viernes, 27 de mayo de 2016

La partida de rol

Como tantas tardes, mis tres amigos y un servidor estábamos en casa de Bruno echando unas partidas de rol. En esta ocasión el juego elegido era Descent: viaje a las tinieblas. Teníamos dieciocho años y el mayo había empezado caluroso. Aquel era un año extraño, el último año de instituto entrañaba demasiados cambios. Disfrutábamos de aquellos momentos juntos más que nunca, sabiendo que cuando empezásemos la universidad difícilmente se iban a repetir, por lo menos con la frecuencia a la que estábamos acostumbrados.


Bruno era el anfitrión más recurrente además de claramente el líder del grupo. Sus padres tenían una pequeña cadena de copisterías y tiendas de maquetación repartidas por Madrid y eso hacía que la mayoría de tardes su casa estuviera vacía. Además también era el artífice de que cuatro frikis adictos a los juegos de mesa, el Warhammer y el modelismo no fuéramos unos auténticos pringaos en el instituto. A muy temprana edad nos convenció para apuntarnos al equipo de balonmano del instituto, aunque éramos un equipo malo que participaba en una ya de por sí desprestigiada liga el deporte nos había convertido en chicos más atléticos y socialmente aceptados. El tema del rol, no os diré que fuera un secreto, pero sí algo que llevábamos con bastante discreción.

Borja era sin duda mi mejor amigo, aunque los cuatro estábamos muy unidos yo siempre había sentido que nuestro aprecio estaba algo por encima del que teníamos con los demás. Era algo más bajito que yo, acercándose mucho al metro ochenta, pero su cabello rubio y sus ojos verdes lo convertían en un chico que claramente podía estar en el “mercado”. Si hubiera sido algo más lanzado seguramente se habría comido el mundo con las mujeres. Aun así era el único que tenía novia formal aunque llevaran tan solo seis meses saliendo, Marina, sin ser un la chica más atractiva del instituto, era muy simpática y agradable y la única que de vez en cuando había entrado en nuestro círculo para echar unas partidas con nosotros. Probablemente el ser algo friki como nosotros había conseguido que su relación fuera bastante sólida y que el grupo la aceptase como algo natural.

Alberto era probablemente el menos agraciado de los cuatro, pelirrojo y de piel pálida y pecosa ni siquiera el balonmano había conseguido muscular su cuerpo, teniendo toda la vida lo que coloquialmente llamaríamos cuerpo escombro. Con las chicas le había ido siempre mal, como no podía ser de otra manera. Aunque era un salido probablemente era el más inocente y bonachón de todos nosotros.

Que puedo decir de mí, mido un metro ochenta y tres y soy castaño de ojos marrones. Atlético sin excesos, ni guapo ni feo siempre me he considerado en la media de todo, sin destacar en nada ya sea para bien o para mal. Una de aquellas personas en la que no te fijarías pero que tampoco te molestaría conocer más a fondo.

La partida de Descent había terminado cuando Alberto dijo:

—¿Echamos una eliminatoria de Blood Bowl?

—Por mí perfecto, me he traído a mi escurridizo equipo de Skavens —contestó Borja.

Asentí con la cabeza cuando los tres pudimos ver como Bruno abandonaba el salón.

—¿Dónde va? —preguntaba Alberto que ya estaba sacando de una bolsa su equipo de Enanos.

—Vete a saber, a cascársela —le contestaba divertido Borja.

Al momento apareció Bruno trayendo cuatro mochilas y las dejó en el suelo al lado de la mesa que utilizábamos para nuestros jueguecitos, sin tiempo a preguntarle giró sobre sus talones y volvió a marcharse. Nos miramos extrañados, sin entender que estaba pasando pero cuando estábamos a punto de ir a buscarlo apareció de nuevo con una caja grande y alargada y un maletín de bricolaje, cargando con las dos cosas como podía. Dejó el maletín junto a las mochilas y la caja encima de la mesa, nos miró con ojos juguetones y nos dijo:

—Hoy vamos a empezar un juego nuevo.

Todo aquello era emocionante a la par que intrigante, cualquier juego nuevo era bienvenido para nosotros. Sin más dilación abrió la caja y nos mostró algo increíble, un tablero y un montón de complementos que a pesar de estar bien fabricados se notaba que eran de creación casera. Había dados normales, dados de rol, dados que nunca había visto hecho con cartón y dibujados a manos, varios tipos de ruletas, una de ella con caras de gente, un tablero, cartas, ¡de todo!

—¿De qué va todo esto? —le pregunté con los ojos abiertos como platos.

Él sonrió y con voz casi presidencial nos dijo:

—Queridos amigos, éste es nuestro último año de instituto. Nos conocemos desde los cinco años, han sido muchas las cosas que hemos vivido juntos y nuestra amistad ha sido inquebrantable. Lo que más nos gusta en el mundo es un buen juego de rol, por eso, y después de mucho esfuerzo, he creado uno yo mismo. Yo seré el master del juego y os aseguro que estáis a punto de empezar la experiencia más apasionante de vuestras vidas. Lo que he hecho, queridos amigos, es llevar nuestras rutinarias tardes de aventuras de salón a la vida real —concluyó con una amplia sonrisa.

El tono solemne de todo aquello y la infraestructura que Bruno había creado en secreto me había puesto los pelos de punta, los tres estábamos tan alucinados que no nos atrevíamos a intervenir.

—Al juego lo he bautizado como “Mundo de valientes”, y las normas son muy sencillas. Estad atentos porque voy a enumerarlas:

—Se jugará por turnos, cada participante será elegido de manera aleatoria pero no podrá repetir prueba hasta que el resto de jugadores hayan completado también la suya. Algunas pruebas tienen la peculiaridad de “todos juegan”.

—La temática y dificultad de éstas serán determinadas por el azar, sin subir o bajar de dificultad podrá tocarte una muy complicada para posteriormente otra mucho más fácil. El plazo para cumplir los retos será de un máximo de siete días.

—El éxito de las pruebas deberá ser validado por el master, es decir yo, pudiendo el resto de participantes estar presente en su realización si las condiciones lo permiten.

—El primero que no consiga superar su misión o directamente se niegue a realizarla será expulsado de la partida y habrá perdido, no estando invitado a seguir el resto de la partida ni como mero espectador.

—La existencia de este juego es completamente secreta, no habiendo excepciones.

—¿Alguna pregunta?

—¿Hay algún tipo de recompensa para el ganador? —pregunté ágil.

Bruno me miró con unos ojos que aún hoy en día me aterran, cogió el maletín de herramientas del suelo y poniéndolo también en la mesa contestó:

—Sí, el honor de ser el vencedor y este pequeño incentivo.

Lentamente abrió los dos cierres que tenía y abriéndolo igualmente despacio pudimos ver como por dentro había quitado los compartimentos pensados para las herramientas, martillo, tenazas, destornilladores, etcétera, y lo había sustituido por billetes de cien euros. Ninguno de los tres daba crédito a lo que estábamos viendo.

—¡¿Pero qué coño…?! —fue lo único que alcanzó decir Borja.

—Por si os lo estáis preguntando hay ni más ni menos que seis mil euros —contesto éste ufano.

Estuve un rato reflexionando, pensando en aquel maletín hasta que lo entendí todo.

—¿Fuiste tú verdad?, ¿verdad Bruno?

—¿Fue él el qué? —me preguntaban al unísono Alberto y Borja.

—El que robó el dinero del instituto destinado al viaje de fin de curso —sentencié.

Él, sin una pequeña muestra de vergüenza o mala conciencia me contestó con su eterna sonrisa en la cara:

—Pues claro que fui yo, necesitaba financiación, el premio, un poco de todo. Es nuestro último año de instituto joder, llevamos toda la vida portándonos como monaguillos, vamos a terminar esta etapa por todo lo grande.

Siempre había sabido que de los cuatro Bruno era que tenía una moralidad digamos…más distraída, pero todo aquello me estaba sobrepasando, produciéndome sentimientos del todo encontrados. Decidí no hacer ningún juicio de valor por el momento, tenía curiosidad por saber que más nos iba a contar, de fondo oía a Borja diciendo entre dientes: “se ha vuelto loco, se ha vuelto loco”.

Sin dejarnos decir nada más nos repartió una mochila a cada uno.

—Aquí tenéis el kit de supervivencia, para algunas misiones especiales podréis tener ayudas extras que cómo en cualquier buena partida de rol el azar determinará si se os otorgan o no.

Nos miramos todos entre sí antes de abrirlas, yo decidí tirarlo todo encima de la mesa, la curiosidad estaba pudiendo conmigo. Su contenido consistía en unos prismáticos, un teléfono móvil muy sencillo, unas bridas y cinta aislante. Todo aquello era cada vez más surrealista.

—¿Unos prismáticos? —preguntó Alberto el primero.

—Son para localizar posibles objetivos y además nos servirán para poder espiar las misiones de los demás —contestó Bruno con su tradicional calma.

—¿Y esta patata de teléfono móvil? —siguió Borja

—Para poder comunicarnos entre nosotros, son desechables, así que nadie los puede rastrear. No tienen acceso a internet, tan solo envían mensajes de texto a la antigua usanza y llaman.

—Pero en España es obligatorio registrarte con tus datos reales desde hace tiempo —seguía Borja sin entender muy bien la explicación.

—Efectivamente, agradezcámoslo al puto terrorismo yihadista, pero no os preocupéis, éstos están limpios.

Viendo que mi mejor amigo seguía mirándole extrañado prosiguió con la explicación:

—Los cuatro están registrados a nombres que no tienen nada que ver con nosotros, vagabundos rumanos, dependientes del paquistaní de la esquina, manteros…

—¿Cómo has logrado eso? —seguía Borja erre que erre.

