jueves, 23 de junio de 2016

A mi familia, lo que más quiero

Soy un hombre extremadamente guapo, me consideran muy atractivo, despierto el interés tanto en adolescentes como en mujeres de distintas edad. Debo medir 1.92 o 1.93 m. peso alrededor de los 82 o 83 k.
cuerpo atlético, ojos azules, cabello ondulado castaño y largo, miembro de considerables proporciones, con una virtud sobre el mismo, domino el orgasmo, el orgasmo no me domina a mí.

Nací en un bonito pueblo de unos 20.000 habitantes en el cual prácticamente nos conocemos todos. Mi casa está situada en los aledaños del mismo, aproximadamente a unos dos kilómetros, tal vez más, realmente es preciosa y acogedora, posee una gran extensión de terreno en plena naturaleza, sin vecindad, sin ruidos ni molestias. Cuenta con todas las comodidades modernas, así como un pequeño gimnasio, pista de baloncesto que también hace las veces de tenis.

Costumbres de mamá. Desde de los seis o siete años la acompañaba con bicicleta a correr por el campo cada día, a partir de esa edad la bicicleta se quedó en casa y a correr junto a ella. Comida sana, nunca se compraba carne o pescado de un día para otro, tres, cuatro piezas de frutas y zumos diarios. Mi higiene impecable, mi habitación impecable, mi educación impecable, en otras palabras, con ella todo debía ser impecable. Me enseñó tres normas de oro. 1- Ser siempre honesto conmigo mismo, pero sobretodo con los demás. 2- No mentir jamás excepto en una situaciones excepcionales. 3- No prometer nada que no pueda cumplir. Leerlas y deducir lo que ella pide apenas supone un pequeño trabajo. ¿Cumplirlas? Supone condicionar totalmente tu vida.

Sobre papá. Hombre inteligente y brillante, con una visión de negocios admirable. Posee una empresa que él mismo fundó, que en la actualidad la dirigimos los dos, siendo yo su socio. Ella es su gran debilidad y orgullo personal, orgullo que comprendo perfectamente ya que le ha dedicado toda una vida de esfuerzos y sacrificios, en el día de hoy genera pingues beneficios gracias a su entrega. Trato un tanto adusto, poco cariñoso, defectos que suple su inteligencia.

TÍA ROSA

Mi primer contacto sexual real, (no los del patio de colegio habitual) fue a los 1X años con la hermana de papá. Mamá, (por un motivo que hoy aún ignoro) enfermó, tuvo que ausentarse durante más de tres meses por lo cual decidió que quedara bajo su responsabilidad. Mi tía Rosa es encantadora, cariñosa, con una gran delicadeza hacía mi persona tal como demostró a lo largo de mi estancia. La casa de mis abuelos consta de dos plantas, en la inferior el comedor, la cocina, un baño y el dormitorio de mis abuelos, en la superior dos dormitorios, uno el de mi tía, el otro de su hermano que ya no vive allí, un baño, y un cuarto de usos varios, se me asignó el de mi tío. Inicialmente no acusé en demasía la ausencia de mamá, pero tal como pasaron los días mi añoranza se fue incrementando de tal modo que perdí el apetito, la falta de sueño era notable, me enfadaba por cosas insignificantes, etc. hasta tal punto que una noche me escapé a casa de mis padres quedándome a descansar a allí. Tras el consabido susto mi tía decidió tomar medidas al respecto de mi conducta. Ella posee una tienda de ropa femenina lo cual le permitía cierta libertad de movimientos, preparaba mi desayuno, me acompañaba al colegio, en alguna ocasión me esperaba a la salida, solíamos pasear o tomar alguna cosa en una plaza. Desde luego era una mujer maravillosa que me mimaba con un cariño que en aquél momento no supe valorar, pero que hoy se lo agradezco profundamente. A pesar de ello volví a repetir mi escapada nocturna, debió apercibirse de ello ya que cuando desperté en mi cama ella dormía a mi lado. Tuvo la delicadeza de no regañarme, simplemente realizó la rutina diaria mostrándose muy dulce como si el incidente no hubiese existido.

Inciso. Papá, para atender la empresa solía ausentarse cuatro o cinco días de casa cuando se trataba en el ámbito de la autonomía, ocho, nueve o más en territorio nacional, cuando sucedieron éstos hechos se encontraba de viaje.

