miércoles, 13 de abril de 2016

Atraco sexual

Hola, mi nombre es Patricia, y quiero relataros la traumática experiencia que viví hará hoy cosa de un año. Soy policía local de un pequeño pueblo de la mancha y, aunque sé usar un arma y estoy entrenada para defenderme, nunca he tenido que usarla, por suerte, la gente suele respetarme cuando aparezco. 

Me metí en la policía para ayudar a los demás, y aunque siempre sabes que existe un riesgo, nunca piensas en que puedes ser tú la que te conviertas en víctima de unos sádicos. 

Hará cosa de un año un compañero y yo acudimos al atraco de un banco en mi localidad, cuando llegamos allí, dos de nuestros compañeros nos dijeron que dos hombres tenían como rehenes a varias personas, entre ellas a una chica de unos diecisiete años. 

En los pueblos suele pasar que, al no ser una ciudad, todo tarda más, nos habían avisado que el negociador estaba en camino, pero estábamos a cientos de kilómetros de Toledo o Madrid, por lo que sabíamos que teníamos que hacer nosotros algo. 

Uno de ellos se asomó por una pequeña ventana y nos miró, ahora creo que más bien me miró a mí, y lo hizo de una forma que me asqueó, con unos ojos lascivos y una mirada lujuriosa, volvió a introducirse y al cabo de un rato volvió a asomarse, quizás sería el jefe de los dos. 

Tiró una nota a la calle, en ella ponía que soltaría a cinco rehenes si yo me intercambiaba por ellos y así poder negociar. 

Al principio me negué, pero recordé que como policía había hecho un juramento y que no podría perdonármelo si aquellas personas morían por mi culpa, así que accedí. 

No obstante, mi jefe les dijo que entraría yo y otro hombre, pero el atracador se negó en redondo, después escuchamos varios disparos dentro, y supimos que no teníamos muchas opciones. Así que entré en el banco, sola y casi indefensa. 

Los atracadores soltaron a todos los rehenes menos a la adolescente, que cuando entré estaba acurrucada en el suelo muerta de miedo, un atracador, a cual no había visto hasta ese momento, me apuntó con el arma y me ordenó que tirada mi porra y mi pistola, yo accedí, pues no tenía otra opción. 

El banco era pequeño, había un mostrador al fondo y una mesa con dos sillas, varias sillas que tenían la función de hacer esperar cómodamente a la gente, la cámara de seguridad había sido volada en mil pedazos de un tiro. 

Nos tuvieron sentadas en el suelo casi media hora, no negociaron nada, tan solo pensaban escapar con el dinero como fuera y si hacía falta nos matarían para conseguirlo. 
--¿Estás bien?—le pregunté a la chica. 
--Si—respondió—Pero tengo mucho miedo. 
--¡Basta de cháchara!---nos gritó el que parecía el jefe. 

Pasó otro rato y entonces comenzó la verdadera pesadilla, el que se había asomado a la ventana se acercó a mí y volvió a mirarme con la misma cara de lujuria que antes, me ordenó que me pusiera en pié, cosa que hice sin rechistar, ya que me apuntaba con el arma. 
--Baja las persianas, tu—le ordenó a su lacayo. 

Esto me preocupó, pues querían que nadie supiera lo que pasaba dentro del banco. 
--¿Qué vais a hacer?—pregunté nerviosa—Estamos desarmadas, podemos negociar. 

El jefe me cogió y me llevó hacia el mostrador, me empujó con fuerza contra él queriendo tumbarme en este, yo me resistía a pesar de que él tenía el arma. 

La chica joven se puso muy nerviosa y quiso ponerse de pié, pero el lacayo la redujo de un puñetazo que sonó como un "Coc". 

Escuché la voz del jefe. 
--Si no te estás quieta y obedeces mataremos a la niña, y no querrás que eso ocurra ¿Verdad? 

Yo miré a la joven, el lacayo apuntaba directamente a su cabeza mientras ella lloraba aterrada, acariciando su mandíbula lastimada. 
--No—dije—Haré lo que me pidas, pero por favor no le hagas daño. 

