jueves, 5 de mayo de 2016

Encuentros libidinosos con mi tía: el verano II

El verano siguiente, mis tíos pusieron en su terraza una piscina de ésas de plástico azul, que ocupan poco sitio. Ya había pasado un año desde los masajes y no confiaba en que la situación pudiera repetirse, además no me atrevía a ofrecerle una nueva sesión, por miedo a parecer demasiado descarado. De modo que me conformaba con ir a su casa algunas tardes y bañarme con mi primo, con la esperanza de que mi tía nos acompañara un rato y así poder verla en bikini.

Algunos días de los que iba, mi primo estaba poco tiempo porque tenía que ir a repaso, y se solía quedar después con sus amigos jugando a fútbol hasta tarde. Así que a veces, mi primo o se iba pronto, o directamente no se bañaba, y yo me quedaba solo. Y aquí es donde empieza la segunda historia. Fue un día de finales de julio aproximadamente, de bastante calor. 

Mi primo se fue a repaso y no volvería hasta la hora de cenar. Mi tío trabaja a turnos, de manera que una semana iba de tarde, otra de mañana, y otra de noche. Este día iba de tarde, por lo que no volvería hasta más de las doce de la noche. Me quedé solo en la terraza, con mi tía dentro haciendo sus cosas. Estaba leyendo un libro en una tumbona, cuando ella salió y me dijo que iba a varios sitios, y tardaría una hora o así. 
- Si quieres, cógete algo y meriendas. 
- Vale vale, no te preocupes. 

Se fue y me quedé solo. En seguida mi mente calenturienta se puso en marcha y me acordé del verano anterior, cuando salí desnudo a la terraza. Sin pensarlo un segundo más, me quité el bañador y me quedé en pelotas, allí, en la terraza de mis tíos. Nadie podía observarme, pues sólo hay una casa desde cuyas ventanas se puede ver la terraza, pero está vacía y no vive nadie. Con un hormigueo en el estómago, me dirigí al interior de la casa, y maquiné a ver qué podía hacer que me excitara. Fui al dormitorio de mis tíos y rebusqué la ropa interior mi tía. Tenía muchas prendas y variadas, desde bragas enormes para no pasar frío, a conjuntos transparentes muy sugerentes. Me sabía a poco y además me parecía poco original, por lo que fui al baño, donde estaba el cesto de la ropa sucia. 

Esto ya lo había hecho en el hotel, pero ahora tenía a mi disposición mucha más ropa usada de mi tía: sujetadores, braguitas de colores (algunas eran pequeñas y con dibujos infantiles que me pusieron a tope), otras más grandes de color pastel, e incluso un tanga negro que me sorprendió y calentó. Tenía la polla tiesa y comencé a masturbarme oliendo unas bragas blancas. Me gustaba la situación, pajeándome desnudo en casa de mis tíos, con su ropa íntima en la mano. No llevaba ni dos minutos cuando un sonido me paralizó: era la puerta de abajo. Para entender mejor el suceso, explicaré cómo es la disposición de la casa: en la planta baja hay una cochera y un patio, se sube por unas escaleras hasta la planta de arriba. El baño está a la izquierda de la puerta de entrada, y ahí me encontraba yo, en pelotas y con el pene en mi mano. 

Al escuchar el ruido de abajo, me quedé un momento atento a ver si era alguien que subía, o simplemente me había parecido. Era lo primero, puesto que escuché pasos que subían rápidamente. Solamente podían ser tres personas: mi tío, mi tía, o mi primo. El primero era el que más miedo me daba, porque no sabía qué hubiera podido hacer yo si me pilla, y me hubiera dado muchísima vergüenza que me viera en cueros el hermano de mi madre. Pero era poco probable, ya que trabajaba y no volvería hasta la noche como ya adelanté antes. Mi primo también me daba reparo, pero ya no era lo mismo porque algunas veces nos habíamos visto desnudos cambiándonos. Era más fácil que él pudiera ser, porque podría haber venido de repaso a buscar algo, o a ducharse, o a lo que fuera. Por último mi tía, que podía venir antes de lo previsto. Pensé en muchas alternativas: salir corriendo hasta la terraza e intentar ponerme el bañador, cerrar la puerta con el pestillo, o incluso se me pasó por la cabeza la absurda idea de salir del váter y esconderme en algún lugar de la casa. Todo esto, que aquí contado parece muy largo, ocurrió en apenas unos segundos, por lo que no tuve tiempo de reaccionar, tan sólo me dio para lanzar las bragas de mi tía al cesto. Además me había quedado un poco bloqueado por lo inesperado. En efecto, se abrió la puerta y supe que era mi tía por el inconfundible sonido de sus pasos al caminar con sandalias. 