Para que ello no volviera a suceder decidió que durmiera con ella, haciéndome prometer que mis” hazañas” no se repitieran. Por regla general me acostaba antes que ella, en la mayoría de las ocasiones ni tan siquiera la oía excepto cuando me despertaba por la mañana. No extremaba sus precauciones en desnudarse, sencillamente lo realizaba con su habitual naturalidad ya que me creía dormido. Una noche a su llegada me desperté, vi como se desnudaba enfundándose en su camisón, apenas vislumbré su cuerpo, a pesar de ello me excitó.

Lo siento, no he descrito a mi tía. Más bien es alta, algo delgada, cabello casi rubio, ojos verdes, cuerpo voluptuoso, con una carita muy bonita de facciones delicadas, ¡bellísima!

A partir de esa noche me mantenía despierto para contemplar su desnudez, transcurrieron varias noches hasta que ella me sorprendió. Se había quitado el sujetador, y al bajar su braga se trastabilló apoyándose en la cama, observó que estaba despierto con mis ojos clavados en ella, se puso el camisón con rapidez metiéndose entre las sábanas.

Al día siguiente no realizó comentario alguno del incidente, por la noche fue al baño a desnudarse se metió en la cama sin pronunciar ninguna palabra. Al cabo de pocos minutos me preguntó.

“¿Jose duermes? ¿Cuántas noches me has contemplado desnuda? No me atrevía a responderle, se giró hacia mí insistiendo en sus preguntas. Le respondí que tres o cuatro noches. “¿Por qué lo haces? Estoy segura que has visto otros cuerpos de mujeres, no deberías fijarte en el mío, no está bien, cuando me miras me avergüenzas”. Mi respuesta fue muy rápida. “¿Por qué no está bien? ¿Por qué te avergüenzo?” Prendió la lamparilla de noche, se incorporó de la cama mirándome fijamente. “Eres mi sobrino, tienes 1X años, yo 26, apenas eres un adolescente, yo ya soy una mujer, aún no estás preparado para el sexo de adultos, yo sí. Me siento avergonzada porque deberías mirar los cuerpos de las chicas de tu edad, y el mío ya que…” No dejé que finalizara la frase, la besé en la boca introduciendo mi mano dentro del camisón cogiendo uno de sus pechos. Tardó en reaccionar, lo que me dio tiempo a acariciarla casi a mi antojo, si verla desnuda me excitaba, tocar la piel tan suave de su pecho y sentir su boca cálida en la mía fue el cielo de la excitación. Se separó de mí apartando mi mano y mi boca. “No me beses así y haz el favor de no tocarme el pecho. ¿Es que no oído lo que te dicho? No es correcto lo que estás haciendo, no es bueno para ninguno de los dos, te vas a excitar innecesariamente, yo no puedo responder a tus caricias, también sería una irresponsabilidad por mi parte aceptarlas, te lo ruego, no vuelvas hacerlo”. Estaba muy desconcertado por sus palabras, también dolido por su rechazo, a ciencia cierta no sé que sentí, me di la vuelta pensando que era un chico muy infeliz.

