miércoles, 25 de mayo de 2016

Fiestas de barrio

Lucía y yo nos casamos hará más o menos un año, somos bastante jóvenes, Lucía tiene 22 y yo 23. Ella es una chica preciosa. Tras cuatro años de noviazgo los dos teníamos claro que queríamos estar juntos.

En septiembre son las fiestas del barrio donde creció mi mujer. El barrio se engalana. En la plaza principal, a pocos metros del piso de mis suegros, montan un escenario y traen algún grupo para amenizar la noche. Se instalan un par de barras y los vecinos beben, comen, bailan y en general lo pasan bien. A mí no me van demasiado estos eventos, pero está claro que Lucía echa de menos su barrio y su gente. Por eso acudimos todos los años.

Llegamos a eso de las nueve, nos esperaban sus padres, el bueno de Gerardo, y Nati su hermosa esposa. Son una pareja peculiar, no parecen pegar demasiado. Él es un tipo jovial, bonachón, alegre y dicharachero, ella es bastante cortante, un poco borde diría yo, y también altanera. Sólo se relaciona con un selecto grupo de vecinos. Y en lo físico, totalmente distintos, Gerardo es de estatura media y con un importante sobrepeso, de cara redondeada y barriga prominente. En cambio, Natividad, que debe andar sobre los cincuenta, tiene una figura impresionante, cuando se coloca un vaquero su trasero podría pasar por el de una de dieciocho. No voy a negar que a menudo le pego un buen repaso visual a mi suegra. De cara es bastante guapa, ojos verdes, pelo oscuro y labios carnosos. Lucía, por suerte, de aspecto es casi un calco de su madre.

Comenzamos por tomar unas cervezas y unos pinchos. Pronto Gerardo comenzó a alternar con unos y con otros, como he comentado es muy conocido y querido entre los vecinos. Su mujer en cambio, se queda junto a nosotros, casi sin hablar y mirando a todos por encima del hombro. De vez en cuando se aproximaba al oído de Lucía para criticar este o aquel modelito, de esta o aquella vecina. Yo me aburría como una ostra y decidí que tenía que poner fin a aquella situación. Me fui a la barra y volví con una botella de vino fino y unos vasos de plástico. Me consta que Nati apenas bebe, y se me ocurrió que si conseguía que pillara un puntito, quizá le diera por divertirse y la noche se hiciese más amena. Mi suegra en principio rehusó, pero al final conseguí convencerla para que tomase un vaso, debió gustarle, porque al poco me estaba pidiendo más. Lucía me lanzaba miradas acusadoras, pero yo le devolvía una sonrisa cómplice. Después de tres vinos, mi suegra, ya reía y bailaba, y la verdad lo hacía muy bien. Le había dado calor y se había desabrochado un botón de la camisa dejando asomar su estupendo canalillo. Por si no lo he comentado antes, sus tetas son de un tamaño considerable.

La noche siguió avanzando y después de los vinos pasamos a los cubatas, incluida Nati que estaba exultante, incluso un par de veces me agarró para que bailase con ella. Gerardo iba y venía con unos y con otros. En una de las ocasiones se llevó a Lucía pues había encontrado a unos viejos amigos y quería presentárselos.
- Nati.- Le dije a mi suegra.- Me estoy meando, ¿Dónde puedo ir a evacuar? Los bares de la zona están hasta la bola.
- Yo tengo que ir a cambiarme de zapatos, estos me están matando, subamos a casa.- Me contestó

Pasamos junto a mi mujer y mi suegro, y les comentamos que íbamos a subir al piso, estaban muy entretenidos y no nos prestaron mucha atención. El portal de mis suegros está en una de las calles que dan a la plaza, no tardamos ni un minuto en llegar. Como era de suponer, el edificio estaba vacío, sin duda todos los vecinos estaban en la plaza. Cogimos el ascensor y subimos al quinto. El piso es amplio, antiguo pero muy bien reformado, y la verdad, Nati lo tiene decorado con un gusto exquisito.
- Luis, creo que estoy un poco borracha.- Me dijo mi suegra
- No te preocupes, supongo que medio barrio también lo está.- la tranquilicé.
- Sí, pero es que se me pasan unas cosas por la cabeza…no me hagas caso.

