viernes, 1 de abril de 2016

La muñeca de Luisa

Desde que soy niño he contemplado como a mi hermana Luisa le han regalado muchas muñecas. Muñecas que lloran, muñecas que ríen, que hacen pipí, que cantan, que andan. Después, las muñecas cambiaron de fisonomía y se fueron estilizando mientras Luisa crecía y ya no eran imitaciones de bebes a los que había que cuidar, sino más bien modelos de chicas a los que Luisa ansiaba parecerse en el futuro.

Me gustan estas muñecas. Son muñecas de personalidad extravertida, triunfadoras, elegantes y estilizadas. Un modelo de feminidad. Con mis dieciséis años, si tuviera que tener una novia, me gustaría que se pareciera a estas muñecas de ojos grandes y labios sensuales. 

Me llamo Gerardo. Tengo diecisiete años. Esta historia ocurrió el año pasado. Yo soy un chico moreno, serio e intravertido que es capaz de contar esta historia por que la cuento a través de internet. Mido 1,68 y creo que me queda aún por crecer. He crecido bastante en un año, quizás 10 centímetros. EL año pasado aún había zonas de mi cara donde no había asomo de barba. Mis hombros eran estrechos y quería seguir siendo niño. 

Era muy distinto a Luisa, una chica castaña, de dieciocho años, recién entrada en la Universidad, que se afanaba por aparentar más edad de la que tenía. Luisa se cree de siempre muy madura. Es mi hermana mayor. Mide 1,70. Bastante alta para ser chica. Es delgada, de ojos marrones claros y cara ovalada. Tiene la nariz recta y alargada. Tiene los labios bastante gorditos, especialmente el de abajo. El pelo es largo y ligeramente ondulado. Su cuerpo es el de una chica de diecinueve años. Ella se cree que está muy buena, y lo está, pero ya veremos cuando llegue a los treinta. Ya veremos. Es delgada, y no tiene mucho pecho, aunque es puntiagudo. Tiene la cintura estrecha y las caderas anchitas. Tiene un culo muy bonito, que no es grande, pero si puntiagudo. Y las piernas largas. Es muy fina. Tiene las manos largas y los dedos igual. En fin. Es muy parecida a aquella muñeca con la que tanto jugó en los últimos años de la niñez, la "Berty".

Cuando yo tenía doce años, Luisa y yo jugábamos frecuentemente juntos. Yo tenía el muñeco "Moviman". Era un muñeco de espalda kilométrica y de músculos de esculturista. No era guapo. Era un tipo duro de cicatriz en la mejilla y sobra de barba de varios días. Juntos, La Berty y el Moviman recorrían la jungla y se adentraban en las profundidades del mar, cuando no iniciaban un viaje espacial sin retorno. Hasta que un día llegó el amor.

Efectivamente. Berty, agradecida por la manera en que Moviman la había salvado de aquel tiburón, influída por el final de las películas americanas, acercó su cara de goma a la dura cara de plástico pvc de Moviman y le besó.

Me quedé sin saber que hacer cuando Luisa, que tenía ya quince años hacía aquello. Yo no tenía nada que decir al noviazgo entre los dos muñecos siempre que ambos prosiguieran las intrépidas aventuras y Berty no quisiera convertir a Moviman en un marido convencional.

Pero la realidad es que Berty resultó estar más caliente de lo que pensaba y Movimna no era de piedra, así que un día, berty se abalanzó sobre Moviman y rodaron por el suelo. Yo no sabía lo que hacían. Ni siquiera sabía qué era ese extraño cosquilleo ni ese dolor que provocaba mi hinchazón en le pito cuando Luisa manipulaba los muñecos recreando una apasionada escena de amor de una película que habíamos visto el día anterior. Así que durante muchos meses, Moviman y Berty vivieron un idilio que se rompió cuando Luisa cumplió dieciseis años.

Alguien regalo a mi hermana un regalo impropio de su edad, pero ya sabemos que mucha gente no tiene tino para esas cosas. Era el compañero de juego de Berty, un guaperas de goma, como ella, con pinta afeminado. Luisa primero rechazó el regalo e incluso se enfadó. Pero poco a poco, aquel advenedizo fue sustituyendo a Moviman en los juegos de Berty, y con ello, Luisa dejaba de jugar conmigo. Ya no había ni aventuras ni las cada vez para mí más excitantes escenas de amor. Odiaba al guaperas de goma y sentía rencor hacia Luisa, por alejarme de sus juegos.

El año pasado ya habían pasado dos años de que el guaperas entró en casa. Las relaciones entre nosotros eran cada vez más distantes. Yo sigo jugando con Moviman. Luisa ha dejado las muñecas. Las tiene a todas en una estantería de su cuarto, incluido al guaperas. Mi hermana está muy preocupada por estudiar y por menearse delante de los chicos. No la aguantaba. Tanta tontería. Tanta coquetería. Esas minifaldas, esas discusiones con mamá por que no la dejaba llegar a tal hora, ni ponerse esa minifalda ni pintarse los labios. Empezaba a aborrecer a Luisa.

Quizás fuera por eso que siempre que podía, si sabía que no iba a ser descubierto, llegaba a su cuarto y cogía del armario a la Berty y la llevaba a mi cuarto. Me distraía atándola. Pasando un cordón alrededor de su cuerpo, o atándola de pies y manos y dejándola colgada boca abajo, o atándole los pies a un lápiz y las piernas a otra. Entre Moviman y Berty comenzó una apasionada relación de amor e historias, con aventuras como esta:

"Moviman iba montado en un geep y miraba por los prismáticos hacia la estantería de mi cuarto. Allí se veía una gruta hecha con tres pesados tomos de cuenta. Se dirigió hacia allí y allí estaba, Berty, la esclava huida. La sacó de aquella gruta de los pelos y atando sus manos y sus piés la arrastró por el suelo liso y frío durante un gran trecho. Luego la encerró en una caja de zapatos hasta que decidiera que castigo imponerle."