La noche siguiente estuve sentado en la cama esperando que se desnudara, lo hizo, pero en el cuarto de baño, mi decepción fue muy grande, lo fue mucho más cuando ello se repitió a lo largo de dos noches, fue frustrante. En la cuarta noche apagó la luz girándose para dormir, de inmediato la abracé, pasé un brazo por su cintura para sentir su cuerpo cálido en el mío, con mi mano libre le acariciaba el hombro, enredaba sus cabellos con mis dedos, la besaba con suavidad en la espalda, en su cuello, su piel olía a jazmín fresco, eran caricias delicadas, apenas perceptibles para ella, gemía en voz baja repitiéndome. “Para mi niño, para, no me beses así”. Estaba descubriendo en mi tía cositas totalmente desconocidas para mí que eran extraordinarias, como extraordinariamente excitantes. Animado por su silencio mi mano ascendió de su cintura a uno de sus pechos comprobando que no llevaba sujetador, jugué con él buscando su pezón, lo retorcí con mis dedos con mucha delicadeza, lo sentía duro, , muy grande con respecto a los que había tocado, quise ser más descarado, introduje la mano por el escote del camisón tomando el pecho con ella, ¡dios mío, aquello era un sueño en el cuerpo de mi tía!, mi polla estaba totalmente erecta y muy dura, excepcionalmente dura, sin dudarlo la oprimí contra sus nalgas frotándola contra ellas, casi me corrí con ambas caricias, eran caricias sensuales, eróticas, de una ingenuidad indescriptible. Mi sueño se desvaneció cuando separó su cuerpo del mío retirando mi mano de su pecho desnudo, pero sin ninguna brusquedad, no pude dejar de exclamar,” Oh no”, “Oh sí, mi hombrecito descarado”, se dio la vuelta cogiéndome la cara con sus dos manos. “Presta a tención a lo que te voy comentar e intenta no olvidarlo. Apenas eres un niño y deseas comportarte como un hombre, tienes tu mente y tu cuerpo en pleno desarrollo sexual, eso lo comprendo, pero te equivocas de mujer, lo que buscas debes encontrarlo en una niña de tu edad, no en mí, soy adulta y tú no. Lo que has hecho en mi cuerpo no está bien, no es correcto, si tu madre se enterara no me perdonaría jamás, es más, me mataría. A tu siguiente pregunta. ¿Por qué? Soy la hermana de tu padre, por lo tanto tu tía carnal, si aceptara tus caricias aceptaría el incesto, ello es una lacra social de la que no me podría desprender. Eres inteligente, y tal vez excesivamente maduro para tu edad, por lo que deduzco que puedes comprenderme perfectamente. ¿Me equivoco?”.

Tenía toda la razón, y no, no se equivocaba, lo que ambos ignorábamos en aquél momento era que mamá era una libre pensadora liberal, ella me había educado bajo unos conceptos no básicos que me permitían obrar a mi libre albedrio dentro de los límites de mi edad. Tampoco se equivocaba sobre el incesto, no ignoraba el sentido real de la palabra y las múltiples consecuencias del mismo.

Estábamos a oscuras y le pedí que encendiera la luz de la mesita para poder contemplarla y confesarle lo que sentía por ella. “No, no te equivocas, pero me siento atraído por ti, eres muy bonita, mucho más que las chicas que conozco, tus pechos son muy grandes y los de ellas muy pequeños, los tuyos me excitan muchísimo, los de ellas apenas, tú te comportas como una mujer, ellas como niñas, haces que me sienta mal cuando te acaricio, y eso no lo noto en ellas. No te enfades conmigo, pero seguiré tocándote aunque te moleste o no me lo permitas, te prometo que lo haré”. Sin darle tiempo a reaccionar la besé en la boca apasionadamente, ella la entreabrió lo justo para que pudiera introducir la puntita de mi lengua buscando la suya, se encontraron en un beso frenético, mordía sus labios y la puntita de la lengua que me ofrecía, cuando yo paraba ella empezaba, de inmediato mi mano acarició uno de sus pechos sin rechazo alguno, inesperadamente apartó mi mano bajando un tirante del camisón, la tomó de nuevo apretándola contra su pecho desnudo, ello provocó una pasión tan descarada que a ambos nos sorprendió, perdimos el control besándonos furiosamente sin reparo alguno, los besos suaves se tornaron en tórridos, húmedos, casi salvajes.

Gemía dulcemente sin ningún disimulo por el placer que nos proporcionábamos, tomó mi cara entre sus manos pidiéndome que abriera más la boca para besarme plenamente, aquello era una autentica locura sexual que se incrementó cuando paró de besarme. “Por favor, tira de mi pezón, retuércelo con tus dedos, ¡hazlo!”. me confesó con un susurro, sus gemidos se incrementaron de un modo notable transformándose en quejas dulces como diciéndome. “No pares, sigue, me gusta que me toques de ese modo, yo también te deseo”. Ambos disfrutamos como dos críos pequeños que acabábamos de conocernos descubriéndonos lentamente, fue sencillamente maravilloso, un momento único, inolvidable. Ignoro si aquella situación la vivimos durante un minuto o estuvimos así 40 o 80, no lo sé. Despertamos cuando ella me detuvo separando su cuerpo del mío. “Dios mío no, no puedo hacerlo”, apartó mi mano de su pecho subiendo el camisón a su lugar, me miró con una dulzura infinita como si se disculpara por lo que había sucedido. “Gírate y duerme, no hagas ni digas nada, mañana hablaremos, ahora estoy confusa, necesito reflexionar estoy muy desorientada y perdida”. Me giré, ella me abrazó de un modo cálido, me susurró al oído. “Descansa pequeño, ha sido una noche muy agitada”. Esa noche dormí muy feliz. ¿Por qué? Aunque acusaba notablemente la ausencia de mamá me sentía amado y protegido por ella, era una mujer extraordinaria.

