jueves, 14 de abril de 2016

La liberal familia danesa

Después de pillar un buen pellizco en una Primitiva, cosa que me solucionó la vida lo suficiente como para tomarme el trabajo con la tranquilidad de tener un buen colchón de dígitos en el banco. Compré un ático en un edificio nuevo. Estaba vacío a mi llegada y sólo tenía como vecinos a una familia danesa, con la que en poco tiempo y debido a que éramos los dos únicos habitantes de los áticos, entablamos una buena amistad. Yo no era consciente al mudarme allí de lo que el azaroso destino me tenía preparado.
- ¿Desde cuando llevas saliendo con tu amiga rubia, Carlos?

Mi vecino Erik era un tío genial. Siempre estaba dispuesto a echar una mano con lo que fuese. Era un directivo de ING Direct de unos 45 años. Me conseguía las mejores condiciones en depósitos, cuentas remuneradas, etc. Mi dinero estaba en buenas manos y aparte de eso, me ayudó con la mudanza cuando llegué al edificio, y siempre que podíamos nos tomábamos unas cervezas después de haber hecho alguna chapucilla tanto en su casa como en la mía. Esa era una de estas ocasiones.

- No es mi novia… Es una amiga especial.

No sabía muy bien si decirle a Erik que Elena era mi prima. Podría pensar algo raro si se enterase de que era mi prima, porque ya nos había visto más de una vez en alguna situación comprometida (Iluso de mí). El ascensor y los vacíos descansillos eran unos lugares destinados a ser aprovechados para saciar cualquier fantasía sexual.

- Eres un cabrón. Ese pedazo de mujer y ni siquiera es tu novia. Te lo montas bien, tengo que admitirlo. ¿Y qué tal es?

- Es una tía genial. Trabajadora, inteligente, dedicada, le gusta hacer deporte, la buena música, divertirse.... y te podría decir muchas de las cualidades que tiene. Por el lado al que iba dedicada tu pregunta.... woww. Es, como decirte... una tía muy cachonda.

- Es espectacular!!! Yo cada vez que te he visto no he podido dejar de pensar en cómo te lo tienes que estar pasando. Hasta mi hijo me dice alucinado lo buena que está la novia del vecino.

- Tú tampoco te puedes quejar. Tienes una mujer preciosa de las que no se ven por aquí. Tienes tres hijos, un chaval muy majo y agradable, y las gemelas que también son muy simpáticas y guapas.

En verdad, su mujer era impresionante. Una mujer alta y guapa de 40 años, con un estilo aristocrático, pero que al conocerla se tornaba una mujer extrovertida de sonrisa cautivadora. Perdía la cabeza por ella, no me importaba ser unos años menor que ella, porque su apariencia no encajaba con la de una madre de tres hijos ya adultos. Con unos ojos profundos como una laguna oculta en una isla paradisiaca que colmaban toda la atención de quien hablase con ella. Su figura se alargaba como ella desde sus rectos hombros hasta sus interminables piernas. Se movía de una forma muy elegante, con su corta melena rubia meciéndose al antojo del ritmo de sus caderas.

- No, la verdad es que no. Anne Marie es una joya y mis hijos son mi felicidad, pero se echa en falta algo de morbo en la vida. Yo creo que sabes a lo que me refiero... Llevo casado más de veinte años. Mi mujer ya no es la fiera que era. Ya sabes la rutina es capaz de matar los más grandes deseos.

- Por cierto, he visto que una de tus hijas está embarazada, no sé muy bien quien, como se parecen tanto y visten y se peinan de forma tan parecida. Pero muy pronto te va a hacer abuelo. ¿De cuánto está?. - No quise preguntar por quien era el padre pues nunca la había visto acompañada de ningún chico.

- Es Silvie. Está de siete meses en un par de meses tendremos un nuevo miembro en la familia y otra boca que alimentar.

- Mira Erik – Dije pensativo y haciendo una larga pausa – Creo que te voy a hacer un favor. Por todas las cosas que haces por mí, y porque eres un buen tío. Si no tienes remordimientos de conciencia, puedo intentar conseguirte un buen polvazo con mi amiga que tanto te pone.

Elena estaría encantada de tener otro hombre con el que follar. Yo ya estaba un poco saturado de ella. Se nos habían acabado las ideas con respecto al sexo que era lo único que nos unía, aparte de ser primos, y Erik además la atraía. Ya me lo había dicho en el momento en que le conoció.

