jueves, 26 de mayo de 2016

Cartas a mi esposo

Hola cariño:
No sabes la alegría que tengo desde que recibí ayer tu correo. Es la primera noticia directa que tengo de ti, si exceptuamos la llamada del día que llegaste, después de dos meses y tres días que hace que te fuiste de cooperante a ese país del que nunca me sale su nombre.

En tiendo que hay pocos teléfonos, que las llamadas sean carísimas, y que por eso utilices tu correo electrónico de la organización. No sé lo que es un modem de 56 ca (lo habías escrito mal, con “K” y sabes que no me gustan las abreviaturas modernas), pero me alegro mucho que puedas enviarme correos y recibir los míos, para poder tener este contacto. Estoy llorando de alegría y tengo que interrumpirme cada poco tiempo.

Por aquí todo sigue igual, la misma gente, las mismas tareas, las mismas conversaciones. Muy aburrido.

No sabes lo que te echo de menos. Sobre todo los sábados, cuando se hace de noche y me voy a la cama. Sola. Sin ti para practicar nuestros juegos, que tanto me gustan. 

Hace dos semanas salí de compras con mi amiga Susana, más por distraerme que por necesidad. Comimos en un restaurante de la galería comercial y estuvimos hablando mucho rato. Eso me distrajo mucho. Por supuesto que, en nuestras conversaciones, saliste tú. Tu lejanía, lo que te echaba mucho de menos, sobre todo después de quince años de matrimonio sin separarnos ni un día, etc. 

Nos atendió un camarero que, según Susana, estaba para comérselo, y me preguntó si me lo comería yo. Yo le dije que estaba muy bien, pero que yo era solamente tuya y que nunca me iría con otro.
-No me digas que no te pica el chichi. Jajajajajajaja. –Me dijo.
-Sí, pero me aguanto.
-¿No te haces ni siquiera una paja?
-No
-¿Y no tienes necesidad? ¿No deseas tener una polla entrando y saliendo de ti?
-Sí, y mucho, pero me aguanto.

Ese fue el tema de conversación de toda la tarde. Cuando salimos del centro comercial, pasamos por delante de una tienda a la que Susana quiso entrar. No me fijé al principio, pero era una de esas tiendas de sexo.

Estuvo revolviéndolo todo, mientras me hacía seguirla para enseñarme cosas, y yo estaba muerta de vergüenza. Al final, compró una cosa, como un cilindro metálico acabado en punta roma, que me dijo que era un vibrador y se empeñó en regalármelo para que lo usara.

Lo tengo en el cajón del tocador, junto a la ropa interior, y lo veo todos los días, sin decidirme a usarlo. No sé si me gustaría, es algo más delgado que tú pene, y algo más largo. Tampoco sé muy bien cómo hacerlo para usarlo con todas sus posibilidades.

Hace un rato, cuando me he vestido y lo he visto, he sentido una fuerte excitación en mi sexo y un desasosiego general, y he estado a punto de usarlo, pero creo que con eso te estaría siendo infiel, y yo solamente quiero ser tuya.

Seguiré contándote cosas, pero ahora voy a ser breve, para que los correos te entren rápidos, como me has dicho.

Cariño. Muchos abrazos y muchos besos. Mua, mua, mua, mua, mua, mua, mua,…

Yolanda.

Hola cariño:
Es una alegría inmensa cada vez que recibo noticias tuyas. Todos los días espero con ansia el correo. Me conecto por las mañanas, a medio día y antes de irme a dormir, siempre esperando ver un nuevo mensaje tuyo.

He tardado un poco más en escribirte para probar lo que me indicabas y poder contártelo ahora, tal y como me dices. Quiero decirte antes de nada, que no me importa que te masturbes, sé que en los hombres es muy normal, por lo que me dice Sara, y quiero que, cuando lo hagas, me cuentes tú también cómo lo haces, lo que piensas y lo que sientes, tanto si es leyendo mis correos como a solas.

Como me decías en tu correo, anoche me desnudé completamente, me di un relajante baño hasta que el agua se quedó casi fría, luego sequé mi cuerpo con la toalla que me decías en tu correo, esa que es tan suave y utilizamos cuando estamos juntos.

Ya entonces me empezó a gustar. Secarme fue como una caricia continua sobre mi piel. Luego me di la crema hidratante, pensando que eras tú el que me la daba, como haces siempre. 

Puse crema en mi mano y empecé a extenderla por un brazo hasta el hombro. Masajeé todo despacio hasta que mi cuerpo absorbió la crema. Luego repetí con la otra mano, brazo, cuello y hombro.

El siguiente paso, tal y como dijiste, fue echarme crema y repartirla en ambas manos para extenderla por mis pechos. ¿Te acuerdas de ellos? Son un poco grandes, algo más de lo que cabe en tu mano. Las aureolas son grandes, y se mantienen firmes, pese al tiempo. ¿A que sí que te acuerdas? Me encantaba cuando me los estrujabas. Extendí bien la crema sobre ellos, rodeándolos por todos los lados, y sobre todo por abajo, pero sin tocar los pezones.

