viernes, 8 de abril de 2016

En la oficina de correos

Hola, me llamo Carmen, tengo 38 años y estoy casada. Mi matrimonio es una dulzura, pues mi marido está constantemente adulándome y llenándome de atenciones. Realmente sé que no soy una belleza (mido 1´65, media melena castaña y una talla 100 de sujetador), pero sí sé que tengo cierto atractivo para los hombres. De hecho, antes de casarme me lo pasé muy bien... ya me entendeis.

Como os decía mi marido es un sol. Pero desde hace poco tiempo empezó a insinuarme hacer un intercambio de parejas. A mí todo eso nunca me ha gustado, pero como a él la situación le ponía a cien con sólo imaginársela, yo le dejaba hacer, porque al final yo recibía mi premio: una polla dura que descargaba en mi raja un buen chorreón de semen. 

Lo cierto es que después de muchas folladas en las que salía a relucir el mismo tema, la situación de hacerlo con otro hombre me empezó a despertar la curiosidad, pero no quería ni pensar en que mi marido lo hiciese con otra mujer (siempre he sido muy celosa).Entonces empece a ser yo quien sacaba el tema antes de hacer el amor con mi marido, porque era yo la que me ponía a cien al pensar en que otro tío me follara, y aunque la polla que tenía dentro era la de mi marido, siempre acababa pensando en el negro de la oficina. Me explico: yo trabajo en una oficina de correos, que desde hacía unos meses frecuentaban unos negros imponentes. Estaban trabajando en unas obras cercanas en la carretera y enviaban parte de su sueldo a sus familias en Senegal mediante giros postales. Especialmente había uno que me impresionó por su abultado paquete; siempre tenía "hinchada" esa zona, por lo que me imaginé que albergaba un miembro importante. Esa polla era la que yo siempre imaginaba cuando me penetraba mi marido. 

La cosa empezó a preocuparme cuando me di cuenta de que no era capaz de quitarme la idea de meterme esa polla. Ibrahin (que así se llamaba el negrazo de 1´85 cms.) creo que empezó a darse cuenta de que mis ojos se iban hacia su paquete nada más cruzar la puerta, aunque yo trataba de dirigir la vista hacia otro lado. 

Empecé a sopesar la idea de ser penetrada por Ibrahin. Era una locura pero, realmente mi marido no era un problema. Incluso me empezó a decir que le gustaría que le pusiera los cuernos algún día y verme follada por otro hombre. Aquello fue lo que me decidió. 

Un día, cuando era la hora de cerrar me dirigí a la puerta de la calle para echar la llave. Tenía que quedarme todavía un rato para acabar con trabajo atrasado. Mis compañeros de oficina en ese momento se estaban despidiendo de mí y saliendo por la puerta auxiliar (por donde entraban las sacas de correo). Mientras dirigía la mirada hacia ellos para despedirme hasta el día siguiente Ibrahim abrió la puerta, de tal manera que al dirigir la mano hacia el picaporte para cerrar, lo que conseguí fue echarle mano a su paquete. Mis compañeros no se dieron cuenta de nada y se marcharon, pero yo me puse roja como un tomate mientras el dueño de aquella enorme polla me dedicaba una sonrisa llena de deseo. A duras penas conseguí tartamudear que ya estaba cerrada la oficina, pero me pidió por favor que le dejase hacer un giro urgente. Yo estaba deseando que me pidiera algo por el estilo para dejarlo pasar, así que no me lo pensé más y después de dejarlo entrar bajé las persianas y cerré la puerta. Sabía que esta era mi ocasión y empecé a sentirme mojada... 

Le pregunté que que quería y él volvió a esbozar la misma sonrisa que antes. 
- Ya sabes lo que quiero- me dijo con tono guasón. 

Yo no sabía si se refería al giro o realmente se había dado cuenta de que estaba deseosa de su polla. 
- ¿Qué va a ser hoy?- le pregunté. 
- Lo que tu cuerpo aguante- me contestó en el mismo tono. 

Ya no había dudas, y la mirada hacia mis tetas delataban sus intenciones. 
-Me parece que estás un poco bromista- le dije mientras bajaba la mirada hacia el teclado intentando hacerme la estrecha. 
-No, lo que estoy es muy caliente. Llevo dos meses sin ver a mi esposa y necesito un alivio. 
-Pues creo que yo no te puedo ayudar.- conseguí decir sin ningún convencimiento. 
-Pues yo creo que sí te puedo ayudar a ti. 

Dicho esto dio la vuelta al mostrador y se colocó a mi lado. Su paquete quedó a la altura de mi cara y ya no pude contenerme más. Desabotoné su pantalón y bajé su cremallera. Aquello era un espectáculo descomunal. Su verga se parecía a las de los ponys que alguna vez habíamos visto mi marido y yo en películas porno. Todavía morcillona medía más de 25 cms. Empecé a lamerla, puesto que resultaba verdaderamente difícil metérmela en la boca; sólo era capaz de chupar su glande rojo como un enorme fresón. Tenía que ser cierto que no mojaba desde hacía tiempo, porque enseguida empezó el pollón a echar el líquido preseminal. Me sentía una verdadera puta. Siempre había sentido repugnancia a tragar semen, pero aquel líquido me sabía a gloria: era dulzón y agradable. 
-Deja la polla y déjame ver esas enormes tetas- me dijo mientras empezaba a quitarme el jersey y después mi blusa. 

Por una casualidad ese día me había puesto un sujetador con puntillas que mi marido me había regalado y que era muy sexy, puesto que las copas tenían una abertura central que permitía asomar los pezones sin tener que quitar el sujetador. Inmediatamente separé las dos parte de una de las copas y mi pezón endurecido por la excitación saltó como un resorte. Ibrahim se lanzó a chupármelo como un poseso y aquellos enormes labios me hicieron estremecerme de placer. Parecía que me los arrancaba con cada chupetón. 