- ¡Hola!- dijo, nada más abrir la puerta de casa, supongo que sin esperar respuesta, ya que ella imaginaría que yo me encontraba fuera. 

- Hola- contesté yo, mientras cerraba el grifo del lavabo, que había abierto justo al abrirse la puerta, para disimular y hacer como que me había lavado las manos. Ella no me había visto aún, porque dejó el bolso en la percha, pero en cuanto fue hacia la cocina por el pasillo, me vio desnudo frente a ella en el váter, de pie. Se quedó en el umbral, delante de mí, un poco confusa. 

- ¿Pero qué haces así? 

Aunque un minuto antes tenía la polla durísima, del susto se me había desempinado, quedándose hacia abajo pero con un buen tamaño todavía, lo que me alivió y me dio seguridad. Además, la situación me excitó mucho: desnudo, delante de mi tía, que llevaba puesto un vestido corto que dejaba ver sus bonitas piernas, y ella mirándome asombrada de arriba a abajo. De hecho, me miró sin pudor los genitales, a los que dirigió la vista un par de veces sin ningún disimulo. 
- Pues, es que, quería tomar el sol así, desnudo, y me han entrao ganas de mear, así que he venido-. Intenté aparentar normalidad y calma, pero no sé si lo conseguí. 
- Ah; yo he venido ahora, porque les tenía que llevar unas cosas a los yayos, y se me han olvidao en la nevera- dijo, dirigiéndose a la cocina. Si yo quería parecer tranquilo, ella desde luego lo estaba. 

Fue hasta el frigorífico, y la seguí. Me quedé de pie, sin saber qué hacer o decir, porque ella, tras el sobresalto inicial, fue a por lo que había venido a buscar como si nada. 
- Entonces, ahora me pongo el bañador... -dije mientras ella abría la nevera, algo confundido por su reacción y sin saber si salir afuera a vestirme, o quedarme allí desnudo. No me disgustaba estar allí así. 
- ¡Ah no! Si yo me voy ahora, no te preocupes. Por mí quédate así si estás mejor. 
- Bueno... 
- Lo único si vienen tu tío o tu primo, y no quieres que te vean. 
- ¿Entonces te da igual? 
- Si a ti no te da vergüenza, a mí no me importa. 

Algo extrañado pero contento por la respuesta y el hecho de que mi tía no se molestara, sonreí. 
- Si es que yo antes, hace muchos años… qué tiempos –dijo con una plácida expresión en su bello rostro, y se sentó con la mirada algo perdida, evocando una historia-. Tu tío y yo, de jóvenes, íbamos mucho a playas nudistas. Cuando teníamos vacaciones, casi siempre íbamos a playas en las que poder desnudarnos, ya fueran nudistas con mucha gente sin ropa, o playas grandes casi sin gente. Éstas eran las que más me gustaban, nos quitábamos el bañador y dábamos paseos, desnudos. A veces nos cruzábamos con alguien, que iba con bañador, o también como nosotros -parecía como si lo estuviera pensando para sí, más que explicándomelo a mí-. 
- Ah qué bien -yo no sabía qué decir, era extraño que mi tía me hablase casi como si yo no estuviera allí, cuando en realidad la estaba escuchando a un metro escaso y desnudo, como si hubiéramos estado así miles de veces-. 
- Y bañarse desnuda, eso era lo mejor. Una vez, nos quedamos desde por la mañana temprano, hasta que se hizo de noche, todo el día en cueros, en una playa de Tarragona. Luego nació tu primo, y poco a poco dejamos de ir; ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez. Si te gusta, tienes que probarlo en la playa. 
- Sí, ya lo probaré. 
- Bueno, me voy; quédate así que es lo mejor que puedes hacer -dijo sonriendo, y se fue. 

Me quedé toda la tarde así, incluso después de volver mi tía una hora más tarde, y de que saliera un rato conmigo a contarme algunas experiencias de nudismo, ella en una tumbona con el vestido puesto, y yo en la de al lado, desnudo. 

Pasaba el verano sin que pudiera repetir la experiencia de desnudarme en presencia de mi tía; además este año las vacaciones de mi padre y de mi tío no coincidían y ellos se fueron a finales de agosto. Nos dejaron una llave de casa, para que mi madre o yo fuéramos a regar las plantas y subir y bajar las persianas, y que los cacos pensaran que había gente. Yo los días que iba me quedaba en pelotas en la piscina y me pajeaba al sol. 