La culpa de todo lo que sucedió a continuación la tuvo mi amigo Lucas. Un día estábamos hablando de chicas. De Mónica, de Mercedes, de Maite… La que mejor estaba era para mí, mercedes y para él, Maite. De repente me dice.
-¡La que mejor está es tu hermana Luisa!.-
-¡No te pases!.-
-¡Es que tiene un tipo y una cara!.-
-¡No te voy a invitar a casa más!.-

El hermano de Lucas había sido compañero de clase de Luisa y Lucas me hizo una revelación que me dolió.
-No te molestes, Gerardo, pero tu hermana está más caliente… En el viaje de fin de curso se lo hizo con dos, uno de ellos era mi hermano… Y no se partió la cara con el otro por que un amigo de los dos los hizo entrar en razón.-
-No me lo creo y haz el favor de callarte.-

Pero la verdad es que aquello encajaba con la frialdad con que desde el viaje de fin de bachiller mi hermana trataba al pobre de Lucas, que no le había hecho nada.

Esa tarde miré a Luisa y me fijé que de verdad estaba muy buena. Mi hermana tenía unas medias de color crema que se le ajustaban a la parte trasera de los muslos. Estaba de pié en la cocina y la observé ponerse de puntillas y alcanzar el bote del café. Al estirarse, la falda subió. Tenía un culo perfecto, ni grande ni pequeñas, como las caderas. Como la cinturas. Sus tobillos delgados aparecieron por el borde del zapato. 

Nunca me había fijado en mi hermana. Me había fijado en Berty, pero no en Luisa. De repente se convirtió para mí en una chica deseable y como tal, no tardó en ser deseada por mí. Yo ya no le quitaba ojo. Lo hacía con disimulo, pero constantemente.

Mentalmente planificaba las aventuras que les ocurrían a Moviman y Berty, y generalmente acababan llevándome al lavabo y culminando mi excitación en frente del retrete. Luego me prometía no volver as pensar en aquellas cosas pero al día siguiente estaba igual. Mi fantasía favorita era planificar su secuestro, e incluso llegué a plasmarla en un papel, utilizando un jerga indescifrable para quien no fuera yo misma.

Un día fui a la estantería del cuarto de Luisa y cogí a Berty y al guaperas.
" Los dos Iban cogidos de la mano. La colcha de mi cama se extendía inmensa a sus pies y aquel muñeco de aspecto agradable y modales afeminados estaba a punto de decirle algo a Berty. De repente, encima de la almohada se ve la figura de un motorista que al verlos se acerca. Berty y el Guaperas huyen, pero Moviman tiene la ventaja de ir en moto. Derriba de una patada al pijo y saltando de la moto comienza a golpear al mamón del jersey amarillo y pantalones de pinzas hasta dejarlo incosnciente, luego va detrás de Berty y la alcanza. Berty chilla pero eso no asusta a Moviman, que de una guantada la tira la suelo y le sube la falda hasta descubrir sus blancas bragas. De un zarpazo le quita las bragas y descubre un sexo rosa, sin pelo, casi insinuado. En ese momento se oye abrirse la puerta de la casa"
metí los dos muñecos de mi hermana debajo de la cama con rapidez. Mamá vino a saludarme. -¿No eres muy mayor para seguir jugando con muñecos?.- Afortunadamente mi madre no descubrió aquellas minúsculas bragas blancas sobre la colcha de mi cama. Esta vez por poco me cogían.

Mi hermana querida no nos dejaba comer tranquilos, especialmente a mi madre. Mi padre venía tarde de trabajar y comía después y mi hermana aprovechaba este momento para hacer sus reivindicaciones. El tema de los últimos días era unas bragas rojas que mi hermana quería comprarse para la noche de fin de años. Mi madre se oponía, pues decía que no era color para unas bragas de una chica de dieciocho años. Mi madre argumentaba que nadie tenía que enterarse del color de sus bragas. 

Luisa decía que quería las bragas por que llevar unas bragas rojas la noche de fín de año daba buena suerte. Ignoraba que eso era una costumbre o tradición italiana. Por la tarde le pregunté a Luisa que por qué no se compraba ella las bragas y me respondió que las bragas tenían que ser regaladas para que diera efecto. 

Desde ese momento el tema de las bragas se convirtió para mí en una obsesión y me propuse regalarle unas bragas rojas. Luisa poco a poco se fue olvidando del tema, pero yo no y me fijaba en las bragas rojas que ante las cercanías de la Navidad empezaban a aparecer en los escaparates de lencería. Me fijaba y toda la gente que hubiera dentro me parecía demasiada. Las que más me gustaban eran unas de color granate, con brillo. Eran unas bragas estrechísimas y escotadísimas. Eran unas bragas de tirilla, que dejaban las nalgas totalmente desnudas y las ingles igual, y que sólo tapaban un estrecho triángulo por delante.

Me costaron caras y me dio mucha vergüenza comprarlas. Me atendió la dueña de la lencería y cuando me las llevé, el marido que andaba por allí me dijo -¿Qué? ¿Para la novia?.- Asentí con la cabeza mientras sonreía. Especulaba con la hipótesis de que la Industria hubiera puesto ese tipo de bragas de moda por ser más rentables, ya que trayendo la mitad de tela costaba el doble de caras que unas normales.

Al llegar a casa sentí la tentación de ponerme aquellas bragas para ver cómo quedaban, pero no me atreví a abrir el paquete. Guardé las bragas durante unos días, pero a principio de Diciembre ya no pude aguanterme más y se las dí. 
-¿Qué es esto?.-
-Un regalo.-

Luisa abrió el paquete y se quedó extasiada al ver las bragas. Me abrazó y me dio un beso. Pensé que podría aprovecharme de su agradecimiento. -¿Por qué no te las pruebas a ver que tal te quedan?.-

Luisa fue a su cuarto a cambiarse. La seguí poniendo cara de interesado. Luisa seguro que sabía que estaba ahí pero pensaría que no miraría. Miré. La vi subirse la falda y mostrar sus muslos firmes y largos y luego bajarse las bragas blancas para meterse aquellas bragas rojas. Luisa no parecía muy cómoda. Seguramente se sentía algo rara. 
-¿Cómo te quedan?.- Le dije desde la puerta
-No se. Me siento rara.-
-Será cuestión de acostumbrarse.-

Luisa estaba como dubitativa. –Pero tal vez son demasiado ¿No?.-
-Yo creo que no – Le dije intentando llevar a cabo una argucia. -¿A ver?- Luisa levantó la falda por delante un instante. 
-¡Un poco más! ¡Así no te puedo decir!.- Le dije. Luisa se levantó la falda. Yo la miraba extasiado pero intentando que no se me notara. Luisa me miraba a los ojos y la boca como para intuir y adivinar que tal le quedaban las bragas. 
-Tendrás que afeitarte un poco.-
-Sí, ya he notado que tengo pelos a ambos lados.-
-Te quedan muy bien, Luisa.-
-¿Y por detrás?-

Luisa se dio la vuelta y se levantó la parte de atrás de la falda. Sus nalgas quedaban desnudas y muy marcadas, como antes sus caderas. Eran unas nalgas redondas, perfectas y ya casi no me salía la voz del cuerpo.-Mu...muy bien, Luisa, muy bien.-

Su falda cayó de repente despertándome de mi hipnotismo. Aquello duró unos segundos pero retuve la vivencia durante días y el cuerpo desnudo de Luisa, vestido con sólo aquellas bragas se convirtió en un motivo permanente de reflexión e inspiración fetichista.