El jefe sonrió y estiró de uno de los botones de mi chaqueta, que se rompió. 
--Quítate la chaqueta esa, que quiero ver tus tetas—ordenó. 

Al principio me negué, pero la amenaza de que matarían a la chica hizo que obedeciera, me quité la chaqueta, después la blusa y después el sujetador, mis grandes pechos, los cuales reconozco son preciosos, quedaron al descubiertos, sentí la mano del individuo acariciarlos y pellizcarlos con avaricia, sentí sus dedos en mis pezones, que inevitablemente, por el frío de estos, se erizaron. 

Le entregó la pistola a su compañero para poder sobarme mejor. 
--Si hace algo raro, te las cargas—le ordenó. 

Después bajó una mano y descubrió su pene, un gran miembro rosa que palpitaba sin cesar. 
--Agáchate y chúpamelo—dijo. 

Yo negué con la cabeza, escuché un grito de la joven y vi como el lacayo le desabrochaba a la fuerza su blusa. 
--O tú o ella. 

Creo que fue en ese momento en el cual perdí toda voluntad, ya no era yo, ahora era un juguete sexual a voluntad de dos maniacos. 

Me agaché e introduje el miembro de carne en mi boca, su sabor asqueroso hizo que sintiera una arcada, pero una amenaza del tipo hizo también que la contuviera lo mejor que pude. 

Volví a sentir sus manos acariciando mis grandes e indefensos pechos, rodear mis pezones rosados y eréctiles. 
--Así, así—decía mientras mamaba su duro pene—Como me ponéis las maderas. 

Poco a poco, el sabor desagradable se esfumó, y en su lugar quedó un sabor muy profundo a carne, sentí las venas de la polla palpitando dentro de mi boca, su glande, con sus surquillos recorriendo mi lengua, cuando abrí la boca y el sacó su pene, este estaba empapado de mi saliva. 

De repente sentí como me esposaban a una catenaria. 
--Ahora vas a ver cómo nos follamos a esta perrita—dijo dirigiéndose a la joven. 
--Dijiste que no le harías nada—me quejé. 
--Mentí—dijo él, y lanzó una sonora carcajada. 

Intenté levantar la catenaria, pero esta pesaba mucho, busqué las llaves de las esposas, pero el lacayo las exhibió delante de mí burlándose de mi descuido. 

Cogieron a la adolescente y tardaron poquísimo en desnudarla, usando mucha violencia, ahora que lo recuerdo he de reconocer que me excitó ver que estaban a punto de violarla contra su voluntad, sin que ella pudiera hacer nada para impedirlo. 

La tumbaron en el suelo toda desnuda, sus pechos eran grandes, aunque no tanto como los míos y su culo era apretado, se notaba que todavía era joven y que mantenía aún ese deseo que despertaba en los hombres maduros. 

Uno abrió con fuerza sus brazos mientras la joven suplicaba por piedad. 

El jefe se agachó sobre su sexo casi imberbe y sin dudarlo, hundió su boca en él, la chica gimió, no sé si de sorpresa o dolor, pero sacudió las piernas por encima de la espalda del tipo como única medida de resistencia. 

El jefe seguía lamiendo y mordiendo el coñete de la chica mientras esta gritaba, el otro individuo me miraba con una cara que no supe adivinar de que era, hoy creo que en el fondo sabía que, aunque lo negaba, deseaba ver a esa joven violada por aquellos dos sementales, deslicé poco a poco la mano libre hacia mi sexo, este palpitaba excitado, como lo estaba yo. 

Y creo que la joven también comenzaba a estarlo, pues cesó de gritar y tan solo comenzó a gemir despacio, sus piernas poco a poco dejaron de sacudirse y adoptó una posición relajada en todo el cuerpo. 

Fue entonces cuando el jefe subió hacia arriba lamiendo todo su cuerpo. 

