sábado, 16 de abril de 2016

Madre insatisfecha

Marta daba vueltas por casa, mirando el reloj de la minicadena al pasar por el salón, esperando, más que eso, ansiando. “Dónde estará este hombre” pensó para sí, se dio cuenta entonces que aun llevaba el delantal. Se deshizo del mandil y alisó el vestido de noche que llevaba debajo, lo dejó sin una arruga, lo ciñó más a su cuerpo. Le apretaba, ella era una mujer voluminosa, con buenas curvas, el vestido fue un capricho de rebajas del año pasado, ahora le quedaba algo pequeño, sobre todo de escote, sus pechos parecían a punto de desbordar. El rotundo culo de Marta también abultaba la tela celeste por detrás, hacía que la falda se le subiese un poco más, dejando sus poderosas, pero cortas, piernas al aire desde más arriba de las rodillas. Aquel día había aparcado al ama de casa normal y había tomado el rol de femme fatale, pues con ese trapito y los tacones es lo que era, o al menos lo que pretendía, y no se podía olvidar el paso por la peluquería, estaba lista para matar.

Marta con su metro cincuenta y cinco, sus cuervas y carnes algo sueltas, sus tetas enormes, talla ciento diez al menos, su pandero que pedía a gritos un azote que hiciera temblar sus nalgas blandas y sus piernas con suculentos muslos; esa Marta se había subido a unos tacones de casi diez centímetros, había aguantado la respiración para cerrar la cremallera del vestido de noche azul y había prescindido de ropa interior, para facilitarle a su marido la tarea de amarle en cuanto llegase a casa, estaba arrebatadora y así se sentía. El despliegue de encantos se debía a que era su aniversario de boda, y además llevaban un tiempo largo sin acción marital, casi cinco meses, y hoy era el día, Javier estaba de farra con sus amigos, no volvería hasta las tantas, la casa era de la pareja.

Pero José no llegaba, tenía que haber salido del trabajo hacía rato, pensaba ella, no podía haberse olvidado del día que era. Ella seguía pendiente de que él cruzase la puerta, y tras un apasionado beso se sentasen a la mesa, cenarían el mini-banquete de productos típicamente afrodisíacos, que si ostras, fresas y vino, bastante vino, pero lo bueno vendría después, se acostarían en la habitación y pondrían fin a la sequía. Cuarenta años, más de veinte con el mismo hombre, y casi medio sin follar, Marta se subía por las paredes, pese a que recientemente había empezado a masturbarse con frecuencia. Desde hacía cosa de un mes, viendo un programa de marujeo por la tarde, sacaron a una famosilla y su novio en la playa, él desnudo, estaba censurado, pero el crío, que no debía pasar de los treinta, estaba como un queso, y aprovechando la soledad, Marta dejó que sus dedos se perdieran entre sus piernas. Se sintió algo culpable después de aquello, era como si hubiese engañado a José, pero lo repitió un par de veces más esa semana, y terminó cogiendo el ordenador para buscar fotos de hombres, muchos jóvenes, que le excitasen, hasta convertirlo en un hábito casi diario. En parte la noche que contamos era también para compensar a su marido por estas infidelidades virtuales, y porque para ser sinceros a Marta ya no le bastaba consigo misma, necesitaba más.

José llegó, apagado, con el humor por los suelos, dejó la chaqueta en el perchero de mala manera, el maletín en la entrada, y tiró para el salón directo. Marta solo recibió un fugaz beso en la mejilla, y de mala gana casi. Su marido se sentó en el sofá y agarró el mando a distancia del televisor. Era viernes, por fin había acabado la semana pensaba José, ni siquiera había reparado en su mujer, con el vestido y los tacones, la melena castaña peinada en la peluquería y sus ojos verdes realzados por el maquillaje, así como los labios. Si hubiese visto a una mujer así por la calle hubiese girado la cabeza, en cambio allí, de pie frente a la tele solo le dijo que se apartara.

- Deja de hacer el tonto anda, que no me engañas. – Empezó Marta pensando que era una broma de su marido, pero la cara de José le dejó claro lo contrario. – ¿No te habrás olvidado?

- Como me voy a olvidar. – El comercial que llevaba dentro tomo el control. – Sé perfectamente qué día es. – Se levantó y besó a su mujer en los labios. – Felicidades. – Intentaba recordar si era el cumpleaños de Marta o era algún otro día señalado para su mujer.

- No lo sabes. – Marta no se dejó engañar. - ¿Cómo se te ha podido olvidar que es nuestro aniversario de boda? Veinte años José, veinte años. – Mientras Marta le abroncaba él repasaba el calendario de memoria. – Una no puede contar contigo para nada. – Marta se encaminó para la cocina.