"Berty paseaba por el suelo de mi cuarto. Se dirige a su casa después de una noche de bebida y baile. Camina con dificultad sobre sus altos tacones. A la vuelta de la cama observa la figura de tres tipos. Es Moviman y otros dos. Sí dos compinches suyos de menos personalidad y embergadura. Se dirigen hacia ella. Berty está asustada. La rodean y la tiran al suelo. Uno de los secuaces de Moviman agarra a Berty de los brazos mientras el otro mira y Moviman se arrodilla frente a Berty. El traje de Berty se desabrocha mientras pelea y chilla inútilmente, pues nadie la puede escuchar. Moviman se pone encima de Berty y dirige su boca hacia los senos de la muñeca. El otro secuaz, el que vigilba también pone su boca sobre el pecho sin pezón de la muñeca. Después la obligan a darse la vuelta y los dos prototipos apoyan su boca en las nalgas de la muñeca."

Desde que mi hermana me enseñó como le quedaban las bragas, mi obsesión por ella aumentó. A menudo tiraba la servilleta al suelo, mientras comíamos para al bajar la cabeza, mirar entre su falda y ver sus muslos perderse en la oscuridad de la falda. A veces, la pillaba con las piernas abiertas y se veía sus bragas blancas al final del túnel de sus muslos que se estrechaban para luego abrirse, al llegar al final. En fín, no os podéis hacer una idea de lo que pueden dar de sí este tipo de situaciones cuando una mujer está desprevenida. Un día al salir del baño, la toalla que llevaba alrededor del cuerpo se le escurrió un poco y vi la aureola de uno de sus pezones asomar por el borde de la toalla. Otro día, al levantarse, como era sábado, fue a desayunar y pude ver sus pechos a través de la apertura del camisón mientras se agachaba ligeramente para coger una tostada.

Mi desesperación aumentaba en lugar de desaparecer cuando me ocurría todo esto. Tomé una determinación. Luisa entró a ducharse. No había nadie en la casa más que los dos. Cuando a sentí meterse en la ducha fui a la cocina y apagué el gas. Luisa empezó a pedirme que por favor mirara a ver que le pasaba al butano. Me hice el sordo, le dije que no la escuchaba. Luisa se asomó con la toalla mal puesta alrededor del cuerpo para repetirme que por favor le diera al gas. Encendí el gas y luego me dirigí al baño y abrí la puerta. -¿Hay ya agua caliente?-

Detrás de la cortina traslúcida con un ambiente que empezaba a llenarse de vapor podía ver la silueta de espalda de Luisa. Casi todos nos duchamos de cara a la pared por donde sale el agua, por lo que según esté situado el grifo, muchas veces damos la espalda a la puerta. Yo sólo necesitaba una excusa para entrar y ahora lo único que tenía que hacer era acercarme con sigilo y correr la cortina. Me acerqué con sigilo y corrí un poco la cortina.

Luisa tenía una espalda espléndida. El jabón se deslizaba por ella mientras sus manos se afanaban en lavar su cabeza. Debajo se su cintura delgada se ensanchaba su cuerpo hasta sus caderas, bajo las cuales aparecían sus nalgas deliciosas, aunque no aparecieran resaltadas por el erotismo de ninguna prenda íntima. Sus muslos eran largos y anchos como sus pantorrillas, sus rodillas y tobillos eran estrechos.

Luisa debió tener una intuición y se dio la vuelta. No se podía volver, pues la vería todo por delante. -¿Qué haces? ¡Vete!.-

Me marché en silencio, con la respiración acelerada, excitado. Mi imaginación empezó a volar. Me imaginé a Luisa haciendo el amor, bajo el cuerpo de un hombre. La vi pasar por delante de mí, mirándome con desprecio, descalza y con la toalla liada alrededor del cuerpo. Estaba como hipnotizado. Vino de nuevo. Fue demasiado tarde cuando me percaté de la jarra de agua que llevaba en su mano, me intenté defender pero fue inútil. Con las manos encima de la cabeza no pude evitar que el resto de mi cuerpo se empapara de agua fría. -¡Pero! ¿Qué haces?.-
-¡A ver si a sí se te baja la temperatura!.-

Comencé a perseguirla. Luisa mal abandonó la jarra en la que aún quedaba un poco de agua, en mitad del pasillo. Corría desesperada delante de mí, que la perseguía enfurecido y ciego. Al llegar a su cuarto intentó cerrar la puerta pero metí el pie. Si llego a meter la mano me quedo sin ella, por que de verdad que quiso dar un portazo. Empujé a lo bestia y abrí la puerta. Me la encontré tirada al otro lado, levantándose con rapidez y refugiándose al otro lado de la cama. Me coloqué de manera que intentara cubrir cualquier escapada.
-¡Dejame!.-
-¡No!.-

Luisa intentó escapar y yo agarré la toalla de un extremo y poco a poco fue cediendo. Su espalda comenzó a aparecer bajo mis ojos. Ella reacción intentándola agarrar. La atrapé entre mis brazos y la tiré sobre la cama, y cogiendo cada una de sus manos cerradas con las mías<por sus estrechas muñecas, las llevé sobre su cabeza.