Mi sexo se puso húmedo conforme iba avanzando. Hubiese llevado mi mano a él, pero tenía que seguir tus instrucciones. En cambio, me entretuve en frotar y estirar mis pezones, como haces tú. ¿Te acuerdas? Se me ponen grandes y duros, y es el momento que te gusta chuparlos y a mi sentir tu lengua rodeándolos.

Me tuve que aguantar sin lengua y seguir después con el siguiente paso, recorriendo mi vientre y cintura, hasta llegar al pubis. No sé si entendí bien el límite, porque sigo llevándolo depilado, pero no llegué hasta la vulva. Me quedé dos dedos por encima, a pesar de que mi deseo de llegar a ella era cada vez más intenso, pero tenía que seguir tus instrucciones. No veía el final. Parecía que nunca se iba a absorber la maldita crema.

Cuando por fin lo hizo, puse un pie en el borde de la bañera y repartí crema por mis nalgas, ano e ingles. No podía evitar sentir más placer cuando mis dedos pasaban a la altura de mi clítoris. No eran mis dedos, eran los tuyos dándome placer. No sabes lo que estaba disfrutando. Fui consciente de ello cuando observé que estaba gimiendo fuerte, sin darme cuenta.

Antes de que toda la crema fuese absorbida, sentí la misma sensación que cuando tú me ayudas con tu dedo sobre mi clítoris para correrme, solo que esta vez no me lo había tocado todavía, y cuando insistí un poco más en la zona, tuve uno de los orgasmos más intensos de los últimos tiempos. Me corrí llamándote a gritos y quedé desmadejada, apoyada en el lavabo.

Cuando me recuperé, mi sexo todavía palpitaba pidiendo la parte que no le habías dado. Fui a la cama, como me habías dicho, coloqué bien los almohadones, como me habías indicado, me senté y puse el espejo pequeño delante de mis piernas bien separadas. Mi vulva abierta, resaltaba en el espejo enrojecida por el frotamiento anterior. Tomé el vibrador que había dejado sobre la tapa del recipiente donde había calentado agua, y probé a meter la punta en mi vulva.

No era tu pene, pero estaba tibio y no me resultó desagradable, fui metiéndolo poco a poco hasta adentro, mientras acariciaba mi vulva sobre el clítoris con lentos movimientos circulares.

No sabes lo excitante que me resultó ver mis manipulaciones en el espejo. El placer no solamente se concentraba en mi sexo. También me llegaba por los ojos y aumentaba mi excitación. Fui acelerando los movimientos. Sentía como entraba, imaginando que era tu pene, al tiempo que mis dedos empezaban a rozar mi clítoris.

No sé si se me pasó muy rápido el tiempo o mi forzada abstinencia me hizo llegar pronto, pero no tardé nada en alcanzar un arrasador orgasmo.

Cuando me recuperé, me di cuenta de que no había encendido el vibrador, como me habías dicho. Lo siento, cariño, pero no lo pude evitar. Como me había quedado satisfecha, no hice la prueba, pero la haré para la próxima vez.

Por cierto, hace unos días me llamó tu hermano. Va a salir en libertad condicional en unos días y me pidió que si podía alojarse con nosotros hasta que deje de tener que ir a presentarse ante el juez y encuentre algo. No sabe que estás fuera, pero le dije que lo consultaría contigo y le contestaría.

Mi intención es decirle que no. Porque es un delincuente y nunca me ha gustado su forma de ser y su chulería. Por otro lado, me da miedo la convivencia con él, temo que nos robe cosas para venderlas y pagar sus vicios. Solo faltaría que se le fuese la pinza y cometiese algún delito… En fin, no lo quiero ni imaginar.

Cariño. Muchos abrazos y muchos besos otra vez. Mua, mua, mua, mua, mua, mua, mua,…

Yolanda.

Hola cariño:
No sabes cuánto me alegra recibir noticias tuyas. La lectura de tu correo me hizo sentir que era yo la que agitaba tu pene para que se pusiese duro para luego alternar rápidos movimientos con otros más suaves. La que acariciaba tus testículos al tiempo que movía la otra mano sobre él, la que bailaba desnuda para ti en el centro de la habitación.

Tuve que llevar una mano a mi vulva para acariciarme a la vez que leía cómo la recorrías con tu pene, forzando la separación de los labios para sentir el contacto más profundo. Cuando leí que esperabas para metérmela, fui a buscar el vibrador, y me lo metí cuando tú lo hacías con tu pene. Estaba frío, pero no me importó. Enseguida alcanzó la temperatura de mi cuerpo.

No sabes lo real que me pareció sentir su entrada en mi vagina al tiempo que lo leía. Casi llegué a sentir el choque de nuestros cuerpos. 

Esta vez sí que puse el vibrador en marcha y no sabes lo maravilloso que fue sentir esas sensaciones que transmitía desde mi interior mientras leía las que sentías tú con el roce de tu mano recorriendo tu pene de arriba abajo. Yo también lo sacaba y metía al mismo ritmo. Te sentía dentro de mí, sentía tus movimientos. Casi puedo decir que sentí tu orgasmo cuando me lo escribiste.

Luego seguí la lectura sin dejar de moverlo y acariciar mi clítoris por encima, hasta que llegué al punto donde me decías lo que tenía que hacer con el vibrador. Hice lo que me decías. Lo sacaba y subía para colocarlo sobre mi clítoris y sentir su estímulo y lo volvía a bajar y meter, al tiempo que seguía estimulando mi clítoris con la otra mano.