El lacayo soltó los brazos de la chica, que ya no se resistían, se acercó a mí y, volviendo a coger su arma, me apuntó, tirándome las llaves de las esposas. 
--Desnúdate—me ordenó. 

Yo me quité las esposas y me levanté, hice lo que me dijo sin dudarlo, pues en el fondo 

De mi ser ardía en deseos de sentir el placer obligado en el cual se estaba deshaciendo la joven. 

El jefe ya estaba desnudo, y el lacayo se estaba quitando los pantalones, pronto quedaron los dos desnudos como lombrices, y nosotras también, esperando ser penetradas sin piedad. 

La joven fue la primera en serlo, el jefe se tumbó sobre ella y acarició sus pechos, puso su pene en la entrada de su coñete dispuesto a violarla salvajemente. 
--No, por favor—suplicó ella—No me violéis. 

El delincuente comenzó a penetrarla despacio mientras la chica gritaba al sentir el grosor de tan tamaño pene forzándola sin piedad. 
--¡No, No!—gemía intentando escapar de lo inevitable.--¡Me duele, me duele mucho! 

En ese momento, el atracador hundió de golpe su polla en el coñete de la chica, que 

lanzó un grito de dolor, pues yo misma sabía que aquella polla era muy gorda para ser metida de golpe, y menos en un chochito como el de aquella adolescente. 

Pronto comenzaron las embestidas o, como el lacayo lo llamó, el mete-saca, la joven gemía de dolor, llorando al sentirse violada de golpe, el hombre gemía como un cerdo que gime revolcándose en el barro. 

El lacayo se acercó a mí dispuesto a hacer lo mismo conmigo, yo me resistí, aunque los gritos de la joven cada vez me excitaban más, forcejeamos, pero la fuerza de aquel sádico era incomparable a la mía y al final acabó tumbado encima de mí, acariciando mi cuerpo obligado a excitarse. 

Sentí la lengua del tipo por el cuello, su saliva caliente mojando mi piel suave mientras intentaba penetrarme, yo se lo impedía como podía, empujándole con mis manos, moviendo mis piernas como loca mientras el pene del tipo acariciaba la parte interna de mis muslos, lo sentía mojado, como si estuviera a punto de correrse y manchar mis labios sexuales de su blanco y caliente semen. 

A final el individuo se enfadó dada mi resistencia y agarró mis brazos con una mano, las empujó contra el suelo y, con la otra, acarició mi sexo, yo di un respingo al sentir su curtida mano abriendo mi vulva, lo siguiente que hizo fue coger su pene endurecido y llevarlo hacia mi coño, la violación era inevitable. 
--¡Me violan! ¡Aha!—grité como si aquello pudiera impedirlo. 

El pene entró dentro de mí con una violencia que yo no había sentido en mi vida, como si una barra de acero me penetrara de golpe, yo gritaba como loca mientras aquel obseso gemía de gusto. 
--¡Sí!—gritaba de placer—¡Eso es, cacho puta, sé que te gusta! 

Miré a la joven, ya no se resistía, ahora miraba al vacío aceptando su cruel abuso, el jefe, que continuaba forzando sin piedad, gemía como el cerdo que era. 

Me dolía el coño, la polla del lacayo continuaba entrando y saliendo sin cesar, lo sentía en las paredes interiores de mi sexo, avanzando sin piedad, pero sus manos no dejaban de acariciarme todo mi cuerpo desnudo, hacía tiempo que unas manos no me tocaban, que una lengua no lamía mi pecho y mi cuerpo caliente, casi sin darme cuenta me sumí en aquel placer, me ofrecí a la violación, y comencé a gemir de gozo. 

De repente la joven también comenzó a gemir, primero despacio, para después subir el volumen de su gimoteado, los cuatro entonamos una cantinela de placer extremo. 

Fue la joven la que comenzó de pronto a gemir cada vez más fuerte, tanto que hizo que el lacayo acelerara el ritmo de mi violación, así que yo también comenzara a sentir la proximidad de un inevitable y obligado orgasmo. 