—Pues mira, el más caro me costó cincuenta euros para que me acompañara a comprarse el puto móvil y el más barato una mierda de bocadillo para que me hiciera el favor, el tuyo está a nombre de Muhammad Saleem, el dependiente del Kebab de la esquina —contestó Bruno visiblemente molesto por el interrogatorio de su amigo.

—¿Y las bridas y la cinta? —pregunté yo pensando que de todo el kit era sin duda lo más inquietante.

—Nunca se sabe —me contesto éste guiñándome un ojo.

—¿Bueno qué, jugamos o hablamos toda la tarde? —nos alentó el anfitrión.

Volvimos a mirarnos los tres, recuperándonos aún de aquella sorpresa hasta que Alberto dijo:

—Yo no tengo nada que perder, y los seis mil euros me irían de perlas, mis padres llevan tres años pasándolas putas para no cerrar la frutería.

De los cuatro sin duda a la familia que la crisis había golpeado con más fuerza era a la de Alberto, pensé que aquel dinero ciertamente le iría muy bien, pero fue la intriga y el morbo que hicieron que asintiera con la cabeza.

—¡Así me gusta! –exclamó Bruno sin esperar la respuesta de Borja.

Despejamos un poco la mesa y desplegó en ella el rudimentario tablero que había fabricado él mismo. En la mayoría de sus casillas marcaba “prueba desconocidos”, “prueba conocidos”, además de los típicos “vuelve a tirar” o “dirígete a la casilla de salida”. Todo aquello era una especie de El juego de la oca versión siniestra.

—Cómo soy el master voy a tirar el dado que nos indicará quién de vosotros comienza.

Agarró un dado casero en la que salían nuestras caras además de algún símbolo extraño y lo hizo rodar por la mesa.

—¡Alberto! —exclamamos los tres casi a la vez.

—Muy bien, ahora coge este dado tradicional y tíralo para ver cuantas casillas avanzas.

Alberto obedeció, sacando un tres y moviéndose hasta una casilla de “prueba desconocidos”.

—¡Fantástico! —exclamó Bruno emocionado por el inicio de su juego —ahora coge una tarjeta del montoncito.

El primer participante agarró la baraja de cartas hechas de cartón y extrajo una.

—Léela en voz alta por favor.

La leyó dos o tres veces seguidas sin salir de su asombro hasta que finalmente dijo:

—Debes meterle mano a una viajera del metro el máximo tiempo posible intentando no ser descubierto.

—Te ha tocado una de nivel medio —le decía Bruno entre risas, sobreexcitado con todo aquello.

—Estás como una puta cabra —le definía acertadamente Alberto.

Al día siguiente

No fue fácil que Alberto aceptara siquiera comenzar aquel macabro juego, pero con las horas y hablarlo con la almohada una noche, sumado a la necesidad económica de su familia, decidió aceptar su reto. Estábamos a jueves y eran las siete de la tarde, hora punta en una de las líneas más concurridas de la capital. Había tanta gente que ninguno de los cuatro lograba hacerse con un asiento, nos apretujábamos todos como podíamos dentro del vagón, siendo especialmente insufrible las entradas y salidas de pasajeros a cada estación. Recuerdo pensar que el pelirrojo era un genio, aquel era el mejor momento para llevar a cabo su misión sin levantar demasiadas sospechas. Los cuatro permanecíamos juntos pero no revueltos, expectantes por ver cómo se las ingeniaría. Bruno lo miraba fijamente animándolo a comenzar con la prueba.

Finalmente el jugador número uno nos miró señalándonos con los ojos una chica mulata de aspecto dominicano o cubano de unos treinta años. Estaba agarrada como podía a la misma barra de protección que él, no solo parecía una presa asequible sino que recuerdo pensar que tenía buen gusto. La chica en cuestión llevaba el pelo más bien corto color negro y era atractiva de cara. Tenía unos pechos enormes embutidos dentro de un fino sweater a rayas blancas y negras y su cintura era bastante delgada. Llevaba unos vaqueros negros ceñidos que no disimulaban para nada unas poderosas nalgas, aquellos cuerpos voluptuosos que lucían algunas chicas latinas, con medidas estilo 100-65-100, siempre me habían parecido de lo más apetecibles.

Ante la insistencia de nuestros gestos él se acercó más a ella aprovechando la entrada masiva de personas en una de las estaciones más importantes de Madrid. Desde mi posición podía ver claramente como nuestro amigo ya tenía su paquete clavado en el culo de la presa. Bruno se acercó como pudo hasta mí y me susurró al oído:

—No ha empezado mal.

Los tres lo observábamos atentos y podíamos ver claramente cómo éste aprovechaba que el metro volvía a ponerse en marcha para restregarle más descaradamente el bulto de su pantalón en lo que era uno de los culos más imponentes que había visto en los últimos tiempos. Incluso yo noté cómo se me ponía en estado de medio-erección dentro de mis ajustados Dockers. Alberto nos miraba buscando un signo de aprobación, de prueba superada, pero Bruno lo alentaba a que siguiera, a que fuera un poco más allá. Siguió apretándole el culo con su falo que seguro ya estaba bien tieso sin que ella hiciera el menor signo de resistencia o de darse cuenta. Comenzó a balancearse suavemente, aprovechando el movimiento del tren, para simular el movimiento coital e incluso consiguió ponerle una de sus manos en la cadera.

—Es mi ídolo —nos decía con precaución Borja.

La verdad es que todos estábamos disfrutando de aquella prueba, era probablemente lo más morboso que había presenciado nunca. Nuestro jugador ya prácticamente la tenía apresada contra la barra de acero, acariciándole el lateral la cadera con sumo cuidado y sin despegar ni por un momento el mástil de su culo, tan solo separados por la ropa de ambos, empecé a pensar que incluso la chica estaba disfrutando con aquello. Llegamos a una nueva estación y en un auténtico acto de valentía Alberto fue subiendo la mano que agarraba la barra hasta llegar disimuladamente a una de sus descomunales tetas para acariciarla con disimulo.

Aquello no solo fue muy excitante, por desgracia también fue la gota que colmó el vaso. La chica se giró sobre si misma con un movimiento rapidísimo y le propinó la bofetada más sonora que he oído en mi vida.

—¡Guarro! —le gritaba la muchacha haciéndose paso entre la multitud para salir rápidamente del vagón rumbo a la estación

—¡Joder que leche le ha dado! —decía Bruno riéndose.

Fuimos los tres en su encuentro para disimular un poco, que la gente no se diera cuenta de lo que había pasado mientras aprovechábamos para comentarle lo bien que había realizado la misión.

—Prueba superada —afirmaba el master dándole unos golpecitos de aprobación en la espalda.

—Menudo crack estás hecho —le animaba Borja mientras Alberto acariciándose la magullada mejilla le respondía:

—Calla, calla, que estoy tan cachondo que necesito hacerme una paja con urgencia.

Todos reímos y comentamos lo sucedido, la gran hazaña de Alberto en el metro, había sido una tarde de lo más emocionante hasta que bajamos a la parada que nos correspondía. Estábamos a punto de llegar a las escaleras que dejaban atrás el entramado subterráneo cuando dos guardas de seguridad aparecían de la nada y agarrando a nuestro pelirrojo amigo uno por cada brazo le decían:

—Acompáñenos un momento por favor.

Dos días después

Alberto no solo tuvo que pasar el bochorno de ver sus fechorías grabadas por una cámara de seguridad del metro sino que encima fue interrogado durante horas por los guardias de seguridad de éste, para luego ser trasladado a comisaría y seguir con las hostiles preguntas. La suerte le sonrió, no pudieron localizar a la chica y por el momento al no haber denuncia no pudieron entrar de oficio, pero el susto al chaval no se lo quitaría nadie. Volvíamos a estar reunidos en casa de Bruno, sabíamos que después de aquella mala experiencia de nuestro amigo era más difícil que nos rajásemos, así que nos sumergimos de nuevo en el juego.

—Vuelvo a tirar los dados, recordad que Alberto no puede volver a salir a no ser que salga el símbolo de “todos juegan” —explicaba el master.

—Solo me faltaba otra putada —añadía el aludido que desde el incidente había estado, como es natural, más serio de lo normal.

El dado rodó por la mesa hasta que se detuvo en mi cara.

—¡Carlos! —gritó Bruno disfrutando.

—Ya sabes cómo funciona, ahora tira tú el dado.

Me salió un seis, avancé con mi ficha hasta llegar a una casilla de “prueba conocidos”.

—Muy bien, así vais viendo la variedad del juego, elije una tarjeta —ordenaba el master.

Saqué una que estaba situada más o menos en medio del montón, la miré seguramente menos sorprendido viendo ya cuál era la temática del juego y leí en voz alta:

—Debes conseguir que te hagan una felación.

Recordé que tenía un plazo de una semana y me pareció hasta fácil, si no conseguía que una “folla amiga” me hiciera el favor ya encontraría alguna profesional para terminar la misión, mi única preocupación era imaginarme a estos salidos mirándome, lo que no me esperaba es lo que iba a pasar.

—Como te ha tocado prueba conocidos, tenemos que hacer uso de esta ruleta.

Miré a Bruno extrañado, estaba empezando a entender la diferencia entre las casillas cuando él ya había acomodado otro de sus artilugios de fabricación casera encima de la mesa. Éste era un círculo con varias casillas adornadas con fotos de chicas a las que conocíamos y en el centro había una flecha que se podía mover de forma circular. Sin salir de mi asombro le di impulso y pude ver como después de dar bastantes vueltas se detenía en una casilla concreta.

—¡Adriana! Tienes que conseguir que Adriana te haga una mamada en el tiempo de una semana.