No duré casi nada. Enseguida me vino un fuerte orgasmo que me dejó desmadejada en la silla del ordenador. El aparato cayó al suelo, sobre los pantalones de mi pijama, que me había bajado para estar más cómoda.

Cuando iba a seguir tus instrucciones para usarlo, llamaron a la puerta. Me extrañó porque eran más de las 10 de la noche. Me vestí deprisa y me puse una bata. Cuando pregunté quién era, resultó ser tu hermano.

Había salido esa misma tarde, y lo primero que hizo fue ir a beber con sus amigos. Venía ya borracho. Me dijo con voz pastosa un “Hola cuñada” y fue directo a poner la tele y sentarse en el sillón a ver partidos de futbol. Yo me senté en el otro sillón, dejando el sofá como separador entre nosotros. No respondió a ninguna de mis preguntas, por lo que opté por callarme.

Su segunda frase fue “Tráeme una cerveza”. La tercera fue un “No” a mi pregunta de si quería algo para cenar, la tercera “Tráeme otra cerveza” y luego vino lo malo. Me da miedo y no lo quiero en casa. No se me olvidará nunca. Tengo la conversación grabada a fuego en mi miente, e incluso ahora, al recordarlo, siento escalofríos y miedo. Me dijo:
-Tráeme otra cerveza.
-No me quedan más, Juan. Mañana bajaré al súper y compraré más.

Él se levantó bastante seguro, a pesar de su borrachera, y vino hacia mí, me puso de pie tirando de mi pelo con una sola mano para acercar mi cara a la suya, ya sabes que es un poco más alto que tú, Roberto. Cuando me tuvo de puntillas, tirando fuertemente de mi pelo y con su cara tan cerca que sentía su nauseabundo aliento a alcohol y vete a saber a qué otras cosas, me dijo:
-Mira, maldita puta, no sé lo que te ha enseñado mi hermano, pero cuando yo pido algo es para que se me entregue al instante. Si no tienes, vas a buscarlo inmediatamente. Y procura no tardar si no quieres que te parta la cara.

Me soltó con un empujón hacia la puerta y fui corriendo hasta la habitación para calzarme unas zapatillas y ponerme un abrigo por encima. Me fui a la tienda de alimentación que hay a dos manzanas de casa y compré un paquete de cervezas. Cuando volví, se había dormido en el sofá y roncaba como un motor de un camión sobrecargado, por lo que yo me fui también a dormir, no sin cerrar la puerta del dormitorio y poner una silla delante.

Ahora no quiero que siga aquí. Me da mucho miedo. Puede que, estando sereno, sea la persona maravillosa que decías en tu correo, pero bebido no lo es, y eso me asusta mucho. ¿Quién me dice que no se va a emborrachar todos los días?

Muchos abrazos y besos

Yolanda.

Hola Roberto, cariño mío:
No sabes lo que he tenido que pasar en esta semana. No he ido a la policía porque tu hermano me tiene encerrada en casa y no me deja salir. Las pocas veces que lo he hecho, ha sido a comprar y acompañado por él.

El otro día, cuando se despertó, apareció en la cocina, donde me encontraba yo preparando la comida, sin decir nada. Yo, con la mejor de mis sonrisas le saludé y le dije:
-Hola Juan. Anoche dormías tan profundamente que no te quise despertar. ¿Quieres que te prepare algo para desayunar o esperas a la comida, que estará pronto? ¿Quieres darte una ducha antes?, te daré toallas.
-Quiero que me hagas una mamada. –Me dijo.
-¿Una qué? –Le dije, pues no entendía que me hablase con un lenguaje tan soez.
-Una mamada, puta, ¿No sabes lo que es? ¿No se la chupas a mi hermano?
-No me llames puta. –Le dije indignada. –Y te recuerdo que eres mi cuñado y que no podemos hacer eso.

No pude seguir. Me vi en el suelo antes de llegar a sentir el dolor de la tremenda bofetada que me dio. Sin darme tiempo a más, me cogió del pelo y me puso de rodillas tirando de él.
-Te dije anoche que cuando yo pido algo, se me da inmediatamente, sin discusión y con rapidez, si no quieres que te muela a palos. Ahora, sácame la polla y chúpamela hasta que me corra, procura tragarte todo si no quieres que me enfade y te parta la cara. ¡Venga! ¡Rápido!

Sin que soltara mi pelo, desabroché sus pantalones y los dejé caer. No llevaba nada debajo, y ante mis ojos apareció la cosa más espantosa que podía imaginar. Tan grande como mi antebrazo y de un grosor increíble, apuntaba directamente a mi cara como una serpiente dispuesta a atacarme.
-¿Vas a chupar por ti misma o tengo que animarte con unas bofetadas?

La cogí con mi mano, sin poder abarcar su circunferencia, asombrada por el gran trozo que sobresalía tanto por un lado de mi mano como por el otro. Acostumbrada a la tuya, que solamente sobre sale la cabeza cuando te la cojo, esta me tenía eh shock.

