sábado, 16 de abril de 2016

Una triple coincidencia II

Hola, mi nombre es Andrea, y en la actualidad tengo 24 años. 

Habían pasado ya varias semanas sin que mi padrastro apareciese por casa, y eso me entristecía. Por una parte terminé el verano sin querer volverle a ver, ya que su comportamiento conmigo se apartaba mucho de lo que se suponía debía haber entre un padrastro y una hijastra. Como conté nuestros contactos esporádicos, aparte de darme mucho placer (Esteban era un hombre rudo, pero tenía mucha experiencia en el sexo), también sirvió para que mi relación con mi madre se enfriara.
Ella sabía que había habido algo entre nosotros, pero como nunca pudo probarlo pues jamás se atrevió a sacar el tema. Por otra parte terminé sintiendo algo por él, ya que fue el primer hombre de verdad en probarme y hacerme llegar al orgasmo real. Hasta ese momento mis relaciones sexuales no se habían apartado de simples rollos de una noche en hoteles o coches con chicos sin experiencia ni determinación. 

El caso es que lo eché de menos durante ese tiempo, y en la soledad de mi habitación, cada vez que recordaba cómo me cogía y cómo me hacía sentir con sus besos y sus caricias, me humedecía como nunca, obligándome aquello a masturbarme una y otra vez. 

Precisamente en aquella época celebré mi 19 cumpleaños, y a mis amigas no se les ocurrió otra cosa que regalarme un consolador (que aún conservo y me hace compañía de vez en cuando) muy bonito, rosa, con tres velocidades y una curiosa funda en la que se puede insertar y cuando te lo estás metiendo parece que los testículos de tu amante invisible te estén golpeando con cada penetración. La verdad es que es una pasada. 

Un buen día en el instituto, terminé antes de hora un examen y opté por ir a tomarme un café a la cafetería de al lado del instituto. Normalmente acudía a la cantina que había en el interior de la escuela con mis amigas, pero en aquella ocasión estaba sola, y me apetecía estarlo. No paraba de pensar en Esteban y en la noche en la que lo hicimos en el baño, a diez metros de donde mi madre dormía. Recordé como abrió la puerta de la ducha y me asaltó en plena noche como un vampiro sediento de sangre. Se metió vestido a mi lado mientras el agua nos empapaba y me besó mientras con sus manos recorría todo mi cuerpo que se estremecía con cada caricia. Recuerdo especialmente mis pezones que estaban tan sensibles que cada vez que los tocaba, parecía que me pincharan con alfileres. 

Con la mente perdida en aquello reparé demasiado tarde que no llevaba salvaslip, y un manchurrón importante de flujo me decoró la entrepierna del pantalón (rojo, para más inri). Apurada, recorrí como un rayo la cafetería hasta los aseos, y allí me los quité. Eso no tenía arreglo, tendría que salir sin ellos. Suerte que la camiseta que llevaba ese día era bastante larga y bombacha por abajo, y si apurabas el largo podía pasar por un vestido corto. Allí, sentada en el váter sin bragas ni pantalones, decidí terminar lo que había comenzado afuera. Los aseos de aquel lugar eran muy bonitos, y las puertas eran de metal pulido, tan limpio que me reflejaba. Verme allí sentada abierta de piernas mientras mis dedos hacían su trabajo ayudó a multiplicar por dos el morbo que aquella situación me causaba. En mi mente sucia solo permanecía la imagen de Esteban encima de mí. Penetrándome mientras yo gritaba de puro gusto una y otra vez. Aquello, unido a mis dedos masajeando mi clítoris, separando mis labios menores y entrando y saliendo de mí, provocó que no tardara en llegar a un orgasmo muy fuerte, al que siguió otro que hizo que me temblaran las piernas. 

Ya de camino a casa no pude evitar observar cómo me miraban algunos hombres. Para evitar aquello fui todo el camino estirando del dichoso vestido, que no paraba de subírseme una y otra vez. Y, aunque nunca he creído en ello, el destino o algo parecido hizo que me tropezara de narices con aquel al que había estado dedicando mis dedos desde el final del verano. 

Esteban me saludó muy educadamente, y en su rostro se reflejó una mezcla de sorpresa y de alegría al encontrarme. Me dijo que su vida poco había cambiado desde que se peleó con mi madre. Seguía en su taller con sus motos, y dando clases en la autoescuela del pueblo. Mientras hablaba, mi mente no paraba de recordar lo bien que aquel hombre me lo había comido, y las mamadas tan grandes que yo misma había hecho al robusto miembro que habitaba en sus pantalones, a escasos centímetros ahora de mí. 

Con cierta timidez le pregunté si tenía alguna nueva novia por ahí. Pero éste se limitó a sonreír. Y acercándose a mi oído me susurró que nunca encontraría lo que yo le había dado. 