Me quedé perplejo mirando aquella casilla, aquella foto, aquel nombre, hasta que dije:

—¡Hijo de puta!, ¡Adriana es mi hermana!

Notaba la adrenalina disparándose dentro de mí, estaba a punto de saltar por encima de la mesa para abalanzarme contra él pero lejos de consolarme Bruno insistió:

—Lo siento pero las reglas son inamovibles, no existe la repetición de tirada, tienes siete días para que tu hermanita te la chupe o pierdes directamente los seis mil euros además de ser un cobarde.

Definitivamente me levanté con la intención de partirle la cara a aquel cabrón que se hacía llamar mi amigo, Alberto y Borja me sujetaban uno por cada brazo mientras yo le gritaba:

—¡Tú eres un degenerado coño, métete tu juego y tu dinero por el culo infeliz de mierda!

Forcejeaba con mis dos amigos para intentar liberarme y conseguir desahogarme a puñetazos con su rostro mientras él me contestaba con toda la parsimonia del mundo:

—Tienes siete días, puedes cambiar de opinión si quieres. En los teléfonos móviles están grabados los números de los cuatro. Para que no fuera tan obvio he utilizado el nombre que usábamos para jugar al World of Warcraft. Si te lo repiensas, llámame, ahora, ya sabes dónde está la puerta.

Cinco días después

El resto del fin de semana lo había pasado amargado igual que el comienzo de ésta. En el instituto el ambiente estaba muy enrarecido entre los cuatro, tan solo me hablaba con Borja, sabía que él siempre estaría a mi lado. Sin embargo me sorprendía que ninguno de los dos le hubiera plantado cara a Bruno, a pesar de lo enfermizo de las pruebas creo que todos estábamos ya absortos por el juego. Le había dado mil vueltas a la cabeza, reviviendo aquella tirada de dados, la misión, pensando en los límites. Me fijaba en mi hermana y pensaba que era la locura más grande de mi vida.

Cierto es que Adriana era probablemente la chica más liberal que conocía. No me sacaba ni dos años de diferencia situándola a ella en los diecinueve en ese momento y habíamos ido siempre al mismo instituto hasta que ella terminó el último curso y comenzó sus estudios como diseñadora de moda. Lo que para mí era ser abierta y liberal para el resto de estudiantes significaba ser una “golfa” claro. Su fama de “putilla” me había acompañado durante toda la vida, teniendo que aguantar comentarios jocosos aquí y allá. A pesar de todo eso, por muchas ganas que tuviera de seguir con aquel enigmático juego no me quitaba el parentesco de la cabeza ¿Cómo iba a convencerla de algo así? ¿Cómo iba a excitarme con mi propia hermana? Era imposible.

Aquella tarde solo había tenido clases por la mañana. Imaginaba que el resto del grupo estaría en casa de Bruno jugando a cualquier juego de mesa, esperando el vencimiento del plazo que se me había dado para realizar la misión y aquello me enfermaba. Yo había decido quedarme en casa, sin ganas de estudiar después de comer estaba tirado en el sofá en calzoncillos y camiseta devorando series en el salón. Al rato se me acercó mi hermana y me preguntó:

—¿Carlos por la noche me puedes llevar a una fiesta en Pozuelo?, es solo la ida de vuelta ya me pueden traer.

—Joder Pozuelo, eso me queda muy lejos eh, díselo a uno de tus amiguitos pijos.

—¿Te crees que no lo he intentado? Es solo llevarme no seas rancio.

—Haberte sacado el carné de conducir.

—No seas rancio tío, ya te lo compensaré.

—Bueno ya veremos, me lo pensaré —contesté con desgana lo que ella sabía que en el fondo era un sí casi seguro.

—¡Gracias hermanito eres el mejor! —exclamó acomodándose conmigo en el sofá donde estaba estirado y dándome un beso en la mejilla.

—He dicho que me lo pensaré, no que sí —recalqué.

Quedamos de tal forma que tenía a Adriana estirada justo delante de mí, el escaso espacio hacía que tuviéramos que estar muy juntos. Recuerdo que iba vestida con un sencillo top blanco y un pantalón culote de color azul clarito, tan escaso y ajustado éste que marcaba perfectamente la forma de su tanga clavado en él.

—¿Qué estás viendo? —me preguntó.

—El último de Juego de Tronos —respondí yo fijándome en ella por primera vez como mujer.

Quizás mi hermana había sido, o era, una chica fácil, pero lo cierto es que su cuerpo siempre le había ayudado a conseguir cualquier cosa que quisiera. Tenía el pelo negro y ondulado, llevándolo siempre más bien corto. Sus enormes ojos color miel contrastaban con una fina y delicada nariz y unos labios ni gruesos ni delgados. Sus rasgos eran atractivos y harmoniosos, bastante aniñados. Teniendo en cuenta que era la mayor, excepto la gente que nos conocía todo el mundo imaginaba que era el revés, siendo yo de algo más edad que ella. Sus pechos eran bastante pequeños por mucho que lo intentara disimular con toda clase de rellenos o sujetadores realzadores. Tenía la cintura muy delgada, de cintura para arriba siempre me había parecido una chica poco desarrollada, con cuerpo de adolescente. El punto fuerte según todos mis amigos y media ciudad era su culo, con forma de cereza éste era prieto y bien puesto. Le acompañaban unas piernas torneadas y tersas, convirtiéndola en su conjunto en una chica muy deseable.

Al poco rato se quedó completamente dormida en el sofá, fue entonces cuando me di cuenta que su mejor atributo, su trasero, había quedado justo a la altura de mi miembro, apretándolo involuntariamente separados tan solo por nuestra fina ropa. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a reaccionar con aquel contacto, imagino que ayudada por el juego de rol mi imaginación se desbocaba por momentos. El contacto se me hizo cada vez más morboso hasta que pude notar dentro de mi bóxer una erección más que considerable. Ella seguía profundamente dormida mientras yo, con sumo cuidado, restregaba mi bulto por aquel culo que a pesar de pertenecer a quien lo hacía era indiscutible que rozaba la perfección. Estaba tan caliente que mi mente pensaba a velocidad sideral, sabedor de que era posible excitarme con mi propia hermana ya había trazado un plan arriesgado pero quizás factible.

Me levanté como pude de aquel sofá y fui hasta mi habitación, rescaté el anticuado móvil de la mochila escondida debajo de mi cama y envié un mensaje de texto a los tres integrantes del grupo:

En dos horas quedamos en la explanada de la Sierra dónde íbamos a dispararle perdigones a las latas, esconderos entre los árboles y que tampoco se vea el coche.

Además de mí en nuestro grupo solo se había sacado el carné de conducir Bruno, sabía que irían con el Range Rover de su padre, mi mente seguía trabajando casi a contrarreloj. Los tres contestaron con un escueto OK al mensaje, yo me vestí rápidamente y pasé a la fase dos del plan. Volví al comedor y despertando a mi hermana con un par de meneos con la mano le dije:

—Adriana, te llevo esta noche a Pozuelo si primero me haces un favor.

—¿Qué?, ¿cómo? —preguntaba ella aún adormilada.

—Que si me acompañas primero tú a un sitio luego te llevo a la fiesta.

—¿Qué sitio?

—Tengo que ir a la casa que tiene los padres de Borja en la Sierra a buscar unas cosas, si me acompañas luego te llevo. Me da pereza ir solo.

Ella seguía desperezándose sin darme una respuesta concreta mientras yo insistía:

—Va, rápido, que eres muy lenta arreglándote.

—Ya voy, ya voy joder.

Unos cuarenta y cinco minutos después estábamos por fin sentados en mi Seat Ibiza de segunda mano con la L en la luna trasera. Mi hermanita llevaba puesto de nuevo un top banco bastante sencillo y un pantalón negro muy ceñido que resaltaba las virtudes que sabía perfectamente que tenía.

—¿Coño para ponerte otro top igual y un pantalón has tardado tanto?

—Te olvidas del maquillaje enano —me decía señalándose el rímel y la pintura de los ojos.

—Vale sí, lo que tú digas.

El trayecto hasta la Sierra se me hizo largo, aunque mi hermana intentaba amenizarlo lo máximo posible contándome chorradas y sintonizando sus emisoras de música favoritas. Eran los nervios los que se estaban encargando de detener el tiempo. Más o menos a la hora prevista llegué a la explanada y mientras aparcaba a placer con una mano con la otra enviaba otro mensaje de texto:

¿Estáis en posición?

Un par de interminables minutos después me respondía Elfo Nigromante, o lo que es lo mismo, Alberto, desde su móvil analógico.

El halcón está en el nido, “osease”, sí.

Imaginaba que aquella iba a ser la primera ocasión en el que el trío de salidos haría servir los prismáticos. El ridículo que probablemente estaba a punto de hacer iba a ser visto, y seguramente retransmitido, por mis tres mejores amigos.

—¿Es aquí? —preguntó extrañada.

—Sí, sí, aquí mismo, detrás de aquella mata de árboles —mentí.

Salimos del coche y lo primero que hice fue cerrarlo desde fuera y guardarme las llaves, mientras mi hermana miraba a su alrededor cada vez más intrigada yo me apoyaba en la puerta del conductor.

—¿Qué escondida tienen la casa, no? No se ve nada, me daría hasta miedo.

Me la quedé mirando fijamente y entre el morbo de la situación y la perfecta panorámica que tenía de sus excepcionales nalgas noté cómo mi mástil pronto empezaba a reaccionar aprisionado dentro de mis pantalones.

—¿Vamos o qué? —insistió ella inocente.

Me desabroché el cinturón dejándolo encima del techo del coche y lentamente me fui desabotonando los botones del pantalón vaquero mientras le decía:

—Verás Adriana, yo te he prometido que te llevaré a la fiesta y lo voy a hacer, pero el favor que necesito… —mis palabras se entrecortaban, se me aceleraba el pulso y la respiración.