La noté pegajosa y alargué la mano para tomar un paño de cocina con el que limpiarla, pero con un fuerte golpe en mi mano lo hizo caer, al tiempo que me decía.
-¿Qué pasa, no te gusta saborear los jugos de la otra puta que me follé ayer? Chupa de una puta vez y no me cabrees más. Al próximo remilgo, te parto la cara.

Asqueada y con arcadas, sobre todo después de lo que me había dicho, conseguí meterme la punta con gran esfuerzo, mientras pajeaba su tronco, luego pude coordinar mis movimientos, metiendo la punta en mi boca cuando movía mi mano hacia ella y sacándola cuando hacia el movimiento contrario.

Pero él no se contentó con eso. Tomó mi pelo como si llevase dos trenzas y empezó a tirar para que me entrase más trozo. Casi no podía con las arcadas y el dolor en las comisuras de mis labios.

No paró hasta que la punta hizo tope en mi garganta. No podía respirar. Me dio un ataque de nervios y empecé a hacer movimientos bruscos hasta que me tuvo que soltar porque le debí hacer daño en esa cosa.

Caí al suelo y se puso a darme patadas e insultarme, volvió a tomarme del pelo con una mano para levantarme y a abofetearme con la otra. Entre golpes e insultos, me llevó hasta la puerta y me echó fuera, tirándome al suelo de nuevo y cerrando después.

No sé cuánto rato estuve llorando, pero fue mucho. Cuando me calmé, me puse a llamar al timbre y a pedirle que abriese, mientras le recordaba que esa era nuestra casa. De repente, abrió la puerta de nuevo y volvió a agarrarme del pelo, tirando para que entrase y cerrar la puerta.

Nuevamente me abofeteó, al tiempo que me insultaba a gritos y me decía que en esta casa se hacía lo que él decía, que a partir de ahora era suya y que si no me gustaba que saliese por la puerta en ese momento con lo puesto y me olvidase de todo.

Ahora sé que debía haberme ido en entonces y buscado ayuda, pero no sabía qué hacer. Verme en la calle, sin familia, sin casa, sin saber a dónde ir… Opté por callarme y él lo tomó como una aceptación. Para confirmarlo, me dijo:
-Desnúdate.
-¿Cómo?

Me dio una nueva bofetada que no me tiró al suelo porque tiraba de mi pelo y no me pude cubrir porque mis manos estaban sujetando la suya para que no me hiciese tanto daño.
-¿Es que eres sorda? Que te desnudes, maldita puta. No quiero que lleves nada encima cuando estemos en casa. Desde ahora eres mi puta y como se te ocurra hacer cualquier tontería, lo de hoy te parecerán caricias.

No me quedó más remedio que quitarme el vestido que llevo para estar por casa que por lo menos, sirvió para que soltase mi pelo cuando lo tuve que sacar por la cabeza. Me quedé con mi braguita blanca de algodón y mi sujetador color carne, que a ti no te gusta, pero que me siento muy cómoda con él.

Levantó la mano para pegarme otra vez, pero entendí lo que quería y me quité la braguita, poniéndome de lado para apoyarme y ocultar con ello mi sexo de su vista. Luego me quité el sujetador, tapándome con el brazo los pechos y con la mano mi sexo.

-Ponte de frente y quita deja tus manos colgando a los costados. Quiero verte bien.

Me giré y retiré mis manos, él se acercó más y sopesó mis tetas, emitiendo un gruñido de aprobación. Puso su mano en mi sexo, obligándome a separar mis piernas, y metió un dedo en mi vagina. Me hizo daño porque estaba totalmente seca. Luego me hizo ponerme de espaldas, separar las piernas y doblarme por la cintura. Cuando lo hice, me obligó a separar los cachetes para observar y palpar mi ano, emitiendo un nuevo gruñido de satisfacción.
-Buena puta se ha echado mi hermano. ¡Qué buen gusto ha tenido! ¡Hay que ver lo buena que estás! Veremos que tal te portas en la cama. Vamos, que quiero follarte por todos tus agujeros, que parece que están muy poco usados.

Y tomándome del brazo, me arrastró hasta nuestro dormitorio, donde me arrojó sobre la cama con orden de no moverme mientras se desnudaba.

Volver a ver esa cosa enorme, desproporcionada con el resto del cuerpo, alteró mis nervios e incrementó mi terror. Me fijé que no está mal proporcionado de cuerpo, es más, yo diría que muy bien, si no fuera por eso que le colgaba entre las piernas.

Separó mis piernas dejando mi sexo al descubierto y se quedó mirándolo un momento, luego silbó y dijo.
-Me encanta. Parece que tenga poco uso, pero no te preocupes, que yo le daré bastante. 

También dijo algo sobre ti, llamándote tonto por ir a esos sitios tan abandonados de Dios y dejarme a mi sola y sin nadie que me folle (si, dijo folle. Tu hermano es muy vulgar). Yo, asustada, le dije:
-Por favor. No me hagas daño. Déjame. Tu cosa es enorme y no creo que entre sin desgarrarme. Pídeme otra cosa. ¿Quieres que te la acaricie…?
-Déjate de remilgos. Verás como si te cabe. Y toda entera. De lo de “otra cosa”, también lo tomaré más tarde.