Al día siguiente me sorprendí al verla sentada en su banco frente al colegio, fue una autentica sorpresa creí que ese día no vendría, se levantó risueña encaminándose hacia mí con una sonrisa en la boca, me dio un beso en cada mejilla proponiéndome. “Si tienes apetito podemos ir a algún lugar a tomar un refrigerio, si no es así nos vamos de paseo hasta tu casa o bien por el campo”. Elegí lo segundo rogándole que prefería pasear por el campo si no le importaba. Mientras paseábamos mantuvimos una conversación alegre y muy animada, preguntaba cosas sobre mí, se metía conmigo bromeando sobre tonterías mías, sonreía constantemente, a veces comentaba. “Tienes el cabello muy largo y muy bonito, se parece al de una chica”. Me lo revolvía acariciándolo con una sonrisa preciosa en los ojos y en la boca. “¿Quién es tu padre? Desde luego mi hermano no, él tiene los ojos pardos claros y tú azules como una canica de cristal. ¿Cuándo lo conozcas me lo presentarás?”. Se burlaba de mí haciéndome rabiar con sus bromas. Cuando llegamos a un paraje bonito y tranquilo se detuvo invitándome a sentarme en el suelo, ella también lo hizo. “Túmbate y estírate en el suelo, pon la cabeza en mi regazo. ¿Estás bien? ¿Sí? Considero que tenemos que hablar sobre el incidente de ayer noche para que no se repita. ¿Lo deseas o postergamos la conversación?”. “No, deseo hablar contigo, tengo muchas preguntas que no sé responderlas, estoy muy nervioso y preocupado por cosas que ignoro, a ti te parecerá que soy tonto, pero necesito que me ayudes un poquito. ¿Me vas a regañar?”. Le pregunté temiéndome lo peor. “No bobo, no te voy a regañar, aunque debería de hacerlo, intentaré aclarar tus dudas”, me respondió encantadoramente. Básicamente me comentó lo dicho con anterioridad, pero matizándolas, añadió que había predicado una cosa y había obrado de modo, como si se disculpara por nuestras mutuas caricias. Aquello no solucionaba el problema, todo lo contrario, lo agudizaba, se lo hice saber y me contestó. “Mi hombrecito precoz. ¿Qué vamos hacer?”.

Obré con una ingenuidad, quizás esa ingenuidad le convenciera para permitirme ciertas libertades. “Por favor tía Rosa cierra los ojos”. Desabroché la parte superior de la camisa blanca de tela fina dejando al descubierto sus pechos tapados por el sujetador, a continuación la besé en la boca, la acariciaba y la besaba tiernamente, su “Oh Jose no hagas eso, te lo ruego, no me toques de ésta forma está muy mal, detente”. Más bien eran gemidos de placer que un ruego, no me detuve, todo lo contrario, me volví más apasionado, de algún modo sentía que no me rechazaba por lo que mi osadía me llevó a intentar sacar su pecho del sujetador sin aquella delgada tela que lo ocultaba, me lo impidió retirando mi mano tan descarada. “Cariño eso no, y mucho menos en un lugar público, aquí nos pueden ver y voy a tener serios problemas”. Otro “no” que me desconcertó por completo, bajo el prisma de mi inocencia, creía que acariciarla y besarla era algo natural que formaba parte de la vida cotidiana. “¿Es que no te puedo besar y tocar como lo hacen los chicos y las chicas?”. “¡Nooo!, no puedes, bueno sí, no. Madre mía, me estás confundiendo como a una niña tonta e ignorante. ¿Acaso no puedes comprender que ambos actuamos equivocadamente? Eres terriblemente atractivo y tierno, a veces no puedo dominarme y me dejo tocar, pero cuando sobrepasas el límite me asusto. ¿Tu linda cabecita puede entender unas palabras tan sencillas?”. Creo que ella estaba más confusa que yo. “No, no puedo. ¿Ahora qué hago? ¿Me vas a prohibir tocarte y besarte?”. Sin responderme se inclino besando mis labios, también la cara, el cabello, tomó mi mano y la puso en uno de sus pechos, muy quedito me dijo en el oído. “Por favor amor mío, no me bajes el sostén. No, no, no te voy a prohibir tocarme ni besarme, lo voy hacer yo por ti”. Era una pura contradicción sin sentido aparente. Me perdía en ella, era tan suave en sus caricias, tan dulce en sus besos que me enamoró por completo, rectifico, como el crío que era. Estuvimos así mucho tiempo, el suficiente para conocernos íntimamente, nuestras bocas y nuestras manos se buscaban como si la vida dependiera de ellas, ahora me besa dulcemente, ahora me besa apasionadamente, le acaricio los pechos con delicadeza, para que un segundo más tarde los lastimaba, nos estábamos reconociendo el uno al otro de un modo maravilloso, y lo peor, nos gustaba. Disfruté de de ella como jamás me lo hubiera imaginado, fue algo indescriptiblemente bello. Ya atardecía cuando decidió que regresáramos a casa. Me comentó de un modo enigmático. “Sé lo que debo de hacer, lo sé y está decidido”. 