Luisa estaba debajo de mí. Su pelo estaba mojado y alborotado y su piel olía a jabón. Sus ojos rebelaban cierto temor y tenía los labios cerrados. Estuve encima de ella, con sus muñecas atenazadas por mis manos durante unos instantes hasta que pareció tranquilizarse. Sentía mi pene alargarse al contacto con su cuerpo. La toalla le mal cubría.
-¡Dejame!.- Me dijo en tono de súplica
- No.- Le dije con tranquilidad, controlando mis propios nervios. –No, hasta que no me beses.-

Luisa pensó seguramente que no le estaba pidiendo tanto y abrió su boca ligeramente como una señal que me indicaba que accedía a mis deseos. Sellé mis labios con los suyos y pronto sentí su lengua introducirse dentro de mí, cosa que me sorprendió gratamente, pues no sabía que el beso fuera más allá que juntar mucho los labios. Su lengua mojada dentro de mi boca era una sensación que me agradaba. Igual que sentir sus labios junto a los míos. Aflojé un poco la tensión de mis manos sobre sus muñecas.
-Ahora, suéltame.-

No le contesté. Volví a juntar mis labios y volvimos a besarnos. La sentí entregada a mí, pero cuando volvimos a separar nuestros labios volvió a pedirme que le soltara.
-¿Y ahora? ¿Me vas a soltar ya?.-

La solté, entre otras cosas por que estaba tan excitado que pensaba que podía correrme de un momento a otro. Me fui orgulloso, triunfante. La escuché amenazarme con decírselo a mamá mientras me alejaba.- ¡Se lo voy a decir a mamá! ¡Mierda! ¡Gilipollas! ¡Ven!¡Que te voy a dar una patada en los huevos!.- Vaya boquita tenía Luisa. En el fondo la comprendía, pero aquello había sido mucho mejor que cualquier persecución que mi Moviman hubiera hecho a la Berty.

Mi hermana estuvo un par de días seria hasta que una mañana, estaba en calzoncillos delante del espejo del cuarto de baño, afeitándome. Luisa vino por detrás de mí y fue a coger del armario del espejo su colonia. Sentí sus pechos bajo el camisón en su espalda, con aquella ternura maternal y su vientre en mi coxis, cuando de repente me dio un empujón y la cuchilla se escurrió por la cara. No me cortó por suerte.

Luisa se fue corriendo y riéndose. Yo fui detrás de ella. La trasparencia de su camisón dejaba ver que debajo sólo llevaba unas braguitas. Me hubiera gustado tumbarla como hacía unos días, pero estaba mi madre. Me limité a darle un azote en el culo. Ahora era yo el que me reía.

Desde ese momento, Luisa y yo manteníamos una lucha silenciosa en la que yo me dedicaba a darle azotes en el culo cuando nadie podía verme, aunque mi madre o mi padre estuvieran en la habitación con tal de que no me descubriera. Luisa por su parte se revelaba, pero no quería que nuestros padres descubrieran nuestro juego: No puedo decir si lo hacía por complicidad o para no darles un disgusto.

Un día estabamos los dos en la mesa camilla. Como era otoño. Estaba cubierta con unas enaguas para que no escapara el calor del brasero. Metí mi mano por debajo de las enaguas y poco a poco la puse en su muslo. Subí su falda y toqué sus piernas cubiertas por sus medias suaves. Mi mano fue buscando su calor, al tiempo que sentía mi pene incómodo dentro de mi bragueta queriendo buscar sitio para estirarse. Luisa estaba quieta pues mi madre pasaba por la salita una y otra vez. De repente, cuando más emocionado me veía. Luisa se levantó airadamente. Se me hicieron eternos los segundos siguientes e incluso sentí mi cara colorada, pues pensaba que Luisa se chivaba a mi madre. No se chivó pero me serviría de lección para ser más prudente.

Un día estábamos los dos de nuevo solos en la casa. Mi hermana acababa de levantarse y aún estaba medio adormilada. Llevaba ese camisón translucido en el que yo adivinaba la posición de sus pezones. Luisa cruzó sus brazos. -¡Jo! ¡Deja de mirar!.-

Dejé de mirar pero cuando mi hermana se retiraba pasillo adelante me acerqué a ella por detrás y puse mi mano sobre su nalga y apreté.
-¡Zasss!.- Luisa se dio la vuelta y me cruzó la cara. AL principio me quedé de piedra pero luego me di cuneta de que al fín tenía un nuevo motivo para enfurecerme. Y me puse furioso con la esperanza de que aquella furia me hiciera obtener de Luisa un botín parecido al del día anterior. 

Le pegué un azote a Luisa en el culo y Luisa me volvió a abofetear. Sentí sus uñas en mi cara y arderme la mejilla. Pensé que me había arañado. La cogí del brazo y tiré fuerte de ella hacia mí. Luisa se desequilibró y casi se cae. Pero al ver su cabeza por debajo de mi pecho puse mi mnao sobre su nuca y la obligué a medio sentarse, medio ponerse de rodillas. La cogí del pelo controlandola por su melena mientras ella chillaba avisándome de que le podía hacer daño –¡Ay ay ay ay ay!.-

Actué con rapidez. Le agarré una de las piernas y luego la otra. Luisa se movía de un lado al otro mientras yo la arrastraba por el pasillo. Sus muslos aparecían desnudos y luego, cuando el camisón retrocedía por la inercia, su vientre plano. El camisón se arremolinó en el pecho de Luisa. Estabamos en la alfombra del salón. Luisa me pedía que la soltara pero yo me hacía el sordo. 

Me puse de rodillas entre sus piernas sin soltar sus muslos y luego le atrapé sus muñecas. Luisa movía la cabeza a un lado y otro y su cuerpo bajo el mío. Me eché sobre ella y busqué su boca. No paraba de repetir que la soltara. -¡Bésame!.-

Luisa estaba más calmada y me besó como el día anterior. Nuestras lenguas se entrelazaron entre nuestros labios fundidos. Le solté una mano y puse la mía en su cintura. Luego fui recorriendo su costado hasta encontrar su pecho mientras sentía los dedos largos de mi hermana enredarse en mi pelo. Le bajé uno de los tirantes del camisón para tocar con la yema de mis dedos la suave y caliente piel de sus pechos y luego, sus pezones que se arrugaban y endurecían al contacto de mis dedos.

Solté su otra mano y cogí una de sus nalgas, frías después de haber estado rozando con el frío suelo. Medio cubiertas por las bragas mientras Luisa acariciaba mi espalda. Aquellos momentos se me hacían deliciosamente eternos. Luisa me parecía cálida y mi boca se separó de la suya para buscar el calor de su pecho, que besé con besos pequeños y repetidos, buscando poco a poco su pezón, el pezón de un pecho que no probaba desde que mi madre me destetara, una sensación de la que mi conciencia no guardaba memoria. 