No entendí muy bien sus palabras, pero se metió más entre mis piernas, puso sus manos en los cachetes de mí culo para levantármelo y me colgó por las rodillas de sus hombros, dejándome prácticamente invertida. Empezó a recorrer mi vulva con su lengua. La recorría desde abajo hasta llegar a mi clítoris donde se entretenía un momento para volver a bajar hasta llegar a mi ano.

A él no le dio ningún asco, como te pasa a ti, y no te puedes imaginar lo que yo sentí. Al principio quise ignorar las muchas sensaciones que me producía, pero pronto me fue imposible. Oleadas de placer recorrían mi cuerpo, desde mi vulva hasta los más lejanos rincones de mi anatomía. Mi cabeza se inundaba de sensaciones, muchas de ellas desconocidas, que pronto me llevaron a un tremendo orgasmo, sin que tu hermano detuviese sus actos, a pesar de tremendo grito que liberé al mismo tiempo.
-Aaaaaahhhhh. Me corroooo.

Él introdujo dos dedos en mi encharcada vagina, al tiempo que me pareció escuchar:
-Así, así. Ríndete, putita mía.

Todavía siguió lamiendo mi clítoris y metiendo sus dedos, a los que añadió un tercero, un cuarto, e intentó meter todos los dedos en forma de piña, hasta que me hizo alcanzar un segundo y más potente orgasmo.

Volvió a dejarme sobre la cama, separó mis piernas al máximo, hasta hacerme sentir dolor, Lugo tomó su monstruoso pene y lo colocó a la entrada de mi vagina. Sentí en la entrada la presión de la punta de ese descomunal ariete, y fui sintiendo cómo avanzaba milímetro a milímetro hacia mi interior. Sentía cómo se dilataba toda mi vagina a su paso, hasta que chocó contra el fondo.
-Oooooohhhhhh. Así me gusta. ¡Qué estrecha eres! Y qué corta. Pero no te preocupes. Pronto aceptarás toda mi polla.

Comenzó a meter y sacar de mi vagina, esa cosa que él llama polla y a incrementar su ritmo. Al principio todo fue dolor, pero poco a poco el dolor disminuyó y pasé a sentir un tremendo placer. Entraba y salía de mí cada vez con más facilidad. Mi vagina cada vez se lubricaba más, sentía como caía en oleadas por mi perineo, coincidiendo con sus envestidas.

Intenté no sucumbir al placer, para no darle el gusto a tu hermano, pero llegó un momento que me fue imposible y el orgasmo me desbordó, corriéndome como nunca antes lo había hecho. Mi grito tuvo que oírse en toda la ciudad. 

Pero eso no fue todo, el siguió machacando mi vagina, haciéndome sentir tres orgasmos más, cada uno de ellos más intenso que el anterior. Con el último, me incorporé de un salto colgándome de su cuello. Todavía pude sentir cómo me inundaba su esperma, antes de caer en la inconsciencia.

Cuando me recuperé, me di cuenta de que estaba boca abajo, tenía una almohada bajo mi cuerpo y las piernas separadas. El seguía arrodillado entre ellas, pero se encontraba trabajando sobre mi ano. Tenía metidos dos dedos al tiempo que lamía y lo ensalivaba.

Ya no puedo seguir. Me está llamando para que le haga la mamada de cuando se despierta y si tardo, me pegará. Roberto, tienes que venir a ayudarme. Yo no sé qué hacer.

Perdona la extensión de este correo, pero tenía que contártelo. Mañana seguiré con el resto, aunque sea pasarme de tamaños y cantidad, pero no sabes lo mucho que me está haciendo.

Besos y abrazos

Yolanda

Mí querido Roberto:
Voy a intentar seguir el relato de ayer, si puedo, pues anoche volvió a encularme con su tremenda polla, que es como quiere que lo diga. Todavía no me he acostumbrado a su tamaño, y no sabes cómo me duele después. Solamente merece la pena por los tremendos orgasmos que me proporciona.

Como te decía ayer, me desperté mientras estaba dilatando mi ano. No sabía para qué hacía algo tan asqueroso. A nosotros nunca se nos había ocurrido, pero me gustaba, y él insistió e insistió hasta que me dio una fuerte palmada en las nalgas, colocó su pene, digo su polla, que es como quiere que la llame, a la entrada de mi ano y empujó y empujó hasta que entró la punta. Le pedí que la sacase, que eso no lo había hecho nunca, que me dolía mucho y que, además, era asqueroso, solamente propio de animales y degenerados, pero él, en lugar de retirarse, metió un trozo más.

Sentía un dolor terrible. Gritaba y daba golpes en la cama sin poder separarme, Me di cuenta de que tenía las manos atadas con prendas que había recogido de mi cajón de ropa interior, Durante un instante, dejé de sentir dolor para pensar en el vibrador que guardaba en ese cajón y que luego vi que se encontraba sobre la mesita de noche 

Al terrible dolor, se unió ahora la vergüenza de que hubiese descubierto mi secreto. El vio donde se dirigía mi mirada y se echó a reír diciendo:
-Ja, ja, ja, ja, ja. Ya ves, putita mía. He descubierto tu secreto, pero no temas, lo podremos usar en nuestros juegos.