Al llegar allí le di dos besos a mis abuelos siguiéndola a la cocina, una vez dentro de ella me dijo. “Ve al baño y desahógate, necesitas hacerlo o lo pasaras muy mal”. Dios, era encantadoramente atrevida, hice lo que como me indicó. Me fui a él a masturbarme de un modo irreconocible para mí, el orgasmo fue rápido, pero intenso, me lavé las manos, la cara, pero de nuevo mi polla estaba erecta, la tomé entre mis manos para masturbarme pensando en mi tía, fue un orgasmo brutal, mejor que el primero, en ese momento me apercibí que ella dominaba totalmente mi corazón y mi cuerpo, la sensación de saber que era suyo más que mío me gustó, no la rechacé. Cuando regresé a su lado estaba preparando la cena, me preguntó. “¿Te has tocado? ¿Ha sido bonito?”. Me ruboricé como un niño. “¿Cómo lo sabes?”. Le respondí de un modo incrédulo, me besó en la frente con su eterna sonrisa en la boca. “Lo sabrás por ti mismo cuando seas mayor. ¿Me ayudas a preparar la cena mi hombrecito guapo? Ah, ni se te ocurra tocarme. ¿De acuerdo?”.

Cenamos los cuatro, le ayudé a retirar la mesa, mis abuelos fueron a descansar, realicé mis deberes escolares que había realizado, ella se dispuso a fregar los cacharros de la cocina, cuando finalicé aún seguía con sus tareas, me acerqué a ella para darle los dos besos de buenas noches. “No te vayas, quédate conmigo, esta noche iremos juntos a la cama. ¿Quieres ayudarme y así termino antes?”. Cuando finalizamos tomó mi mano con la suya. “Ven Jose, ven conmigo, hoy soñaras despierto junto a mí. ¿Quieres soñar?”. Lo pronunció con una timidez casi lastimosa, estaba de pie frente a mí, con una mirada tierna, su mano le temblaba, esperaba con miedo mi respuesta, era el vivo retrato del amor, si no estaba enamorado de ella, (cosa que dudo) me enamoré en éste preciso instante, jamás olvidaré su expresión, ni esa carita tan bella de niña asustada, virgen que mujer tan bella y sensible, musité un sí casi inaudible.

Tía Rosa leerás mis palabras y al hacerlo pensarás. “Qué pobres son tus palabras para reflejar mis sentimientos”. “Cierto, no te equivocas, no poseo las palabras fáciles de la pluma de Campo Amor que tanto te gustan, pero poseo un corazón grande y delicado donde guardo mis momentos más mágicos, ese fue el más bello de todos. Apenas fueron 30 o 40 segundos, los suficientes para saber que ellos marcarían mi vida para siempre. Muchas gracias por ofrecerme tal regalo, poquísimas personas han podido vivir semejante sensación, yo soy uno de éstos afortunados. Simplemente, gracias, y un te amo”. Lo escribo con gran orgullo y respeto.