La joven alcanzó primero el clímax, pero ella no quería, aun así atrajo hacia ella a aquel tipo para llenarse de su semen. 

--¡Ahaaa!—gritaba--¡Nooo! 

De repente, ambos se corrieron, la joven estiró sus piernas y las sacudió con fuerza, era el primer orgasmo de su vida. 

--¡Siiiii!—gritó sin quererlo. 

Me imaginé el semen del tipo llenando el coñete virgen de la muchacha, arrancándole su inocencia de golpe, y quise que no parada, que siguiera violando a la joven para mi deleite, sentí un escalofrío, el orgasmo se acercaba sin remedio. 
--Voy a llenarte de semen, puta—me dijo mi violador. 

Yo le miré a la cara y él sonrió, sabía que me gustaba, mis ojos eran la misma expresión del placer, le estaba pidiendo más con el gesto lujurioso de mi cara. 

Abrí las piernas para facilitar la profanación de mi cuerpo, quería sentirlo dentro de mí una y otra vez, aunque a la vez me sentía sucia y humillada, lo deseaba. 

Por fin el lacayo aceleró de nuevo la marcha, yo comencé a sentir la llegada del inminente orgasmo. 
aaa!—grité---¡Ohoooo, Siiii! 

Y mi sexo dejó escapar todo su líquido mientras me sacudía de gozo, casi llorando por el inaguantable placer que sentía en ese momento. 

El lacayo se despegó de mi, cogió mi cabeza y llevó su miembro a mi boca, al instante lo sentí dentro de mí, caliente y dulce, era el semen, que pastoso llenó mi boca, al principio me resultó desagradable, pero después lo saboree con gula, como si fuera lo mejor que mi boca había probado jamás, se corrió mucho, llenándola y derramando por mi barbilla el esperma blancuzco y delicioso, el lacayo lanzó un gemido de gozo. 

Los dos hombres se separaron de nosotras, dejándonos en el suelo, desnudas y exhaustas, yo respiré aliviada, pues creía que aquello ya había acabado, que nos dejarían libres, pero no podía estar más equivocada. 

Cogieron a la chica joven, que intentó resistirse con la poca fuerza que le quedaba. 
--¿Por qué te resistes?—le preguntó el lacayo--¿Si acabas de correrte como una puta? ¡Obedece! 

El jefe se acercó a mí y me alzó del suelo, me acercó a la mesa y me empujó contra ella, tumbándome en esta. 
--¡Déjame!—le supliqué--¡Ya nos habéis violado! 

El jefe se inclinó sobre mí, desnudo, y me sujetó los brazos golpeó con su pene flácido mi sexo recién profanado y sonrió malévolamente. 
--Todavía falto de follarte yo, maderita—dijo—Y te aseguro que vas a correré por lo menos dos veces más. 

El lacayo había cogido a la muchacha y había hecho lo mismo con ella, tumbarla en el mostrador del banco, ninguno decía nada, la joven ya había aceptado que la habían violado salvajemente, y que seguirían todo lo que quisieran, el tipejo la penetró sin avisar, haciendo la chica lanzara un ¡Oum! de sorpresa. 

El jefe acarició mis grandes pechos y observó como mis pezones se ponían erectos sin yo quererlo, los lamió despacio, mis brazos ya no ofrecían resistencia, como la joven había acepto mi destino, ser violada una y otra vez por esos dos sádicos. 

Su lengua lamía despacio mis pezones rosados llenándolos de saliva y haciendo que esta resbalada por el seno caliente, yo cerré los ojos y sentí la lengua viperina por todos mis senos, lo hacía realmente bien, como si aquella maldad le diera poder para excitar más a las mujeres que violaba, comencé a gemir en el placer. 

Subió su lengua por mi pecho hasta mi cuello y besó mi boca, fue un beso profundo y apasionado, casi maestro, nuestras lenguas se juntaron y yo saboreé el coño de la joven que había lamido antes. 