En ese momento, terminó de clavármela de un golpe, yo grité hasta quedarme afónica. Sentí que un líquido caía por mis muslos, al tiempo que mis entrañas se sentían invadidas por su polla, que me llegaba hasta el estómago. Con ella dentro, se dejó caer sobre mí y se dedicó a lamer mi cuello, mis orejas, mi nuca, también los besaba. Eso empezó a gustarme y consiguió que el dolor en mi ano disminuyese.

De pronto, cuando más a gusto estaba, sacó su tremenda polla de mi culo volviendo a producirme un tremendo dolor, casi tan grande como cuando la metió y haciéndome gritar nuevamente.

Con ella fuera, escupió abundantemente en mi ano, e hizo lo mismo en su polla, para volver a meterla nuevamente, esta vez con mucho menos dolor. Durante mucho rato estuvo metiéndola y sacándola, unas veces despacio, otras más deprisa. Mi dolor se había ido reduciendo, puso su mano sobre mi vulva y acariciaba mi clítoris al tiempo que entraba y salía.

Alcancé un orgasmo más, mezcla de placer y dolor, algo que nunca había sentido, y otro cuando sentí que llenaba mis intestinos con su esperma. Quedé desecha. Cuando sacó su pene, sentí una extraña sensación de vacío en mi interior, al momento, esa sensación se convirtió en una necesidad urgente de ir al baño, por lo que salí corriendo de la cama en dirección a él. 

Sentada en el inodoro, notaba como escurría su esperma desde mi vulva y desde mi ano. Limpié primero mi vulva, de la que extraje todavía una gran cantidad. Cuando me limpié el ano, mis dedos entraban en el enorme agujero en que se había convertido.

Me di una ducha para limpiar todo lo que pude, haciendo entrar agua por ambos agujeros. Volví al dormitorio y me puse unas braguitas con varias compresas, pero Juan, que estaba todavía acostado, se levantó, se acercó corriendo y me dio muchas bofetadas.
-¿Qué te he dicho? Eh. ¿Qué te he dicho? Maldita puta inútil. Te quiero totalmente desnuda. D-e-s-n-u-d-a. ¿Lo has entendido?
-Pero Juan, se me está escurriendo todo

Dos bofetadas más impidieron que continuase.
-D-e-s-n-u-d-a. ¿Pero tan tonta eres que no lo entiendes?

Me retiré todo y dejé que todo lo que quedaba en mi sexo y culo fuese escurriendo por mis piernas. Me hizo servirle la comida, aunque ya eran más de las cinco de la tarde. A mí no me dejó comer nada, y cuando terminó, me obligó a situarme arrodillada entre sus piernas para que le chupara su asquerosa polla.

Estuve lamiéndosela y chupando, según me iba indicando, durante mucho rato. Me dolía la mandíbula y su contacto con mi paladar me daba arcadas, pero aguanté como pude hasta que sujetó mi cabeza y la metió todo lo que pudo, soltando todo su esperma en mi interior, que tuve que tragar para no asfixiarme.

Después se vistió y se fue con sus amigos, no sin antes advertirme que si volvía y no me encontraba en casa, me buscaría y me mataría, y que si al volver me encontraba una prenda encima, me molería a palos.

Cuando quedé sola, me fui a la cama, donde me acosté con las sábanas manchadas de su esperma, mis flujos y mi sangre, quedándome dormida al instante.

Me desperté al día siguiente sobre las ocho de la maña, y vi que no había vuelto. Recé para que no lo hiciese más, pero nuevamente se presentó a medio día. Me hizo prepararle comida y cuando terminó de comer, me llevó a la cama, donde estuvo chupando mis tetas y mi sexo hasta que estuve bien mojada. Luego metió su enorme polla en mi coño y se estuvo moviendo hasta que consiguió que me corriese dos veces.

Luego me hizo arrodillarme entre sus piernas y chupársela, al tiempo que me obligó a masturbarme delante de él, hasta que se corrió. Tengo que confesarte que, a pesar de no desearlo, mis propias manipulaciones me hicieron llegar otras dos veces al orgasmo. Al final, se corrió abundantemente en mi boca, teniendo que tragármelo todo.

Me pidió la tarjeta de crédito, pero como dudé en dársela, me dio bofetadas y puñetazos en la cara mientras se soltaba el cinturón, con el que estuvo dándome golpes por todo mi cuerpo desnudo, acompañado de patadas cuando caí al suelo. Cuando se cansó, la recogió el mismo y me levantó la cabeza tirando de mi pelo para pedirme el código, que se lo di como pude, pues tenía los labios hinchados, y se marchó.

Volvió al día siguiente por la noche, totalmente borracho. Me hizo mamarle la polla hasta que se le puso lo bastante dura para metérmela por el coño y follarme sin parar. Después del cuarto, perdí la cuenta de los orgasmos que tuve. 

Después de mucho rato follándome, y viendo que no se corría, comenzó a darme bofetadas al tiempo que me insultaba y seguía follándome. Como continuaba sin conseguirlo, me hizo ponerme a cuatro patas mientras tomaba su cinturón. Se puso a follarme por el coño de nuevo, al tiempo que alternaba fuertes palmadas sobre mi culo con dolorosos correazos sobre mi espalda, que a veces alcanzaban mis tetas produciendo mayor dolor.

