacción más insólita de toda mi vida incluyendo aquella última y loca semana. Me fijé en mi abuela Kerstin y pude ver que a sus cuarenta y ocho años seguía siendo una mujer atractiva. Su pelo era largo y mucho más rubio que el de mi madre, tirando casi a blanco parecía decolorado. El tiempo había atacado poco a su cara, dejándole tan solo algunas arrugas en los ojos y alrededor de la boca, rodeando aquellos ojos azules y labios carnosos que tanto recordaban a los de su hija. El camisón negro que llevaba, atravesado por la pequeña luz de mi mesita de noche dejaba al descubierto prácticamente toda su anatomía. Al no llevar sujetador pude ver con detalle sus descomunales senos, mucho más grandes que los de mi madre y, aunque caídos, ciertamente apetecibles. Deberían ser una talla ciento diez como mínimo y éstos tenían los pezones rodeados por una gran aureola. En su cintura se había agarrado algo de grasa con el tiempo, nada fuera de lo normal, mientras que su culo era menos respingón que el de mi madre pero aún se veía lo suficientemente firme. Las piernas era sin duda lo que mejor conservaba, dignas de una treintañera lucían jóvenes y tersas. A ojo calculé unas medidas aproximadas de 110-68-90.

Mientras que ella seguía consolándome a la vez que aleccionándome noté como mi miembro que había empezado por fin a relajarse volvía a reaccionar asomándose de nuevo por encima de la goma del bóxer, tapado por suerte por mi camiseta.

—Tienes que dejar a tu madre en paz, hay un montón de soluciones antes de que acabes molestándola, Lena no es tonta y esto puede acabar mucho peor —seguía ella con su sermón sin darse cuenta de mi cambio de objetivo.

La dejé hablar un rato más, luchando por dejar todo aquello en una charla hasta que la segunda explosión hizo acto de presencia. Le agarré la mano que seguía encima de mi muslo y la llevé directa hasta mi bulto, restregándola contra mi falo mientras le decía:

—¿Lo ves abuela? Es que ya no puedo más, estoy siempre a punto de reventar.

Ella me miró con una cara de sorpresa tan bestia que ni ensayada habría sido más exagerada, mientras yo iba más allá y lanzaba mi mano libre sobre uno de sus gigantescos pechos diciéndole:

—No puedo seguir viviendo como un puto monje célibe, ¿es que no lo veis?, ¡me estoy volviendo majara!

Aprovechándome del estado de shock en el que se encontraba aprovechaba para seguir restregándome y sobándole las tetas por encima del finísimo camisón. Conseguí bajarme el calzoncillo hasta los tobillos sin soltarle un momento la mano con la que me frotaba la polla y sin perder ni un segundo en manosearle sus glándulas mamarias. Ella no había empezado a resistirse aunque se la veía tan incómoda que creía que no iba a tardar demasiado en hacerlo, así que sin perder más tiempo me abalancé sobre ella consiguiendo estirarla sobre mi cama y colocarme encima. Le subí el camisón a la vez que le abría aquellas bonitas piernas impropias de su edad y con mi instrumento ya liberado lo restregaba y apretaba contra su sexo por encima de sus braguitas negras a juego con el camisón. Ella era incapaz de decir nada, podía oír su respiración acelerada al igual que la mía mientras le decía con voz entrecortada:

—Vamos abuelita descárgame por favor, no me dejes así.

Seguí metiéndole mano todo lo que podía, sobándole el culo, tocándole el coño por encima de la ropa interior, magreándole aquellos melones que se movían en todas direcciones por el efecto de la gravedad hasta que le cogí las braguitas e hice un intento fallido de bajárselas, estaba tan caliente que me habría follado a un hipopótamo y mi abuela era más joven que muchas de las madres de mis amigos, pero hábilmente me apartó las manos privándome de quitárselas.

— Inte det! —me dijo en su idioma natal, que significaba algo así como ¡”eso no”!

Había logrado reaccionar, salir del shock inicial, en ese momento pensé que aquella sería la noche más frustrante de mi vida pero sin añadir ni una palabra más, me agarró la banana con fuerza y empezó a masturbarme a la velocidad de centrifugado. El placer era inmenso, estaba tan cachondo que cualquier cosa me valía y mientras mi abuela seguía pajeándome yo aproveché para seguir disfrutando de su aún apetecible cuerpo, maduro pero bien conservado, dejando sin rincones donde acariciar. Rápidamente mis gemidos empezaron a crecer, temiendo incluso ser descubiertos pero siendo igualmente incapaz de controlarme hasta que, en menos de tres minutos noté como me corría lanzando cuatro o cinco potentes lechazos sobre su entrepierna que seguía protegida por aquellas braguitas ya no tan negras. Aquel había sido mi mejor orgasmo desde que había empezado la universidad, proporcionado por la persona menos pensada en el mundo.

Me hice a un lado de la cama, completamente exhausto por el esfuerzo y el orgasmo tan brutal del que acababa de disfrutar mientras que ella se adecentó un poco la escasa ropa y sentándose en el borde de la cama me dijo:

—Deja a tu madre en paz.