- ¿No me jodas? ¿Estás de broma? Se te da bien, casi me hago ilusiones por un instante.

- Te lo estoy diciendo en serio. Hablaré con ella. Ya te digo si lo logro y cuando podríais encontraros. – Vería a Elena más tarde y se lo propondría. Yo creía que iba a aceptar, pero quien sabe lo que mi prima diría.

- Cambiando de tema, que este me hace sentirme algo incómodo. El fin de semana que viene vamos toda la familia a la casa que tengo en El Escorial. Hay piscina y muchas cosas que hacer por allí. Podríais veniros los dos, siempre estamos allí solos y seguro que con vosotros dos el fin de semana es más divertido.

- No sé, no conozco a tu familia como para estar con ellos tanto tiempo.

- Mi mujer estará encantada, y mis hijos que piensen lo que quieran, sois mis invitados. Tienes toda una semana para decidirte, me lo puedes decir en cualquier momento.

- Vale Erik, se lo diré a Elena e intentaremos acompañaros.

Mi prima Elena llevaba muchos días viniendo a mi casa después de trabajar. Ya tenía unas llaves de mi piso y entraba cuando quería. Mi casa se había convertido en su particular templo del sexo y era su refugio para desconectar. Su adicción crecía día tras día. Yo sabía que ella quería algo más, pero su vida de casada, aunque apenas viese a su marido, y sus responsabilidades, la impedían descorchar la botella y ser la puta que deseaba ser. Su vicioso estado de ánimo la acompañaba todo el día, mientras veía porno en internet en el trabajo, mientras se masturbaba en algún baño a media mañana o cuando llevaba todo el día algún plug metido en su culo.

Ella llevó la iniciativa desde que empezamos a follar unos meses atrás. Todo hasta que mi mente se fue retorciendo, o evolucionando, hacia utilizar a mi prima para lo que quisiese. Llegó un momento en que ejercía un control completo sobre ella con la llave del sexo. Ya habíamos hecho de todo y en muchos lugares distintos. La llama del deseo estaba viva, pero el resto apagado.

Al llegar a mi casa me encontré a Elena en ella, medio desnuda, como la gustaba estar. Una camiseta, que casi siempre era mía, y sus braguitas de algodón eran toda su vestimenta. 

- Hola primo ¿Qué tal el día? – Así, con un tono algo juguetón.

- ¿Qué te has hecho en el pelo? Te queda genial.- En su pelo platino destacaban ahorra pinceladas rosas.

- Me he dado unas mechas rosas. Estás fuera de onda, esto es lo que se lleva ahora.

- Estás preciosa.

- Bueno, ¿Y qué has estado haciendo? Has tardado mucho.

- Pues he estado con el vecino poniendo los paneles de madera en la terraza y luego nos hemos ido a tomar unas cañas. 

- ¿El holandés ese tan buenorro?

- Si, ese mismo. Pero es Danés. Nos ha invitado a pasar el fin de semana con su familia en la sierra. ¿Qué te parece?.

Y tras decirlo me acerqué a ella y metí la mano dentro de las braguitas de algodón que llevaba. Mi mano abarcaba su carnoso y húmedo chocho. Siempre estaba mojada. No sé cómo se las apañaba.

- Que me metas mano me parece bien, ya sabes que me tienes aquí para lo que quieras. Me encantan estas sorpresas, cabrón!.

- ¿Para todo lo que quiera? – Mis dedos frotaban su clítoris con suavidad.

- Para todo.

- ¿Para ampliar tus horizontes de putita?

- Ya soy tu puta, menuda novedad, y encima no te cobro nada. Que pregunta más estúpida. ¿Qué más quieres que haga? Te cuido como a un rey. – Ya hurgaba en su interior sumergido en una nube cargada de lluvia.

- Te parecerá extraño, pero quiero hacerte una propuesta que no quiero que rechaces. – Mis dedos hacían presión hacia la parte superior de su coño. – Quiero que te folles a quien te apetezca y si te lo sugiero yo, pues mejor. En este caso me refiero al vecino y a su hijo. Creo que puede ser productivo para nosotros dos. 

- Pero... ahhh.- Su orgasmo se avecinaba.