Aquello fue demasiado. En realidad era la primera vez que estaba con una mujer y no pensé que me pudiera ocurrir. Me di cuenta que comenzaba a eyacular. No podía controlarme. Mi semen me mojaba. No quería parar pero me dio vergüenza y me levanté. Luisa puso cara de sorpresa. Se me quedó mirando y fue entonces cuando descubrió la mancha que había en uno de los lados de mi pantalón.
-Mira el Don Juan. ¡Qué poco aguante tiene!.- Luisa se reía de mí mientras se colocaba, ya de pié, las bragas y se levantaba los tirantes del sostén. Hacía esos comentarios aunque en el fondo se alegrara del precoz final de mi aventura. Me dolían aquellos comentarios. Herían mi orgullo y me prometí demostrarle que sabía cumplir como un hombre. 

Decidí buscar consejos en sabios expertos. La Navidad se acercaba y con ella dos semanas de vacaciones. De todos mis amigos, el que más sabia de sexo y de chicas era Guillermo, el Güili. 

No sabía como empezar. Había decidido dar una paseo con Güili y acompañarle para preguntarle.-Oye Güili. ¿Tú has follado alguna vez?-
- Hombre, pues un par de veces.- El Güili era un repetidor que se las sabía todas. A mi sus opiniones me parecían muy maduras a pesar de sus malas notas. 
- Es que tengo una pava para esta Navidad y no sé.-
- ¡Ya! ¡No me digas más! ¡No has follado nunca!.-

Guarde silencio para confirmarlo.
-Bueno, Gerardo, es muy fácil. Lo único que tienes que hacer es metérsela en el chocho y moverte.-
-Pero, ¿Eso como se mete?.-
-¡Joé! ¡Pues como te decían en lo de educación sexual!.-
- Es que a mi me la dio la "Folklórica".- La folklórica era una profesora con vocación de monja que lógicamente había hecho lo posible por que no aprendiéramos nada interesante de este tema.
-Tú lo que tienes que hacer es no ser bruto y ver siempre si lo que haces le gusta a la pava. Si ves que le estás haciendo daño, pues marcha atrás. Si ves que se te pone loquita, pues a repetirlo.-
-Si, pero ¿Como hay que moverse?.-
-¡Coño! ¡No has visto como lo hacen los perros? ¡Pues así pero más lento! La metes despacio primero y luego, cada vez más aprisa hasta que cojas un buen ritmo. Y sigues así hasta que te corras. Aunque ella se corra antes que tú, que lo dudo. Pero todo hazlo mirando que le está gustando .-
- ¡Ah! ¿Pero las tías se corren?.-
-Mira, Gerardo ¿Tienes video en tu casa?.- 
-Sí, pero se me hace complicado ver películas.

El Güili me llevó a su casa y me dio una película en la que ponía el título de una película de vaqueros. No fue hasta el día siguiente después de la siesta que pude ver la película. Era una película porno. Las chicas eran muy pechugonas pero estaban muy buenas.

Antes de marchar le confesé al Güili mis temores: -No se, Güili Yo eso de meterla en el agujero...me da un poco de miedo.-
-Entonces...Tú que crees que es el sexo.-
-Pues tocarle el culo, darle besos en las tetas.
-¡Coño, Gerarddo! ¡Eso es para empezar! A ti lo que te pasa es que nunca has calado sexo.-
-Pues no, la verdad.-
-Ya verás como el días que lo pruebes te gustas. Además, te voy a decir una cosa. El punto débil de las tías es el coño. No es ni las tetas ni los cachetes. Si manejas el coño de una tía la manejas a ella.- 

La verdad es que Güili me contaba estas cosas por que yo estaba muy verde. No os contaré el argumento de la película por que era una gilipollez, pero las escenas eran increíbles. Se veían a los tíos, con unas pichas inmensas de largas hacer el amor con las chicas y como los penes desaparecían para volver a introducirse dentro de las vaginas de las chicas que emitían extraños gemidos y chillidos. Eso debía ser como se corrían las chicas.

Me fijé en como se movían los chicos, pero aprendí algo más. Cómo lamían la raja de sus novios, qué era el clítoris, que era una felación o mamada, y también como hacían el amor las lesbianas. Y esto último no se me quitaba de la cabeza. La escena me hacía poner la cinta una y otra vez hasta acabar frente al inodoro.

Para colmo, un día se presentó en casa una amiga de Luisa que venía a estudiar junto a mi hermana el último examen del trimestre. Luisa me la presentó. Era una chica tan alta como Luisa, que se llamaba Paquita. Era rubio de ojos azules, delgada y de pelo rizado. Su cara era redonda. Era preciosa y hice todo lo posible por entrar al cuarto donde estudiaban y darme notoriedad.

Cuando se fue, comencé a imaginar a Luisa y Paquita haciendo el amor como las lesbianas que había visto en 

La película. Me imaginaba a Paquita seduciendo a Luisa y haciendo con ella de todo. Imaginé el brazo de Paquita extendido en el vientre de Luisa y su mano clavada en el sexo, por encima de la mano, mientras ambas se besaban. Las imaginé lamiendo los pechos y los pezones de la dulce Luisa y de nuevo se me hizo imprescindible la visita al inodoro.

Al día siguiente fui a la estantería de las muñecas de Luisa y cogí a la Berty y a otra muñeca. Ese día olvidé a Moviman. 

"Berty estaba encima de mi almohada, con una amiga rubia, más baja y cabezona que ella. La había invitado a pasar el día en la playa. Las dos tomaban el sol que les proporcionaba la luz del flexo de la mesilla de noche. Lo tomaban desnudas pues tenían la certeza de que nadie las veía. La rubia comenzó a frotarla espalda de Berty. Cada vez la muñeca untaba la crema protectora en zonas más comprometidas hasta que le pidió a Berty que se diera la vuelta y la rubia comenzó a acariciar los senos de Berty con sus manitas de plástico. Luego la muñeca siguió besando aquellos duros senos de goma con su boca hasta que la boca de la rubia acabó entre los muslos de Berty, a la que le había abierto las piernas todo lo que pude, tal vez con el anhelo de hacer aparecer un sexo inexistente."

Me pasé toda la tarde jugando con ambas muñecas y la rubia siempre dominaba a Berty, que incluso se dejaba atar por su compañera, insultar y maltratar. Mi excitación no decaía ni aumentaba y esa noche, rememorando las azañas de Berty y la Rubia, me corrí en la cama.