- Espera cariño, lo siento, ha sido una semana de locos y he perdido la noción del tiempo. – Le alcanzó en el umbral de la cocina. – Perdóname, te lo compensaré. – Se besaron entonces con más pasión, José vio la cena al mirar por encima de su mujer. - ¿Has preparado todo esto? – Se sintió culpable. – Soy un idiota.

- Sí, pero la noche es joven. Vamos a cenar y ya veremos. – La necesidad movía a Marta, le perdonó al instante, no era la primera vez que se olvidaba, pero ese día le importaba más que nada tenerle.

Disfrutaron la cena, bebieron, comieron y rieron, hasta que llegó el momento que Marta llevaba esperando desde hacía horas, o días, o incluso meses. Cogió a José de la mano y se le llevó al dormitorio, allí le echó sobre la cama, volvieron a besarse, los dos estaban muy animados por el vino, habían dado cuenta de dos botellas. Él no acertaba a bajar la cremallera del vestido, tuvo que ser Marta quien la alcanzase en un esfuerzo de flexibilidad, estuvo a punto de caerse, más risas estallaron. Mientras ella hacía equilibrios en la cuerda floja, él se quitaba todo, menos los calcetines, José era un cuarentón normal, y cuando le vio desnudo a Marta se le bajó la lívido un tanto. El frenazo se pasó cuando él se encaramó a sus tetas que prácticamente saltaron al librarse del apretado vestido, de allí mamó José como un corderito un buen rato, dándole a Marta un buen gusto, pues le encantaba aquello, tenía unos pezones muy sensibles, y empezaba a empaparse. Estaba tan desatada que sorprendió a su marido con algo que nunca habían hecho, se arrodilló frente a él.

- ¿Qué haces cariño? – Preguntó José mientras ella le cogía la polla.

- Calla y déjame hacer. – Sonrió lasciva a su marido obediente.

Marta le empezó a comerle el rabo a su marido, José se puso a tono enseguida. Ella tuvo otro momento de realidad, se dio cuenta de que él no estaba precisamente bien dotado, pero bastaba, solo le necesitaba cachondo para que le diera lo suyo. José no pensaba en nada, estaba en el paraíso, Marta le hacía una buena mamada para ser la primera, chupaba su glande, se lo metía en la boca y tragaba, luego paraba cogía aire y vuelta a empezar, su boca húmeda y caliente le estaba volviendo loco. Con aquellas José se corrió, sin avisar, con un gruñido, Marta sintió como estallaba en su boca, como soltaba una pequeña corrida en un par de disparos y como se iba quedando la polla de su marido cada vez más blanda.

- Muchas gracias guapa. – José se levantó, fue al baño y salió al poco. – Hasta mañana. – Se metió bajo las sábanas y se quedó dormido al segundo.

Marta pasó cosa de un minuto de estupor, de rodillas aun en el suelo, mientras José se paseaba ya satisfecho y a ella se le inundaba el coño. Cuando escuchó el primer ronquido, ya de pie, despojada del vestido se dio cuenta de que aquella noche no iba a recibir ninguna atención de su marido. Se terminó por poner un pijama viejo, y se metió a la cama, las horas pasaban y ella no podía dormir seguí con ganas de hombre y no le quedó más remedio que recurrir a su consuelo del último mes.

Se levantó sin que José se despertase, fue hasta el salón se sentó frente al ordenador, a oscuras, encendió la vieja torre, el ventilador armó un ligero escándalo. Ella agudizó el oído para asegurarse de que su marido no se despertaba, empezó a navegar por imágenes que ya había visto, las búsquedas que hacía eran tan típicas que no necesitaba ni terminar de escribir para que ante ella apareciesen adonis con los que excitarse. Su mano se perdió entre sus piernas, disfrutó acariciándose por encima del pantalón de pijama, seguía sin ropa interior, la tela fina se humedeció. Se excitó más cuando las fotos subieron de tono y los chicos, pues eran todos hombres jóvenes, empezaron a aparecer con sus pollas al aire. Marta se metía ya los dedos en su coño que era un humedal, se había bajado los pantalones y poco menos que se ofrecía a los maromos de la pantalla, se levantó la camiseta del pijama y jugó con sus tetas, se las llevaba a la boca, se chupaba los pezones que se endurecían al segundo. Estaba cerca del orgasmo que llevaba persiguiendo todo el día, frente al ordenador, por su mano y no por gracia de ningún hombre real, se acercó al monitor mientras soltaba gemiditos, hubiera dado cualquier cosa por tener a uno de aquellos a su lado.