Ella me miraba atónita mientras yo me había bajado el pantalón hasta los tobillos y repitiendo la acción con la ropa interior, mostrándole lo que ya era una notable erección seguía con mi explicación cada vez más nervioso:

—Lo que necesito es que me hagas una mamada —concluí.

—¿Pero tú estás chalado? —me respondió ella creo, sinceramente, que mucho menos enfadada o indignada de lo que me esperaba.

—Súbete eso y vámonos de aquí anda, salido que eres un salido —prosiguió con bastante calma.

—¿Joder tía que te cuesta? ¡Si las has hecho a decenas! —contraataqué con un argumento que se parecía más a una súplica.

Ella se me acercó bastante seria y contestó:

—Ojito con lo que dices eh gilipollas, a ti te importa una mierda las pollas que he chupado o he dejado de chupar. ¡Qué soy tu hermana eh degenerado!

Empezaba a enfadarse y era comprensible, pero yo había llegado tan lejos que no podía fracasar. Imaginaba a mis amigos descojonándose de mí de por vida y encima expulsado de aquel juego/aventura diseñado por una mente tan perversa cómo la de Bruno.

—Vamos hermanita no tiene nada que ver contigo. Es que voy muy salido y lo necesito, hace meses que no me como una rosca, te aseguro que en ningún momento pensaría en ti.

—Que te digo que nos vayamos de aquí antes de que me cabree, si vas cachondo te haces una paja.

—Estoy harto de hacerme pajas y siempre he querido saber que se siente cuando te la chupan, las chicas con las que he estado nunca me lo han hecho —mentí de nuevo.

—Te buscas una puta —prosiguió ella intentando entrar en el coche en el asiento del copiloto y percatándose de que las puertas estaban bloqueadas.

Lejos de lo imaginado, en vez de perder mi erección ésta estaba más hermosa que nunca, la situación se me hacía tan morbosa que no quería quedarme con la frustración costase lo que costase. Tragué saliva y decidí lanzar el último farol:

—Mira hermanita tienes dos opciones, o me la chupas y luego te llevo a la fiesta y te juro que jamás volveré a pedirte nada por el estilo, o te vuelves a patita a casa, y te aseguro que no estamos cerca precisamente. Puedes intentar hacer autoestop, pero quien sabe si lo que te piden será peor que aliviar a tu pobre hermano, y no veo muchos coches por aquí.

Ella volvió hasta mi posición con cara de auténtico cabreo diciéndome:

—¿Pero tú te das cuenta de lo pervertido que eres? ¡Qué soy tu hermana! ¿De verdad no te importa?

Miré fijamente sus ojazos y mientras me acariciaba el rabo le respondí:

—Te juro que no es por ti, simplemente necesito un desahogo.

Ante mi sorpresa Adriana se acercó a mí y poniéndose de rodillas indignada pero no furiosa me la agarró con una mano diciendo entre dientes:

—Puto salido de mierda.

Sin añadir nada más se metió la mitad de mi polla dentro de la boca y comenzó a lubricarla con la lengua, lamiéndome el glande como si de un helado se tratase para acabar metiéndosela hasta el fondo repitiendo la acción, estaba claro que mi hermana sabía perfectamente lo que hacía. Después de haberme lamido de arriba abajo se la sacó momentáneamente para advertirme:

—Cómo no me avises y te corras dentro de juro que te mato.

Volvió a introducírsela entera y agarrándome por la base del pene comenzó a chupármela con tanta técnica como nunca antes había disfrutado. Enseguida empecé a gemir de placer, no podía creerme que mi maléfico plan, diseñado pocas horas antes, estuviera dando sus frutos. Se la metía y sacaba de su interior cada vez más rápido, llegando cada vez más lejos, haciéndome la felación más profunda de mi vida. O era una auténtica profesional o se esforzaba por terminar antes pero la verdad es que estaba disfrutando muchísimo con todo aquello. Seguía succionando sin parar ayudando al movimiento con su mano, aquella mamada/paja me estaba matando.

—Joder hermanita que bien lo haces —no pude reprimir decir.

Ella seguía chupándome la polla mientras que con una mano me pajeaba y con la otra me acariciaba los testículos incrementando así el placer, los sonidos guturales que oía aún me ponían más cachondo. Me arriesgué y con una de mis manos le agarré cuidadosamente del pelo con miedo a que se enfadara, al ver que no reaccionaba acompañé con ella aquel delicioso movimiento.

—¡Qué bien lo haces coño!

Mis gemidos casi se habían convertido en aullidos mientras mi hermana seguía haciéndome la que sin duda era la mejor mamada de mi vida, imaginarme a los salidos de mis amigos espiándonos desde algún lugar entre los árboles aún le daba más morbo a la situación. Ella siguió jugando con mis partes hasta llegar a la velocidad de centrifugado, noté que mi instrumento estaba a punto de explotar y aproveché que aún la agarraba del pelo para retirarla rápidamente, recordando su amenaza inicial.

Al momento me corrí entre tremendos espasmos, lanzándole un par de lechazos encima de su angelical cara y el resto con menos fuerza cayendo sobre su escote y su top.

—¡Mierda cómo me has puesto! —me increpó ella.

Yo estaba exhausto después de aquel tremendo orgasmo, sin decir nada saqué un par de pañuelos de papel y mientras con uno me limpiaba como podía el manubrio el otro se lo daba para que pudiera hacer lo mismo. Me vestí rápidamente, abrí el coche y entré en el asiento del copiloto. Poco después entró ella aún limpiándose los restos de semen que abundaban por su cuerpo.

Arranqué el coche y le eché una mirada al teléfono, en él había tres mensajes de texto:

Menudo cabronazo eres, como me has puesto, ¡crack!

Tío eres la leche, la paja que os voy a dedicar.

Prueba superada.

Al día siguiente

Aquel viernes por la tarde quedamos temprano, sobre las cuatro. Durante las clases todo habían sido miradas cómplices y alguna que otra broma pero ya acomodados en casa de Bruno los comentarios jocosos debieron superar el centenar. Más de una hora después, harto de tanta recreación con lo acontecido con mi hermana dije:

—Bueno qué, ¿seguimos jugando no?

El anfitrión ya había montado el tablero y varios complementos durante el transcurso de aquel rato en el que los chicos disfrutaban recordando lo que, según ellos, había sido la experiencia voyeur más excitante de su vida.

—Por descarte le toca jugar a Borja —dijo el master con los ojos brillantes de la emoción.

Pude notar el miedo en su cara, desde luego una cosa había quedado clara, las pruebas no eran especialmente fáciles, pero la influencia que ejercía Bruno en nosotros empezaba a parecerse más a la de un gurú con sus fieles que a la del líder de un grupo de amigos, y la adicción que suministraba aquel juego se asemejaba al de una droga dura en vena. Sabiéndose el mecanismo Borja agarró el dado y lo lanzó con decisión.

—¡Prueba conocidos! —exclamamos Alberto y yo al ver la casilla en la que caía nuestro amigo después de haber sacado un seis.

Sin añadir nada el master le acercó las tarjetas de pruebas, Borja las ojeó unos instantes pareciendo encomendarse a la suerte para finalmente extraer una y leerla en voz alta:

—Debes compartir a alguien de tu entorno.

Los tres nos quedamos petrificados, sin entender a qué se refería exactamente la tarjeta mientras el anfitrión ya estaba desplegando otra de sus ya conocidas ruletas, en ella todas las fotos que se veían tenían que ver con la familia o las amistades de Borja. Extrañado tanto o más que nosotros hizo girar la flecha con fuerza, deteniéndose ésta finalmente en la foto de su novia Marina. Él le pedía explicaciones a Bruno mientras éste le acercaba otra vez un dado tradicional y sacaba una cartulina con algo impreso.

—Un momento, chicos —añadía Bruno alentándole a que volviera a tirar el dado, —vamos a ver si tienes algún tipo de ayuda en la prueba.

Borja volvía a tirar sacando un cinco y veíamos como el anfitrión nos enseñaba la cartulina dónde había escritas seis cosas.

—Eres un chico con suerte, ¡rohypnol! —exclamó entusiasmado ante la mirada de los tres.

Seguíamos mirándolo inquisitivamente mientras éste seguía explicando.

—Tengo que decirte que no ha sido fácil conseguir el puto fármaco, en España ya no se distribuye desde 2013, pero no hay nada que no puedas conseguir con paciencia, dinero e internet.

—¿De qué cojones estás hablando Bruno? —preguntó finalmente Borja.

—Yo creo que queda bastante claro, tienes que compartir a tu novia con el resto de participantes.

—¿De qué cojones estás hablando Bruno? —volvió a decir éste exactamente con el mismo tono que la primera vez.

El master cambió el semblante de la cara a uno mucho más serio y contestó.

—Digamos que es un todos juegan encubiertos, debes dejar a Marina a merced de Alberto y Carlos, os la tenéis que cepillar los tres.

Aquella situación se estaba poniendo tensísima, yo notaba que mi mejor amigo estaba cerca de machacar a Bruno y no pensaba impedírselo. Por nuestra parte Alberto y yo estábamos en un estado cercano al shock.

—Vamos joder no me mires así, a todos nos daría morbo ver a nuestra novia montándoselo con algún amigo, es una fantasía típica. Y gracias a tu suerte y los conocimientos médicos que he tenido que adquirir a marchas forzaras te aseguro que Marina al día siguiente no se acordará absolutamente de nada, tan solo creerá que se ha levantado con una gran resaca después de una noche de lujuria contigo.