Llegó la Navidad y con ella, la noche de fin de año. El panorama se me había puesto desesperanzador. Por un lado,, mis padres se iban a una fiesta después de las uvas y por otro, Luisa hacía lo propio. Yo aún no me iba de fiestas, así que me quedaría sólo. Vaya panorama. Mi hermana se sentó en la mesa, al igual que mis padres, con el traje de la fiesta. Estaba deliciosa. Llevaba un vestido rojo, muy escotado por arriba y corto por debajo. Impropio para la estación pero adecuado para la fecha. Se había recogido el pelo en un moño y la pintura de ojos y de labios, la purpurina en las mejillas le daban a sus ojos un brillo especial. Adiviné que llevaba puestas las bragas rojas que le había regalado.

Durante toda la noche, hasta las tres o las cuatro de la mañana en que cerré la tele para ver el televisor y me acosté, me quedé reteniendo la figura de mi hermana en la retina. Era la chica más bonita que había visto. Me gustaba más que las guapas presentadoras que aparecían en la tele.

A las cinco de la mañana escuche la puerta. Luisa entraba dando tumbos. Me despabilé.

La ví pasar directa hacia el servicio y allí la escuché vomitar. Evidentemente había bebido más de la cuenta, así que llevado por mi buena voluntad me levanté a ayudarla.

Allí estaba Luisa, sentada en el inodoro orinando, con la cara descompuesta.- ¿Te pasa algo?.-
-No.-

Luisa no se percató de la escena. La princesa que había salido a la una de casa volvía y me enseñaba los muslos con las medias negras llenas de carreras y el traje remangado. Me permitía escuchar su chorrito de meado y la vi limpiarse el pipí del toto, es decir, que cogió un poco de papel y metió su mano por detrás de su corta falda.

Entonces me di cuenta de que m i hermana no lllevaba bragas. Comenzó a lavarse los dientes.
- Te voy a preparar un baso de leche.- Me fui a la cocina mosqueado. No me había gastado un dineral para que a la hora de la verdad mi hermana se fuera in bragas a la fiesta. Le llevé el baso a su dormitorio. Luisa estaba echada sobre la cama. –Toma.- Ahora bebía como un becerrillo del baso.
-Oye, Luisa. ¿Te pusiste mis bragas rojas?.-
-Si-
-Y, ¿Dónde las llevas?:-

Luisa guardó silencio. –Me las quité por que me molestaban.-
-Y...¿Dónde están?.-

Luisa se hizo la dormida. Yo estaba de nuevo enfurecido. -¡Te he preguntado que donde están!.-
-¡No se! ¡Déjame! ¡Le dije a Clara que me las guardara!.-Aquello me parecía increíble por un lado y por otro, tan excitante. Luisa dándole las bragas a una amiga para que se las guardara.
-¡Mentira! ¡Tú has perdido las bragas por que te han follado esta noche!.- Luisa reaccionó intentándose dar la vuelta y abofetearme. Yo fui mas rápido y me tumbé encima de ella, agarrando de nuevo sus delgadas muñecas. 
-¡Suéltame!.-
-¡Dime la verdad sobre las bragas!.-
-¡Ya te lo he dicho!.-

Me quedé quieto. Sentía sus nalgas justo en mi vientre. Mi pene se estaba poniendo duro. Me acordé de lo que me había dicho el Güili. "El que maneja el chocho de una tía la maneja entera". -¡A ver! ¡Vamos a ver si has follado o no!.-

Me sorrprendió aquella osadía. Me eché a un lado y liberé una de mis manos. La introduje entre los muslos suaves y calientes de Luisa y comencé a subir hacia arriba. A Luisa apenas le salió la voz para preguntarme un -¿Qué haces?-

Me llevé un sobresalto al tocar los pelos de su sexo y luego la suave piel de los labios de su sexo y justo en medio, aquella abertura que se abría al presionar sobre sus tiernos labios. Su sexo parecía que estaba más húmedo conforme introducía levemente la punta de mis dedos. Luego me dirigí hacia su clítoris que me apareció duro al final de la raja. Una cresta desafiante que toqué varias veces hasta que volví a bajar hasta su raja. Ahora la encontraba deliciosamente húmeda. 

Su pelo olía a ambiente de fumador, pero aún podía encontrar el rastro de su perfume y una de sus nalgas se me clavaba en plena ingle. Luisa volvió la cabeza y pude ver reflejado el placer en su cara. La solté de la otra mano y recorrí se perfil con mi dedo. Su boca engulló mi dedo y lo chupó. Yo, como si de un acto reflejo se tratara, hundí el dedo de mi otra mano en su sexo.

Entonces ocurrió lo que me parecía increíble. Luisa hincó los codos sobre la cama y se puso de cara al colchón. Cerró sus piernas con mi mano entre sus muslos y sentí mi dedo aprisionado. Contraía las nalgas a la vez que estiraba sus piernas y se relajaba un segundo para repetir aquello de nuevo hasta que comenzó a emitir un gemido intermitente. 

Se desvaneció sobre la cama .-¡Has visto lo que has hecho! ¡Anda! ¡Vete ya!.-

Me levanté y le eché una manta por encima. Estaba muy empalmado, pero estaba tan orgulloso de haberle provocado el orgasmo a Luisa, que estuve despierto durante horas, empalmado, pensando en lo que había pasado. Por la mañana,, Luisa estaba como si nada. Mejor. Yo creía que estaría cabreadísima. A lo mejor la profesión va por dentro. Se levantó en camisón. Se adivinaba una sombra blanca que anunciaba la presencia de unas bragas en su abdomen.

Me fui a ver la tele a la salita. Luisa fue a llamar a Clara por teléfono. Después de telefonear, dándome la espalda, me sorprendió alzándose el camisón por la parte de atrás y poniéndose las bragas, que se le habían metido entre las nalgas, en su sitio. Nunca lo había hecho y pensé que hacerlo en ese momento era o una provocación o un "Lo verás pero no lo catarás". -¿Clara? ¿Te he despertado? Mira, Mañana quedamos y me devuelves eso. Mira a ver si las tienes en el bolso ¿Están?. Vale. Un beso.-

Por la tarde del día siguiente, Luisa agitaba sus bragas en sus manos, girándolas alrededor del dedo para que hacérmelas ver bien. Haber dudado de mi hermana injustamente me hizo sentir muy mal y decidí hacerle un buen regalo de Reyes, así que rompí la hucha y saqué todo el dinero que tenía y me dispuse a comprarle algo especial. Me costó elegir, hasta que finalmente le compré su perfume favorito.