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El domingo me desperté algo tarde, sobre todo siendo yo. La noche había sido movidita y me alegré al comprobar que había amanecido falto de vergüenza ni remordimientos. No sabía si eso era bueno o malo, pero lo cierto es que me sentía más aligerado compartiendo aquel secreto con mi “abu Kerstin”. El día transcurrió normal, estudio, comida en familia y justo después me estiré en el sofá del salón a ver algo la televisión. Mientras que yo vagueaba veía a mis padres yendo de aquí para allá, preparándose para salir a dar una vuelta. Mi abuela estaba también en el salón, viendo la televisión mientras planchaba unas camisas de mi padre.

El buen tiempo había sido el culpable de que mi madre se hubiera vestido con otro de sus ceñidos vestidos, éste de color amarillo, ligeramente escotado y corto. Cada vez que pasaba por delante de mí notaba como mi rabo reaccionaba debajo de mi chándal, sin sacarme de la cabeza que la noche de mis padres había sido también, cuanto menos, desestresante. 

—¿Dónde vais? —preguntaba alegre mi abuela que en todo el día no había mostrado ni el más mínimo cambio de actitud.

—A dar una vuelta por el centro —contestó mi padre eligiendo unos zapatos.

Finalmente se acercó mi madre a darme un beso de despedida mientras que mi padre me gritaba desde la puerta:

—¡Un ratito más y a estudiar eh!

No pasó ni un minuto hasta que mis ojos que habían estado siguiendo las fugaces idas y venidas de mamá se fijaran en Kerstin. Delante de mí y algo a la izquierda era el lugar donde había decidido instalarse para hacer sus tareas de planchado, desde mi posición podía verla perfectamente haciendo sus labores vestida con un vestido de ir por casa blanco, el típico de asistenta, nada escotado y algo por encima de las rodillas. Lo cierto es que no necesitaba que insinuase demasiado para que el calentón que había empezado su hija lo siguiera ella. Estuve unos diez minutos recordando lo vivido la noche anterior sin perder de vista sus curvas, acariciándome por encima del pantalón de manera claramente lasciva hasta que sin pensármelo mucho más decidí ir a su encuentro. Me coloqué justo detrás suyo agarrándola por la cintura, pegando mi cuerpo lo máximo posible para que pudiera notar mi erección contra su culo y diciéndole:

—Este vestido no te hace justicia “abu”, seguro que allí dentro debes estar incomodísima.

Ella al notarme se quedó quieta unos segundos pero enseguida siguió planchando como si nada estuviera pasando. Llevé mis palmas desde atrás hasta su busto y poco a poco empecé a desabotonarle el vestido.

—Tus pobres pechos necesitan respirar, allí dentro deben estar pasándolo fatal.

Sin ofrecer resistencia alguna dejó la plancha, resoplando resignada y tensa mientras yo ya tenía el vestido desabrochado, quedando éste abierto hasta la cintura. Ganando un poco de espacio a base de luchar con el escote liberé sus gigantescos melones que permanecían escondidos tras un sujetador blanco tamaño mamut. Le agarré ambas mamas con mis manos que se notaban pequeñas entre tanta carne y apretujándoselas con fuerza seguía:

—Esas tetazas son un monumento y seguro que hacía mucho que nadie disfrutaba de ellas abuelita.

Su actitud seguía siendo de estatua mientras yo seguía jugando con éstas excitadísimo, bajando con una de mis manos por dentro del vestido abierto hasta su sexo y acariciándolo también por encima de la ropa interior. Ella emitía pequeños sonidos parecidos a gemidos, pero yo sabía que la razón era la incomodidad y no la excitación. Lo cierto es que me daba igual, seguí acariciándola un rato hasta que me bajé el pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos, le subí el vestido hasta la cintura liberando un culo que sin ser prefecto se mantenía bastante bien, separándole ligeramente las piernas y acomodándola de cintura para arriba encima de la tabla de planchar, pero al intentar bajarle las bragas de nuevo se las agarró por delante impidiéndomelo.

—¡Eso no! —me dijo tajante.

Yo estaba más cachondo incluso que la noche anterior, me costaba recordar la última vez que había estado dentro de una mujer y restregaba mi glande que ya chorreaba líquido pre seminal por sus cubiertas posaderas insistiendo:

—Vamos abuela será solo un momento.

Forcejeaba con ella por deshacerme de las maldita ropa interior sin éxito mientras ella cada vez se ponía más nerviosa, evitándolo a la vez que intentaba alcanzar mi nabo supongo que para terminar como horas antes.

—Déjame Jorge, eso no —me decía con voz autoritaria pero no furiosa.

En medio de la lucha su culo se descubría por momentos, llegando a entrar en contacto con mi miembro éste se notaba más terso y apetecible de lo esperado.

—Joder abuela déjame por favor, por favor abuela…

Ella seguía resistiéndose mientras seguía con su táctica de terminarme como la noche anterior hasta que dije las palabras mágicas:

—O es contigo o tendrá que ser con mamá estando aquí encerrado.

Al momento su resistencia pasó a ser prácticamente testimonial, volví a colocarla en pompa sobre la mesa de planchar y finalmente conseguí bajarle las braguitas color blanco hasta casi sus rodillas, mostrando lo que en efecto era un buen culo en una mujer cerca de los cincuenta.

—Oh sí pero si estás buenísima abuelita —le dije sin perder ni un segundo en colocar la punta de mi pene en su cueva desde atrás, al modo perrito. Froté con ésta un poco sus labios vaginales y siendo más fácil de lo esperado, agarrándola por las caderas la penetré de un fuerte empujón susurrándole entre gemidos:

—¿Lo ves como no pasa nada?