—¿De qué cojones estás hablando Bruno? —repetía él lo que ya parecía haberse convertido en un mantra.

—Somos amigos y lo compartimos todo, ¡todo! Aún no os habéis enterado de que va el puto juego joder. Ya os he dicho que lo podéis dejar cuando queráis. Yo solo te digo que hoy es el día perfecto. Mis padres no estarán en todo el fin de semana, van a la casa del pueblo porque tienen que mirar unos desperfectos o no sé qué. La invitamos esta noche a dormir con la excusa de que vamos a jugar a cualquier cosa, un poquito de vino, una tableta de rohypnol, y pasaremos una noche inolvidable. Ésta es la prueba que nos unirá para siempre Borja, te juro que a Marina no le pasará nada malo, la cuidaremos.

Alberto tragaba saliva compulsivamente incapaz de decir nada mientras yo le decía a Bruno que estaba loco con la boca pequeña, me di cuenta de que el juego ya me tenía demasiado agarrado por dentro, mientras defendía que aquella prueba era una locura con desgana notaba como mi cipote había reaccionado tímidamente pensando en aquella orgía con su novia. La reacción que podía tener Borja seguía siendo una incógnita, al principio parecía que iba a enfurecer de un momento a otro pero a medida que pasaban los minutos parecía incluso estar planteándoselo. El master olfateaba su debilidad como un sabueso y seguía con sus macabros argumentos:

—Te juro que va a ser una noche mágica y nadie sufrirá ningún daño.

La conversación siguió un buen rato, curiosamente en ningún momento Borja pareció ofendido o incluso furioso como cabía esperar, incluso aceptó el reto después de darnos como una docena de advertencias. Me di cuenta que Bruno había dado en el clavo desde el minuto uno, a la parte más oscura de mi mejor amigo aquella prueba le excitaba tanto como a nosotros. Entre unas cosas y otras ya debían ser las siete y media de la tarde cuando llamó a su novia invitándola a lo que aparentemente sería una noche de juegos de mesa y copas de vino barato.

Alberto, Borja y yo empezamos a beber enseguida, necesitábamos entonarnos para lo que podía pasar aquella lluviosa noche de viernes. Para cuando llegó marina a eso de las nueve y pico ya estábamos algo “alegres”. Borja la saludó cogiéndola de la cintura y con un apasionado beso de tornillo en la misma entrada de la puerta, ella conseguía separarlo un segundo y le decía:

—Menudo recibimiento cariño, ¿estás algo achispado no?

Alberto estaba tan nervioso que nunca lo había visto tan poco natural, yo me debatía internamente entre el miedo, la adrenalina y la excitación mientras que Bruno actuaba con la naturalidad de un sociópata, una de esas personas que después de detenerla y saber que tenía a cincuenta personas emparedadas por toda la casa los vecinos declaraban ante los medios de comunicación: “era tan amable y servicial…”

—Y bueno chicos, ¿con qué juego empezamos? —preguntaba Marina estando ya sentados todos alrededor de la mesa.

—Con un clásico, Vampiro la mascarada —le contestaba su novio mientras el anfitrión le servía la primera copa de vino.

Jugamos un buen rato entre risas forzadas y copas hasta que vi claramente como Bruno me hacía una seña con los ojos. Marina había expresado que no quería beber mucho más así que supe enseguida que aquella última copa es la que llevaría la droga. No sé si era la realidad, el alcohol, o el morbo de lo que habíamos planeado, pero aquella noche la novia de Borja me parecía más apetecible de lo normal. Su cabello teñido de rojo intenso contrastaba perfectamente con sus ojos verdes claro y su tez blanquecina. Llevaba rato mirándole los carnosos labios pintados a juego con el cabello.

No pasó mucho rato cuando la chica empezó a experimentar los primeros síntomas, “me siento algo mareada”, repetía de vez en cuando. Los cuatro nos mirábamos de reojo, si el master lo había hecho bien ella debía mostrarse confundida pero no inconsciente, era difícil saber cuál era el momento de empezar a actuar. Bruno le hizo una señal a Borja para que empezara él a tantearla, al fin y al cabo eran novios, tenía consentimiento para propasarse con ella. Mi amigo se le acercó y directamente puso una de sus manos en los carnosos pechos de ella, acariciándolos sin mucho disimulo por encima de aquella camiseta del grupo Manowar diciéndole:

—No te preocupes mi amor, te debes haber pasado con el vino.

Ella parecía realmente mareada, ajena a aquellos tocamientos Borja siguió magreándola ante la atenta mirada del resto mientras le besaba por el cuello. El que no le parara los pies nos hacía pensar que la prueba había comenzado oficialmente, aquellas vistas ya me habían provocado una buena erección.

—No me siento bien, estoy muy mareada —repetía ella casi sin poder sostenerse sentada en la silla.

—Ven conmigo cariño que te llevo a un sitio más cómodo —le decía éste ayudándola a levantarse.

Con uno de sus brazos alrededor de su cuello y la mano de su novio sobándole ahora el culo se levantó como pudo de la mesa mostrándome aquel trasero que, aunque generoso quizás en exceso, embutido dentro de aquellos vaqueros negros y rotos por algunas partes se me hacía deseable. Cierto es que quizás tenía algunos kilitos de más, no muchos, pero como ya dije al principio del relato las mujeres voluptuosas siempre me han gustado.

Marina se desplomó a los pocos metros cayendo de rodillas encima de una alfombra, a medio camino del sofá.

—No puedo ni andar, no sé qué me pasa —farfullaba ella con voz narcotizada.

—No te preocupes mi vida es solo que estás un poco borracha —le susurraba Borja mientras ni corto ni perezoso le quitaba como podía aquella camiseta del grupo heavy metal, dejándola vestida solo con un sujetador negro de cintura para arriba.

El resto del grupo nos levantamos rápido poniéndonos a su alrededor, sin ser una modelo sabía con certeza que Alberto no se había follado una chica así en su vida, era probablemente el que estaba disfrutando más con todo aquello. Borja seguía decidido cumpliendo con su misión, desabrochándole hábilmente el sostén y liberando dos buenos melones, algo caídos por su tamaño que rozarían sin duda la talla cien. Aunque no tenía una cintura demasiado delgada, siendo allí donde se le notaba más la grasa, la vista de aquellas estupendas tetas me pusieron más caliente aún. Su piel era tan blanca y aquel cabello rojo fuego la hacían parecer una Elfo del bosque.

Su novio prosiguió jugando con aquellas buenas mamas a la vista de los tres sin que ella opusiera ni la más mínima resistencia mientras noté como Bruno me daba un par de palmaditas animándome a unirme a la fiesta. Me puse detrás de ella también de rodillas y desde mi posición comencé a acariciarle los pechos suavemente, con mucho cuidado, en ese momento me preocupaba mucho más la reacción de mi mejor amigo que la de ella. Al ver que nadie me paraba los pies seguí cada vez más animado, agarrándolas con fuerza y pellizcándole los duros pezones.

Despacio la tumbamos en aquella alfombra y mientras Borja le sujetaba la cabeza con cuidado yo le quité las zapatillas y desabrochándole los pantalones vaqueros conseguí quitárselos con algo de dificultad por los tobillos, teniendo un primer plano de su blanco culo que aun siendo algo grande y ligeramente fofo se veía más que pasable.

—Me encuentro mal —insistía ella completamente drogada.

Envalentonado le quité también el fino tanga negro que llevaba mientras veía como Borja ya se había sacado el mástil y se lo restregaba por los labios y la cara diciéndole:

—Tranquila mi vida estás bien, está todo bien.

Me desvestí yo también de cintura para abajo mostrando mi chorra que estaba completamente empalmada, la cogí de las caderas poniéndola a cuatro patas y miré a su novio que no cesaba en frotársela por la boca. Borja asintió con la cabeza en señal de aprobación y sin darle más vueltas al tema coloqué mi glande en la entrada de su vagina, la lubriqué un poco con algo de saliva y la penetré despacio. Mi polla entro con algo de dificultad pero sin dramas, seguí empujando con delicadeza hasta que la noté tan al fondo que mis ingles chocaron contra sus nalgas.

—¡Joder! —no pude evitar exclamar.

Lo cierto es que el placer era inmenso y yo estaba muy cachondo, mientras seguía metiéndosela y sacándosela cada vez más animado a la novia de mi mejor amigo pude ver como éste había conseguido introducirle la polla dentro de la boca, y agarrándola por el pelo se estaba haciendo una especie de mamada asistida. Aquella imagen aún me excito más si eso era posible. Mi manubrio completamente lubricado entraba y salía de su cueva sin ninguna dificultad a medida que yo iba aumentando el ritmo de las embestidas, intentando contener inútilmente auténticos gemidos de placer. La penetraba con tanta fuerza que notaba el vaivén de su cuerpo moviéndose adelante y atrás.

Ya no lograba entender lo que decía Marina, con el rabo de Borja en su interior solo oía pequeños sonidos guturales mientras yo seguía follándomela mientras podía ver como sus generosas nalgas se enrojecían por las sacudidas. De reojo vi como Alberto se había bajado los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y se tocaba ansioso supongo que esperando su turno.

—Tranquilo Alberto que enseguida termino —conseguí decirle con la voz entrecortada.

Cumpliendo mi promesa la agarré fuertemente por las caderas y metiéndosela hasta lo más profundo de su ser me corrí entre numerosos espasmos, llenándola de leche.

—¡Joder no te corras dentro! —me gritó el novio más preocupado por terminar su auto felación que realmente enfadado.

Después del brutal orgasmo que había tenido me estiré sobre la alfombra completamente cansado por el esfuerzo mientras veía como Borja retiraba el cipote de la boca y la tumbaba esta vez boca arriba mirando a Alberto y diciéndole:

—Tu turno.

