sábado, 23 de abril de 2016

De hombre a mujer III

Por la noche, antes de meternos en la cama le confesé a mi mujer el episodio con el médico en su consulta. No salía de su asombro. Se había quedado estupefacta. Al principio se enfadó diciendo que no me quería compartir con nadie, que quería que sólo fuese "SU" mujer. Que mi culo sólo lo podía follar ella.

Traté de explicarle que sería bueno que un médico llevase el control de mis hormonas y le dije que tenía disparada la prolactina. No sabíamos, por ejemplo, qué consecuencias podría tener eso para mi salud. Además podríamos conseguir que me prescribiera un tratamiento más efectivo y rápido para mi feminización completa. Ese argumento fue el que finalmente la convenció. Sin embargo exigió ir el viernes conmigo a la consulta para hablar con el doctor. Accedí. 

Para la ocasión me coloqué un conjunto de sujetador y brasileña color verde agua. Incluso me maquillé ligeramente y me pinté las uñas con un esmalte rosa pálido bastante discreto. Quería que mi mujer estuviera orgullosa de mí y, sobre todo, quería estar atractiva para mi doctor. Mi mujer se empeñó en que me pusiese los zapatos de medio tacón que me había regalado unos días atrás. Realmente quedaban semiocultos con los pantalones vaqueros que llevaba puestos, pero el taconeo al andar era bastante llamativo.

Llegamos a la consulta y esperamos a ser llamados. Mi mujer me preguntó que cómo era aquel tipo. Le dije que podía tener unos 45 años. De complexión parecida a la mía (aproximadamente 1,75 y unos 85 kgs. de peso) tenía el pelo moreno peinado hacia atrás con gomina. Sus facciones eran muy masculinas: barbilla algo prominente, pómulos marcados, y unos ojos ciertamente penetrantes. 

En ese momento el doctor salió a la puerta y mencionó mi nombre. Al levantarme sonrió alegre, pero cuando se dio cuenta de que la mujer que estaba a mi lado también se levantaba y me acompañaba su sonrisa desapareció.

Nos franqueó el paso y nos invitó a pasar. La situación era bastante embarazosa. El médico no sabía si mi mujer conocía toda la verdad, así que cuando me pregunto que qué tal estaba lo primero que le dije que mi mujer estaba al tanto de todo. Ahora ya su cara mostraba una clara preocupación y su mirada se dirigió hacia ella. En ese momento mi mujer tomó la palabra y lo tranquilizó diciéndole que ella consentía la relación que habíamos mantenido pero que yo era su hembra y que eso lo tenía que tener claro. El doctor Ruiz asintió con rápidos movimientos de su cabeza y puso las palmas en alto, manifestando así que le quedaba muy claro y que él no quería problemas. Mi mujer continuó diciéndole que ella no iba a poder impedir que me follase cuando quisiera, pero, en contraprestación, él debería tutelar un tratamiento para mi feminización. El doctor Ernesto Ruiz, que así se llamaba, dijo que no tenía absolutamente ningún problema, porque además estaba muy interesado en verme hecha una verdadera mujer. Los tres nos miramos de forma cómplice. 

Ernesto me preguntó que qué estaba tomando. Le contesté que 4 pastillas de Yasmin y en los pechos me aplicaba Progesterona en crema. 

A partir de entonces me prescribió un comprimido de Androcur tres ves al día y uno de progyluton dos veces al día. A partir del tercer mes las dosis se deberían duplicar. El primer medicamento era un antiandrógeno para eliminar mis características masculinas y el segundo era un combinado de estrógenos para aumentar las características femeninas. 

Él me haría análisis periódicos para determinar mi perfil hormonal en todo momento. 

Nos advirtió que este tratamiento era muy agresivo y que mi feminización sería bastante llamativa, pero que si quería acabar convirtiéndome totalmente en mujer, debería pasar por el quirófano y extirpar mi pene y mis testículos y construir una vagina. 

Yo me estaba excitando con la idea de verme rápidamente convertido en una mujer con todos los atributos, pero mi mujer dijo en ese momento que por el ahora sólo queríamos una feminización pronunciada, pero no convertirme en mujer. Yo la miré pero no me atreví a replicarle. 

Los tres dimos por terminada la consulta y nos levantamos para dirigirnos a la puerta. Ernesto, antes de abrir, me pidió mi número de móvil y me dijo que pasara a la consulta de al lado para que su enfermera me extrajera la sangre para hacer el perfil hormonal actual, invitando a mi mujer a esperar fuera. 

Cuando entré en la consulta contigua estaba una chica rubia, de unos 26 o 27 años colocando material sanitario en una vitrina. Era una chica muy atractiva, perfectamente maquillada, con unos labios perfectamente perfilados y pintados de color rojo brillante. Ambas consultas estaban comunicadas por una puerta por donde apareció Ernesto. 