Me penetró de golpe, pero esta vez la polla entró fácilmente, pues mi coño estaba todavía excitado por la anterior violación, yo no dije nada, tan solo acaricié la espalda de mi agresor, lo deseaba, no quería que dejaran de violarme. 

Tras unos minutos, sentimos los cuatro de nuevo el orgasmo, sentía como el hombre se corría dentro de mí, nunca lo había sentido, pues siempre había usado condón con mis amantes, fue una sensación maravillosa, sentir como su pene de repente temblaba y expulsaba el semen ardiendo. Todo ese semen me inundaba por dentro sin piedad, grité de gozo. 

Después, ya casi desmayadas de placer, cogieron a la joven y la acercaron a mí casi en volandas. 
--¡Ponte de rodillas!—le ordenaron. 

La chica obedeció y se derrumbó en el suelo, yo continuaba tumbada en la mesa, por lo que mi coño quedaba delante de su carita. 
--¡Ahora quiero que le comas el coño a esta zorra!—ordenó el jefe. 

La joven puso una cara de espanto, negándose de inmediato. 
--¡Dejadla!—grité yo—Ya os habéis cebado con ella, so cerdos, ahora soltadla. 

Como había intentado antes, quise levantarse, encararme con ellos, pero el lacayo, aprovechando que estaba cansada y débil, no tardó en reducirme sujetándome contra la mesa. 
--¡Tu aquí no pinchas ni mojas, guapa!—dijo el lacayo—Los que te pinchamos somos nosotros. 

Después de reír su gracia, empujaron a la niña contra mí, el lacayo me obligó a abrir las piernas y el jefe cogió la cabeza de la muchacha, dirigiéndola hacia mi coño. 

Yo intentaba cerrar las piernas para impedir tal crimen, pero me era imposible, estaba casi reventada de tanto luchar y gemir. 

Sentí el aliento acelerado de la joven en mi sexo, que todavía palpitaba irremediablemente tras las violaciones. 
--¡No!—grité de nuevo intentando evitar lo inevitable—Os lo suplico, pero por favor, por fav¡Ahaa! 

Mis palabras se congelaron en mi garganta cuando sentí la lengua caliente de la chica tocando por primera vez mis labios mayores, era suave y esponjosa, y a pesar de que muchos hombres habían lamido y succionado mi sexo anteriormente, nunca creí que la lengua y los labios de una mujer fueran tan suaves y que me provocaran tanto placer. 

Dejé de mover las piernas casi sin darme cuenta, estaba abstraía de nuevo en un repentino placer, la chica lloraba a la vez que lamía mi sexo excitado de nuevo. 
--Así—le dijo el jefe—Lámelo bien con esa boquita de puta que tienes. 

Yo empecé a gemir sin querer, mis genitales comenzaron de nuevo a segregar líquido para facilitar por naturaleza propia la profanación de mi cuerpo. 

Poco a poco la chica también dejó de resistirse, sus llanos eran ahora gemiditos apagados por su afán de darme placer, en ese momento no creí que le estuviera gustando, pero de nuevo llegó el deseado orgasmo y ella hundió su boca en mi coño, como si intentara llegar dentro de mi ser, mis fluidos llenaron su boquita a la vez que yo gritaba de placer. 
--¡Siii!—grité de gozo--¡Cómeme el coño, nena! 

Apreté con mis manos la cabeza de la muchacha para lograr todavía más placer. 

Después, al joven quedó exhausta, sentada en el suelo, pero el jefe acercó su pene erecto de nuevo al contemplar tal espectáculo lésbico, a su boca, y ella simplemente abrió la boca y dejó que el miembro se adentrara en ella con decisión. 

El jefe comenzó a gemir a la vez que la chica emitía constantes sonidos lascivos, como si le estuviera gustando saborear tal pollón dentro de su pequeña boca. 
--¡Mmmmm! ¡Mmmm!—musitaba. 

Tras unos minutos el jefe se apartó de ella, que cuando sacó la polla de su boca dejó colgando un hilillo de saliva desde la lengua hasta la misma punta del pene, yo no comprendía por qué no se había corrido dentro de la boca de la chica, pero pronto lo supe. 