Cuando iba a acabar la semana en que estaban en la playa, le pregunté a mi madre que cuándo volvían, para saber si tenía que ir a regar o no, pero no estaba segura si iban a estar siete días o finalmente ocho, porque se quería coger un día más mi tío. Por la tarde fui a su casa, y primero toqué al timbre, por si ya habían llegado. Como no abrió nadie, supuse que todavía disfrutarían de una jornada más de asueto, y abrí con la llave. Una vez arriba, entré en la cocina, y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con mi tía totalmente desnuda en la terraza, tomando el sol en una toalla. La vi a través de la ventana, por lo que ella no se dio cuenta. Además llevaba puestas unas gafas de esas opacas de plástico, para tomar el sol, por lo que era imposible que me hubiera sorprendido. 

Me aseguré de estar solo, dando una vuelta por la casa para comprobar que ni mi tío ni mi primo se hallaban en la vivienda. Me hubieran abierto si hubieran estado, y mi tía, al estar en la terraza, no oyó el timbre. Pensé que tampoco regresarían en algún rato, al menos mi primo, porque no creí que se pusiera a tomar el sol si su hijo iba a venir. De modo que me puse en la ventana, me bajé el bañador, me quité la camiseta y comencé a masturbarme con lo que nunca hubiera imaginado que contemplaría: el cuerpo desnudo de mi tía. 

Estaba boca arriba, con su melena dorada sobre los hombros, la única parte que tenía tapada. Las tetas le caían suavemente a los lados; ya dije que no tenían un gran tamaño pero tampoco se puede decir que fueran pequeñas; los pezones eran realmente apetitosos. Debía de haber tomado el sol en top less porque no las tenía demasiado blancas, aunque era evidente que el color era más claro que el del resto del cuerpo. La cintura ya no era la de una veinteañera, pero eso me encantaba y en ese momento me hubiera lanzado a lamerle el ombligo. Tenía el pubis algo recortado, formando un cuadrado, pero la mata era espesa y de color castaño oscuro. Lo que sí tenía afeitada era la raja, con cuya visión pude deleitarme mientras le daba fuerte a mi polla. Por último bajé la mirada a las piernas y los pies, esos maravillosos pies que ahora tenían las uñas pintadas de rojo, sin duda para atraer miradas en la playa. 

Me masturbaba a placer, con aquella magnífica visión. De repente se movió y yo, asustado, me agaché, con temor de que me viera. Pero simplemente iba a darse la vuelta, para dejar ante mis ansiosos ojos una estupenda perspectiva de su espalda y culo. El culo era muy bonito, ancho, y algo pálido. Aunque no totalmente blanco ni con el cambio de tonalidad muy nítido, lo que era señal indudable de que había vuelto a hacer nudismo. Se le veía en medio de las piernas entrabiertas la raja depilada del chocho. El orgasmo estaba cerca, después de más de un cuarto de hora dándole. Cogí una servilleta de papel y me preparé. Entonces, para mi satisfacción, volvió a darse la vuelta, dándome la posibilidad de correrme viendo sus encantos delanteros y su cara, aunque con los ojos tapados por las gafas. Por fin, alcancé el clímax, expulsando con fuerza el semen que fue a parar a la servilleta. Me quedé rendido, y con una sensación rara por haberme hecho una paja en la cocina de mis tíos, mirando por la ventana a mi tía en pelotas, que no había sido consciente de nada. 

Fui al baño y me aseé, vistiéndome de nuevo. Tenía que hacer algo porque la situación lo requería, pero no sabía qué. No quería irme, y pretendía disfrutar más, creía que todavía podía explotar un poco la oportunidad que me había encontrado. Armándome de valor, y relajado por la paja que me acababa de hacer, salí a la terraza. Empecé a bajar los tres escalones que van de la puerta de la cocina a la terraza, mirando al suelo, como sin darme cuenta de que unos metros a la izquierda estaba ella desnuda. Entonces me oyó y se incorporó asustada, dando un pequeño grito, y tapándose las tetas. Me hice el sorprendido, giré la cabeza hacia el otro lado, y puse la mano como tapando la visión. 
- ¡Perdón, no te había visto! Me voy... -dije, dando la vuelta y subiendo los escalones. 
- No, no, no hace falta... Es que estaba tomando el sol así. 
- Pero ya me voy, que da igual... -dije, totalmente hipócrita. 
- ¡No de verdad, que no importa! Ya me pongo esto encima y ya está -contestó, cogiendo el bikini. 
- ¿Entonces me quedo? 
- Sí sí, no te preocupes. 