El día de Reyes me encontré con que Luisa no me había regalado nada. Me llevé una decepción aunque en parte comprendía su enfado. Yo en cambio le entregué en mano su regalo. No parecía ni incómoda ni ofendida y me dio un beso en la cara muy afectuoso al recibirlo y al abrirlo. -Esto te ha tenido que costar carísimo.¡Ah, esta tarde te doy tu regalo. No te preocupes-

Me quedé en vilo hasta que mis padres salieron por la puerta. Iban a ver a unos amigos, así que era de esperar que tardaran varias horas. Luisa me llamó a su cuarto. Al entrar en su cuarto la encontré desnuda y descalza. Sólo llevaba puestas las bragas rojas. Mis ojos se clavaron en sus pechos. –He pensado que como te gusta mucho jugar a las muñecas, lo mejor que podía regalarte es una muñeca, y ¿Qué mejor muñeca que yo?. Quiero ser tu muñeca esta tarde.-

No me atrevía a tocar a Luisa. Era como una Venus. La llevé de la mano hasta la silla del aparador de su cuarto y la senté frente al espejo. Luisa tenía la piel de gallina pro que no debemos de olvidar que era Enero. Fui al cuarto de mi madre y busqué el bolso de mi madre. Seleccioné el lápiz de labios que me gustaba. Uno rojo intenso. Luisa se pintó los labios a mi gusto y se echó una sombra de ojos que hacían su mirada más penetrante. Luego se pintó las pestañas. Se hizo una coleta, como llevaban la mayoría de sus muñecas. La miraba a través del espejo y luego miraba sus hombros desnudos, sus clavículas y sus pechos. 

La dí un esmalte de uñas rojo, muy intenso también. Deseaba que se pintara las uñas de los pies y las manos. Luego fui a seleccionar ropa. Le pregunté por las medias que llevaba durante el fin de año. Las había tirado a la basura. Por suerte estaban aún en la papelera. Le ordené que se las pusiera. Las carreras que cruzaban sus medias se hicieron aún mayores y la piel de sus piernas aparecía a betas. Luego le tiré una camiseta de verano. Era una camisa sin mangas algo larga. Le cubría el trasero y un par de dedos de las piernas. Le dí una correa de cuero bastante ancha que se puso en seguida. Necesitaba unos zapatos. Esos de tacón de aguja que mi madre se ponía en verano eran ideales. Unos zapatos de tiras plateadas que hacían que mi hermana me sacara la cabeza.



El joyero de mi madre quedó casi vacío. Coloqué todas las pulsera en las muñecas de Luisa y alguna en el tobillo. Le puse a Luisa los pendientes más escandalosos y todos los collares. Mi hermana sonaba cuando se movía. Luisa aceptaba con paciencia todas mis exigencias hasta que le pedí que se afeitara. - Ya me afeité en fin de año. Mira.- 



Luisa se subió la camiseta y se bajó las bragas un poco. Efectivamente, sus ingles estaban sin pelo y el bosque de su monte de Venus había retrocedido sensiblemente. –Esta bien.- Le dije, aunque tus muñecas tienen el chocho liso.-



Luisa comenzó a pasearse delante de mí. Yo valoraba su aspecto exterior.- Supongo, Luisa en que estarás de acuerdo en que las muñecas no tienen voluntad.-

- ¿Qué quieres decir?.-

- Que aceptarás sin rechistar todo lo que te proponga.-

Me dí cuneta que el pulso de Luisa se le aceleraba.- ¿No irás a follar conmigo?-



La verdad es que en ese momento no se me pasaba aquello por la imaginación. –No, yo no...yo no.- Le ordené que se tumbara en su cama. Fui a mi cuarto a por un viejo amigo de los dos. El Moviman me parecía demasiado pequeño para emprender la tarea que le iba a mandar. Luisa no se imaginaba para que quería en ese momento a aquel guerrero. 



-Bájate los tirantes de la camiseta.- Luisa me obedeció mientras yo miraba a la Berty en la estantería de las muñecas. Me dí cuneta de la presencia incómoda de su novio, el guaperas. Fui a la estantería y con un lazo que tenía Luisa en lo alto de la mesilla lo até a la lámpara. Desde ahí ese mamón podría verlo todo. –Ahora, este maricón va a ver lo que mi Moviman hace contigo.-



Puse la cabeza de mi moviman entre los pechos de Luisa, que apenas conseguían elevarse, al estar tumbada de cara al techo. Me imaginaba que mi guerrero lamía y mordía el pecho de Luisa y poco a poco fui desplazando su cara hasta los pezones, que Moviman mordía con dientes imaginarios. Aparté la cabeza del Moviman para lamer yo mismo aquellos pezones y tenerlos entre mis labios.- ¡haz así, Moviman, así como yo.-



Los pezones empezaron a endurecerse. Yo hincaba la cabeza de Moviman, hasta que sentí mi excitación. Luisa movió sus piernas y aparecieron sus piernas y muslos, tapados por aquellas medias llenas de carreras. Entonces le pedí a Luisa.- ¡Quítate las bragas!.-

-¿Para qué?-

-Para que Moviman te vea.-



Luisa me obedeció. Era el primer coño que veía Moviman, y su dueño. Le aparté la camiseta y puse de pié a Moviman frente a su sexo. Apoyé sus codos articulados en el inicio de los muslos de Luisa y comencé a buscar su clítoris con la cabecita de plástica, hundida en las hendiduras entre los labios y el clítoris. Moviman movía su cabeza frotando su frente en el clítoris de Luisa. Luego, bajó lentamente hasta la raja y presionando su cuello, mi muñeco metió su cabeza en el sexo de Luisa, que me pedía -¡Déjame! ¡Por favor, Déjame!.-



Pero Luisa puso la palma de sus manos sobre su vientre y sus dedos ayudaban a que la cabecita de mi muñeco encontrara más abierta su rajita. Sentí agitarse a Luisa azorada y gemir levemente. Mi muñeco le había provocado un orgasmo a Luisa.



Yo estaba muy excitado y Luisa debió de percatarse. Sin yo decirle nada, me desabrochó el pantalón y bajó mis calzoncillos. Estaba de rodillas en la cama inclinada hacia mi vientre. Me cogió el pene con suavidad y ví como acercaba su boca. En unos segundos, dándome un par de lengüetazos, mi semen empezó a fluir. Nuestras manos se juntaron haciendo una barrera para que mi semen no cayera sobre la colcha no la alfombra.