Lo supe en cuando el jefe se acercó a mí y me dio la vuelta con violencia, quedando boca abajo encima del mostrador y con medio cuerpo fuera de este. 

Las manos de aquel sádico se acercaron a mi trasero y comenzaron a masajearlo salvajemente. 
--¡Menudo culo tienes, nena!—dijo 

Yo adiviné lo que se proponía e, inmediatamente, me negué por completo. 
--No lo hagas—supliqué—No me folles el culo. 
--No me digas que nunca te han roto este culazo que tienes—dijo el jefe. 
--No—respondí yo casi por inercia—Y no quiero que me lo violes, por favor, te lo pido, haré lo que quieras, pero por favor… 

La punta del pene en la entrada de mi ano volvió a dejarme sin palabras, el dolor comenzó a aparecer al sentir las paredes de mi culo virgen abrirse poco a poco. 
--¡Nooo!—grité--¡Me duele, me duele mucho, por favor…! 

Sentí un chasquido. La boca de mi ano se veía obligada por tal tamaña verga, yo gritaba como una posesa al sentir mi cuerpo violado de nuevo, pero esta vez en una nueva posición, nunca en mi vida imaginé que sería violada sin piedad, mucho menos por el ano, y muchísimo menos que después de todo me gustaría. 

La joven sin nombre y ya sin virginidad forcejeaba con el lacayo, este también quería su porción de ano virgen que violar, y la joven, al ver mis gritos de dolor, se resistía como podía, no obstante, el lacayo era más fuerte y ella sentía su cuerpecito ya cansado y desanimado, se dejó hacer, como si supiera que no pararía hasta abrir su culete virgen, el siervo la tumbó boca abajo, de idéntica manera como había sido posicionada yo, para la penetración, acarició sus nalgas de adolescente y se lamió dos de sus dedos, dejando caer mucha saliva, después llevó los dedos a la entrada el culo de la chica, que lanzó un grito de sorpresa. 

Mientras, la punta de la polla ya había entrado en mí, y el jefe se había detenido, como si esperada a que mi ano se acostumbrara al grosor carnoso de su miembro. 

El lacayo quiso meter la polla y le hizo daño a la chica, no pudo hacerlo, pero esto excitó al jefe, que se puso manos a la obra conmigo. 

La polla se abría paso dentro de mi culo sin que yo pudiera hacer nada, era blanda y esponjosa, por lo que el dolor parecía remitir por momentos, aún así sentía un malestar en el estómago mientras aquel enorme miembro forzaba mi ano como si fuera una barra de hierro. 

Las manos del hombre, curtidas y bastas, acariciaban mi espalda desnuda, después las llevó hacia mis pechos y los estrujó con fuerza, deteniéndose en mis pezones erectos, tras lo cual llevó una mano a mi sexo y lo acarició con avaricia, haciendo que gimiera de irremediable placer. 

Cuando ya casi no quedaba nada de mi esfínter por violar, el jefe dio un fuerte empujón y avanzó de golpe dentro de mí, yo grité al sentir el fuerte dolor, creía que me había roto el culo con tal inmenso golpe. 

Giré la cabeza para observar a la joven adolescente, esta no decía nada, me miraba fijamente tumbada boca abajo en la mesa, el lacayo le había subido las piernas encima de esta y dobladas al máximo, por lo que facilitaba mucho más la violación, parecía que estaba aceptándolo, la habían desflorado y profanado por delante, quizás deseaba en parte ser desflorada por detrás. Yo empecé a sentir placer cuando el pene del jefe golpeaba sin piedad el final de mi ano, era un placer diferente a todos los que había sentido en mi vida, comencé a gemir de gusto, el dolor casi había desaparecido, la joven continuaba mirándome, parecía excitada, el lacayo por fin consiguió penetrarla, lo hizo de golpe, no como me habían violado a mí, la joven abrió la boca de repente, pero no gritó, tan solo me miró, al verla no pude evitar excitarme mucho más, ahora las dos estábamos siendo violadas analmente y he de reconocer que era algo maravilloso. 