Fui hacia la piscina mientras ella se ponía el sujetador sobre los pechos, y la braga encima del monte de venus. Solamente se lo colocó encima, para tapar, pero sin ponérselo. Dejé las cosas y me senté. 
- ¿Me puedo quitar yo la ropa? -pregunté. 
- Sí, claro. ¿No voy a estar yo sola así, no? Jaja- parecía algo más nerviosa que la vez que me cazó en el baño. 

Me quité la camiseta primero, y el bañador después, temeroso de que quedara alguna gota de esperma, pero no. Por si acaso, me metí lo primero al agua, y allí quedé un rato, mientras me contaba, tras la sorpresa inicial, que no habían podido quedarse otro día porque mi tío tuvo que volver para hacer una sustitución, y no le pudieron conceder una jornada más de vacaciones. Se había ido a trabajar esa tarde, y mi primo quedó con los amigos. Como se había vuelto a poner las gafas, la miraba directamente, sin miedo de que me descubriera. Se me pasó por la mente la idea de ofrecerle de nuevo masajes, pero la deseché, primero porque seguramente ella no hubiera querido algo tan comprometido estando ambos desnudos, y segundo porque se me hubiera empinado de inmediato sin la protección del bañador. Así que me conformé con observarla, que ya era bastante. 

Se dio la vuelta de nuevo, para lo cual se apartó las dos prendas que la cubrían, y pude verla otra vez sin nada. Hacía como que no estaba atento, pero no perdía detalle: se quitó de encima braga y sujetador, se dio la vuelta, y se volvió a poner la braga encima de la rajita del culo. No sé por qué, pues le podía ver todo el trasero perfectamente. Yo creo que todo eso, taparse sus partes cuando estaba boca arriba y bocabajo, no era tanto por vergüenza, como por guardar las apariencias. Ella no sentía pudor de mostrarse desnuda frente a mí, pero no le debía de parecer muy correcto. Esto lo comprobé cuando, estando yo en la tumbona leyendo, volvió a ponerse hacia arriba, y sólo se tapó el cuadrado de vello púbico, dejando los pechos al sol. Cuando hizo eso, noté que me miró a ver si me incomodaba o me ruborizaba, pero como seguí con el libro como si nada, ella siguió así. 

Aunque estaba yo con mi lectura, no podía evitar mirarla a menudo, y mi polla volvía a adquirir tamaño poco a poco, por lo que tenía que meterme al agua para que con el frescor, se rebajara. Luego sonó el teléfono (el de casa, no el de la calle, que desde la terraza no se oía). Mi tía se levantó rápidamente, dejando las prendas en la terraza, y vi cómo se alejaba corriendo mientras los pechos le botaban arriba y abajo. El que se fuera sin taparse era otro indicio más de que no le daba vergüenza. Al salir de nuevo, con el inalámbrico en la oreja, y descender los escalones, las tetas se le volvieron a menear deliciosamente. Entonces se me acercó, mientras hablaba, ya sin taparse y mostrándome su cuerpo tal cual. De pie frente a mí, con los pechos colgantes de oscuros pezones, una mata de hirsuto vello castaño en el sexo, una mano con el teléfono en la oreja y la otra apoyada en la cadera. No sólo aumentó mi excitación, sino que me pareció algo muy bello el tener esa conexión con mi tía. 
- Sí, vale. Ahora se pone -dijo a quien estaba al otro lado de la línea-. Toma, es tu madre. 
- ¿Sí?. Vale. Pues luego iré -mi tía continuaba enfrente de mí, con los brazos en jarras-. Venga, hasta luego. 

Colgué y le extendí el teléfono a mi tía; ya nos habíamos acostumbrado y era tan natural como estar vestidos. 
- Dice que cuando vaya para casa, que pase por la tienda y le compre unas cosas. 
- Ya, ya me lo ha dicho. No le he dicho que estás sin ropa. Ni que yo tampoco -dijo, sonriendo. 
- Bueno, me meto un poco al agua, y me iré ya no vayan a cerrar. 
- Sí, yo también, que tengo que hacer cosas. 

Después de secarme, me puse el bañador y la camiseta, pero mi tía continuó en cueros. No me sorprendió al principio porque creía que se quedaría en la terraza tomando el sol, pero cuando cogí la mochila para marcharme, se levantó y me acompañó dentro, sin ponerse nada. 
- Voy a poner la lavadora -indicó, y se metió en el cuarto de baño para coger el cesto de la ropa sucia. Cuando la vi agacharse con el culo en pompa, y después salir con el cesto en brazos, me recordó algunas películas de porno-chachas que había visto. Ya se encaminaba al cuarto de la limpieza a hacer la colada desnuda con toda naturalidad, así que le dije que me iba. 
- Bueno, me voy, que si no se hará tarde. 
- ¡Vale, hasta luego! Ya vendrás otro día si quieres. 