-Jo, ¡No duras nada!- Me dijo Luisa mientras se colocaba la camiseta e iba a lavarse las manos al cuarto de baño. Tenía un tipo de fulana callejera, pero con salud. Me acordé de la Berty y la escondí bajo la cama. Luego me fui a lavarme las manos con ella.



-No soy yo el que tiene que durar, sino tú. Veremos a ver cuanto aguante tienes.- Y diciendole esto yo mismo bajé de nuevo los tirantes y aunque mo tenía muchas ganas de hacerlo, le lamí los pechos.



Le quité a Luisa el cinturón y le quité también la camiseta. Mi hermana sólo vestía unas medias llenas de carreras y unos zapatos de tacón larguísimo. La llevé hasta la cama y cogí una de sus manos. Sumisamente aceptó que se la atara a uno de las barras de madera del cabecero. Para ello utilicé una de las medias llenas de carreras, que tras descalzarla y enrollarla lentamente salió de su pierna. La otra mano se la até con las bragas rojas. Metí su mano por un agujero y la saqueé por el otro, e hice un nudo con esas bragas alrededor del delgado barrote de metal.



Entonces saqué a la Berty de debajo de la cama. -¿Sabes? Esta muñeca ha sufrido mucho por tu culpa. Puse la muñeca sobre el cuello de Luisa. Quería que sus tacones de plástico se le clavaran en el cuello. Luisa la miraba y luego giraba la cara. No se atrevía a mirarme amí.



-¿Cómo te puede compensar, pequeña Bertty? ¡Ah, ya!.- Dije como escuchando lo que la muñeca me decía al oído. Bajé las bragas de la muñeca. Se las quité y puse los tacones de la Berty sobre la boca de Luisa que adivinó que debía lamerlos. Luego, cogí a la muñeca y la puse en posición sentada. La coloqué sobre la boca de Luisa nuevamente y le ordené.- ¡Lámele el chocho a la muñeca!.- 



-La lengua de Luisa movía a la muñeca como las olas mueven una barca. Su lengua aparecía debajo de la espalda de la muñeca y a ambos lados de los muslos. Perecía que la muñeca era de caramelo. Estuve un rato obligando a que Luisa lamiera a la muñeca, entonces puse a berty de pié y comencé a pasearla por encima de mi hermana. Los tacones se hincaban en el pecho de Luisa y en los pezones. Volví a sentar a la muñeca y comencé a dar masajes circulares con el culo de la muñeca alrededor de los pezones de Luisa. Luego Berty siguió paseando hacia su sexo, por su vientre. Al llegar frente a su sexo, Berty hizo un gesto muy femenino. Desclacé a la muñeca dejando sus zapatitos en el ombligo de Luisa. 



Guié la mano de Berty por el sexo de Luisa. Su manita se perdía entre los pelos de su pubis y de los laterales de su rajita. Incluso me atreví a meter aquella manita dentro del sexo de Luisa. Es más, metí hasta el codo, algo así como hasta el nudillo mediano de un dedo. Veía quea Luisa aquello le hacía moverse, excitarse.



Las piernas de Berty miden como ocho dedos. Es verdad que son muy finitas. Berty levantó un pié y lo separó del cuerpo y del otro pié unos noventa grados. Su pié empezó a desaparecer dentro del sexo de Luisa, luego hasta la rodilla. Luego hasta la mitas del muslo. Luego estaba metida toda la pierna. Me fijé en la cara de placer de Luisa que miraba entre sus piernas y luego cerraba los ojos. Saqué la muñeca del cuerpo y ahora puse las dos piernas juntas. 



Orienté los pies de Berty de manera que entraran en el sentido de su raja. A Berty no le costó meter sus pies ni sus rodillas. Luego, cuando estabas metidos la mitad de sus dos muslos giré la muñeca para que Luisa viiera la cara inexpresiva de la muñeca que ahora la follaba. Luisa elevó un tierno quejido mientras intentaba acomodar su cuerpo a la nueva situación.



Berty sólo paró hasta que sus nalgas sintieron la proximidad de las de Luisa. Sus dos piernas estaban introducidas dentro del sexo de Luisa. Yo comencé a sacar y meter lenta y suavemente la muñeca dentro de Luisa y poco a poco sentí como me era relativamente más fácil por la lubricación del sexo de Luisa. El muñeco se doblaba por mi presión y cuando Berty metía sus dos piernas, su pelo, e incluso su cara rozaban el clítoris de mi hermana. 



Los tobillos, las rodillas de Berty debían hacer estragos en el sexo de Luisa, pues no tardó en correrse moviéndose como una loca, con un movimiento que jamás habría podido imaginar, manchando mi propia mano, la que sostenía la muñeca, con sus jugos.



Después de correrse, busqué la boca de Luisa con la mía y sentí su boca temblorosa por el intenso placer y sus labios acercarse a los míos dulces y sumisos. Después me pregutó - ¿Me soltarás ya?.-

-Todavía queda algún muñeco por ahí resentido.-



Esa tarde, mi hermana Luisa hizo el amor con varios muñecos. Se abrió para ella una forma de relacionarse con la muñeca, ya no era el bebé al que proteger ni la modelo a la que parecerse. Ahora, su muñeca era algo con el que se podía relacionar para obtener sexo.



Desde ese día mi hermana dice que no mme funciona la chocolatera. Vamos, que estoy loco. Pero nunca se niega cuando le digo si quiere jugar a las muñecas. Todas las muñecas han desaparecido de su estantería, dejando paso a pesados libros didácticos. Todas las muñecas menos Berty.



Hace unos días cayó en nuestra mano un folleto de venta pro catálogo. Traía de todo y para nuestra sorpresa, además de vibradores, consoladores, etc, había una muñeca de goma hinchable. Luisa hizo un comentario depués de hacer una cruz en la casilla de pedido. Me dijo que ya era hora de jubilar a la Berty.





Bueno, yo pensé que era una indirecta y que lo que en realidad decía es que ya no jugaría más conmigo a las muñecas. Ayer Luisa me entregó un paquete del tamaño de una caja de diskettes. Mientras lo abría , me dijo –He pensado que igual que la berty, deberías jubilar a Moviman.- Debajo del envoltorio apareció una caja de dos docenas de preservativos. Nos espera una Navidad muy interesante.

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