Una puerta se abrió, un ligero ruido, Marta estaba a punto, se giró alertada y cortada, iluminada por la luz de la pantalla, en el salón a oscuras era como un faro. Javier volvía a las cuatro de la mañana, con un buen pedo, se quedó mirando a su madre semidesnuda que parecía un cervatillo deslumbrado. Marta quiso decir algo, pero Javier se adelantó:

- Joder mamá, ¿qué haces? – El hijo no perdía detalle del cuerpo de su madre, venía muy pasado de copas, y la imagen del voluptuoso y caliente cuerpo de Marta, cubierto por las sombras y solo iluminado por una tenue luz le puso cachondo, pues veía lo justo sus tetas enormes y su coño al aire. – Estás haciéndote un dedo. – Río tontamente.

- Javier, no es eso, es… - Marta no sabía cómo salir de aquella. – Vete a dormirla, esto es un sueño… - Él soltó una carcajada, preocupantemente alta para Marta.

- Invéntate otra cosa mamá, que eso no cuela. – Se acercó a ella. – A ver qué estás viendo. – Javier repasó en la pantalla las fotos de chicos desnudos. – Joder que salida andas.

- Ya vale. – Se colocó la ropa como pudo, reaccionando por fin. – Ahora a dormir, que estás borracho, hueles a alcohol que echas para atrás. – Marta apagó la pantalla, la oscuridad era casi total, se levantó, aun podía ver que su hijo no se había movido.

- Yo huelo otra cosa mamá, huelo tu coño, puedo oler lo cachonda que estás. – Ella se sonrojó, claro que nadie lo vio. – Eso tiene solución. – La mano derecha de Javier, a tientas encontró la cadera, de Marta, acercó a su madre así. – Dime mamá, ¿notas cómo me he puesto al verte? – Ella notaba, la erección en los vaqueros de su hijo, el bulto que se apretaba contra su estómago, sus tetas contra el torso de él, le sacaba una cabeza y poco más.

- Basta, no hagas el tonto Javi. – No le soltaba, ella empujaba contra el pecho de él. – Que soy tu madre idiota, que habrás tomado…

- Pues cinco cubatas y algún chupito, pero ahora me apetece un poco de teta. Me estás clavando los pezones mamá. – Era cierto, Marta se había apagado el segundo en que vio a su hijo, pero desde que él se frotaba contra ella volvía a arder como una pira. – Mamá, quieres polla y yo coño, que estoy hasta los huevos de las calientapollas de los bares, anda… - Le tiró de la camiseta del pijama para arriba, hasta sacársela.

- No podemos hacer esto, para ya… - Fue el último intento de detener a su hijo, pues cuando este agarró una de sus tetas, la estrujó, terminó sacándola de la camiseta y llevándosela a la boca a Marta se le fueron las ganas de pararlo.

- Que tetas más ricas mami. – Javier estaba tan borracho, pensó Marta, que al día siguiente no recordaría nada, decidió aprovechar aquello, dejarle hacer y conseguir ella lo que necesitaba.

- Chúpamelas cariño, las dos, así con fuerza así le gusta a mamá. – Ella le condujo al otro pecho aun libre de lengua. Empezaba a sentirse más que cachonda, le movía un impulso desconocido, el de lo prohibido, todo lo que su hijo le hacía era cien veces más excitante.

Marta se dejaba hacer y su hijo en la oscuridad hacía, hacía con ella lo que quería, le sobaba, le chupaba, besaba y mordía incluso, cada centímetro de carne de sus enormes mamellas. Hacía dieciocho años que aquel chico no se encaramaba a esos pechos, y ahora el placer que daba a su madre era irrepetible. Javier aun le sorprendió más cuando sus manos bajaron sus pantalones y empezaron a recorrer sus muslos, para terminar acariciando su coño empapado. Al principio solo fueron caricias de una mano indecente, pero al final un par de dedos entraron arrancando a Marta un gemido, los dedos salieron y ella siguió la silueta en la oscuridad, su hijo se los llevó a la boca, los saboreó. Él se agachó y lo siguiente que Marta sintió fue su lengua, entró en ella y salió, después buscó a tientas el clítoris de su madre. Javier sintió la mata de bello que coronaba el coño de Marta.

- Así me gusta mamá, con pelo en el coñito. – Hundió su cabeza en ella. – Que hembra eres.

- Me estás volviendo loca mi niño. – Le soltó ella casi en un agónico resoplido de placer.

Los gemidos de Marta empezaron a subir de volumen, al poco tuvo que taparse la boca, su hijo le seguía comiendo el coño sin cortarse, y ella necesitó apoyo, terminó por sentarse en la silla y dejarle seguir. No se podía creer lo bien que se le daba aquello a su hijo, se corrió sin remedio. Se vino mordiéndose la mano para no dejar escapar todos los gritos de placer que se guardaba dentro. Marta respiró pesada cuando Javier sacó la cabeza de entre sus piernas, sus ojos que se habían acostumbrado del todo a la oscuridad vieron a su hijo desnudarse, captaron el momento en que la polla, de buen tamaño, salía de sus pantalones como un resorte, Javier era la encarnación de todas las fantasías de su madre.