Mi polla entró entera sin dificultad dentro de su conducto, notando como sus nalgas chocaban contra mis inglés comencé a follármela con tanta fuerza que parecía que me hubiera saltado algún que otro paso previo.

—¡Oh sí abuela así, justo esto es lo que necesitaba!

Estaba tan cachondo que tenía que concentrarme por no correrme al instante, mientras la embestía con fuerza no perdía oportunidad en manosearle esas tetazas que ya estaban medio salidas del sostén debido al vaivén de mis caderas contra su cuerpo.

—¿Te gusta? ¿Te gusta “abu”? —le gritaba entre gemidos mientras ella permanecía bastante impasible aguantando como podía la compostura.

—A mí me encanta, ¡me encanta follarte abuelita!

Me arrepentí de haber maldecido su llegada a casa para vivir con nosotros la noche anterior, a medida que sacudía su cuerpo la escasa moral que me quedaba se iba desvaneciendo poco a poco, me imaginaba la de veces que mi difunto abuelo Gustav habría disfrutado de aquel cuerpo. Mis gemidos eran casi ensordecedores, notar una y otra vez mis ingles golpeando su culo a cada penetración me estaba volviendo loco de placer, me la estaba follando con tanta fuerza que notaba como ella tenía que ponerse de puntillas para aguantar el equilibrio a la vez que con los codos se sujetaba fuertemente contra la tabla.

—¡Así “abu”, así! ¿El abuelo también te follaba de esta manera? Seguro que lo hacíais como locos.

Siempre me ha gustado decirle obscenidades a mis parejas sexuales y por lo visto aquella no estaba siendo una excepción, Seguí sobándola y embistiéndola poco tiempo más hasta que irrefrenablemente me corrí entre grandes espasmos llenando su coño de semen, gimiendo como lo haría un lobo en la noche.

Segundos después retiré el manubrio de su interior y al instante mi abuela se subió las bragas en una especie de gesto de dignidad, la abracé y dándole un beso en el cuello le dije:

—Gracias, eres la mejor.

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Como cada lunes el despertador sonó a las 6:15 de la mañana. Todo el camino avanzado el día anterior en temas de moralidad lo había perdido en una sola noche, atormentado por las pesadillas y durmiendo escasas tres horas. Me sentía culpable por todo, por fijarme en mi madre, por lo que le había hecho a mi pobre abuela aprovechándome de su extrema bondad y sentido de la familia. Me sentía un monstruo, probablemente lo era. Decidí que aquello había terminado para siempre, jamás volvería a aprovecharme de “abu Kerstin” e iba a luchar con todas mis formas para que aquellos sentimientos que habían nacido hacia mi madre desaparecieran para siempre. Todo lo sucedido me parecía irreal, como un sueño estilo placer culpable, incluso como una pesadilla. Volví a convencerme de que la culpa era el encierro y los estudios, comparándome con los tipos duros presidiarios que acaban teniendo relaciones homosexuales sin serlo, simplemente por necesidad.

Le dije a mi madre que me adelantaba rumbo a la piscina ya que había ido muy rápido preparándome, que nos veíamos allí. La realidad es que quería evitar el contacto con ella a toda costa, dejar que las cosas se enfriaran. Llevaba hechos unos cuantos largos cuando oí una voz lejana que me llamaba. Me retiré momentáneamente las gafas de bucear y el gorro para identificar a la persona y pude comprobar que era un hombre cercano a los setenta años que me gritaba desde un jacuzzi cercano:

—¿Hoy no viene tu “novieta” “buenorra” a nadar contigo?

A ‘la pregunta se sumaban las risas de los cinco hombres de edades similares que le acompañaban. Salí de los carriles de nado y me metí en la zona del SPA, llegué hasta colocar mi cara a medio palmo de la de aquel tipejo y le contesté:

—Es mi madre viejo verde, y ahora mismo os vais a ir todos de aquí antes de me cabree. 

Mi metro ochenta y seis junto con mis espaldas de nadador fueron suficientes para que el grupo de fans pervertidos de mi madre, después de mirarse de reojo entre ellos asustados por aquella reacción tan desproporcionada, obedecieran desfilando uno tras otro camino de los vestuarios. Satisfecho por mi poder de convicción volví a los carriles de nado y seguí mi entrenamiento con tanta fuerza que apenas notaba la falta de horas de sueño ni la pereza típica de los lunes. Unos veinte minutos más tarde llegó mi madre vestida con su conocido bañador naranja a la piscina.

—¿Sí que hay poca gente hoy no? —dijo mirando a su alrededor y viendo que estábamos solos.

—Bueno ya sabes, es muy temprano y los lunes siempre cuesta más arrancar el día, la gente suele venir más tarde, los jubilados no tienen problemas de horarios.

—¿Qué me vas a enseñar hoy? —me preguntó sonriente satisfecha con la respuesta anterior.

Su actitud me daba tranquilidad, probablemente mi madre no había notado nada de lo sucedido la semana anterior con ella, seguramente algunas actitudes le habían parecido extrañas pero se había convencido a sí misma de que eran imaginaciones suyas. Era el momento perfecto para cortar por lo sano.