Mientras, yo me había desposeído de mi falda dejándola caer a mis pies y dejé a su disposición mi coño muy humedecido, aunque sin quitarme las bragas, que también tenían una abertura central que permitía el acceso sin quitarlas, a juego con el sujetador. Como Ibrahim ya conocía el sistema con una mano separó las dos partes de las bragas y metió dos dedos en mi vagina. Sus dedos también eran enormes y muy ásperos por su trabajo en la construcción. Su continúo frotamiento hizo que no aguantase más y me corrí en su mano, entre gemidos de placer. El muy goloso chupó afanosamente mis flujos y después limpió muy bien mi raja con su lengua. Yo pensaba que me iba a correr otra vez. Estaba muy caliente y ese negrazo lo sabía, así que dejó de chupar para mantenerme así de caliente. Yo no aguantaba más: quería tener dentro esa polla y al mismo tiempo temía que me hiciese daño, acostumbrada a la de mi marido que no medía más de 18 cms. 

Cuando me tendió en la mesa de la oficina vi mis sueños hechos realidad. Empezaba a introducir esa verga descomunal no sin problemas: aparte de su longitud, su grosor realmente amedrentaba. Ni que decir tiene que yo no era capaz de abarcarlo con una mano y que gracias a que estaba muy lubricada entró una tercera parte de aquel monstruo. 

En ese momento alguien empezó a llamar a la puerta. Primero una vez y después insistentemente. El que fuese tenía que saber que había alguien dentro. Temí lo peor: que alguno de mis compañeros de trabajo hubiese olvidado alguna cosa, incluidas de las llaves. Semidesnuda como estaba (con el sujetador y las bragas) me acerqué a la ventana y miré hacia la puerta muy despacio. Era mi marido. 

Apresuradamente me puse la blusa y me coloqué la falda. Es mi marido. Métete en el archivo- le dije a Ibrahim, mientras los golpes en la puerta continuaban. 
-Hola cariño, qué haces aquí?.- le dije a mi marido muy azorada al abrir la puerta. 

Entró en la oficina y mientras miraba hacia todas partes me dijo que estaba esperando a mi salida para tomar una cerveza antes de ir a casa. 
-Dónde lo has escondido?- me dijo con una sonrisa muy picarona- Lo vi entrar mientras esperaba dentro del coche. 
-Lo siento cariño, es la primera vez...- no me dejó continuar. Me dio un beso muy sensual y me metió la lengua hasta el fondo. 
-No seas tonta, a mí no me importa, me alegro de que te "diviertas". Os he interrumpido?. 

Yo no me lo podía creer, pensaba que cuando me decía que le pusiera los cuernos no podía hablar en serio y allí estaba el cornudo de mi marido, casi pidiéndome que continuase cepillándome a aquel negro. 
-Está en el archivo- alcance a responderle. 

Los dos nos dirigimos al archivo y allí estaba Ibrahim bastante sorprendido. La escena era realmente fuerte: yo en bragas y aquel negro con la polla descomunal a la vista. Mi marido no pudo evitar dirigir la mirada hacia aquel miembro semierecto. 
-Te gusta mi esposa? -le preguntó mi marido sin ninguna aspereza. 
-Yo... –Ibrahim tartamudeaba 
-No te preocupes, lamento haberos interrumpido -concluyó rápidamente mi marido. 

Ibrahim no daba crédito y me miraba expectante. Decidí romper el hielo y dirigí mi boca hacia la polla de Ibrahim, mientras mi marido se apartaba. Aquel pene no tardó en ponerse tieso y comencé a chupar sus huevos y a metérmelos en la boca. Finalmente el negro perdió la vergüenza y sobaba mis tetas dando pequeños pellizcos a mis pezones que me estremecían. 

Mi marido se había bajado los pantalones y se estaba haciendo una paja el gilipollas. Ibrahim me puso en posición perrito, apoyada en una mesa mientras volvía a intentar meter ese pollazo en mi coño. El dolor era tremendo pero el placer era aún mayor. Mis gritos preocuparon a mi marido, que había intuido que ese pollón no podía caber en mi vagina. Así que dejó su tarea y se colocó debajo de mí, sentado en el suelo. Empezó a lamer mi clítoris con el ánimo de lubricar la entrada. Realmente no hacía falta, porque mis fluidos eran intensos. Después me di cuenta de lo que realmente pretendía, porque sus lenguatazos se dirigían al cilindro negro que penetraba a su esposa. 

Al negro parecía gustarle aquella situación y empezó a gemir anunciando su corrida. Fue bestial. Mi concha no podía albergar su polla y su leche al mismo tiempo. Su semen rebosaba alrededor de su polla y mientras tanto mi marido saboreaba aquel líquido que realmente olía a macho. No me lo podía creer: mi marido además de ser un cornudo era un auténtico mariconazo. Pero la imagen intentando que no se le escapara ni una gota del semen del negro me puso a mil. Tuve el orgasmo más bestial de mi vida. Los estertores me paralizaron las piernas y mi coño se estrechó atrapando aquella polla negra. El dolor era insoportable y el placer más inmenso todavía. Finalmente el negro sacó su polla y yo empecé a mearme de placer en la cara de mi marido, que también disfrutaba degustando mi pis. Sin duda fue el polvo más impresionante de mi vida... hasta aquel momento, porque, como os podéis imaginar no fue la única vez que Ibrahim me penetró. En la próxima ocasión os contaré como me convertí en la puta de aquellos negros ansiosos de hembra y como mi marido.

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