Éste ni se lo pensó después del sufrimiento que le había supuesto la espera, terminó de desvestirse y se abalanzó sobre ella colocándose entre sus piernas. Mientras nuestro pelirrojo amigo acomodaba el instrumento en la entrada de su coño Borja terminaba con la mano lo que había empezado y se corría sobre la cara de Marina que estaba tan narcotizada que ya ni se quejaba.

Al momento comenzaba a disfrutar de ella Alberto, moviéndose patosamente sobre ella y gimiendo como un cochino en día de matanza, desde luego el pecoso estaba necesitado, los tres nos reíamos con aquello.

—¡No os riais de mí cabrones! —nos gritaba él entre gritos de gozo.

Mientras seguía con aquel coito tan friki yo tenía una perspectiva lateral de lo más sugerente, viendo como las tetazas de Marina se movían arriba y abajo al ritmo de las torpes embestidas de nuestro amigo. También podía ver como Bruno observaba todo aquello con cara de satisfacción, sabiendo el increíble poder de convicción que tenía sobre nosotros.

—¡Qué buena que estás putilla! —gritaba nuestro amigo mientras la penetraba con furia a la vez que la sobaba por todas partes.

—No te pases —marcó Borja los límites.

Alberto siguió disfrutando de aquel regalo no demasiado tiempo más hasta que se corrió entre movimientos tan arrítmicos y descompasados que por un momento pensé que tenía un ataque epiléptico. Gimió con tanta fuerza que estaba seguro que acabaría viniendo un vecino a quejarse. Se separó de ella y ya éramos los tres los que descansábamos encima de aquella alfombra que debería tener rastros de flujos por todas partes.

—¡Coño! ¡Otro que se corre dentro! —le increpó Borja más serio esta vez.

—Prueba superada —dijo el master.

Cuatro días después

Ni aquel fin de semana ni el lunes hablamos de lo sucedido aquella loca noche de viernes, pero lo que tenía claro es que ninguno de los cuatro estaba arrepentido de lo sucedido. Tal y cómo había predicho Bruno, Marina se despertó la mañana del sábado muy aturdida y lo achacó todo a la resaca. Cómo no recordaba nada de lo sucedido solo tuvimos que decirle que se bebió una botella de vino ella sola.

Era martes por la tarde, el día elegido para seguir con nuestro excitante juego.

—Bueno chicos ya hemos terminado una ronda, volvemos con el dado de azar para ver quien hace la siguiente prueba —indicaba el master.

Alberto se animó lanzando aquel extraño dado con nuestras caras y algún símbolo, saliendo por primera vez uno de éstos.

—¡Todos juegan! —exclamó Bruno entusiasmado.

—Ya que Alberto ha tirado el dado que Borja o Carlos se muevan por el tablero.

Borja tenía el dado más a mano y lanzó cayendo con aquella cuarta figura en la casilla de “prueba conocidos”. Estaba claro que me correspondía a mí la responsabilidad de elegir una de las tarjetas de pruebas, Bruno me acercó el montón, uno especial para misiones grupales, sin pensármelo dos veces saqué una carta y leí en voz alta incluso antes de hacerlo por dentro:

—Debéis abusar de una conocida.

Impactados por lo que acababa de leer, sin tiempo a reaccionar, el anfitrión puso encima de la mesa la enésima ruleta y él mismo le dio impulso a la flecha. En ella reconocí pocas personas, la asistenta del mismo Bruno, una boliviana de muy buen ver, o la portera de la finca de Borja entre algunas otras fotos.

—¡Shui! —gritó el master entusiasmado viendo la casilla elegida por el azar.

—Por los que no le sepáis Shui es la mujer que regenta el bazar chino que está cerca del instituto —aclaró éste antes de que ninguno de los tres pudiéramos haber abierto la boca aún.

—¡Qué suerte cabrones! Siempre me he querido tirar a esa oriental —seguía Bruno.

Borja muy serio, se frotó el mentón y con tranquilidad dijo:

—Entonces, la prueba simplemente consiste en violar a la china de la tienda, ¿no?

—Exacto, esta vez veo que lo habéis pillado a la primera.

No tuve tiempo, mi mejor amigo se levantó tan rápido que para cuando reaccioné ya había tirado a Bruno de la silla al suelo mientras le gritaba:

—¡Te voy a partir la cara puto degenerado de los cojones!

Antes de que lograra darle el primer puñetazo Alberto y yo ya habíamos conseguido llegar hasta él y detenerlo, en ese momento mi amigo parecía tener la fuerza de Sansón, los esfuerzos por contenerlo eran casi titánicos.

—¡Puto enfermo, gilipollas, me cago en tu puta madre! —Seguía éste a medida que conseguíamos alejarlo de su víctima lentamente.

Bruno se levantaba con toda la calma del mundo, tocándose aquí y allá para ver que estuviera todo en su sitio y decía:

—De verdad que temperamento tienes Borja, aún no lo hemos ni discutido.

—¡¿Discutir el qué psicópata?! —seguía éste fuera de sus casillas.

El anfitrión nos miraba a los tres y señalando con la mano las sillas nos decía:

—Sentaros por favor, nadie está obligado a jugar a nada, hablémoslo.

Borja pareció tranquilizarse un poco, conseguí que se sentara en la silla y decidí no hacer yo lo mismo para poder quedarme justo detrás de él agarrándolo por los hombros, esperando no tener que volver a intervenir pero preparado para ello. Alberto sí se sentó, tan angustiado por aquella situación que parecía que fuera a llorar de un momento a otro.

—Chicos —dijo a modo de introducción el master.

—Veréis, sé que puede parecer muy fuerte la prueba, de hecho os aseguro que no hay ninguna igual en el resto del juego pero…

—¡Pero nada capullo! —interrumpió Borja que parecía nuevamente furioso.

—Déjame terminar y después de esto no volveré a decir nada más —aclaró Bruno antes de proseguir.

—Todo esto, todo el juego, el dinero, ¡todo! Todo lo he hecho por nosotros. El año que viene os iréis todos a la universidad, incluso Alberto que parecía que sus padres no podrían hacerse cargo de los gastos ha conseguido una beca. Todos haréis nuevos amigos, viviréis nuevas experiencias, os iréis del barrio, todos excepto yo que seré gerente de una de las putas tiendas de mis padres y me pudriré allí para siempre. Los cuatro sabemos que éste es el último año para estar juntos, en un par de meses nos encontraremos de vez en cuando y nos enviaremos algún whatsapp para navidad y a tomar por el culo.

—Claro, y has pensado que violar a una china nos unirá para siempre, ¿no? —esta vez fui yo quien intervino.

—He pensado que cruzar los límites juntos nos unirá para siempre, sí. Nos hará especiales, dueños de nuestro destino. Nos dará un recuerdo, algo que jamás contaremos a nadie y que será un vínculo inquebrantable hasta que nos muramos.

—Será un bonito recuerdo cuando nos enchironen a los cuatro —añadió Alberto poco dado a participar en estas discusiones.

—Vamos no me jodas Alberto, ¿te pasó algo a ti cuando le metiste mano a esa dominicana en el metro?

—Pues casi, ¿ya no te acuerdas?

—Un paripé de la policía hombre, a nadie le importa esta gente. Sabéis tan bien como yo que a la policía les importa una mierda lo que les pase a los inmigrantes hoy por hoy. Suficiente trabajo tienen. Además los chinos nunca denuncian nada, lo sé de buena tinta ya sabéis que mi primo es policía nacional. Una vez me contó que socorrieron a un amarillo al que le habían dado ocho puñaladas y después de que los médicos le salvaron la vida, en su declaración dijo que se había caído por las escaleras. Es parte de su código. ¿Una oriental que ha sido abusada por unos chicos? Eso no es noticia amigos míos.

—Hazlo tú si tantas ganas tienes —argumenté.

—Está bien, ok, os propongo un trato. Olvidemos que soy el master, esta prueba la realizaremos los cuatro y será el fin del juego, la guinda al pastel. Cuando terminemos abriré el maletín y os daré dos mil euros a cada uno, el premio repartido entre vosotros tres. A mí me la suda la pasta, yo lo que buscaba desde el principio es no perderos para siempre. Última prueba chicos, con esto nos despedimos de la adolescencia para pasar a una larga y aburrida vida como adultos.

Por increíble que os parezca, en ese momento los tres ya estábamos algo más cerca de realizar aquella monstruosidad, es difícil de explicar si no se conoce a Bruno en persona.

Dos días después

La tarde nos la habíamos pasado repasando los detalles, el maléfico plan que Bruno había diseñado con la facilidad del que se organiza un plan de ejercicios para el gimnasio. Eran las ocho pasadas y los cuatro hablábamos nerviosos sentados en un banco cerca del establecimiento que regentaba Shui. Todos íbamos preparados con nuestras mochilas rellenas de bridas y cinta aislante.

—El bobo de su marido a las 20:30 en punto veréis como coge su furgoneta y se marcha dejándola sola en el local —seguía aleccionándonos Bruno.

Desde luego que Shui no era un derroche de simpatía, era correcta y poco más, pero comparada con su marido era un derroche de virtudes. Éste era el típico chino gritón y malcarado que siempre iba de un lado a otro con la furgoneta cuando no estaba gastando todos los ahorros familiares en la máquina tragaperras del bar de al lado.

—A las 20:45 todos los locales de la calle cierran o empiezan a cerrar pero los chinitos siempre apuran hasta las 21:15 o más —seguía con las explicaciones el máster— allí será cuando la pillemos.

Los minutos iban pasando y yo estaba tan nervioso que sentía el latir de mi corazón en la garganta, Borja parecía haber visto un fantasma y Alberto estar realizando verdaderos esfuerzos para no vomitar, todos sentíamos terror excepto Bruno que seguía con su habitual conducta inalterable.