—Hoy te dejo perfeccionado la braza y ya te voy mirando desde lejos, me has pillado muy cansado, me voy a ir al jacuzzi de allí a que se me relajen un poco los músculos, ¿vale?

Pareció extrañada con la explicación, pero sin ahondar más en el tema se colocó el gorro y las gafas y comenzó a hacer largos con un estilo más que decente. Satisfecho de nuevo con mi actitud me fui al baño de burbujas a relajarme, sin dejar de concentrarme en todo momento por ver a mi madre como lo que es, mi madre, no una persona a la que pueda desear. Con el fin de la actividad física el cansancio de la mala noche que había pasado volvió a hacer mella en mí, quedándome tan relajado que a unos segundos de dormirme una voz me espabiló:

—¡A ver si te duermes y te ahogas hijo! —me decía mi madre entrando en aquel reducido pero más que suficiente espacio.

—Leches mamá que susto me has dado, ¿qué haces aquí?

—Hoy yo también estoy un poco de lunes, perezosa, y nadar sola es un aburrimiento, ¿te molesto?

—No, claro que no —le contesté convincente sin poder evitar echarle la primera mirada sucia a sus deseables pechos.

Ya me está volviendo a pasar, pensé con profunda frustración. Ella empezó a hablarme de no sé qué historias del trabajo, algo sobre una compañera que no la trataba bien, pero yo ya me estaba dando cuenta de que todas mis buenas intenciones se estaban yendo al garete.

—El SPA sin nadie es una gozada, ¿verdad? —intercalaba ella frases de este estilo mientras seguía hablándome de la terrible Ana, secretaria como ella de la misma empresa.

Aunque la bañera redonda estaba llena de burbujas me las ingeniaba para poder ver la espléndida figura de mi madre, incluso imaginármela. Pensaba que siendo lunes la semana iba a ser muy larga, reflexionaba que quizás no sería solo la semana, aquella obsesión estaba jodiéndome aún más mi ya de por sí desdichada existencia. En una carrera que no me gustaba, sin tiempo, sin amigos, volvía siempre al mismo bucle. Lo único que despertaba interés real en mí eran las atracciones filiales. Había decidido dejar a mi abuela en paz y además me daba cuenta que solo la había utilizado como un desahogo, como un sucedáneo de lo que realmente quería, poseer a mi madre. Sabía que aquello era imposible pero necesitaba mis pequeños momentos de perversión para poder seguir existiendo, alimentar mi fantasía con diminutas dosis de realidad como la noche en la que cortamos juntos verduras y me atreví a tocarle el culo.

—¿Luego me acompañarás un rato a la sauna? —me preguntó.

—Sí pero antes tienes que sacarle beneficio al jacuzzi.

Ella me miro extrañada sin entender qué decía.

—La gracia son las burbujas mamá, tienes que ponerte justo debajo para notar sus efectos, en tu parte apenas hay —mentí.

La agarré por un brazo y la acomodé justo encima de mí, sentada en mi regazo.

—¿Lo notas?, justo debajo tenemos la válvula que expulsa las burbujas a presión.

Mientras ella se fijaba en si notaba o no alguna diferencia yo ya estaba feliz porque su culo estaba justo donde quería, éste y mi miembro solo estaban separados por la fina tela de nuestros bañadores. Enseguida noté como mi rabo crecía con tanta fuerza que ni el ceñido del traje de baño podía contenerlo, clavándose más aún contra las nalgas de mi progenitora. Mientras seguía explicándole sandeces sobre las burbujas la acomodaba mejor si cabe entre mis muslos, colocando cada una de mis manos en sus respectivas piernas simulando una trampa para osos, presionando disimuladamente su imponente cuerpo contra el mío, restregándome. Empecé a notarla cada vez más inquieta, incluso moviéndose nerviosa. Lo cierto es que lo que había empezado como una travesura controlada avanzaba a algo cada vez menos sutil. Mientras seguía frotando sus carnes contra las mías mis manos acariciaban casi con descaro sus piernas, acercándola y alejándola contra mí en un movimiento claramente sexual. Intentó liberarse de la manera menos traumática pero la tenía agarrada con fuerza, repitiendo una y otra vez aquel delicioso balanceo. Estaba tan excitado que no podía parar, sabía que había cruzado definitivamente la línea, así que sin pensarlo de nuevo subí mis manos y le agarré sus dos ansiadas pechugas por encima del bañador susurrándole:

—Joder mamá qué buena que estás…

No pasó ni un segundo que mi madre consiguió librarse de mí a la vez que me empujaba, saliendo del jacuzzi me decía mientras se iba indignada:

—¡¿Pero tú estás tonto o que te pasa Jorge?!

Sabía que aquello no tenía retorno, mi corazón latía con fuerza, había perdido por completo los papeles. Me retiré al vestuario obviamente dándole vueltas a lo sucedido, aquella acción había sido poner las cartas sobre la mesa, nada podía justificarlo, no podía ignorarse y no tenía ni idea de cuál iba a ser el siguiente paso. Ya en el vestuario me di la ducha más fría de mi vida, me vestí, y en vez de irme a la facultad que habría sido la rutina me fui directo a una cafetería para poder reflexionar un poco. Un café primero seguido de una cerveza después me hicieron decidir que lo mejor era hablarlo con ella, al igual que había hecho con la abuela en el punto en el que me encontraba debía sacarlo todo de dentro, quizás incluso pedir ayuda profesional. Sabía que en casa escaseaba la intimidad y además estaba tan nervioso que cada minuto me parecía una hora, así que a eso de las once de la mañana me presenté en la agencia de publicidad donde trabajaba mi madre. Me atendió amablemente la recepcionista.

