jueves, 5 de mayo de 2016

Encuentros libidinosos con mi tía

Esta es la primera de las varias situaciones calientes (y reales) que he vivido con mi tía en la última década. Cuando ocurrió todo yo era un adolescente con las hormonas por las nubes, y ella acababa de cumplir los cuarenta (ahora tiene cincuenta y yo veintiséis). Mi tía es alta, aunque no demasiado, entonces estaba más delgada que ahora, con buen pecho sin llegar a ser muy voluminoso y un gran culo. Tiene el cabello castaño y siempre me ha parecido guapa. He de decir que actualmente todavía me pone bastante cachondo, y más después de lo que pasó y que a continuación os voy a relatar.

Recuerdo que mi tía me ha dado morbo que empecé a fijarme en las mujeres. Siempre le miraba las tetas, o sus bonitas piernas cada vez que llevaba falda, que por cierto era bastante a menudo. Si se ponía sandalias en verano, aprovechaba para mirarle discretamente los pies, que me parecían preciosos y deseaba chuparlos y lamerlos. A veces, cuando venía con mi tío y mi primo a casa, al sentarse todo el mundo en el sofá y ocupar todas las plazas, me sentaba en el suelo, y así tenía una buena perspectiva para mirarle las piernas e intentar verle las bragas, cosa que conseguí en alguna ocasión. 

Ella es maestra, así que si no entendía algo de lengua o quería repasar, iba a su casa y me lo explicaba. Se sentaba a mi lado, y yo, más que atender al análisis gramatical de las frases, estaba pendiente de su escote, del canalillo y del sujetador que a veces asomaba. También me ponía muchísimo cuando nos recibía en pijama, o en un chándal de estar por casa, o a veces en camiseta que se notaba que no llevaba sujetador debajo. 

En el 2.001, año de la primera historia, nos fuimos de vacaciones mis padres, mis tíos, mi primo y yo a Benidorm. Hasta entonces lo único que había hecho era mirar a mi tía todo lo que podía, intentando no ser descarado, pero nada más. En la playa y en la piscina me ponía a mil verla en bikini, a pesar de estar con el resto de la familia. En los primeros días ya habían caído unas cuantas pajas pensando en ella, pero el cuarto día pasó una cosa que me inspiró mucho más para los futuros onanismos. Estábamos todos en su habitación, porque hacia más fresco, y los demás acababan de salir a la terraza. Yo miraba una revista, y cuando mi tía se agachó en el otro lado de la habitación a recoger algo del suelo, el sujetador del bikini, que debía de estar mal atado, se le cayó y le pude ver las tetas de perfil. Ella se lo puso rápidamente mirándome colorada y riéndose, aunque a mí casi me dio más vergüenza. “Vaya, me lo tendré que atar mejor”, se lamentó. Yo me reí un poco y bajé la cabeza otra vez a la revista. Luego lo contó a los demás, que no se habían enterado, y debió de asegurarse bien el nudo porque no le volvió a pasar, por lo menos delante de mí. 

Esa situación me dio para hacerme una o dos pajas en el baño; sin embargo, lo que pasó al día siguiente me dio para muchas más, y es que pude sobarla a mi gusto por todo el cuerpo, sin levantar sospechas y pareciendo el cándido e inocente niño que siempre aparenté ser. Resulta que ese curso en Educación Física nos enseñaron a hacer masajes, sobre todo por las piernas y la espalda. Aunque hacerlo en el instituto ya me gustó bastante, pudiendo masajear a las chicas de mi clase, quienes disfrutaban sobando y dejándose sobar por los chicos, no era nada comparable a palpar el cuerpo cuarentón de mi tía, desde la nuca, hasta los pies. 