—Son las nueve y cuarto casi chicos, ya sabéis que os toca hacer, yo me encargo de la parte más complicada —sentenció el líder.

Tal y cómo había advertido en la calle todos los locales comerciales habían cerrado ya y prácticamente no se veía ni un alma, justo en ese momento Shui apareció en la entrada de su negoció y con la típica barra de metal con gancho al final empezó a bajar lentamente la verja de éste. Desde nuestra posición pudimos ver cómo al momento se le acercaba Bruno hablándole con la mejor de sus sonrisas, no sabía exactamente que le estaba diciendo, pero según el plan algo así como que sí tenían libretas o cualquier estupidez por el estilo. Ella contestó con una sonrisa forzada y entraron juntos en la tienda, el famoso espíritu comercial de los chinos fue su perdición.

Pasaron un par de minutos interminables hasta que me atreví a preguntar:

—¿Vamos chicos?

—¿Con la cara destapada, de verdad? —repreguntó Alberto sacando un tema que ya teníamos más que discutido.

—No queremos parecer atracadores de bancos a los ojos del os vecinos, ya lo hemos hablado joder —dijo Borja levantándose el primero.

Entramos rápidamente al establecimiento los tres, cerrando detrás de nosotros la verja de éste con el gancho que aún seguía colgando. Me giré rápidamente y pude ver como Bruno la tenía contra la pared, parecía estar solo hablándole pero ésta ya se había dado cuenta de que nada bueno iba a pasarle. Los cuatro fuimos velozmente a su encuentro ayudando al master a rodearla. Una vez allí, fijándome en ella, el miedo por el acto atroz que estábamos a punto de cometer se mezcló por primera vez en mí con excitación.

Era una de esas orientales muy difíciles de saber su edad, aunque parecía de treinta y pocos probablemente llegara a los cuarenta. Los ojos rasgados siempre me habían puesto caliente y aquella chinita sin duda estaba de muy buen ver. Había sido uno de los años más calurosos que recuerdo y en vísperas del verano las temperaturas ya eran muy altas. Shui llevaba un vestido bastante escotado y cortito y unas sandalias, un atuendo sexy y sorprendentemente occidental.

—Bueno, bueno, bueno, pues aquí estamos guapa —le decía Bruno que por primera vez parecía ansioso. En realidad pensé que él no había participado en ninguna de las pruebas del juego y seguramente este hecho le llevaba tiempo reconcomiendo por dentro.

—¿Qué queréis? No tener dinero —contestaba ella en un español aceptable teniéndonos a los cuatro cada vez más cerca, creando un semicírculo que la aprisionaba contra una de las paredes de la tienda.

—No es exactamente dinero lo que queremos amarillita sexy —le contestó el master que parecía estar disfrutando muchísimo de todo aquello.

Su cara fue de auténtico pánico, dijo unas palabras en chino y justo cuando estaba a punto de gritar hábilmente Bruno le tapó la boca con cinta aislante, dejando que sus palabras se ahogaran dentro de ésta.

—¡Chsss! —la mandó callar con autoridad— es una lástima que me obligues a taparte esta boquita tan bonita de chupa pollas que tienes.

Al momento ella se intentó liberar de nosotros con todas sus fuerzas, intentando pedir ayuda inútilmente con su boca amordazada, arañándonos a más de uno con sus afiladas uñas, pero la fuerza de los cuatro fue más que suficiente para retenerla.

—¡Veo que además de una deslenguada eres una puta gata eh! —Le decía Bruno a la vez que conseguía llevarle las manos a la espalda e inmovilizarlas con una de las bridas.

Completamente indefensa la empujó con fuerza contra la pared y le dijo:

—Mira chinita, te vamos a follar los cuatro, si no te resistes no te pasará nada malo, pero si me haces enfadar aunque sea un poquito más te juro que no saldrás de esta.

Increíblemente Shui pareció tranquilizarse un poco al sentirse completamente vencida, pero a su vez sus preciosos ojos orientales se inundaban de lágrimas. Mientras ésta parecía aceptar la situación con una entereza que jamás habría imaginado nuestro líder ya tenía una de sus manos sobándole las tetas por encima del fino vestido.

—No me digáis que no está buena la putita —nos comentaba mirándonos de reojo sin dejar de tocarla— llevo queriéndomela follar desde niño.

Nosotros seguíamos bastante en shock por la situación mientras él seguía metiéndole mano, magreándole los pechos e incluso acariciándole la entrepierna por encima de la ropa.

—Hoy nos lo vamos a pasar en grande.

Siguió un rato disfrutando de su cuerpo ante el pavor y la pasividad de la víctima, intentó quitarle el vestido pero al tener las manos atadas por atrás se dio cuenta de que no era posible. Volvió a coger la mochila y después de rebuscar un poco entre ella sacó un cutter.

—No te preocupes guapita, no te voy a hacer daño, es solo para ayudarme con la ropa.

La cara de Shui medio tapada por la cinta aislante era un auténtico poema, una mezcla de tristeza, sometimiento y rabia. Puso la hoja del cutter en la intersección de su escote, y con decisión pero con cuidado rajó de arriba abajo su estival vestido, desposeyéndolo de él, ahora sí, con mucha facilidad. A la vista quedaba un bonito y delgado cuerpo tan solo tapado por su ropa interior de color blanco. Sin perder ni un segundo puso las manos en su espalda y le desabrochó el sujetador dejándolo caer al suelo.

—No están mal tus tetitas para ser una come arroz —le dijo nuestro amigo que ya se había convertido en un auténtico psicópata ante la pasividad de nosotros tres.

Bruno manoseaba unos buenos pechos, firmes aunque algo pequeños, probablemente de una talla ochenta y cinco mientras nos tentaba:

—Animaros chicos, estos meloncitos merecen ser sobados.

Yo seguía bastante paralizado por la situación aunque notaba como el bulto de mi pantalón era cada vez más grande, fue sin embargo Borja el primero que se atrevió a unirse a la fiesta, acariciándola con delicadeza, haciendo hincapié en sus pezones que estaban en punta como cañones a punto de disparar aunque seguro que no por la excitación.

—Que buena que estás chinita —decía Bruno mientras dejando al otro juguetear con la delantera de la oriental le quitaba primero las sandalias para después bajarle las finas braguitas hasta el suelo y deshacerse de ellas por los pies.

Shui hizo un pequeño amago de resistencia, pero enseguida una gélida mirada del master la persuadió. ¿Qué podía hacer atada y amordazada ante cuatro chicos? Tan solo podía intentar salir lo menos dañada posible de todo aquello.

Creo que los cuatro quedamos gratamente complacidos al ver que la china llevaba el sexo rasurado a excepción de una fina ralla de vello púbico que tapaba con clase la vulva. Su cintura era delgada hasta marcarse las costillas pero completamente desnuda se le apreciaba un culo precioso, terso y muy bien puesto, menos plano de lo que habríamos imaginado. Me di cuenta que además de las mujeres voluptuosas las de medidas cercanas a 85-58-90 y con rasgos orientales también eran completamente de mi agrado.

—No me imaginaba que las amarillas os cuidaseis tan bien los bajos —le decía Bruno mientras que con sus dedos le masajeaba circularmente el clítoris ante los gemidos de protesta de ella. Por arriba Borja seguía disfrutando de aquellos escasos pero deseables pechos, manoseándolos cada vez más animado. Yo no había participado en ningún momento pero me notaba más y más cachondo por momentos mientras que Alberto parecía estar al borde del desmayo.

—Bueno amigos, tenemos que disfrutar todos de ella, recordadlo —nos advertía el líder mirándonos de reojo.

Después volvió a coger el cutter y paseando su afilada hoja con delicadeza por todo su cuerpo le dijo:

—Te voy a soltar y a quitar la mordaza, pero te juro por mis muertos que como intentes algo raro, lo que sea, y no hagas E-X-A-C-T-A-M-E-N-T-E lo que te digamos, te cortaremos el cuello, ¿comprendes lo qué te digo puta china?

Shui rompió a llorar de manera aún mucho más visible a la vez que asentía con la cabeza mientras Bruno cortaba las bridas que la ataban para posteriormente retirar de un tirón la cinta aislante de sus labios.

—Verás, es que necesito tu boca un ratito, recuerda lo que te he dicho —le dijo mirándole a los ojos— ahora ponte de rodillas.

Ella obedeció tímidamente sin dejar de llorar a la vez que éste se desabrochaba el pantalón y lo bajaba hasta los tobillos junto con sus calzoncillos.

—Chúpame la polla osito panda —le ordenaba restregándole el miembro erecto por sus finos labios.

No se resistió, le agarró la base del pene con una mano y con desgana pero sumisa se introdujo su cipote dentro de la boca, metiéndoselo y sacándoselo sin demasiado interés.

—¡Vamos! Sé que puedes hacerlo mejor guarrilla —le decía Bruno agarrándola por el pelo para ayudarla con el movimiento.

Mientras asistíamos a aquella obligada felación, el master le hacía un gesto a Borja en señal de que se apuntara al juego. Mi mejor amigo sin pensárselo se desvestía rápidamente de cintura para arriba mostrando una notable erección.

—Muy bien Shui, muy bien, lo estás haciendo mejor. Ahora me voy a poner yo de rodillas y tú me la sigues chupando mientras te pones a cuatro patas —le ordenaba mientras le guiñaba un ojo a Borja.