—Ahora mismo la llamo y le digo que baje.

Posteriormente me contestó a una de mis preguntas, contándome que las oficinas estabas mucho más vacías de lo normal ya que la mayoría de empleados y directivos estaban en Málaga en una convención. A los cinco minutos apareció mi madre en el vestíbulo, seria como tan poco habitual era en ella. Le pregunté si podíamos hablar un momento en privado y me llevó hasta un pasillo donde se encontraban los servicios, muy poco transitado sobre todo teniendo en cuenta el escaso personal que había por el tema del a convención.

—¿Qué poca gente hay hoy no? —dije para romper el hielo aun sabiendo la respuesta.

—Excepto cuatro pringadas como yo se han ido todos a Málaga a unos eventos —me confirmó ella la explicación que previamente me había dado la secretaria.

La miré unos segundos intentando reunir los arrestos para comenzar a explicarle todo lo que llevaba dentro, resoplé varias veces y empecé:

—Mamá…lo de antes…

Ella me miraba inquisitivamente, sin un ápice de complicidad.

—Joder perdona, se me ha ido la olla del todo. Me paso tanto tiempo encerrado estudiando, sin hacer absolutamente nada que me guste que he perdido la cabeza. Por un momento ni siquiera pensaba en que eras mi madre. De verdad que ha sido como un brote psicótico o algo así.

Decidí darle una versión censurada, no fui capaz de decirle la verdad. Lo planteé como una alteración de la conciencia, con algo que para nada tenía que ver con el parentesco. Seguí un rato insistiendo en aquella idea mientras ella me escuchaba en completo silencio hasta que intervino:

—Pero es que sí soy tu madre, ¿sabes? Lo que has hecho antes es lo más raro que he visto en mi vida. ¿Tan mal estás?

Yo seguí contándole lo infeliz que me sentía últimamente, que no era yo el que había actuado así, que no era ella en la que realmente pensaba y todo tipo de patrañas que se me iban ocurriendo. Un rato después y aún seria, me agarró la mano con ternura como primer gesto de comprensión, mi madre era la persona más alegre y buena que había conocido jamás.

—Está bien Jorge, pero quiero que veas a un psicólogo. No es solo por lo de hoy, es por todo, no quiero que te sientas así. Lo que me cuentas es terrible y lo que ha pasado esta mañana es algo demasiado significativo para dejarlo pasar. No se lo contaremos ni a papá ni a la abuela pero tendrás que hablar con alguien que pueda ayudarte.

Las tornas se cambiaron y fue ella la que empezó con su sermón, mientras su voz volvía a sonar dulce y cómplice, cuando ya me veía fuera del atolladero, mi mente volvió a jugarme una mala pasada. A medida que seguía con sus razonamientos yo no podía dejar de mirarla, vestida con aquella blusa ceñida de blanco impoluto por dentro de una falda gris de cuadros algo por encima de las rodillas. Me recordaba a una colegiala, a la más atractiva Scarlett Johansson en Match Point. Pensé en cuantos directivos babosos habrían fantaseado con follarse a la secretaria sexy, a mi madre. Me di cuenta de que sí, efectivamente, necesitaba ayuda, pero ésta no llegaría a tiempo.

La interrumpí y aprovechando que su mano aún sujetaba la mía la entré en el baño de mujeres. Como me imaginaba, en éste no había nadie, abrí una de las puertas de un lavabo y la metí dentro encerrándonos en éste. El espacio era reducido pero suficiente.

—¡¿Qué haces?! —me preguntó absolutamente sorprendida.

Le tapé la boca con la mano inmovilizándola contra la pared, esquivando el wc que había en el suelo y le susurré:

—Shhh, mamá no digas nada que nos pueden oír.

Noté que me miraba incluso con miedo pero yo directamente le subí la falda todo lo que pude comprobando que llevaba unas finísimas braguitas blancas muy sensuales y me coloqué entre sus muslos presionando mi bayoneta contra su papo, separados tan solo por su ropa interior y mis vaqueros, dejándola entre la espada y la pared. Sin tiempo a que reaccionara me bajé hábilmente los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos con un único movimiento, empujándole de nuevo el coño ahora sí tan solo con sus bragas como única barrera.

—Mamá iré a un médico te lo juro por Dios pero ahora necesito estar contigo —le explicaba nervioso mientras mis manos sujetaban con fuerza su culo y mi polla seguía clavada con tanta fuerza contra ella que a pesar de su ropa podía notar su vulva. 

Finalmente reaccionó forcejeando conmigo con todas sus fuerzas, intentando inútilmente separarme de ella y bajarse la falda mientras me imprecaba:

—¿Estás loco? ¡Suéltame ahora mismo! ¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes!