- Mamá me muero de ganas de follarte. – Javier hablaba más bajo, casi en un susurro para sí. – Desde hace tanto.

- Hijo, vamos a tu cuarto. – Marta se levantó y le cogió la mano, le condujo hasta su habitación.

Se encamaron nada más llegar, los dos desnudos, madre e hijo habían olvidado su ropa en el salón. Estaban entregados el uno al otro, Javier se encaramó sobre su madre, separó sus piernas, y se agarró la polla. Él tuvo un momento de duda justo antes de clavársela a su madre, pero el ánimo alcohólico y el deseo pudieron más. En cuanto a Marta, después del orgasmo que le había regalado su hijo, de intuir y acariciar su joven y atlético cuerpo, y de haber palpado su rabo, duro y grande no iba a negarse a nada.

Empezaron a follar, sin contemplaciones, sin decir nada, Javier bombeaba, sobre su madre espatarrada en su cama, mientras a escasos metros su padre dormía plácidamente. Marta ya no recordaba cómo era follar con un chico joven, el único con el que había estado era José, pero su hijo era muy distinto del padre, tenía la polla más grande, era más alto y fuerte, y con eso de estar un poco borracho no tenía la más mínima preocupación por su amante. Las embestidas hacían temblar la cama, y a ella le rompían el coño. Marta echó mano de la almohada para taparse la boca de nuevo, necesitaba gemir, pero no podía arriesgarse a ser escuchada. Su hijo jugaba con sus tetas que cuando no estaban agarradas por él botaban al ritmo del sexo. El cuarto se llenó con la respiración fuerte de Javier, que más bien bufaba como un toro, con el chapoteo del coño de Marta y con el ruido del colchón. En la casa solo hacían ruido los amantes incestuosos, así estuvieron unos quince minutos, perturbando la paz de la madrugada. Cuando Javier se corrió tuvo la decencia de sacársela del coño a su madre, y estalló sobre el cuerpo desnudo de esta, sobre sus tetas y su vientre. En algún momento anterior Marta había llegado, y se había dejado llevar como un juguete hasta que su hijo alcanzó el clímax. Él cayó sobre su madre, le quitó la almohada de la boca y le besó, con lengua, sin saber muy bien por qué el beso resulto para Marta mejor que todo lo anterior, el beso estaba cargado de algo más que lujuria.

Al separarse los labios, Javier se echó a un lado, y la cama fue demasiado pequeña para ambos, Marta se levantó. Su hijo estaba mirándole, desde la oscuridad, ella salió sin decir nada, él también guardó silencio. Marta recogió la ropa del salón, se limpió en el baño fuera del dormitorio conyugal y antes de volver con José se dirigió de nuevo al cuarto de su hijo. Abrió la puerta con cuidado, le invadió la bocanada de olor sexual que emanaba de la habitación, una mezcla de sudor y algo más, volvió a excitarse fugazmente. Marta seguía desnuda, en el umbral, pero al menos limpia del semen de Javier, él dormía como un tronco, en eso se parecía a su padre. Le dejó allí, mejor así pensó, volvió con su marido y ella también encontró el sueño ya satisfecha.

Con la mañana llegó un fuerte remordimiento, junto con un déficit de horas de descanso. Marta apenas podía mirar a su marido después de lo ocurrido, y la cosa empeoró cuando Javier despertó. Para ella la situación era terriblemente incomoda, y sin embargo no podía arrepentirse. Su hijo no parecía afectado en lo más mínimo, Javier actuaba con los síntomas propios de la resaca, Marta creyó que el chico no recordaba nada, y así ella trató de olvidarlo. Encerró lo ocurrido siete horas antes bajo siete llaves y se relajó un tanto, hasta que ella y su hijo quedaron solos en la cocina. Javier terminaba el desayuno, se acercó a su madre que fregaba en la pila:

- ¿Qué tal estás? – Le preguntó Marta intentando disimular sus nervios y su excitación creciente al tenerle cerca.

- Ya sabes, me duele la cabeza y eso. – La respuesta fue la esperada.

- Vete a descansar mi niño. – Le sonrió y le plantó un beso en la mejilla, otro día le habría abroncado, pero después de lo de la noche no.



- Vas a venir a hacerme compañía. – Marta se quedó un poco descolocada por el comentario de su hijo. – Vamos, después de lo de ayer sería lo suyo. – Le cogió el culo por detrás. – O esperamos a esta noche, cuando papá duerma, aunque no sé si voy a poder aguantar tanto, estoy a cien… - Continuó achuchándole, metiéndole mano y diciéndole todo tipo de obscenidades al oído mientras ella fregaba.

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