Se dirigió a la enfermera y le dijo, señalándome a mí y guiñándole un ojo, que era la persona de la que le había hablado. Añadió que me tomase unas muestras de sangre. Después Ernesto se acercó a mí y me dijo que me había echado de menos. Puso una mano sobre mi pecho izquierdo y después sobre el derecho. Me los sobó y se mordió el labio inferior. Dijo que tenía unas tetas ya muy creciditas y que él iba a conseguir que las tuviera más grandes. 

La enfermera me colocó en la camilla y tomó las muestras de sangre que le había dicho el médico. Ella también miraba mis pechos con lascivia. El médico se dirigió a ella y le dijo que palpase mis tetas. Así lo hizo al tiempo que se tocaba las suyas propias. Le dijo a Ernesto que las tenía bastante grandes, casi igual que las suyas. Yo estaba estupefacto, no sabía de qué iba aquello. Al ver mi cara de asombro Ernesto me confesó que su enfermera era transexual y que él había dirigido también su tratamiento, pero que aún no estaba operada para la extirpación del pene. 

Le pregunte que como una mujer como aquella podía ser un hombre. El levantó la falda que tenía puesta y bajo sus braguitas de encaje blanco. Tenía una polla de dimensiones más que aceptables y sus testículos algo pequeños pero también visibles. Ella me contó que había conocido a Ernesto haciendo las prácticas de enfermería cuando todavía era un chico y que le pidió que le recetase la medicación necesaria para convertirse en mujer, porque vivía obsesionada por salir de ese cuerpo de hombre en el que le había tocado vivir. Estaba en lista de espera para quitarse su pene y sus testículos y ahorrando para poder hacerse una vagina.

Yo no salía de mi asombro y tuve que tocar el pene para convencerme de que era real. Al hacerlo aquel miembro pegó un respingo y se puso aún más erecto y se convirtió en una polla que cualquier tío hubiese envidiado. 

Ella soltó unas risitas y me preguntó bromeando si yo no tenía polla para tocar. Desabroché mi pantalón y bajé mis braguitas para enseñarle la miserable pilila que tenía. A Pilar, que así se llamaba la enfermera, le resultó graciosa y se arrodilló para observarla mejor. Primero empezó a palpar mis diminutos testículos y a masturbarme después para intentar que me empalmase. Aumentó algo de tamaño cuando empezó a mamarla, pero realmente mi pene reaccionó poco ante la estimulación de Pilar. 

Ernesto mientras tanto se había sacado su polla y se masturbaba ante la morbosa escena que tenía delante. 

Pilar me giró, me abrazó por detrás y puso las manos sobre mis pechos apretando fuertemente, buscando mis pezones. Me quitó la ropa de arriba y dejó al descubierto mi sujetador. Ahora sí que es más fácil encontrar los pezones y los pellizcó salvajemente. Me encogí y mi culo quedó pegado a su polla. Ella sólo tuvo que empujar un poco y penetró mi dilatado culo. Empezó a bombear insistentemente mientras me sujetaba por las caderas. Ernesto se acercó a mi cara y me ofreció su polla para que empezase a mamarla. Empecé a degustar su líquido preseminal y a saborear aquella polla con la que me estaba realmente enviciando. Los movimientos de Pilar los acompasaba para meterme la verga de Ernesto hasta lo más profundo de mi garganta. Aunque me venían arcadas, no estaba dispuesto a soltar el miembro de Ernesto que tanto placer me dio días atrás. 

Levanté la cara, me saqué su polla de la boca y le dije en tono suplicante: "fóllame". 

Pilar se apartó y dejó paso a Ernesto. Su caliente polla entró de forma brutal en mi culo. Sentía sus huevos rebotar contra los míos y aquello me puso a cien. Busqué desesperado la polla de Pilar y me la acerqué a mi cara para chupársela. Olía al interior de mi culito y la empecé a saborear con deleite y morbo.

Ernesto no aguantó demasiado. Entre gritos ahogados se corrió dentro de mí y Pilar hizo lo propio en mi boca y en mi cara. Su leche era dulzona y, aunque la mantuve unos instantes en mi boca, finalmente me la tragué. Pilar acercó su boca a mis mejillas y sorbió las gotas de su propio semen que habían quedado desparramadas por mi cara.

Yo no había llegado a correrme, pero el placer con Ernesto y con Pilar follándome fue mucho más intenso que un orgasmo. 

Me vestí apresuradamente para que mi mujer no sospechase nada de lo que había pasado allí. Me despedí de Ernesto y Pilar con sendos besos en sus labios y salí de la consulta.

Mi mujer me preguntó con una mirada pícara si lo había pasado bien. Le contesté que sí. Era evidente que sabía que había estado follando. Me dio una guantadita en el trasero de forma cariñosa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Puedes ser el primer comentario... ¡Date prisa!

Ir arriba