Entramos y recorrimos el largo pasillo, yo entré en el baño y ella se fue en dirección al dormitorio. Me estaba meando de lo lindo, y no me entretuve en cerrar la puerta, levanté la tapa y empecé a liberar mi orina. El chorro caía y caía y no paraba.
- ¡Que suerte tiene la niña!- Oí decir detrás de mí. Nati, gracias al espejo me estaba viendo la polla.
- Pero suegra, ¿me estás mirando el pito?-. Me entró la risa, era una situación extraña.
- Es que tienes una buena herramienta…y la culpa es tuya por darme vino-. Mientras mi suegra se excusaba, yo me daba las últimas sacudidas para desprenderme de las últimas gotas.- Además una aún tiene necesidades, y tu suegro, pues la verdad… anda, bajemos, y de esto chitón.

Nati se giró y comenzó a avanzar por el pasillo, la falda estrecha por arriba y suelta a la altura de la rodilla le hacía un culo muy deseable, por un instante se me nubló la razón. La agarré desde atrás e introduje una mano por el escote, después bajo el sujetador atrapándole un pezón que tenía redondo y duro.
- Que buenas tetas tienes Nati.- Ella suspiró y movió su trasero buscando el bulto de mi pantalón. Le di un par de besos en el cuello y luego pasé mi lengua por su nuca.
- Estás loco Pablo.- Me dijo sin dejar de frotarse conmigo.
- Y tú estás muy caliente Nati, y me has puesto muy cachondo.- Con la mano libre me las había apañado para quitarle un botón de la falda, escurrirme dentro de sus bragas y comprobar que estaba completamente mojada.
- Estoy como una perra. ¿Vas a follarme? Pueden subir.- El miedo la atenazaba, pero el deseo podía más. La empuje hacia la habitación donde había dormido Lucía hasta hacía poco tiempo, y que ahora mantenía como dormitorio de invitados.
- Ponte sobre la cama, a cuatro patas, ¿te gusta a cuatro patas?- Le subí la falda hasta la cintura y le quité las bragas. Tenía un culo redondo y bastante duro, de piel blanquita, y unos muslos potentes entre los que se asomaba un coño cubierto de abundante vello oscuro, que pedía a gritos ser follado.

No hubo preliminares, más valía no arriesgar. Me coloqué detrás de ella, de rodillas sobre la cama, me bajé pantalones y slip y le metí toda mi verga despacio primero. Luego comencé a bombear con fuerza, estaba muy excitado con todo aquello. Ella al principio intentaba contenerse, no hacer demasiado escándalo, pero no pudo soportarlo y acabó chillando como una loca, menos mal que la música de abajo tapaba sus aullidos.
- ¡Dame más polla!, ¡joder cabronazo, que buena! Me vas a destrozar. ¡Uff, voy a correrme ya, no pares! ¡Siiií, me corro!

Arqueó su espalda, dejando a mi vista un trasero aún más voluptuoso, y después de un orgasmo largo e intenso, por fin se relajó.
- Vamos, córrete tú ahora.- Me dijo- pero dentro, no vayas a sacarla ni mariconadas de esas, quiero tu leche dentro.

Estaba completamente sorprendido de la transformación de la estirada de Mati, menuda fiera, y menuda boca, parecía haber olvidado el lenguaje timorato y recatado de siempre. No tardé ni medio minuto en comenzar a descargarme dentro de la inflamada vulva de mi suegra. Ella ahora lanzaba su culo contra mi polla con tal energía que creía que me la podía romper.
- Anda, bajemos.- Le dije en cuanto pude separarme.
- ¡Uff, ha sido un buen polvo!, pero yo sigo con ganas. Bajemos

Nos recompusimos la ropa y salimos del piso, aun sudorosos y algo alterados.
- Espero no haberte parecido una cualquiera, me he puesto como una moto. El vino…-Me dijo en el ascensor
- No te preocupes, la verdad es que me ha encantado, me ha sorprendido, pero me ha encantado.
- No deberíamos repetir, ¿verdad?
- Quien sabe…-reí de buena gana.

Al final llegamos junto a Lucía y su padre, que seguían charlando con los vecinos de antes. La besé en la boca de manera ardiente.
- ¿Me has echado de menos?- Sonrió Lucía
- A penas.- Le contesté yo todo exultante.

A eso de las 4 de la mañana decidimos que era hora de marcharnos. Mis suegros insistieron para que nos quedáramos a dormir, pero decidimos volver a nuestra casa. Me apetecía mucho echar un buen polvo con mi mujer.
- Oye Pablo, me ha parecido ver a mi madre tocándote el culo mientras bailaba.
- Te habrás confundido cariño, ¡tu madre, con lo seria que es!

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