Esteban se marchó sin más invitándome a que pasara por su taller cuando quisiera (con una sonrisa que quería decir algo más). Yo en un principio me lo tomé mal, aunque después, al recapacitar lo encontré normal. Éramos dos adultos que habíamos compartido unos más que buenos encuentros sexuales, y él me invitaba a repetirlos. 

En las semanas siguientes la rutina se apoderó de mi vida. Continúe con mis clases; terminé los exámenes de la evaluación del trimestre y seguí acudiendo regularmente al gimnasio a realizar mis clases de aerobic y spinning. Todo continuó como si tal cosa, pero muy en el fondo de mi mente una idea daba vueltas como si estuviera dentro de una lavadora. La idea de ir a ver a Esteban. 

Un buen día accedí a tomarme un café con un compañero del gimnasio. El chico era guapete, no muy alto (en comparación a mí, ya que yo le sacaba un palmo (soy alta)), y estaba bastante cuadrado. Pero descubrí demasiado pronto que su cabeza también era cuadrada, ya que todo el peso de la conversación recayó en como realizaba sus ejercicios para reafirmar dorsales y los potingues que se tomaba. En un momento de la conversación me propuso ir a otro sitio (quizá notó mi evidente aburrimiento), y yo le insistí en ir a la playa. La idea a él le pareció bien, y enumeró varias calas a las que acudir que no estaban demasiado lejos. Sin escucharle le propuse ir a la playa en la que pasé el pasado verano con mi familia, al lado de la casa de Esteban. 

Dicho y hecho. El chico estaba tan cegado conmigo que cualquier cosa que le dijera suponía una orden directa para él. 

Una vez hubimos llegado al pueblo costero, le engañe para que me llevara a casa de mi padrastro. El muchacho se mostró reticente al principio y así me lo hizo saber negándose en redondo, (No le apetecía compartirme con otro hombre) aunque al echarme encima de él su negativa comenzó a tambalear. Cambié de asiento y me senté encima de él con las piernas abiertas, aprisionándole con ellas. Con susurros le dije al oído que ahora yo mandaba en él, y debía hacer todo lo que yo quisiera. Isaac (que así se llamaba mi compañero), se quedó bloqueado sin saber qué hacer ante aquella situación, pero yo sí que sabía cómo continuar. Le agarré del cuello con ambas manos y comencé a morderle los labios mientras frotaba mi ingle contra su entrepierna. Él se lanzó enseguida a besarme repasando mi boca con su lengua, mientras me metía las manos por debajo del pantalón corto y me agarraba fuertemente los glúteos, pero ahí me hice la estrecha. Sabía perfectamente cómo llevarlo a mi terreno y esa era la forma más fácil. Aunque no pude evitar excitarme al ver como crecía su miembro bajo el pantalón. Me imaginé siendo penetrada por aquel falo y me dije a mi misma que eso ocurriría antes de terminar la noche. 

El viaje hasta el pueblo y el magreo en el coche provocaron que se nos hiciera más tarde de lo esperado, y ya prácticamente de noche llegamos a la casa de Esteban. Al verla, numerosos recuerdos invadieron mi mente. Esteban y yo habíamos hecho el amor en prácticamente todos los lugares de aquella casa: en su taller, en la parte de atrás, en la despensa, en los campos de que la colindaban… 

No tardé en verle aparecer alertado ante las luces de aquel coche desconocido. Tras verme una sonrisa iluminó su cara, aunque también note una parte de recelo al observar a mi acompañante. Tras besarle en la boca le dije que nos dirigíamos a la playa, y le expresé mi deseo de que nos acompañara. Esteban aceptó gustoso, y nos invitó a esperarle dentro de casa, ya que debía ducharse (acababa de terminar de trabajar). Una vez dentro nos sacó unos refrescos y nos dejó sentados en su sillón esperándole. Allí informé a mi acompañante de lo que había entre Esteban y yo y le conté con todo lujo de detalles la noche que lo habíamos hecho precisamente en aquel sofá. Isaac fingió enfadarse con aquello y me anunció que quería irse, que lo había engañado arrastrándolo hasta allí; pero la realidad era otra, ya que el bulto de su entrepierna decía claramente que quería quedarse esa noche dentro de mí. 

En uno de sus intentos por marcharse le besé durante varios minutos. Mis manos recorrieron su torso de gimnasio y fueron bajando hasta detenerse en su pantalón, allí donde reposaba su enorme miembro. Tras masajearlo por encima de la tela me aventuré a desabrochar los botones. Quería ver bien lo que antes solo había intuido. Su pene era muy grueso y con venas; y parecía estremecerse con cada caricia que yo le hacía. Con una mano comencé a masajearle los testículos mientras que con la otra subía y bajaba aquella piel que parecía derretírseme en la mano. De su punta salía una gran cantidad de flujo, y aunque al principio me dio un poco de asco, luego me excitó tanto que me obligó a abrir la boca y degustar aquello. Me metí todo su falo en la boca y le hice la mejor mamada de su vida. La expresión de su rostro reflejaba claramente lo que estaba a punto de ocurrir. No tardó en correrse llenando mi boca de un semen caliente y espeso. Al terminar se lo enseñé resbalando de mis mejillas y me tragué lo poco que había caído dentro de mi boca. Aquello hizo que su verga se pusiera dura de nuevo, y no esperaba menos, ya que mi vagina pedía a gritos su turno. 