Yo seguí frotándome todo lo que podía, metiéndole mano pero su resistencia empezaba a ser más fuerte y persistente hasta que oímos un ruido en el exterior, alguna de las pocas chicas que quedaban por allí había entrado en el servicio. Escondidos en nuestro pequeño habitáculo volví aponer la palma de mi mano en los labios de mi madre susurrándole:

—No hagas ruido mamá, ¿qué pensará la gente si nos ven así? Madre e hijo, sería un escándalo.

Notaba su respiración desbocada, mezcla de impotencia, susto y miedo a que alguien nos pillase. Yo aprovechaba aquel momento de tensa calma para usar mi mano libre y acariciarle cuidadosamente los tan ansiados pechos por encima de la blusa sin retirar la otra de su boca. De lejos oíamos como en otro lavabo una de las empleadas hacía sus necesidades para después tirar de la cadena. Para cuando la susodicha estaba ya en el exterior lavándose las manos en una de las pilas una de mis manos se había infiltrado por dentro de la camisa magreando con ganas un seno sobre el sujetador mientras la otra le acariciaba el coño por encima de las braguitas.

—No sabes cómo me estás poniendo mami —le dije con el tono de voz más bajo posible.

Oímos la puerta cerrarse y sin necesidad de tanta cautela conseguí agarrarle las ya odiadas bragas y bajárselas hasta medio muslo, dejando al descubierto su cuidado y estratégicamente depilado sexo. Aquello fue maravilloso pero efímero, mientras que por un lado me abofeteaba como nunca lo había hecho por el otro se volvía a subir la ropa interior bajando a su vez la falda. Me miró un segundo y después de colocarse bien la blusa me soltó otro sopapo que giró mi cara por completo.

—Necesitas mucha más ayuda de la que creía Jorge, estás jodidamente enfermo.

Su tono era autoritario y tranquilo, no podía creerme como en un tiempo récord había conseguido tenerla atrapada a segundos de satisfacer con ella mis más bajos instintos y como ésta se había conseguido liberar en cuestión de segundos.

Me apoyé en la puerta de salida del lavabo que quedaba justo detrás de mí y entre sollozos le supliqué:

—Es que ni puedo más mamá mira como me tienes, sé que no estoy bien pero ¿qué puedo hacer? —le explicaba a la vez que me agarraba el cipote que seguía erecto como un sable.

—¡Me voy a volver loco mierda!

Después de esta última afirmación decidí en un intento desesperado contratacar, me abalancé sobre ella volviéndola a empotrar contra la pared, mientras le besaba por el cuello le restregaba mi chorreante falo por la falda suplicándole de nuevo:

—Solo una vez mamá, solo una y te juro que si hace falta haré que me encierren en un puto manicomio.

Mis fuerzas escaseaban a pesar de mi corpulencia y ella se había hecho fuerte, por mucho que lo intentaba no conseguía volver a subirle la falda pero supongo que a su vez mi madre se dio cuenta que le sería imposible salir de allí sin montar un escándalo, eso o simplemente le di pena ya que en el momento más inesperado noté como me agarraba con una de sus delicadas manos mi mástil que estaba a punto de reventar y comenzaba a subir y bajar la piel de manera absolutamente deliciosa. Aquello me recordó a mi primer encuentro con mi abuela, me daba cuenta de que las señoras Oloffson tenían más cosas en común que las tetas grandes o preñarse jóvenes.

Mientras yo acariciaba como podía desquiciado su voluptuoso cuerpo por encima de la ropa ella seguía masturbándome con un una destreza comparable a la de cualquier artista.

—Sí, mamá sí, así, así, ¡oh sí!

Aunque intentaba controlar mis gemidos estos eran bastante notorios mientras mi madre subía el ritmo de aquella celestial gayola interesada en terminar lo antes posible con aquello.

—¡Oh sí gracias mamá, te quiero, te amo! —le decía yo completamente poseído por el placer.

Después de tanto rato metiéndole mano y con aquel suceso en el lavabo cercano a una auténtica lucha el morbo que me daba tener una de las manos de mamá pajeándome en un baño semipúblico fue demasiado para mí y mucho antes de lo que me habría gustado acabé corriéndome con tanta fuerza que pensé que me caería al suelo, dejándole la falda completamente inundada de semen.

Me apoyé en una de las esquinas recuperándome de todo aquello mientras mi madre con la ayuda del papel higiénico se limpiaba como podía los ríos de leche que le había soltado encima de la ropa hasta que finalmente me dijo:

—Vamos a tener que hablar de todo esto, estás muy perturbado.

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6:15 de la mañana y suena el despertador. Me levanto apático, el día anterior mi madre ni me dirigió la palabra después de lo acontecido. Era normal, pero era demasiado obvio. En la pasada cena estaba tan rara que hasta mi padre le preguntó si le pasaba algo. Mientras ella se excusaba diciendo que la espalda volvía a dolerle mucho mi abuela me miraba inquisitivamente, seguramente sospechando que algo había pasado entre nosotros. Hago mi ritual de cada mañana y me voy directo a la piscina. Nado de siete a ocho completamente solo, sin los acobardados admiradores de las madres suecas pero también sin ella misma, que no apareció. Sin ganas me voy a la facultad y paso clase tras clase sin enterarme absolutamente de nada, dándole vueltas a la locura en la que se había convertido mi vida en tan pocos días. Llego a casa preocupado y tristón sobre las 13:30 y cuando abro la puerta una voz eufórica me sorprende:

—¡¡Hermanito!! 