- No hay muchos peros, tienes que hacerlo porque sé que estás deseando hacerlo. Ya es hora de que empieces a explorar otro mundo aparte del mío. Tienes tanto que ofrecer y recibir… – La suavidad de mis palabras contrastaba con la guerra que la estaba dando entre sus piernas. – Vas a pasártelo bien. Lo sabes. No pretendas fingir ahora que no quieres hacerlo.

La batalla, que no la guerra, quedó anegada por los flujos a chorros que llenaban mi mano entre sus bragas. La sujetaba por la cintura mientras sus piernas cedían entre temblores un instante. Se abrazó a mí para besarme con la respiración agitada.

- Parece ser que no tengo elección.

- Si la tienes, todavía no te lo he pedido que te hagas ese favor a ti misma.

- Ni yo te he dado las gracias.

Y antes de que dijese una sola palabra más empezó a desabrocharme el pantalón, toqueteándome, agachándose para terminar de desnudarme. Sacó mi erección de su cautiverio y se la colocó en frente de su cara. Recogí su pelo sujetándolo con una mano. Ella se dejaba hacer. Sonrió maliciosa y abrió su boca para acoger mi miembro, a la vez que su mano se apoderaba de su base. Enseguida pasó de chupar lascivamente a tragársela con vicio. Mis dos manos se apoderaron de su pelo y hundían su cabeza en mi pubis, metiéndosela entera en su preciosa y complaciente boca.

- Trágatela toda, como te gusta, pronto te puedes encontrar con nuevas pollas para saciar tu sed.

Ella no ofrecía ninguna resistencia a mis arremetidas contra su cara. Empapaba mi polla y chupaba cuando podía. En unos minutos tenía su nariz hundida en mi vientre y mi verga descargaba electrizada mi leche en la garganta de Elena, dando dos embestidas finales después de haberme vaciado y liberando a mi prima de la salvaje intromisión en su boca. Unas ligeras toses y cogió con su mano mi pene para continuar chupándolo. Mi semen ya había sido digerido.

- Entonces, vas a aceptar tener algún encuentro casual con los vecinos...

- No creo que me traten así de bien, pero lo haré. Esta polla ya me la conozco demasiado bien. – Respondió sonriendo y mirándome hacia arriba mientras daba lametones aquí y allá tragándose sus propias babas a la vez que se restregaba mi polla por la cara.

- No esperaba otra respuesta, pero creía que te ibas a resistir más a la idea. Y yo tampoco creo que te traten tan bien, espero que te traten peor.

- ¿Y cómo quieres que me los folle? ¿Juntos o por separado?

Se me quedó cara de vaca mirando al tren. En realidad, Elena estaba también saturada de nuestra relación. Hasta hacía unas semanas yo era todo en su vida y ahora la cosa cambiaba.

Al llegar del trabajo al día siguiente, me encontré con una de las gemelas hijas Erik. Sabía que se llamaban Silvie y Veronique, pero no sabía distinguirlas. No las había visto nunca juntas. Las idénticas hijas de mi vecino eran dos jóvenes que habían alcanzado la cima de su madurez física y mostraban unos cuerpos voluptuosos, horneados magistralmente a los 20 años. Tenían los ojos azules de su padre y la sonrisa y otros atributos físicos de su madre. Aunque eran menos estilizadas. Igual de altas, pero con las curvas de sus cuerpos más marcadas.

- Hola Silvie. – Dije esta vez seguro de acertar al ver su barriga abultada.

- Hola. No sé cómo has hecho para no equivocarte, siempre nos confundes. – Dijo sonriendo.

- Siendo sincero, he dicho el primer nombre que me ha venido a la cabeza, pero esta vez parece que he acertado. No lo creas, estoy de broma, viendo esa barriga ya me había dicho tu padre que eras tú la embarazada.

De su casi metro ochenta de altura, yo no sabía dónde fijar mi mirada. En sus gélidos y dulces ojos. Su enrabietado y largo pelo castaño claro. En los hoyuelos que se la formaban a ambos lados de su sonrisa. O en su moldeada y excitante anatomía en la que destacaban dos grandes tetas y una enorme barriga de siete meses. Con las facciones de su cara y esos ojos no podría pasar por española en la vida.