Ella obedeció, siguiendo con aquella mamada a veinte uñas, colocándose en pompa justo delante de nosotros tres mientras que Borja se colocaba detrás también de rodillas, restregando el falo por las firmes nalgas de la oriental. Enseguida la excitación pudo con mi mejor amigo y sin darle más vuelta la agarró por las ingles y la penetró vaginalmente con bastante dificultad, emitiendo gemidos de placer y molestia a la vez que también lo hacía la china, en su caso, puramente de dolor.

—¡Joder que buena que estás! —no pudo evitar exclamar Borja en el que la excitación hacía tiempo que había vencido a la culpa.

Ella se las tuvo que ingeniar para seguir con aquella felación a Bruno mientras el otro seguía penetrándola cada vez con más fuerza y menos dificultad, los alaridos de los tres resonaban por toda la tienda. Siguió embistiéndola cada vez más rápido, más profundo, moviéndola involuntariamente adelante y atrás ante las quejas de nuestro master.

—¡Joder Borja tranquilo coño que así ni me la puede ni chupar!

—Tranquilo que enseguida termino —contestaba éste entre dientes mientras la penetraba aún con más fuerza.

Bruno desesperado decidía retirar su polla de la boca de la china y esperar a que realmente terminara, observando como Borja seguía un par de minutos más hasta que se corría agarrándole las tetas desde atrás con tanta fuerza que se las enrojecía.

—¡Lo ves!, ¡lo ves!, ya no podía más —se justificaba exhausto después de su tremendo orgasmo.

Finalmente se separaba de ella para tumbarse en el suelo a recuperarse mientras que el master se desvestía del todo y se estiraba encima de la moqueta de la tienda diciéndole:

—Vamos ven aquí putilla, que me toca a mí.

Ella aún estaba recuperándose cuando insistió:

—¡Ahora joder!

Recuperando el aliento se puso a horcajadas encima del más depravado de los cuatro sin que éste se callara ni por un momento.

—Así me gusta, vamos métetela entera, ¡fóllame!, ¡fóllame!

Pude ver perfectamente el gesto de dolor de Shui justo en el momento en el que el miembro de Bruno se metió en su interior y sin darle margen a recuperarse él ya se movía arriba y abajo mientras le agarraba fuertemente por el culo.

—Así joder así, seguro que tu marido no te folla así de bien —le decía mientras que con sus manos le ayudaba a encontrar el ritmo deseado.

—¡Joder sí, sí! ¡Qué bien lo haces puta! ¡Sigue! ¡Sigue! Se te da mejor follar que chupar.

Me sentía tan cachondo que la moralidad había muerto para mí, sabía que aquella noche yo también sería uno de los que se desahogaría con el deseable e inocente cuerpo de la china. Bruno le agarraba ahora con fuerza las tetas sin dejar de cabalgarla hasta que cogiéndola por los hombros la estiraba sobre él en busca de nuevas posturas. Con ella completamente tumbada sobre él y siguiendo con aquel coito veía el culo de Shui moverse arriba y abajo, excitándome hasta tal punto que yo también me desnudé de cintura para abajo. Bruno me miró por encima del hombro de la oriental y me dijo cómo pudo:

—¡Así me gusta coño! Únete a nosotros.

Yo no entendía muy bien la proposición hasta que me dijo:

—Seguro que encularla tiene que ser maravilloso Carlos.

Cegado por el deseo no lo pensé más, me acerqué hasta ellos y acomodándome encima de la china comencé a restregarle la polla por el culo que ya chorreaba líquido pre seminal por la calentura. Oí como ella se quejaba diciendo algo en chino entre sacudida y sacudida de Bruno que permanecía debajo animándome a que lo hiciera. Metí el glande en la entrada de su culo y con un esfuerzo terrible y doloroso conseguí metérselo entre mis gemidos y sus gritos.

—Muy bien Carlos, ¡dale por el culo! —seguía hablándome Bruno con una voz cercana al orgasmo.

Aunque el conducto era estrecho, casi seguro que virgen, mi lubricación natural y la excitación hicieron que a la segunda embestida mi chorra entrara casi hasta la mitad, los gritos de ella eran parecidos a los de alguien a quién están matando.

—Vamos solo un poquito más chica, un poquito más —la animaba mientras seguía empujando con fuerza.

Seguí presionando hasta que conseguí meterla por completo hasta lo más hondo de su agujero, sintiendo mi rabo absolutamente atrapado en su interior creí morir de placer. Con muchísimo esfuerzo conseguí que mi miembro pudiera deslizarse lentamente por aquel celestial conducto, aquella especie de sándwich sexual en el que nos habíamos convertido fue demasiado para Bruno que pude notar como se corría entre fuertes gemidos. Mientras intentaba recuperarse del esfuerzo yo seguía luchando con aquel delicioso trasero que sin duda era su atributo más atractivo, consiguiendo poco a poco meterla y sacarla con algo menos de dificultad. De fondo oía al master diciendo:

—Vosotros a lo vuestro chicos, yo voy a intentar salir de aquí.

Lo consiguió con cierta habilidad dejándonos solos a ella y a mí, momento que aproveché para colocarla de nuevo a cuatro patas y yo de rodillas follándomela analmente en posición perruna. Agarrándola fuertemente por las ingles pude ayudarme a seguir haciéndome paso por aquel delicioso culo que me estaba dando sensaciones nunca experimentadas.

—Joder qué cabrón ya se me podría haber ocurrido a mí —oía lejanas quejas de Borja.

Poco a poco mi polla de deslizaba con más soltura en su interior, pudiéndola penetrar cada vez con más fuerza y velocidad.

—¡Qué culazo tienes tía! —le decía a medida que mis palmas dejaban sus caderas para agarrarle las tetas desde atrás, notando como éstas se movían a cada embestida. Seguí enculándola mientras con una mano le magreaba los pechos y la otra había bajado hasta su clítoris y lo frotaba con entusiasmo, no podía estar más cachondo.

Ella no había dejado de quejarse ni farfullar palabras en chino en ningún momento, pero tal y como le había advertido Bruno no había opuesto ningún tipo de resistencia a nuestras peticiones. La sacudía con tanta brutalidad que me dolían las ingles de tanto chocar contra sus nalgas hasta que sin poder evitarlo, le agarré cada teta con una de mis manos y me corrí entre incontables espasmos llenándola de semen en lo más hondo de su interior. Gemí tanto que me quedé afónico automáticamente, aquel fue el orgasmo más espectacular de todos los que había tenido hasta la fecha, superando con creces el obtenido por cortesía de Marina, la novia de Borja.

Cómo pude salí de su interior y conseguí vestirme, viendo que tanto Bruno como Borja hacían lo mismo y oyendo a Alberto, del que ni nos acordábamos, decir:

—¡Joder que falto yo!

—Date prisa pringao, fóllatela mientras nosotros vamos recogiéndolo todo —le contestaba Bruno.

Alberto tardó más tiempo en correrse que nosotros tres juntos, eligiendo además la posición del misionero nos dimos cuenta enseguida que todo aquello lo tenía realmente acojonado por muy salido que estuviera. De repente fui consciente de lo que habíamos hecho, miré a los ojos de mis dos amigos y antes de poder decir nada Bruno comentó:

—Tranquilos chicos, esta gente no le importa una puta mierda a nadie, lo tenemos todo controlado.

Cuatro años después

Estimado Juan,

Mucha ha sido la ayuda que me has brindado en mis años de encierro en esta cárcel que ya es mi casa. Te envío todo lo sucedido aquellas semanas intentando ser lo más sincero posible con la intención de que te ayuden a terminar tu novela. No he añadido detalles del juicio, ya me contaste que de esa parte se ha ocupado Borja. Aquello fue un puro formalismo, las pruebas eran tan arrolladoras que aún siento vergüenza recordando cuando las enumeraban.

Tan solo espero que el mundo sepa la verdad, todo lo malo que hicimos pero también lo que no hicimos. Son muchas las cosas que se leyeron en la prensa, en periódicos más sensacionalistas que el tuyo. Éramos jóvenes, manipulables, pero tampoco quiero que eso sea ninguna excusa. Probablemente la gente crea que ningún castigo será nunca suficiente, por mi parte el vivir años en una celda de aislamiento por miedo a que algunos presos comunes me linchen sí creo que es, cuanto menos, un buen comienzo para purgar mis pecados. Por favor, aunque sé que nada quieren saber nada de mí, dígales a mis padres y a mi hermana que les quiero.

Parece ser que a Borja y a mí pronto nos darán el tercer grado, no tengo quejas de mi abogado, aun siendo de oficio me brindó siempre un buen servicio. Alberto lo tiene peor, aquel incidente en el metro fue perfecto para que la fiscalía lo definiese como un depredador sexual reincidente y demostrado.

Qué puedo decir de Bruno, quizás solo tuvo suerte y consiguió huir antes de que nos acabaran deteniendo, o puede que estuviera en su plan desde el principio. Después de tanto tiempo no sé si me gustaría cruzarme con él o no, tampoco tengo nada que decirle. Me lo imagino siempre en una playa paradisíaca, con una piña colada en la mano y riéndose de sus amigos los “universitarios”.

Espero que podamos hablar pronto sin un cristal entre nosotros.

Atentamente:

Carlos Ramírez

Un mes antes del tercer grado

Me despierta Daniel, el funcionario encargado de vigilarme por las mañanas. Golpea las rejas de mi celda y entre los barrotes me tira un periódico diciéndome:
—Pues mira, veo que ahora aún seréis más famosos.

Ojeo la información que me señala, reza así:
Detenidos en Dublín cinco jóvenes acusados de cometer varias violaciones en grupo. Por el material incautado por la policía se asocian sus brutales acciones a un macabro juego de rol. La desgarradora noticia ha conmovido a toda España, recordando los terribles sucesos del 2016 ocurridos en la capital del país, perpetrados por los ya conocidos como Los violadores de los dados.

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