Era la hora de la siesta, y casi todo el mundo dormía o leía en la terraza. Mi tía me preguntó que qué tal las asignaturas y los exámenes, y tras comentar las notas de historia, latín, griego, lengua, filosofía, etc., le dije que en Educación Física habíamos hecho baile y masajes. “¡Anda, qué bien! Yo siempre he querido aprender a dar masajes”, me confesó. Entonces se me ocurrió lanzar el anzuelo, a ver si había suerte, y vaya si la hubo. “Si quieres, te doy un masaje con todo lo que nos enseñaron, que a mí me pusieron muy buena nota. Nos han explicado cómo darlo en cada parte del cuerpo, porque es diferente en cada sitio, y a mí me salía bastante bien”. Le pareció muy buena idea, ya que para ella no tenía ninguna connotación sexual ni se podía imaginar que estaba deseando tocarle cada centímetro de piel, pero para mí iba a ser una experiencia única. No sólo porque le iba a poder acariciar el cuerpo y notar como se estremecía su carne según cómo le masajeaba, sino porque iba a estar casi desnuda y le vería más de lo que había visto hasta entonces. 

Se tumbó en la cama, y yo me arrodillé en el suelo, junto al borde. No había nadie dentro de la estancia; los demás estaban en la terraza o en la otra habitación. Tenía el campo libre. Ella llevaba una camiseta, una pequeña falda pareo y las sandalias, y debajo el bikini. Estaba boca abajo, con todas las prendas puestas. Le subí la camiseta hasta los hombros, al principio no me ayudó. Pero le dije que se la tenía que quitar para poder hacerlo mejor y así lo hizo. Después de todo, yo sólo era su sobrino y no podía tener intenciones perversas. Seguí preparando el terreno: le subí la falda hasta el principio del culo, dejando por el momento la braga tapada por el pareo. Pasé las manos por toda la pierna hasta los pies, simulando que calentaba o algo así, como estudiando la forma en que iba a hacer el masaje. En los pies, la descalcé despacio, procurando tocarle toda la planta y los dedos mientras lo hacía, muy lentamente, recreándome. 

Tengo que confesar, en honor a la verdad, que apenas nos enseñaron unos masajes básicos en espalda, piernas y sienes. Pero yo le dije que el profesor nos instruyó en masajes por todo el cuerpo: cabeza, espalda, tripa, piernas, pies, e incluso el culo. Esto último le sorprendió un poco, pero tampoco se extrañó y pensó que era normal. Inicié el masaje arriba, en la parte que me parecía menos erógena, para ir calentándome poco a poco. Le hice movimientos en círculos por los hombros y omóplatos, y le friccioné el cuello. Se lo fui haciendo un rato, bajando despacio por la espalda cubierta tan solo por el cordón del bikini. Cuando llegaba cerca del culo, volvía a subir, simulando que lo hacía muy profesionalmente. Para entonces ya me había empalmado un poco, pero más tarde se me pondría la polla dura como una estaca. Le pregunté si le daba igual desabrocharse el bikini, para que no me molestara al pasar las manos por la columna y los costados. “Bueno…”, dudó, pero ella misma desató el nudo. Tenía la espalda desnuda ante mí, así que me afané en hacérselo bien, relajándola y que disfrutara sin la tensión de que su sobrino estaba gozando al tocar y amasar su cuerpo. Por eso entablé algo de conversación, sobre las los días en que aprendimos los masajes, y anécdotas varias de compañeros de clase. Dio resultado y pronto pareció haberse olvidado de que tenía las tetas casi al aire, apretadas contra el colchón. Podía ver bastante bien el perfil, ya que además mi tía estaba con los ojos cerrados y la cabeza vuelta hacia el otro lado. Creo que lo estaba haciendo bien, y que verdaderamente mi tía sentía placer con los masajes que le daba. 

Entonces pasé a las piernas. Ella no dijo nada, simplemente disfrutaba del masaje, sin sospechar que tenía una enorme erección. La polla se apretaba contra la cama, tenía ganas de sacarla del pantalón y metérsela a mi tía. Hice esperar el masaje de las piernas porque era la parte que más me gustaba, y quería deleitarme antes con otras zonas del cuerpo. Como ya he dicho más arriba, le subí la faldita hasta el comienzo del culo, con lo que le veía la parte baja que se metía en la entrepierna. Se la subí más, siempre con cuidado de no parecer tener segundas intenciones. Al subir la falda dejando el culo tan solo cubierto por la braga, le dije “te pongo aquí la falda, para que no me moleste”, y ella ni se inmutó: “vale vale…” me contestó, con voz adormecida. 