Cuando llegamos a su dormitorio me rogó unos minutos, se fue al cuarto de baño, (tardó una eternidad) supongo que se bañó, cuando regresó abrió un cajón y extrajo un pañuelo muy fino de varios colores celestes depositándolo en una de las lámparas de la mesita de noche prendiendo su luz, apagando la central dormitorio, me cogió de la mano invitándome a levantarme. “¿Sabes cuál es la decisión que he tomado?”. Moví la cabeza negativamente. Repito la pregunta. ¿Sabes lo que es soñar despierto?”. Otra negación. “¿Me deseas?”. A ésta pregunta sí la respondí con toda mi alma. “Sí muchísimo, yo no sé decirlo como tú, pero mucho”. “Quédate de píe y cierra tus ojos, ábrelos cuando yo te lo diga. Hazlo por favor”. La obedecí como si sus palabras fueran ley. “Sobrino ahora sí vas a soñar como nunca lo has hecho. Ya puedes abrirlos, mira a tu tía y sueña”. Pronunció esas palabras matizando nuestro parentesco, deseaba que fuera consciente de ello. Al abrirlos la vi más bonita que nunca, se había puesto un camisón blanco cortito transparente cerrado con lacitos hasta la cintura, a través de tela podía ver la figura perfecta de sus pechos, los pezones y la areola que los rodeaba, virgen qué hermosa era, una visión perfecta de una mujer en plena madurez sexual. Sin tiempo a regodearme en su cuerpo tomó mis manos para que la abrazara con mis brazos, con sus manitas enmarcó mi cara, empezó a besarme plenamente en los labios, eran besos, apasionados, sin recato alguno, como si se hubiera abierto la veda a comernos los labios desesperadamente. “Abrázame más fuerte no me vas a romper tonto, mueve tu cuerpo en círculos para que lo note en el mío. Saca tu lengua, quiero chuparla”. Aquellas palabras fueron para ambos la liberación de los sentidos. Le ofrecí mi lengua, la chupaba, la mordía con saña al igual que mis labios pidiéndome. “Más más, por dios, mueve tu cuerpo”. Era violenta, descarada, yo también lo fui, era un juego excitante en el que tanto ella como yo deseábamos jugar. Le subí el camisón para tomar su delicioso culo en mis manos, frotaba mi polla contra sus piernas como un poseso, tenía razón, aquello era soñar despierto, pero un sueño muy húmedo y descarnado por nuestras caricias, desde luego estábamos gozando como dos críos chicos.

Se detuvo para que tomáramos un respiro, con su mano me limpió nuestras salivas, yo hice lo propio en su cara. “¿Te gusta lo que estamos haciendo? ¿Te excita?”. No tuve oportunidad de responderle. “Oh sí te excita, lo noto obscenamente en mis piernas, en tu boca, en tus ojos, en todo tu cuerpo, ese cuerpo que ahora es mío”. Aquellas palabras me excitaban como sus caricias o más, interiormente le suplicaba. “No pares de hablarme así, enséñame todo aquello que tú sabes”. Por fortuna el dios sol y diosa luna escucharon mis suplicas.

Aún seguíamos en píe, seguíamos pegaditos el uno al otro, se separó un poquito de mí para preguntarme. “Si lo deseas podemos detener ésta locura, si no es así, nadie la va a parar, ni tan siquiera dios lo va impedir. Respóndeme sinceramente”. Me miraba anhelante esperando mi respuesta. “No quiero parar, deseo continuar con lo qué estamos haciendo”. Le respondí un sí sin temor a equivocarme. Me besó con delicadeza, con una ternura que me rompía el corazón. “Jose me enamoras, cada segundo que paso junto a ti me enamoro un poco más”. Me contestó de un modo arrobado, pero con tono seguro.