Mis gritos de placer inundaban toda la sala. 
--¡¡Ahaaaa!!—¡¡Ahhhaaa!! 

El jefe bajó una mano y acarició de nuevo mi sexo mientras con la otra masajeaba mis pechos. 
--¡Que culazo tienes!—dijo con la voz temblorosa por el placer. 

La chica joven también gemía ya casi sin fuerzas, el lacayo la violaba con una violencia increíble, golpeando su pubis contra su culo cuando al penetraba, el sonido de los cuerpos al chocar, creo, nos excitaba a todos allí. 

De repente y sin avisar siquiera, el jefe me alzó de la mesa, pero me alzó directamente con la mano que manejaba mi sexo, al hacerlo sentí dolor en este, pero la otra mano, que atravesaba uno de mis pechos para sujetarme por el otro, amortiguaba el dolor. 

Me alzaba con la mano del coño y me dejaba caer, y volvía a repetir la situación, por lo que era penetrada por detrás a la vez que me masturbaba salvajemente por delante, no tardamos en corrernos juntos mientras no dejábamos de observar a la joven, que continuaba siendo violada por el ano por el lacayo. 

Este lanzó un grito y eyaculó dentro del culo de la joven, después se apartó, dejándola medio desmayada encima de la mesa. Yo había caído al suelo después de sentir el orgasmo más increíble de toda mi vida, corrí hacia la chica y le ayudé a ponerse de pié. 

Ella me miró, no había conseguido alcanzar el orgasmo con la violación anal, todo su cuerpo estaba excitado al máximo, Nos arrodillamos en el suelo, abatidas, mientras los violadores se vestían riéndose y felicitándose por tal horrible agresión. 

La joven y yo nos abrazamos llorando, casi sin darme cuenta sentí los labios de ella contra los míos, y casi sin darme cuenta también, respondía su beso, nuestras lenguas, que habían lamido sendas pollas esta mañana, se juntaron en una beso apasionado, llevé mi boca por su cuello como hipnotizada y lamí sus medianos pero excitables pechos, después continué por su vientre hasta su sexo, allí hundí mi boca, como si quisiera llegar al fondo de su ser, ella abrió las piernas y me entregó lo poco que quedaba de su dignidad violada, gimió despacio, los atracadores nos miraban riéndose, pero ya se habían liberado de sus ansias por cuerpos inocentes y no nos hicieron nada. 

Pronto sentí como el sexo se mojaba y comencé a lamer como una loca, a tragarme todo el líquido que salía de aquel coñete, ella lanzó un grito y se tumbó en el suelo, exhausta. 

Después, nos vestimos, no sin mirarnos mutuamente, casi sin comprender lo que había pasado, tan solo sentíamos vergüenza y pequeños vestigios de placer que quedaban por nuestro cuerpo, nos ataron y nos dejaron sentadas en un rincón. 

El jefe y el lacayo querían salir de allí, ahora era su prioridad, creían que podían, pero estaban equivocados, al salir, mis compañeros se abalanzaron sobre ellos que, negándose a ir a la cárcel, respondieron con fuego, ambos atracadores murieron en la calle. 

No dijimos nada de la violación, tan solo dijimos que nos ataron y nos tuvieron allí sentadas, como la cámara de vigilancia había sido destrozada, nuestro vergonzoso secreto estaba a salvo. Después de aquello, dejé el trabajo de calle y me dediqué a la oficina, tuve la suerte inmensa de no quedarme embarazada por el semen de aquellos locos. 

Pero, y por absurdo que parezca, lo bueno de aquel día fue encontrar el amor en aquel banco, Natalia, la adolescente que fue violada junto a mí, cumplió los dieciocho el año pasado y ahora vive conmigo, nos queremos y somos felices, no hablamos sobre lo que pasó, pero sabemos que aunque no nos gustó no nos arrepentimos de ello y que, por qué no decirlo, volveríamos a aquel banco.

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