Como tenía el culo bastante ancho, la braga sólo le tapaba la mitad de cada moflete, y le veía un gran trozo de las nalgas, que además rozaba cada vez que podía. Me ponía mogollón masajearle los muslos, tocarle toda la pierna sin pudor, subiendo y bajando, sin despertar sospechas. Bajé a las pantorrillas, siempre con un ojo puesto en el culo. Después de estar un rato en los gemelos, agarré el muslo con ambas manos, rodeando la pierna, para que así se abriera sin tener que decírselo. Acercaba las manos a su coño, tocándole con los pulgares el inicio del culo, pero ella no abría las piernas para dejarme más espacio. Entonces me arriesgué y se lo pedí una vez más; no había llegado tan lejos para ahora echarme atrás: “tía, ¿separas un poco las piernas para que te pueda rodear bien el cuádriceps? Este masaje viene bien para la circulación”, me inventé. La verdad es que estaba con la imaginación inspirada, y mentía muy bien. Ella no puso ninguna pega y separó las piernas algo más de un palmo, lo suficiente para verle bien la zona del chocho: la braga se le metía por dentro de la raja y se le salían algunos pelos negros. Debía de tener una buena mata de vello castaño oscuro. Le rocé el coño por fuera y le toqué los pelos, varias veces, pero rápidamente, mientras le masajeaba los muslos. Ella no sé si se percató, pero no hizo nada. Pasé la mano por el culo, y la volví a bajar por el muslo, la rodilla, y las pantorrillas. Hubiera estado más tiempo en la zona del culo, pero no quería levantar sospechas, y era lo que conseguiría si seguía tan cerca de esas partes. 

Le dije entonces que si quería, pasaba a la última extremidad, los pies. Afirmó con la cabeza pegada a la almohada, y murmuró “sí…”. Eso me alegró y me elevó el pulso, deseaba sobarle los pies. Aparte, estaba claro que se había relajado bastante y le había entrado sueño. Así mejor, pues seguramente no se diese mucha cuenta de lo cerca que habían estado mis manos de sus genitales. Le cogí los pies, y primero le hice como unos estiramientos de las piernas, y después masajeé el estrecho talón, acariciándolo. También el puente; me recreé mucho porque hacía tiempo que deseaba hacer eso, además sin que ella estuviera muy pendiente. Al contrario, no se la notaba tensa, sino relajada. Le palpé cada uno de los dedos de los dos pies, desde el gordo hasta el pequeño, una y otra vez. Puede que fuera el momento en que ella más pudiera haber notado que estaba excitado, pero no creo que fuera así. Me descentré del masaje y le toqué las uñas, el espacio entre los dedos y debajo de éstos; me entraban ganas de chuparlos. Aprovechando que estaba tan adormecida, no pude más y le pasé la lengua por el dedo gordo, muy rápido. Esperé su reacción pero no se movió, así que lo repetí en el del otro pie. Tampoco pareció darse cuenta, y me supuso un alivio, porque para eso no tenía ninguna excusa preparada. Froté un poco más ambos pies, pero estaba que no podía más, me tenía que masturbar. 