Precisamente esa combinación del placer de su polla en mi coño y el dolor de los golpes hicieron que todavía alcanzase dos nuevos orgasmos antes de que se derramase en mi interior. Cuando lo hizo, cayó a mi lado y empezó a roncar desaforadamente.

Yo, me duché, comí algo y me quedé a dormir en la habitación de invitados. El resto de los días, ha repetido la situación. Me ha estado follando hasta que me he corrido varias veces y luego me ha hecho mamársela hasta que se ha corrido él, excepto ayer, que en vez de chupársela, me la metió por el ano, corriéndonos ambos casi simultáneamente.

Hoy y los próximos días no sé qué pasará. No sé lo que podré aguantar. 

Roberto, te necesito con urgencia. No sé qué hacer con lo que me está pasando.

Besos.

Yolanda.

Hola Roberto
He leído tu correo y no sabes el daño que me hace el que prefieras evitar romper el contrato por las sanciones que conlleva en lugar de venir en mi socorro.

¿Qué no será para tanto? Ya verás cuando vengas la grabación que ha hecho conmigo y sus amigos esta semana. 

Hace tres días vino a última hora de la tarde con cuatro amigos a cenar. Cuando los vi entrar, fui corriendo a la habitación a ponerme algo de ropa, pero Juan vino tras de mí y me hizo volver al salón a patadas, puñetazos y correazos.

No me dejó vestirme y al intentar taparme ante sus amigos, volvió a pegarme de nuevo, alegando que sus amigos tenían tanto derecho a disfrutar de mi cuerpo como él. Les preparé algo rápido que comieron con rapidez, conforme se les iba sacando. Al terminar, se repartieron unas pastillas que se tomaron entre risas y bromas. Luego se pusieron a jugar a las cartas, no sé cuál era el juego, pero al que ganaba tenía que chuparle la polla hasta que se corría, luego seguían jugando.

Tuve que chupársela a todos, excepto a uno, que ganó dos veces. Cuando se cansaron de jugar, me hicieron ir a nuestro dormitorio, donde me pusieron arrodillada, con todos ellos desnudos a mi alrededor teniendo que ir chupándosela a uno mientras pajeaba a los de sus lados, para luego pasar al de mi derecha y hacer lo mismo. Todos tenían pollas similares. Más o menos largas, más o menos gordas, pero ninguna tan exagerada como la de Juan. 

Cuando todos la tuvieron bien dura, me hicieron acostar y fueron follándome por el coño uno a uno. Casi no sentí nada con ellos, solo una ligera excitación, excepto uno, que movía tan bien su polla que rozaba fuertemente mi clítoris, haciéndome alcanzar un orgasmo. Por último, me folló Juan, que hizo que me corriese tres veces más.

De nuevo tuve que mamársela a todos para ponerla dura y cuando la tuvieron, me hicieron colocar a cuatro patas en el borde de la cama y uno tras otro me fueron follando por el culo. Me pasó lo mismo que por el coño. Entraban con mucha facilidad y solo me producían una excitación suave, hasta que le tocó el turno a Juan, que consiguió sacar de mí dos orgasmos. 

Mientras me enculaba el de turno, que luego me di cuenta que era el mismo orden en el que habían ido ganando la partida del principio, otro la metía en mi boca para mantener la erección.

Cuando terminaron, volvieron a tomarse otra pastilla y tuve que volver a chupársela para ponérsela dura de nuevo. Luego, cada uno me folló por donde quiso. Tuve tres orgasmos más, porque descubrí que, si contraía los músculos de mi pelvis, sentía más sus penetraciones y aumentaba mi excitación hasta el punto de poder correrme.

Cuando ya se habían cansado de follarme, uno de ellos quiso que fuese yo quien le echase el último. Se acostó en la cama y me pidió que me colocase sobre él y me empalase en su desilusionante pene (desilusionante comparado con el de Juan), cosa que hice a duras penas, de lo agotada que estaba. Botaba sobre su pene con toda la rapidez que me permitía mi agotado cuerpo y mi irritado sexo, después de tantas invasiones y orgasmos.

De repente, sentí unas manos que me obligaban a inclinarme hacia delante, hasta quedar recostada sobre mi amante de turno. Una nueva polla empezó a hurgar por detrás. Yo pensaba que me la iba a meter por el culo, pero me equivoqué. Sentí dilatarse mi coño con una nueva invasión. Notaba cómo iba entrando una nueva polla que, al tener el espacio ya ocupado, forzaba mi coño a dilatarse para admitirla.

Una vez conseguido, se movieron adelante y atrás, perfectamente sincronizados, haciéndome sentir la fuerte presión y el roce de ambas pollas. Estaba en los límites de un nuevo orgasmo, cuando me sujetaron y empecé a sentir que una nueva polla hurgaba en mi culo. Enseguida descubrí que se trataba de la de Juan, por su tamaño y grosor. No sé cómo lo hicieron, pues no tenía fuerzas para mirar, pero, en un momento, me encontré con tres pollas dentro. Otra polla más entró en mi boca y todos empezaron a moverse. Yo alcancé un nuevo orgasmo que no tenía fin. Era un placer constante, que partía desde el interior de mi sexo y llegaba hasta mi cabeza, embotando cualquier otro sentido. No sé si me desmayé, quedé en algún tipo de trance o no sé qué pasó, pero no me di cuenta de cuando terminó todo.

