lunes, 23 de mayo de 2016

Regalo de cumple

Ya tiene algún tiempo que Anna y yo fantaseamos en la intimidad con hacer un trío. Todo comenzó el día que accidentalmente me cambió el nombre durante el acto sexual. Recuerdo que me sorprendió, mas no me molestó porque teníamos un par de meses de casados. Incluso me pareció normal.

Tiempo después caí en la cuenta de que aquel episodio me excitaba mucho y sentí la necesidad de saber más de su vida pasada. Así comencé con preguntas incómodas acerca de ese hombre mientras teníamos sexo, y poco a poco fueron subiendo de tono conforme las fue aceptando y respondiendo, cada vez con mayor detalle y soltura. Fue así que empezamos a fantasear más duro, con todas sus exparejas y las mías, pasando de los celos a encontrar excitación mutua, para después frecuentar antros swinger, donde siempre nos limitamos a mirar y ser mirados. Fue hasta el pasado fin de semana que ella aprovechó para depilarse el cuerpo casi totalmente (Únicamente se dejó una pequeña línea de vello púbico) y proponerme dejar a los niños con mi madre para que festejáramos “donde yo quisiera” su cumpleaños.

Dicho esto, mientras se untaba crema después de una ducha, mi cabeza no paraba de imaginar ese hermoso para de nalgas, redondas y firmes que se procuraba a sus 37 años en religiosas rutinas de gimnasio y sus enormes tetas con pezones y aureolas grandes y rosadas, llamando la atención de todas las miradas masculinas. Como hembra en celo, lista para tener su primera experiencia con otro hombre y estaba pidiéndola a gritos. 

Después de investigar todas las posibilidades, elegimos un bar swinger que resultó bastante corriente. Desde que llegamos a la colonia sacamos la conclusión de que no sería lo que buscábamos, y así fue. La entrada parecía un taller mecánico y afuera había tres hombres con aspecto de maleantes, sentados sobre un vejestorio de asiento de colectivo dispuesto como sofá. Sin mucho ánimo, nos dijeron el costo y que el lugar estaba por cerrar y se sorprendieron cuando aceptamos quedarnos. Bajamos de nuestra lujosa camioneta y se sorprendieron aún más cuando la vieron a ella: Alta, voluptuosa, finamente vestida con unos leggins, entaconada y delicadamente perfumada. No puedo negar que las miradas de aquellos hombres, devorándola, me pusieron a mil y animaron mi noche. Una vez adentro, la cosa no cambiaba.

Los hombres de mejor aspecto parecían albañiles ó choferes. Las mujeres difícilmente agraciadas y a pesar de que la gente ni el ambiente fue de nuestro gusto, estuvimos lo suficiente para dar una vuelta, encontrar un rincón cómodo para acostarla boca arriba, subirle las piernas, bajarle los leggins y hundirle mi cara en la primera y más caliente de las mamadas que le haya dado en público. Cuando ella comenzó a venirse, ya teníamos a varios hombres y parejas masturbándose a mis espaldas. Las miradas de lujuria de aquellos tipos fantaseando con mi mujer y aventando sus chorros de semen al piso y por doquier fue sensacional. Menos mal que existen reglas en esos lugares, de no ser así habría sido violada por ese tumulto de calientes. 

Cuando llegamos a casa cogimos como desesperados. Recreamos la escena y ella se animó a comerme el culo y hasta me prestó su dildo, que hábilmente incrustó en mi ano y todo fueron aullidos de placer. Sin embargo nos faltaba algo. El trío, la verga de otro hombre que ella insistía en mencionar. Nos arrepentimos un poco de no haber aprovechado la noche en el antro. Fue hasta la mañana siguiente que desperté con una idea fija: El masaje de unos viejos baños de vapor que frecuentaba antes de casarme. 

Desde que llegamos al estacionamiento empecé a temblar del morbo. Yo sabía exactamente lo que pasaba al interior de las cabinas individuales cuando te atrevías a solicitar un masaje, y aunque mi esposa no, comencé a prepararla con preguntas cargadas de lujuria: 
- No sabes que delicia de masajes dan aquí.. ¿Te gustaría? 
- Si, uno de pies estaría bien… 

La notaba nerviosa y eso me ponía cada vez más. 
- Pero mi vida, ¿Cómo de pies? ¡Prueba con uno de cuerpo completo! 
- ¿Pero como es?, … bueno, está bien, pero sólo si tú estás ahí y también lo tomas, etc… 

En fin, preguntas y respuestas banales que buscaban justificabar lo inminente. Bajamos del auto y pronto comenzaron las miradas y piropos de los lavacoches dirigidos al culo de mi mujer. Todo un espectáculo de rechiflas desde el estacionamiento, pasando por la recepción y hasta la sala de espera de las cabinas individuales, donde el encargado y media docena de mozos masajistas trataron de disfrazar su lujuria con amabilidad. Entregamos el boleto y un muchacho saltó del grupo para acompañarnos, feliz, llevando toallas y sábanas. 