Con todo lo que había pasado había olvidado que por la mañana llegaba mi hermanita Eva de Irlanda a pasar unos días. Su alegría por verme me encanta, me anima y me da fuerzas. Me digo a mí mismo que por eso mi madre no ha aparecido por la piscina, porque tenía que ir a buscarla al aeropuerto.

—¿Es que no te alegras de verme? —insiste ella abriendo los brazos de par en par.

Sin contestar me fundo con ella en un abrazo sonriendo, la achucho con tanta fuerza que la levanto del suelo.

—¡Uy eso es otra cosa! —ríe ella.

Media hora después todos los miembros de la familia estamos sentados alrededor de la mesa, degustando una albóndigas mientras Eva cuenta sus experiencias por Dublín, se queja del tiempo, nos cuenta como van las clases, etcétera. Su llegada acapara toda la atención como es natural, pero yo no puedo dejar de percatarme de que mi madre sigue sin apenas mirarme a la cara, disimulando interviniendo en las anécdotas de su hija pero claramente seria y preocupada.

—No hay vuelta atrás —digo tan flojo entre dientes que nadie me escucha.

Al terminar de comer mi hermana se ofrece a lavar los platos, me fijo en ella y aunque tiene solo quince años ya parece toda una mujer. Su faldita corta y el top blanco le hacen una figura juvenil pero bien formada. Jamás se me ocurriría hacer nada con ella, soy consciente de que no solo es mi hermana sino que además es muy joven, pero aun así la observo fijamente al reparar en que mi madre sigue mi mirada con preocupación. Pongo ojos lascivos e incluso me relamo, consciente absolutamente de la situación.

El día progresa con normalidad, yo intentando estudiar pero con dificultades por culpa de mi mente perversa y de las constantes interrupciones de Eva que se encuentra ociosa y aburrida a la vez. Cae la noche y cenamos nuevamente en familia para luego irnos todos al salón a mirar el “reality” de turno. La primera en retirarse a la cama es mi abuela, alegando que está agotada y despidiéndose especialmente efusiva de mi hermanita. Sobre las diez y media oigo como ella le pregunta a mi padre:

—¿Seguro qué no te molesta papá?

—Claro que no pesada, ya te he dicho que te llevo encantado, si son solo diez minutos de trayecto. ¿Seguro que luego Ana te puede llevar de vuelta?

—Sí, sí, es solo a la ida que le va mal venirme a buscar. Y si no puede no te preocupes que te prometo que llamo a un taxi desde su casa.

—Bueno vale, pero ahora te daré dinero por si acaso. Me visto y salimos en diez minutos.

Preguntándole de que va todo esto me cuenta que ha quedado con su mejor amiga para pasar un rato a las once en su casa, tan tarde porque ella trabaja en una cafetería que no cierra hasta esa hora aproximadamente. Poco rato después se despiden ambos.

—Pórtate bien —le dice mi madre sonriente.

—Tranquila mamá si no vamos a ningún sitio, estaremos en su casa un par de horas charlando y vuelvo.

—Tardo veinte minutos, media hora como mucho —le dice mi padre a mi madre dándole un beso en la mejilla.

—Te espero en la cama que to también estoy agotada hoy —le contesta ella.

Me retiro a mi habitación y doy un par de vueltas por su reducido espacio meditando, pensando en lo que se me está pasando por la cabeza, en el plan que llevo diseñando todo el día. Sabiendo que mi madre ya está en la cama decido que es ahora o nunca, mi última oportunidad. Me desnudo completamente, me asomo a la puerta con miedo de encontrarme con mi abuela vigilante y al ver que no hay moros en la costa avanzo a toda prisa por el pasillo en pelota picada. Irrumpo en el cuarto de mis padres cerrando la puerta tras de mí, al entrar veo a mi madre estirada en la cama solo con una pequeña luz encendida que usa para leer, en sus manos sostiene una de sus típicas novelas románticas. La veo despampanante, con las piernas completamente al aire enseñándome unas elegantes braguitas negras de encaje medio transparentes y un camisón del mismo color vaporoso de lencería fina. Inmediatamente aparta el libro para ver quién entra a esas horas a su alcoba pero sin darle tiempo a reaccionar me abalanzo sobre ella colocándole otra vez la palma de mi mano en la boca, deshaciéndome del libro mientras coloco mi cuerpo entre sus piernas, tumbado completamente encima de ella.

—No digas nada mamá que la abuela nos puede oír.

Ella enseguida forcejea conmigo mientras me dice algo ininteligible por la presión que ejerce mi mano contra sus labios pero es inútil, mi peso ya está inmovilizando su cuerpo y mi rabo completamente tieso presiona contra aquella lencería tan sensual.

—Estás muy sexy, ¿hoy también ibais a follar a lo perrito? —le digo con perversidad al oído.

La lucha sigue mientras yo restriego mi miembro contra la finísima tela y con la mano libre le magreo las tetas por encima del camisón, éste es tan transparente que por primera vez en muchos años puedo ver lo imponentes y perfectas que son, con sus pezones duros y su aureola de un tamaño adecuado a su volumen.

—Joder no te resistas que tenemos poco tiempo, ya has oído que papá llegará enseguida.

Noto que su resistencia es fuerte y aunque estoy excitadísimo y soy corpulento me doy cuenta de que no soy ningún violador, me acerco al oído y juego mi última carta.