Le pregunté si quería más, que ya había terminado todo que me habían enseñado. Aún me quedaba una última agradable sorpresa. Se incorporó para contestarme, sin recordar que llevaba desabrochado el bikini. Éste se quedó en la cama y le pude ver sus hermosas tetas, algo caídas pero no pequeñas ni excesivamente grandes, de pequeños pezones color marrón oscuro. Dio un gritito pero no se mostró muy avergonzada. Lo cogió y se lo puso tranquilamente, sin importarle que se las viera perfectamente y de cerca. Incluso dijo mientras se ponía el sujetador “la segunda vez que me las ves jaja”, para quitar tensión. Y tensión sí que tenía, pero acumulada en una zona y tenía que descargar. Salimos a la terraza para ver qué hacíamos, si ir a la playa, a la piscina del hotel, u otro plan. Dijeron de ir a la piscina, de modo que bajamos todos, que ya llevábamos el bañador puesto. 

Una vez abajo, yo ya había ideado mi estrategia: me dejé adrede la gorra en la habitación de mis tíos, así que al poco de estar en las hamacas, le dije a mi tía que me la había olvidado y me dejó la llave. Tenía vía libre. Quería hacerme una paja, pero en el cuarto de mi tía. Subí y en un instante me quité la ropa. Estaba desnudo en la habitación de mi tía, me parecía una situación muy excitante. Quería deleitarme pero sabía que no tenía mucho tiempo, porque podrían darse cuenta que tardaba demasiado. De todas formas, quería disfrutar del momento y lo iba a hacer. Salí desnudo al balcón. Había mucha gente abajo, en una piscina, pero por suerte no era la parte donde se había instalado mi familia. Nadie se dio cuenta, además estaba bastante alto y ninguna persona se giraba hacia arriba. Nunca me había exhibido, pero hacía ya algún tiempo que eso era algo que me daba morbo, y me di cuenta que era una situación única. Lástima que de abajo apenas se viera. Miré hacia los edificios de alrededor y no vi tampoco nadie. Estaba nervioso y el no divisar a nadie que me pudiera sorprender me sosegó. Me asomé y miré a la gente, era una gran sensación estar allí, en pelotas, contemplando cómo la gente se bañaba y tomaba el sol. Entonces levanté la vista y vi en un hotel de enfrente, no lejos, una mujer de unos cincuenta años, que había salido al parecer a dejar una toalla. Mi primer impulso fue meterme dentro; no obstante, no lo hice, porque pensé que eso era lo que quería cuando salí. La miré y ella se apoyó en el balcón, mirando fijamente. Debía de estar algo extrañada de que un chico joven saliera así al balcón, y se quedara en cueros aun cuando ella miraba. Me senté y la polla me empezó a crecer. Ella no quitaba ojo, con curiosidad, sobre todo cuando comencé a subir y bajar la piel, despacio, dejando el brillante prepucio al descubierto. Pero masturbarme delante de ella me pareció un poco fuerte, y además yo había subido pensando hacer otras cosas, así que me levanté y me dirigí hacia dentro, no sin antes darme la vuelta (con la polla en la mano), y mirar a la mujer, a modo de despedida. 

Rebusqué en la maleta de mis tíos y cogí ropa interior de mi tía. Eran bragas blancas y amarillas. No era suficiente: las dejé donde estaban y busqué la ropa sucia. Por fin, en un compartimento de la maleta, vi todo lo usado por mi tía: camisetas, sujetadores, y bragas. Cogí dos bragas y las olí, el aroma me embriagó. Me tumbé en su cama y, con las bragas en una mano, junto a la cara, y la polla en otra, me masturbé placenteramente. El olor a coño de mi tía era muy estimulante, y no tardaron en venirme las ganas de correrme. Aunque hubiera estado más tiempo, cogí papel higiénico, para terminar pronto. Después de lo del balcón, ya habían pasado unos cuantos minutos. Cuando estaba a punto, paré, y volví a darle, así un par de veces. Pero finalmente mi polla no pudo más, y me corrí abundantemente sobre mi tripa, con las bragas de mi tía en la cara. Me limpié y dejé todo bien. Bajé a la piscina, pero como mi primo estaba en el agua, y mi padre y mi tío en el bar, nadie se percató de que había tardado. Le dejé la llave a mi tía de nuevo. Únicamente tuve un fallo: con las prisas y la emoción, se me había olvidado coger la gorra.

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