Tras abrirme la blusa que llevaba (una torera negra con transparencias) me subió la camiseta, buscando desesperado mis pechos. Yo le ayudé en aquello desabrochándome el sujetador y dejándolas libres ante sus ojos. Mis senos son pequeños (para qué negarlo), pero mis pezones no, y cuando estoy excitada crecen aún más volviéndose supersensibles. Isaac se tiró como un loco a chupármelos y a repasarme los pezones con la lengua. Aquello me volvió loca de gusto, y me hizo facilitarle más el camino, deshaciéndome yo misma de mi pantalón corto. Sus dedos apartaron mis bragas a un lado y comenzaron a bailar dentro de mí, repasando de un lado a otro mis labios menores y mi clítoris a punto de explotar. Era tal la excitación tan grande que sentía, que no me importó mantenerle la mirada a Esteban, que nos observaba desde hacía rato desde la puerta de la cocina. 

Con un gesto le invité a unirse, y éste aceptó. 

Aquella novedad no gustó a mi actual amante, pero yo sabía perfectamente con qué estaba pensando él (con la p… como pensáis todos los tíos en esas situaciones ;P ). Tras dejarlo sentado en el sofá le di la espalda, me bajé las bragas y me senté encima de él introduciendo su pene lentamente en mi vagina. Esteban sabía perfectamente lo que yo quería, y no tardó en desnudarse y sacar su miembro que colocó justo al alcance de mi boca. Aquella fue la primera vez que hice un trío, y lo pasé fenomenal. La sola idea de tener a dos hombres a mi disposición me volvía loca de excitación, mucho más que el hecho de estar siendo penetrada. En un segundo pasó por mi sucia mente todo lo que podríamos hacer los tres, y cosas que en la soledad de mi cuarto había imaginado en infinitas ocasiones. 

Tras repasar el falo de Esteban con la lengua como si de un helado se tratara, me lo metí en la boca. Éste me agarró la cabeza y comenzó a moverse como si me estuviese follando por ahí. Cada vez más deprisa. Mientras tanto Isaac seguía con su vaivén que me saturaba de placer mis partes bajas. Notaba en mi interior como su miembro entraba hasta el fondo de mí y volvía a salir, dejándome muerta de gusto. No tardé en llegar a un orgasmo que me dejó las piernas temblando. 

Esteban tomó las riendas de la situación en aquel momento; y arrastrándome detrás de él, me sacó de Isaac, llevándome hasta el otro sofá donde se acostó y me invitó a cabalgar sobre él. Noté que entre ellos se hacían gestos y me imaginé enseguida lo que aquellos dos se proponían. Era lo que yo también quería hacer. 

Me abrí de piernas sobre Esteban y lentamente introduje su pene en mi interior. Un anticipo de un nuevo orgasmo me estremeció, pero no me detuvo, ya que tras acomodarme con el pene de Esteban dentro, me preparé para recibir el de Isaac en mi retaguardia, arqueando la espalda y mostrándole el camino. Éste no se hizo esperar y tras abrir camino con un dedo, comenzó a introducir su miembro en mi culo. Le costó bastante saliva y esfuerzo hacerlo, ya que estaba bastante cerrada, pero al final lo consiguió. 

Aquella situación me volvía loca de placer. Estaba siendo penetrada por dos hombres a la vez. Mi vagina y mi culo estaban llenos de su carne que bombeaba y se estremecía dentro de mi cuerpo. Pronto llegaron nuevos orgasmos. A día de hoy no recuerdo cuantos tuve, pero puedo asegurar que muchos. Esteban también se corrió dentro de mi vagina, y el pobre Isaac (que se había visto envuelto en aquello sin saberlo), poco tardó en irse dentro de mi ano, que chorreó durante bastantes minutos su inseminación. 

Los tres quedamos exhaustos, engarzados en aquel sofá durante bastante tiempo. Tras reponernos un poco nos vestimos. 

Esteban nos invitó a quedarnos. Nos planteó abiertamente el repetir aquello durante lo que quedaba de noche, pero eran ya casi las tres de la mañana y en mi casa se preocuparían si tardaba tanto en llegar un día normal de entre semana. 

Tras despedirnos, Isaac me llevó a su coche y nos marchamos hacia mi casa. Por el camino no paró de contarme que teníamos que repetir aquello, y buscó y rebuscó una fecha en la que pudiésemos estar disponibles los dos para quedar. Pero me mostré reticente. En realidad a mi él no me atraía demasiado. Lo que me atrajo desde un principio fue la idea de que esa noche pasara lo que pasó con Esteban. 

Un trío, el primero de mi vida. 

Y no el último. ;)

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