“¿Quieres acariciar mis las tetas? ¿Deseas verlas desnudas? Puedes hacer todo lo que quieras con ellas, todo” Dio un paso atrás separándose de mí, con una timidez impropia de su edad cogió mis manos depositándolas en sus ellas. Las tocaba con temor a que se escaparan, con emoción y excitación, era la primera vez que podía sentir en mis dedos una carne tan delicada, la de una mujer que me estaba ofreciendo lo mejor que poseía. Mis dedos dibujaban sus contornos, las tomaba con las dos manos, las notaba pesadas, grandes y duras, las movías de abajo arriba, de lado a lado, me admiraba su dureza y aquellos pezones que se veían pese al camisón, me centré en ellos con un deseo incontrolable de querer morderlos. Tiraba de ellos con fuerza, los estiraba hacía mí esperando que crecieran aún más, no contento con ello los retorcía, me producían placer hacerles daño, mi tía runruneaba gemidos, lo que incrementaba mi deseo y mi excitación, de repente perdí el sentido del pudor ético consciente de que eran míos, los oprimí muy fuerte juntándolos, los mordí violentamente apretándolos de un modo casi salvaje, aquello era el cielo en la tierra y nosotros los protagonistas. “Pequeño, me haces daño, no los muerdas tan fuerte los lastimas con tus dientes, ellos son muy delicados”. Se quejó lastimosamente sin separarlos ni un milímetro de mí boca, dejé de morderlos. “Lo siento tía Rosa, no he podido contenerme, me excita morderlos así, lo siento, perdóname”. Debí de poner una cara de niño apesadumbrado y arrepentido ya que me respondió. “¿Tanto te excitan mis tetas?”. Asentí con la cabeza un tanto avergonzado. “Muérdelos, no me importa que los lastimes, quiero tu placer”.

Reanudé mis caricias haciéndolas más suaves, madre mía, apretó mi cara sobre ellos pidiéndome. “Así, hazlo de ese modo, no pares mi niño que me estás llevando a la gloria”. En ocasiones mi boca los abandonaba para buscar la suya y besarla, correspondía besándome con furor, con desespero, caímos en la cama revolcándonos como si temiéramos perdernos el uno al otro. Ignoro si éramos personas racionales, de lo que sí estoy seguro es que el deseo nos consumía por completo, nos mordíamos procurándonos placer mutuo, ya no eran besos, era comernos como pequeños animalitos que no se quieren separar. Bajé mi mano buscando su coño, la separó de él poniéndola de nuevo en su pecho. “Todavía no, sé paciente, ya te lo daré”. Caí en la cuenta de que en ningún momento mi tía había buscado mi polla, que estaba totalmente vestido excepto las deportivas, con sencillez pensé que ella sabía lo que estaba bien o mal, o en su defecto, lo que más convenía a los dos. Seguimos besándonos sin darnos tregua alguna, nuestro apetito era voraz e incontrolable, ahora nuestras bocas se reconocían, sus tetas y mis manos también, todo estaba en su sitio.

Se giró ofreciéndome la espalda. “Sobrino, ponte detrás de mí, besa mi cuello y las orejas, esas caricias excitan terriblemente a tu tía, hazlo con dulzura”. Otra vez recordándome el parentesco familiar que nos unía. ¡Qué mujer tan exquisita! Toda caricia en su momento, frenaba mi pasión para que nuestras caricias fueran cariñosas no y perdernos en meandros lujuriosos. La giré un poco para verla, lo que contemplé me sorprendió. Su cara se encontraba empapada de sudor y muy roja, sus labios temblaban ostensiblemente, los ojos cerrados como si esperaran a ser abiertos por un algo que desconocía, se volvió a girar, le aparté su cabello cortito para besar su cuello, eran besos tiernos y dulces, a veces le lamía la piel que tenía sabor a sal por su sudor, se estremecía involuntariamente, notaba como el bello de su brazo se erizaba, sin un género de duda le estaba ofreciendo un placer que en aquella época desconocía. Al llegar a una de sus orejas la mordisqueaba suavemente, luego introducía mi lengua en su oído, encogía el hombro como si me rechazara, sus gemidos se tornaron más intensos, titiritaba como si estuviera helada de frío, me asusté ya que ignoraba lo que sucedía, no tuve más remedio que preguntárselo. “¿Tía Rosa lo hago muy mal? Lo siento carezco de experiencia”. Le inquirí preocupado. “No cielo, no, ¡todo lo contrario!, estoy así porque me estremecen tus caricias, lo haces muy bien. Mímame de ese modo, dame tu mano y no pares de tocarme”. Se la di y la introdujo dentro de su camisón. “Toca mis tetas”. Me rogó con un hilo de voz. Mucho más tranquilo reanudé mis caricias mientras mis dedos jugaban con un pezón. La sentí muy débil y frágil, si yo era un adolescente ella también. Seguí besándola con la sensibilidad que yo presumía tener, entregándome a ella en cuerpo y alma, sin ningún reparo ni resquicio de vergüenza. Le susurraba al oído. “Estoy enamorado de ti”. “Qué bonita eres”. O bien. “Me gusta cómo hueles”. Eran palabras sinceras y muy ingenuas, espontáneas pero sinceras, las pronunciaba con un amor el cual era un perfecto desconocido. “Oh mi niño, no pares de decirme éstas cosas tan bonitas, enamórame hasta que no sepa vivir sin ti”. Me encandilaba su voz tenue y del modo en que las pronunciaba, seguí confesándoselas tal como nacían, la besaba con cariño, la tocaba con suavidad de seda, era increíble que ello me excitara de ese modo, no pude evitar el deseo de oprimir mi polla en sus nalgas frotándome con ellas. Repentinamente exclamó. “Frótala, quiero tu polla en mi culo, más fuerte, por favor, mucho más, no pares, como te pares te mato. Muérdeme el cuello, tira de mi pezón, no te detengas, por dios no lo hagas, te juro que te mato, te lo juro”. A los pocos minutos se convulsionó violentamente, su cuerpo temblaba agitadamente, gemía muy fuerte con palabras que no conseguía entender, me clavaba sus uñas en mi mano, me preocupé por ella sin entender que le sucedía. 