- Quieres decirme que mi nombre ha sido el primero en el que has pensado. Me gusta… y me gusta esa forma en que miras. No es tan sucia como la de otros. ¿Te gusta mi tripa?

- Perdona, no me doy cuenta. Es que estás tremenda y no quisiera que me diera un infarto antes de contemplarte. Me encanta ese tripón tuyo. Es muy erótico, si me permites el atrevimiento. – Dije llevándome las manos al pecho, riendo. Ella sonrió sin acalorarse.

- Me gusta que me miren no te preocupes. Soy un poco exhibicionista. – Y desde luego Silvie era muy descarada y no lo ocultaba. Sabía como vestir para llamar la atención y le gustaba hacerlo.

Subimos al ascensor y ella sacó el tema del fin de semana.

- Ya nos ha dicho mi padre lo del finde. Intentaremos que os lo paséis bien, no solemos tener muchos invitados. Mi padre está emocionado como un crío con un juguete nuevo y creo saber quien es el juguete.

- Perfecto, nosotros también pondremos de nuestra parte para que no seamos un estorbo. No quiero que por nuestra culpa dejéis de hacer vuestras cosas. Y supongo que habrá juguetes para todos. Navidades adelantadas.

- ¿Un estorbo? No. Mi padre también le contó a mi madre lo de tu amiguita, se lo cuentan todo. Así que seguro que él al menos va a dejar de hacer “nuestras cosas”.

- Joder con tu padre, no conoce la palabra discreción ya veo.

- No, parece ser que no es ningún secreto. Somos una familia muy liberal.

Llegamos al tercer piso, el cual compartíamos en los dos únicos áticos que tenía el edificio. Ella salió delante y pude ver su tanga asomando por encima de unos shorts vaqueros caídos que marcaban su culo y daban paso a sus largas piernas. Una simple blusa suelta azul claro le tapaba su embarazo, pero lucía su barriga con descaro. La sangre se me agolpó en la boca del estómago para bajar a endurecer algo un poco más abajo. Se dirigió hacía su puerta y se dio la vuelta.

- Ahh, se me olvidaba. Aquí tienes un adelanto de parte de mi madre, mi hermana y mía.

- Un adelanto... ¿de qué?

- Del resto de la semana. No quieras saberlo todo. Ya sabes que lo mejor de esta vida son las buenas sorpresas. Disfruta. – Me miraba directamente a los ojos. Me sentí devorado por un glaciar ardiente.

Y sin apurarse metió su mano en el interior de sus pantalones llevándola a su entrepierna. Vi como la movía dentro para luego sacarla, y ante mi estupefacta mirada acercar la mano hacía mi boca, extendiendo los dedos húmedos. Entreabrí la boca y metió sus dedos en mi boca. El sabor de su coño inundó mi boca y los chupé ligeramente. Qué delicia. Los sacó de mi boca y ella misma los chupó de nuevo, dándose la vuelta y desapareciendo detrás de su puerta, sirviéndome una última visión de ese culo de firmes caderas y de sus interminables piernas.

La visión que tenía de la familia de Erik desapareció en un instante. Su mujer y sus dos hijas aparecían en mi mente como lascivas danesas a las que deseaba como no las había deseado antes. Ya no pude parar de pensar en ellas. Absorbían mis calentones que por supuesto apagaba mi prima.

Pero era Anne Marie, la mujer de Erik la que me hacía perderme en una sana locura de atracción y lujuria. Era tan hermosa. No abandonaría mi mente ni estando con Elena, a la que intentaba inculcar la idea de liberarse con otros hombres o mujeres de la misma forma en que lo hacía conmigo. Con una naturalidad y frescura maravillosas.

Llamé a Erik y le di mi confirmación para el fin de semana y también le comenté la disponibilidad de Elena. Le dije que me había costado convencerla pero que al final había cedido. No le pregunté el por qué le había contado a su mujer lo de Elena. No tenía mucho sentido explicarle lo que su hija me había dicho y hecho. Erik, encantado, quedó en irnos llamando para organizarnos. Por lo que había pasado, Erik ya había dado por confirmadas ambas cosas con antelación.