Nos indicó por dónde y nos hizo caminar delante de él. No me atreví a voltear, pero estaba consciente del espectáculo que daba la figura de mi mujer. Llegamos casi al fondo del pasillo, cabina 14 y justo antes de entrar pude comprobarlo. La mirada de todos esos chacales estaban puestos en ella. Entramos y el masajista cerró la puerta con seguro. Me sentí más tranquilo. Colocó una sábana vieja, casi transparente con el nombre de los baños impreso, sobre el sillón de la cabina seca. Acomodó las toallas, encendió la tv, entró al baño para dejar correr el vapor y nos ofreció algunas bebidas. Seleccionamos un par de sodas y antes de retirarse, nos preguntó si se nos ofrecía algo más. 
- Un masaje para mi mujer, ¿Cuánto cuesta? 

La mirada del masajista se encendió, mi mujer se puso alerta, como no dando crédito a lo que escuchaba. 
- Doscientos pesos, patrón. ¿Lo quiere con aceite o con jabón? 

A lo que mi esposa se animó a preguntar: 
- ¿Cómo es mejor? 
- (La mira con intención) No, pues aquí todo es como usted prefiera, señora. 

Mi mujer bajó la mirada apenada. Para ese momento todos estábamos muy nerviosos y calientes. Yo sugerí que el aceite estaba bien y me puse de acuerdo con el muchacho para que regresara en 20 minutos. Los 20 minutos más largos que pasamos entrando y saliendo de la cabina de vapor, dando vueltas y hablando de trivialidades. Yo miraba el reloj y se me salía el corazón.

Mi esposa se recostó en la banca de la regadera y cerró los ojos. Por un momento pensé en arrepentirme cuando llamaron a la puerta fuertemente. Mi esposa se levanto de un sobresalto y se envolvió tímidamente en una toalla. Yo fui a abrir la puerta, con el pulso a mil, muy ansioso. Y ahí estaba, el mismo mozo con sonrisa de morboso triunfador. Lo dejé pasar, nos pusimos de acuerdo brevemente donde le daría el masaje y mi esposa se tumbó boca abajo sobre el sillón, cuidando que la toalla no dejara mucho a la vista. El muchacho se quitó rápido toda la ropa y cubrió sus genitales con otra sábana vieja y transparente, como la que puso sobre el sillón. Yo me senté en la banca del baño, con la puerta abierta para poder mirar y dejarle maniobrar cómodamente en la limitada cabina seca donde estaba con mi mujer.

Empezó por la espalda, absorto en sus pecas, derramándoles un generoso chorro de aceite mientras mi esposa cerraba los ojos y yo los observaba. Ella es hermosa, castaña natural, con clase. Él un chico moreno, de barrio, de estatura media pero de complexión y manos gruesas. Veía sus dedos rechonchos masajeando con maestría la piel de mi mujer y podía imaginarme el placer que ella estaba por recibir con el grosor de ese pene que empezaba a enderezarse debajo de la sábana que, poco poco, se tornaba más transparente y se adhería más al cuerpo por el vapor que escapaba desde mi lugar.

Pronto le arrancó la toalla y empezó a recorrerla desde la espalda baja hasta las nalgas. Mas aceite. Luego se subió al sillón, sobre ella, repegó su bulto entre las nalgas, brevemente. Luego se hizo espacio a un lado y entre sus piernas. Todo parecía transcurrir hasta cierto punto "normal", así que me recosté para cerrar los ojos. Para ese momento, el masajista ya le había rosado la vulva con sus dedos un par de veces “accidentalmente” y le estaba colocando la rodilla entre sus piernas para continuar con los hombros. Yo los miraba de vez en cuando y seguía sin darme cuenta, hasta que fue obvio que la jalaba por los hombros para pegarle la rodilla en la vulva. Los ojos de mi mujer y la voz entrecortada la delataron. 
- ¿Y dónde les enseñan a hacer masaje? 
- Nos dan un curso en el zócalo 
- Mm. ¿Y que atiendes más? ¿Hombres o mujeres? 
- De los dos. También parejas 
- Son ricos los tríos, ¿verdad? 