¿Te encuentras bien?”. Le pregunté sin saber lo que había sucedido. Guardó silencio, sólo notaba su respiración entrecortada, sus estremecimientos se calmaron paulatinamente aunque los temblores no cesaban. Se giró con esa sonrisa adorable, me dio un beso muy largo en la boca. “¿Estas preocupado por tu tía? ¿De veras no sabes que me ha sucedido? ¿Estás asustado?”. Al ver mi cara de incredulidad con toda delicadeza se río de mí. “Sí tonto, me encuentro muy bien, tu tía está más que bien. ¿Recuerdas lo que te dije ésta tarde cuando llegamos a casa? Te mandé al baño, después te pregunté. ¿Te has tocado? ¿Ha sido bonito? Pues tu chica mientras le decías éstas cositas tan lindas, mientras tu polla se frotaba descaradamente de un modo muy obsceno en mi culo, me estaba masturbando el chochito, desde el primer momento que me giré, me estaba tocando “ahí” abajo, me he recreado en una paja muy, pero muy larga, me he corrido como jamás pensé que una mujer podía hacerlo. ¿Satisfecha tu curiosidad? ¿Más detalles? Jose, mírame, te lo confieso de una forma seria y veraz. Puedo estar con un millón de hombres, puedo gozar de un millón de orgasmos, y a pesar de ello nunca sentiré lo que he vivido ésta noche contigo, ello es imposible si tú no vuelves a nacer. ¿Puedes comprender el alcance de mis palabras? No me arrepiento de mis actos, ¡en absoluto!, es más, sé que eres mi sobrino y por ende soy tu tía, lo repetiría mil veces en una sola vida. Dudo que exista un hombre tan dulce y tierno como tú, eso también te lo puedo asegurar. Ha sido muy hermoso, gracias amor mío, te lo confieso muy bajito para que tan sólo lo oigas tú. Ahora deja que te abrace, necesito recuperarme de mi orgasmo, abrázame y no digas nada, ya hablaremos”·

La miré asombrado y con estupor por sus palabras, eran casi era imposible creer, me sentía protagonista de algo que ignoraba. En mi fuero interno pensaba que tía Rosa era una mujer única, inaccesible, merecer sus caricias era una mera utopía lejos del alcance de un adolescente como yo, estaba muy equivocado, si ofreces lo mejor de ti, si te entregas con fe ciega, si te enamoras sin preguntarte el porqué, cualquier hombre o mujer está al alcance el uno del otro, no importa la raza, color ni credo, ni tan siquiera la edad, lo realmente importante es lo que he reflejado, lo demás son intangibles y éticas banales. Yo me merecía a tía Rosa, del mismo modo que ella merecía a sobrino Jose. Así lo aprendí de mi tía, y así lo profeso, el resto no cuenta absolutamente nada, excepto tus propios valores.
Nota: No me gusta escribir y mucho menos de mí mismo, es pedante e incluso de muy mal gusto, por ésta razón no me he esforzado lo más mínimo en ello, sí lo he hecho en los comentarios de mi tía ya que los considero valiosísimos. Desde luego no pido disculpas. 1X años, ya conocéis mi norma al respecto, no deseo comentarios.

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