Elena, bajo mi sutil consejo fue a hacerle una visita al hijo pequeño de Erik. Le habían llamado Kurt en memoria del cantante de Nirvana, grupo que les gustaba a los dos. Kurt tenía 18 años o estaba a punto de cumplirlos. Elena fue a buscarle en su coche a la universidad al día siguiente, simulando que pasaba por allí por casualidad. Se encontró con él y le invitó a traerle a casa, cosa que fue una gran sorpresa para Kurt. El ya la conocía y por lo que contaba el padre, estaba coladito y cachondísimo con ella. Era un chico rubio y alto. Con un físico parecido al de su madre. Se movía de forma desgarbada en comparación con la elegancia de movimientos de Anne Marie. Tardaron unas tres horas desde la universidad que estaba a media hora en transporte público.

Esa noche Elena me contó que había recogido al chico y que habían estado hablando. Habían parado en algún que otro sitio poco concurrido, durante la larga conversación. Una cosa llevó a la otra y Elena masturbó al chico hasta cuatro veces. Ya se estaba soltando. Kurt, por supuesto, después de tal coacción, se confesó con mi prima. Ella se enteró de muchas cosas y se cercioró de que Kurt tenía una polla grande y larga. Le había costado un suplicio no comerse ese barrote tan apetecible y vigoroso.

Kurt le habló a Elena sobre Anne Marie, su madre. Contó que sus padres no follaban a menudo, y que algunas noches su madre le visitaba en su habitación para pajearle y llevarse su leche en las manos o en las tetas. La persuasión de Elena hizo que incluso dijera que su madre le había dicho que pronto se la chuparía y sabría lo que era una mamada. El chico no era muy popular en la Universidad, demasiado introvertido, me había dicho Elena. A Kurt le encantaba esta rutina de su madre.

Se quejaba de ver a las gemelas por la casa medio en bolas y de que muchas veces se las encontraba masturbándose, juntas o por separado con multitud de juguetes sexuales. Se pasaba el día cachondo viendo a sus hermanas y estaba todo el día a dieta por vergüenza a ser pillado por sus hermanas, hasta que por la noche su preciosa madre era la que le descargaba el escorpión. Después el chaval dijo tener que masturbarse de nuevo del calentón con el que se quedaba.

Las gemelas tenían sexo con su padre de vez en cuando. Joder con Erik!!. Pero Kurt no sabía si se las follaba o que hacían cuando estaban juntos. Su hermana Veronique le había dicho que se ponía muy cachonda pajeando a papá y que por eso tenían que masturbarse tanto. Según Kurt, sus hermanas eran dos guarronas de infarto. Iban a la misma Universidad, pero ellas sí que gozaban de la popularidad que aislaba al chico. Supongo que todos los compañeros y profesores beberían de los pies de las dos gemelas. Ya no imagino lo que pensarían o harían con otras partes de sus cuerpos.

La conversación entre Elena y Kurt había tenido que ser apoteósica, como la cantidad de semen que tuvo que limpiar ella en el coche. Cosa que le encantó. El alto rubio era un surtidor inagotable de erecciones y corridas.

Y yo pensando durante el tiempo que fuimos vecinos que incluso era una familia tradicional y conservadora. El deseo por las tres hembras de esa familia desbordó mis propios límites. Se expandió de manera exponencial. Mientras Elena y yo follábamos, hablábamos sobre follarnos a los vecinos. Sobre mis obsesivas ganas de saborear esas tres sirenas danesas, de manera muy especial a Anne Marie, y el deseo más anhelado por Elena de follarse al padre y por supuesto al hijo, juntos, si podía ser, preferiblemente.

Durante los siguientes días todo llevó este curso. A la rutina tan peculiar de esta familia nos unimos Elena y yo. Veronique, la otra gemela, que a diferencia de su hermana lucía la misma melena, pero de un negro intenso. Destacaba sus ojos azules mucho más. Nos encontramos en el portal y subimos juntos al ascensor, donde me metió sus bragas en el bolsillo de la chaqueta. Otro adelanto, según dijo. Habiéndoselas quitado previamente delante de mí tras detener el ascensor, enseñándome su sonrosada raja al levantarse su falda para doblarse a recogerlas, desde todos los ángulos por los espejos. Las bragas estaban húmedas y tenían un olor dulzón y floral.