Al día siguiente desperté en la cama, que más parecía una bañera de esperma, mierda y jugos vaginales, sola, sin nadie alrededor ni tampoco en la casa, pues tampoco acudieron cuando pedí ayuda al intentar levantarme y no poder hacerlo.

Mis piernas estaban acartonadas. Mi sexo irritado como nunca. En mi ano casi cabía mi mano y el gusto en mi boca era asqueroso. Eso sin contar que mi cuerpo estaba literalmente bañado en semen.

Medio arrastrándome, llegué a la bañera, donde me dejé caer, abriendo los grifos para que se fuese llenando. Mucho más tarde salí, y casi sin secarme, me fui a la habitación de invitados, donde he permanecido acostada hasta hoy. Tengo que reconocer que tu hermano ha sido comprensivo estos días y no me ha tocado para que todo volviese a su estado natural.

Ahora te dejo, Juan me llama porque vamos a salir a comprarme ropa más apropiada, según me dice.

Besos

Yolanda

Hola Roberto:
Perdona que haya tardado más de tres meses en escribirte, pero ha habido muchos cambios y no he tenido tiempo.

Me habías colapsado la cuenta de correo por la gran cantidad de mensajes que había retenidos. Los he borrado todos de un plumazo, sin leerlos. Gracias por tu preocupación por mí. Vino la policía y pudo comprobar que todo estaba bien. Espero que te informasen adecuadamente.

Tengo una cita dentro de unos minutos, por lo que dispongo de muy poco tiempo, así que te haré un resumen.

La última vez te conté que íbamos a comprar ropa y eso hicimos. Juan me hizo vestirme y me llevó a varios grandes almacenes y sex-shops donde me estuvo comprando de todo, desde lencería a bolsos, pasando por camisones, vestidos de fiesta, de calle, ropa fetichista, consoladores, látigos. Algo increíble. Cuando le dije que no sabía si tendríamos dinero para pagarlo, me dijo que sus amigos habían pagado muy bien por follar conmigo, y que, a partir de ahora, todo sería diferente. Me iba a convertir en una puta de alto standing.

Cuando volvimos a casa me dijo que tenía que prepararme para mi primer trabajo, que iba a ser mi aprendizaje. Para empezar, me hizo poner una minifalda que apenas cubría mi sexo y un top cuyo borde superior estaba sobre mis pezones y el inferior dejaba ver algo de mis pechos, según los movimientos, dejando mi cintura al aire. Unas mallas de rejilla, unos zapatos con enorme tacón y un exceso de maquillaje, donde destacaban unos labios rojo fuerte, completaron mi imagen. Cuando iba a salir para que me llevase donde quería, me vi en espejo de cuerpo entero y la imagen de puta cutre me hizo echarme para atrás. Unas bofetadas y una patada en la entrepierna me pusieron en marcha de nuevo.

Me llevó a un club de carretera, donde estuve dos semanas practicando el oficio. Trabajé mucho, aguanté a todo tipo de gente, algunos de ellos eran como animales. Hice cosas y practiqué perversiones que nunca se me hubiesen ocurrido y me tocó aprender gran cantidad de trucos y cosas que las compañeras me iban diciendo con reticencias. Juan y el dueño debieron repartirse buenos dividendos y cuando me reclamó para marcharnos, el dueño me ofreció una buena cifra por quedarme. Me quedé parada, sin saber que decir, hasta que Juan me hizo salir con dos bofetadas que me encaminaron a la puerta.

Con ese dinero compró un piso en una zona de gente bien y muy tranquila, con dos plazas de garaje. Él se dedica a buscar nuevos clientes y a organizar las visitas de los antiguos. A los futuros nuevos clientes, les ofrece visitas discretas con una señora casada, a las que las largas ausencias de su marido la tienen desatendida y ofrece aparcar en la plaza del marido para mayor discreción.

Las técnicas aprendidas de las otras putas me permiten conseguir que todos crean que soy casi virgen, por lo estrecho de mis agujeros, lo que me hace ser muy apreciada entre mis clientes.

Juan me ha tenido prácticamente esclavizada hasta hace dos semanas, que me enteré de unas cosas que lo harían ir a la cárcel por mucho tiempo y además conseguí las pruebas que lo inculpan y que guardo a buen recaudo. Desde entonces, nuestra relación ha cambiado. Ahora soy dueña de mi cuerpo, mi trabajo y el dinero. Juan obtiene una comisión por los clientes que trae y mis ingresos crecen sin parar.

Ya no hace falta que vengas. Es más, mi visita a nuestra antigua casa es para recoger los papeles que necesito para presentar la demanda de divorcio. Para que no tengas problemas con tu contrato, te enviaré los documentos para que los firmes a través de la embajada.

Si vuelves algún día y quieres follar conmigo, estaré encantada de recibirte, e incluso te haré un buen precio, mientras tanto no hace falta que me contestes. No volveré a abrir este correo.

Yolanda

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