La plática de mi mujer comenzó a calentarme. “No sabe de lo que habla pero se está animando” – pensé- así que me paré y cerré la puerta del baño para abrir el vapor y dejarlos hacer. Ella me miró con súplica antes de desaparecer y dejarla sola. Abrí la llave del vapor y un ruido ensordecedor me dejó inmerso en mis pensamientos. Pasaron un par de minutos y cuando salí, el tipo ya le estaba metiendo los dedos cínicamente desde esa postura. Ella, borracha de placer, gemía discreta aún sabiendo que contaba con mi aprobación. 
- ¿No quieres chupársela, amor? . Le pregunté 
- Síiii, si quiero!.. Pero tú vas a ponerle el condón, ¿Está bien? 

Sin mayor problema, fui hasta donde estaban ellos y pude darme cuenta de la tremenda empalmada que traía el joven, que rápido se acomodó para que le viera toda la verga. Abrí el preservativo y se lo puse en la punta, cubriendo la gruesa gota de preseminal que le brotaba. Fui desenrollándolo hasta la base, tirando de sus grandes huevos, valorando lo que mi caliente esposa estaba a punto de comerse. 
- "Lo tengo muy grueso, no me llega hasta abajo". Dijo el muchacho refiriéndose al preservativo. 
- "Mámasela rico, cielo, antes de que me penetre". Dijo mi esposa 

Solo me animé a sonreír y darle unas buenas jaladas para asegurarme de que estaba listo para mi esposa. 
- No mi vida, prefiero que se la mames tú…. 

Sin pensarlo dos veces, el masajista se acerco a ella más animado que nunca y le metió gentilmente centímetro a centímetro, que ella engulló con morbo y pericia.
- Así, mi amor, mámasela como te enseñé…. Muérdele la base, despacito…

El masajista cerró los ojos y echó la cabeza atrás. 
- ¡Aaaah!! ¡Pero que rico la mamas! … Que delicia de mujer … mhmh 

Yo empecé a comerle la concha y a frotarle el clítoris como le gusta. Mi mujer empezaba a contonearse cuando el masajista propuso penetrarla… 
- Ven mamita, levántate, ponte de perrito. 

Me excitaba sobre manera ver a mi esposa como poseída y al tipo enamorado de mi hembra, recorriendo con las manos su espalda hasta tomarla de la cintura con la mirada fija en su talle y ella obedeciendo todo lo que ese hombre le pedía. Súbitamente la penetró. Mi mujer abrió la boca de placer y aproveché para meterle todo mi rabo. La imagen era tremenda, mi esposa estaba siendo follada por primera vez en un trío, disfrutando como desquiciada de nuestras vergas y no pude más, la primera descarga la tiré directamente en su garganta , sin avisar, viendo como se esforzaba en tragarse mi leche mientras tosía y gemía y el masajista arremetía con furia. Mi mujer comenzó a venirse y a pedir tregua, pero él no quería detenerse hasta que se lo pedí yo, un poco molesto. 
- Te estamos diciendo que basta 
- Es que yo no me he venido, se quejó. 
- Sí, pero mi mujer ya no quiere. 
- Pero esque está riquísima, patrón... 

El tipo me miro a los ojos y siguió bombeando sin detenerse. El reto me desconcertó, no sabía que hacer cuando de pronto, mi mujer comenzó a gemir de nuevo. El me sonrío amable y siguió en lo suyo, mi mujer pasó de los gemidos a los gritos y él continuó bombeándola salvajemente, cada vez más fuerte, haciendo un feroz ruido con el choque de las carnes y sus huevos golpeando el clítoris de mi hembra en cada embestida, hasta que sucedió lo inevitable: El masajista bufó y gruño y se salió para arrancarse de un tirón el preservativo y dejar un rastro de semen sobre el pelo, la espalda y el culo de mi mujer. Evidentemente estaba muy caliente por la distancia y cantidad de leche que expulsó. 

Una vez terminamos, la lujuria pasó y teníamos la urgencia de quedarnos solos para disfrutar de nuestro momento. Limpié el semen a mi mujer y despedimos al masajista con una buena propina para terminar de bañarnos y vestirnos. 

Al salir del privado, caminamos por el pasillo y tuvimos que pasar por donde estaba el encargado y el resto de los masajistas con pesadas miradas de acoso, era obvio que habían escuchado los gemidos de mi esposa y lo que su compañero les habrá platicado. Me sentí humillado y hasta un poco intimidado, ya que ni siquiera contestaron nuestra cordial despedida., únicamente se limitaron a mirar a mi mujer con un morbo enfermizo que hoy nos da para follar delicioso al recordarlo y hasta planear nuestro regreso al vapor pensando quien será el próximo afortunado.

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