Erik se encontró con Elena un par de veces, y conociendo a mi prima y sus ansias, no me extrañó que se la terminará chupando a Erik también en el ascensor. La polla del padre no era como la del hijo y ello facilitó su ingesta completa, con lo que mi prima disfruta como una loca. Le dejó sequito dos o tres veces tragándose, su rabo y el contenido de sus huevos. Erik también estaba ya familiarizado con el coño de mi prima. Anne Marie era con la que nunca llegaba a estar a solas, pero era quien controlaba todo. A su marido, a su hijo y a las gemelas.

El día anterior a nuestra salida hacia la sierra fui a la peluquería y allí me encontré con Anne Marie. Nunca antes habíamos coincidido. Mientras terminaban de cortarme el pelo a ella la estaban terminando de lavar el suyo. La imagen me dejó impactado. El agua resbalaba por su corta y rubia melena y se levantó con su porte tan sofisticado directamente hacía mí con una toalla sobre sus hombros. Una camisa blanca y unos pantalones negros estrechos con cremalleras completaban su look, sin faltar unos bonitos zapatos de alto tacón.

- Hola Carlos. No sabía que venías a este salón.

- Anne Marie – Dije sorprendido de su tan directa entrada- Llevo viniendo aquí muchos años, es raro que no hayamos coincidido antes.

- Llámame Ana María o Ana. Anne Marie me suena extraño y con las niñas igual, llámalas Silvia y Verónica, llevan casi toda su vida en España. Es normal que no coincidiéramos, son tantos días y tanta gente. Además, no creo que pases mucho tiempo aquí. Seguro que llegas y te vas en menos de media hora. Calcula las probabilidades.

- Pues sí que son realmente bajas. Mira, ya termino y me marcho en nada.

- Ya que vamos a pasar el fin de semana juntos podías pasarte por casa cuando termine aquí y nos tomamos un café.

- Encantado, Ana María. Yo voy para casa ahora.

- Dentro de una hora habré terminado y estaré allí.

Solía llevar el pelo suelto y liso, con un lado de su melena que siempre escondía uno de sus embriagantes ojos. Un poco más alta que sus hijas era más delgada que estas. Sin tener las caderas apenas marcadas y piernas largas con poca forma. Sus tetas abultaban sus recatados escotes. Su media melena resaltaba sus pálidas facciones y los rasgos más comunes en la zona norte de Europa.

Pasado algo más de una hora y habiendo escuchado que la puerta se abrió y cerró en el piso de al lado hacía unos minutos, me decidí a ir a tomar ese café que me había ofrecido.

Tenía una erección alarmante cuando me decidí a llamar a la puerta de su casa. Unos pantalones de deporte largos un poco ajustados tampoco ayudaba a que no se notase mi estado. Quería que se diera cuenta de la atracción que me provocaba. Llamé al timbre y después de unos segundos se escuchó su calmada voz.

- Sí?

- Soy Carlos, de aquí al lado.

- Hola, espera. – Dijo sin abrir la puerta. Al minuto volvió y abrió la puerta. – Pasa.

Se había puesto una camiseta de Los Ramones que le quedaba algo grande y que la tapaba hasta la mitad del muslo. Llevaba el pelo suelto, muy liso, y parte de su cara permanecía oculta tras esa cortina dorada. Se echó el pelo hacia atrás dejando al descubierto esa cara perfecta y bella. Su sonrisa que mostraba sus dientes deslumbró mi visión

- Qué tal ese café del que me has hablado?

- Si claro, lo preparo en un momento. Ven a la cocina y charlamos mientras.

Caminé tras ella sin perder detalle de sus piernas y de sus descalzos pies. Me volvía loco la forma de andar de esa mujer. Al llegar a la cocina se puso a preparar un par de pequeñas tazas y unas capsulas para una máquina de café.

- Ana María, ya que nos vamos mañana, quería saber si necesitabais que comprase algo para llevarnos. Tengo el día libre y puedo hacerlo.

- No, no hace falta, tenemos allí todo lo que podamos necesitar. Sólo necesitamos llevar las ganas de pasarlo bien.

- Yo llevo unas ganas que no te puedes imaginar. Tus hijas se han encargado de que me sienta hasta impaciente de que llegue mañana.

- ¿Mis hijas? – Preguntó siguiendo con su tarea como sin saber nada de lo que habían hecho sus hijas.

- ¿No sabes nada? Me han estado dando mensajes de tu parte.