—Si no es contigo tendrá que ser con Eva, pero a mí no me podéis tener retenido siempre en esta casa encerrado estudiando, ¡tengo mis necesidades!

Aquella frase detiene en seco a mi madre, casi como si alguien hubiera apretado el botón de pausa, al igual que había pasado con mi abuela me congratulaba ver que las mujeres Oloffson estaban cortadas todas por el mismo patrón. Notando la falta de resistencia libero su boca y al momento me dice:

—¡No se te ocurra acercarte a tu hermana monstruo!

Aprovecho la libertad de acción para sobarla todo lo que puedo, le apretujo los melones, le clavo mi falo tan fuerte contra sus braguitas que casi noto que podría penetrarla a través de ella, le manoseo el culo.

—No te preocupes mami, no le haré nada pero te recuerdo que no tenemos tiempo —le digo mientras le quito el camisón casi con su ayuda liberando aquellas increíbles tetazas, enormes, firmes y bien puestas.

Se las manoseo con ansia e incluso las mordisqueo mientras ella permanece inmóvil casi como si fuera una muñeca hinchable. Adentro una de mis manos por dentro de sus bragas y le froto con ganas el clítoris y los labios vaginales diciéndole:

—Prepárate rápido que papá ya debe estar volviendo.

Juego un poco más con sus partes hasta que finalmente le quito la ropa interior como el que desviste una Barbie, le abro más las piernas y observo casi emocionado su perfectamente y cuidado vello púbico, estoy tan cachondo que por un momento me imagino que todo es un sueño, ¡pero no lo es!

Acomodo mi sable en la entrada de su cueva y cogiéndola fuertemente por las nalgas la penetro más o menos hasta la mitad de su conducto, siento la polla tan apretada allí dentro que el placer es inconmensurable. 

—¡Oh, oh, sí, mamá, un poquito más solamente, un poco más!

Aunque procuro reprimirme grito como un perro al que están apunto de sacrificar, ejerzo un poco más de fuerza y consigo metérsela hasta el fondo entre nuevos gemidos de ambos, los míos de puro placer, los suyos de incomodidad y dolor. Apurado por el tiempo sigo metiéndola y sacándola de su coño con cierta dificultad pero sintiendo un placer inmenso, a cada pequeña embestida puedo ver como sus lolas se mueven arriba y abajo como si fueran boyas en el mar. Poco a poco mi miembro se mueve más libremente pudiéndomela follar más y más rápido y cada vez con más fuerza, la penetro con tanta ansia que oigo la cama crujir como si en cualquier momento pudiera partirse en dos.

—¡Oh sí mamá que bien lo haces, te quiero! ¡Qué buena que estás joder, eres una diosa!

Oigo como ella también gime aunque soy plenamente consciente que no solo no siente placer sino que la situación le asquea profundamente, pero estando por fin dentro de mi madre, teniéndola completamente a mi merced, me da un morbo que jamás había sentido. Noto que nuevamente mi aguante será escaso, como el tiempo que nos queda, así que sin previo aviso la saco de su interior y rápidamente la agarro de las caderas ayudándola a colocarse como yo quiero.

—Ponte a cuatro patas mamá, corre, corre que ya casi estoy, yo también quiero notar que se siente.

Ella obedece patosamente, colocándose en poma con sus rodillas y sus codos clavados en la cama, la agarro por el interior de las ingles y colocando mi polla de nuevo en la entrada de su papo la penetro con fuerza esta vez sin dificultad.
—¡Oh, oh, oh, mmm!

La embisto casi con violencia mientras veo, esta vez en primera persona, como sus enormes pechos se mueven hacia adelante y hacia atrás a cada sacudida, el clap, clap, de mis ingles chocando contra su imponente culo me excita de sobremanera, recordándome cuando me follé a su madre encima de la tabla de planchar.
—¡Ya casi estoy mami, ya casi estoy, sí, sí, oh!

Haber mencionado el nombre de mi hermana había convertido a mi madre en una putita obediente, maldije que nuestro tiempo fuera escaso, no poder disfrutar de ella en decenas de posturas y por todos sus orificios, pero lo cierto es que estaba tan cachondo que era un milagro que estuviera aguantando tanto. Seguí penetrándola con furia un rato más, golpeando sus nalgas con tanta fuerza que poco a poco la había ido desplazando en dirección a la cabecera de la cama hasta que sin poder resistirme me corrí dentro suyo entre increíbles espasmos, temblando casi como si fuera epiléptico, llenándola de leche y teniendo el orgasmo más salvaje de mi vida.
—¡Ohhh síiiiii mamáaaaa, síiiiiii!

Aguanté dentro suyo con el manubrio incrustado hasta lo más profundo de su ser hasta que noté que no quedaba ni una gota de semen por echar, recuperé un poco el aliento y sacándolo de dentro suyo me dejé caer a un lado de la cama. Al segundo ella cogió el camisón y las braguitas y se escondió dentro de las sábanas. Mientras me miraba con desprecio le dije:
—Me voy antes de que nos pille papá, si esta noche lo hacéis piensa en mí.

La verdad es que imaginarme a mi madre follada por dos miembros de la familia la misma noche me puso tan caliente que poco menos de una hora después volvía a masturbarme en la soledad de mi habitación.

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