Y así me despidió en la puerta, con una hermosa sonrisa, desnuda, y descalza. Una imagen inolvidable. 

En los días siguientes pensé en lo sucedido, y me pareció muy bonito tener ese secreto especial con mi tía. Que además estaba exento de toda connotación sexual, al menos por su parte (por la mía ya ha quedado claro que no). Me gustó que ella se mostrara desnuda ante mí, y me viera en pelotas, sin notar que yo me excitaba muchísimo. Por desgracia, el verano expiraba, y casi no me quedaban ocasiones de repetir algo semejante. 

El último día que fui sin tener la compañía de mi primo, quien tenía la semana siguiente los exámenes de septiembre y echaba más horas en repaso, fue también el último que me desnudé allí. Como no había nadie excepto mi tía, me quité la ropa en la cocina. A ella le parecía ya de lo más normal. Hablé con ella así, y salí a bañarme. Al rato, vino y me dijo que tenía que salir a hacer cosas, como la primera vez, cuando me pilló en el baño. Al poco de haberse ido, entré en la casa a asegurarme de que no había nadie. Di vueltas por todo y esperé no fuera a sorprenderme mi tía otra vez. Quería hacerme la última paja del verano y que fuera perfecta. Tras dar vueltas y comprobar que mi tía no aparecía a los diez minutos como la otra vez, volví a la terraza, me tumbé en la toalla, y con el recuerdo de su cuerpo desnudo, no tardó en ponérseme dura y comencé a subir y bajar la piel. 

Al principio poco a poco, pero mi excitación iba en aumento y no tardé en subir las revoluciones. Estaba muy cachondo, la imagen de la desnudez de mi tía, allí mismo donde yo estaba, era tan vívida que parecía que la tuviera al lado. Deseaba que estuviera allí conmigo y poder penetrarla, hacerle el amor despacio, hacerla gozar y que me hiciera gozar. 

El glande brillaba al sol cubierto como estaba de líquido lubricante. Me encontraba en pleno apogeo de mi onanismo, cuando me pareció ver un movimiento en la primera de las tres ventanas que daban a la terraza. Frené en seco y me puse de espaldas, para que al menos no se viera el miembro. No se repitió, y aunque me había asustado, volví a tumbarme y a masturbarme pensando en lo mismo. Ahora estaba más atento a las ventanas, sobre todo a la de la cocina, que era la más grande. Durante un instante creí ver una sombra en ese ventanal, mas deseché ese pensamiento porque me dije que sería cosa de mi imaginación y del miedo tras ver el primer movimiento. No me atreví a ir al interior de la casa, de modo que me olvidé, cerré los ojos, y largo sobre la toalla, me preparé para el clímax. 

Con la fantasía de que era mi tía la que estaba sobre mí, botando, me corrí sobre mi vientre, loco de placer. Había sido una buena paja, con el añadido del morbo del susto a mitad. Me limpié con un papel, y me metí en el agua, para que se fueran los restos de semen de mi tripa. Pasaron unos minutos, luego media hora; mi polla hacía bastante que había vuelto a su estado normal. Ya debía de faltar poco tiempo para que mi tía volviera. Estaba en la tumbona cuando salió ella, y me quedé un poco parado al principio por haberme masturbado un rato antes, como diciéndome “¿habrá sospechado?”, pero no lo pensé más. Mi tía se desnudó como si tal cosa: se quitó la camiseta y un pantalón corto que llevaba, luego el sujetador, y por último las bragas, dejándolo todo en la mesa. Estuve hasta casi hasta la hora de cenar con ella en la terraza, sentados en las sillas. Me di cuenta de que ya le habían empezado a salir unos pelos cortos y puntiagudos por la zona del coño que se había depilado en vacaciones, al igual que en los labios mayores, que pude ver porque aunque en ocasiones estaba sentada con las piernas cruzadas, otras veces las abría ligeramente mostrándome su sexo. Yo lo miraba como distraído, pero también me atreví a mirarle fijamente dándose cuenta ella de lo que hacía. 

En seguida empezaron las clases, con lo que mis tíos desmontaron la piscina, para mi desgracia, y ya no vi más a mi tía desnuda en aquel maravilloso verano.

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