- Buah, no las hagas ni caso. Son dos jovencitas un poco… como decirte… guarras, para no andarme con rodeos, perdona mi vocabulario. No me imagino lo que sus mentes han podido estar maquinando, son incontrolables. Parece que sólo piensan en una sola cosa, pero a ver, son jóvenes y están en una edad complicada.

- No pasa nada. Me hicieron creer que tú estabas detrás de todo lo que está pasando los últimos días.

- No, no estoy detrás de nada, aunque sí enterada de todo. Es mi familia y sé todo lo que pasa dentro de estas paredes e incluso fuera de ellas. No te preocupes, no desapruebo nada. Ya era hora de que entrase un poco de aire fresco en la casa, y tu chica y tú no podría haber sido una mejor opción.

Los cafés ya estaban preparados y ella continuaba poniendo las cucharillas en los platos y sacando azúcar. No pude resistirme y me acerqué lentamente a su espalda. Me apoyé sobre ella poniendo mi verga en su culo. No se inmutó y siguió con toda normalidad.

- Son buenas chicas y muy obedientes. Ya verás como va a ser una buena escapada. He estado pensando en muchas cosas que hacer y me hacen sentirme entusiasmada.No pensaba que te hubieras fijado en mí de esta manera. 



Mis manos se apoyaban en su cintura y mis dedos notaban sus espinas iliacas muy marcadas.

- Me fijé en ti desde la primera vez que te vi.No consigo hacerte salir de mi mente. ¿Y cómo de entusiasmada estás?



Su respuesta fue pasar una mano por detrás de su cuerpo y por dentro de mis pantalones y agarrarme la polla. Empezó a pajearme despacio y apretando con fuerza.

- ¿Te parecen suficiente entusiasmo o tienes tú más?



Había esperado ese momento con delirio. La fuerza de su tacto en mi polla me llenó de ganas de correrme.

- Te sorprendería hasta donde llegan mis ganas – Le susurré al oído.

Seguía sin volver la cabeza, restregando mi polla en su culo mientras me masturbaba.

- ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? – Dijo en apenas un susurro.

Se estaba poniendo a mil. Yo a un millón. Su respiración se aceleró y también la velocidad con que meneaba mi miembro.

- Hasta lo más profundo de tu ropa interior.

La di media vuelta y levanté su camiseta con una mano por encima del culotte blanco que llevaba puesto. Tiré de la parte de arriba del culotte estirándolo. Pude ver el pelo de su coño, abundante y de un tono muy claro. Me iba a correr. Ella seguía acelerando sus movimientos manuales.

- Pues venga, demuéstramelo o voy a tener que usar otros métodos mas agresivos.

Estiro su propio culotte y dirigió mi polla a la parte superior sin dejar de estimularme con su mano.

Restregó la punta de mi capullo en su clítoris unos segundos, que fueron más que suficientes. Los primeros chorros cayeron directamente sobre el vello de su chocho, y poco a poco el interior de su culotte quedó relleno de espesa y abundante leche que no dejaba de salir de mi verga y quedaba atrapada en su ropa interior. Su raja quedó impregnada de mi semen. Exprimió con su mano hasta la última gota y volvió a dejar el elástico en su sitio. Una gran zona húmeda aparecía marcada entre sus piernas. Se llevó la mano donde se había formado el charco y apretó por encima del culotte repartiendo mi semen por su coño y más atrás. Se oía un pequeño chapoteo.

- ¡Sí que llevas ganas, y ahora ya sabes que la leche caliente me pone más cachonda todavía!! ¡Y cuanta leche!!!! – Nuestras caras estaban casi pegadas y casi respiraba en su boca. – Podías haber dejado un poco para el café, no tengo leche en la nevera.

- Nos vemos mañana, Ana María. ¿Me devuelves lo que tienes en la mano?

- Casi haces que me corra…. Casi. Y no te preocupes por lo que me has dejado aquí abajo, voy a dejarme este culotte puesto un rato.



Aún no había soltado mi pene. La dejé con esas últimas palabras en la boca y sin decir nada más, me tomé el café de un trago y me fui a mi casa de nuevo. Ana María se quedó un poco extrañada, con las manos sobre su ropa interior cada vez más mojada. Seguro que nadie se había corrido dentro de sus bragas sin bajárselas.



Al día siguiente saldríamos a pasar un par de días con esta familia que guardaría más sorpresas de las imaginabamos.

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