martes, 29 de marzo de 2016

¿Qué haces, abuelita?

Es un caluroso día de verano y Rosa, muy animada por la radiante luz que emana del astro rey y que entra a raudales por los amplios ventanales de su vivienda, se dispone a ir al mercado a comprar algo de fruta con la que completar la comida. Hoy vendrá a comer su hijo con sus dos nietecitas, de cinco y tres años, y, aunque tiene todo preparado, con la excusa de la fruta, dará un paseíto por la calle que la vendrá pero que muy bien. 

En lugar de acercarse a la galería que suele ir, piensa hoy aproximarse al mercado que es bastante más barato, aunque se encuentra algo más lejos, a unos veinte minutos caminando, pero la apetece ya que no tiene nada especial que hacer. Además su familia no aparecerá por casa hasta la hora de comer, y aún quedan algunas horas. 

Mirando en su armario qué ropa ponerse, encuentra ¡qué sorpresa! un ligero vestido de color blanco que se compró hace un par de años y que nunca se lo puso para salir a la calle. Recuerda que fue una oferta que encontró a principios de otoño, restos del verano que acababa de pasar, pero fue comprarlo y ponerse a llover y a hacer frío dando definitivamente por finiquitada la temporada estival. 

Se lo prueba delante del gran espejo de la entrada y, a pesar de que se ha fundido una bombilla y hay menos luz de lo habitual, se da cuenta que le está un poco ajustado, quizá ha engordado un poco desde entonces, pero es tan fino el vestido y hace tanto calor, que le parece una buena idea ponérselo para ir a la compra. Además no está su marido para decirla lo mal que la sienta. 

Siempre la ha parecido de muy mal gusto, que se marque la ropa interior debajo de un vestido, así que, como le está tan ajustado, no se le ocurre otra cosa que quitarse las bragas y el sostén y, poniéndose unas sandalias de tacón, sale a la calle solo con el ligero vestido y sin ropa interior. 

Como el vestido la está tan ajustado, piensa que no es posible que una ráfaga de viento la levante la corta falda que lleva y enseñe todas sus vergüenzas a los transeúntes. 

En lo que no cae Rosa es que el vestido se le transparenta a la potente luz del sol, y, cómo no lleva nada debajo, da la impresión, cuando la pega el sol de lleno, de que está completamente desnuda, mostrando a todos sus enormes tetas y su grandioso culo, y es que Rosa ya tiene más de cincuenta años, concretamente cincuenta y cuatro, y, aunque ella sigue pensando que tiene el magnífico tipo que tenía con veinte años, sus tetas y su culo han aumentado varios centímetros aunque se mantienen duros y erguidos como antaño. 

Por suerte o por desgracia para ella, en su calle no hay prácticamente nadie cuando sale y ningún conocido la avisa de cómo va, y los extraños que se cruzan con ella, algunos muy discretos no la dicen nada, solamente la miran cómo si no sucediera nada, aunque luego al pasar giran su cabeza sorprendidos para verla bien las turgentes nalgas. Otros la miran socarrones directamente a las tetas y a la entrepierna como retándola. 

Poco a poco se va dando cuenta que el vestido que lleva no pasa desapercibido, que la debe sentir de maravilla por las miradas que algunos la echan, miradas que no sabe muy bien si son solo de admiración o también de deseo. 

Aproximándose al mercado las miradas se hacen más feroces, taladrándola el fino vestido que lleva, y los piropos groseros se suceden, acompañados por risotadas y gestos obscenos, dirigidos fundamentalmente a sus tetas, a su culo y a su entrepierna. 
¡Tienes más polvos que el suelo que pisas, culona! 
¡Eso si que es un culo para partirlo a pollazos! 
¡Cómeme el nabo, tetas gordas, que yo te comeré el higo! 
¡Al rico melón de Villaconejos! ¡Déjame comerte los melones! ¡Tetona! 
¡Mamografías gratis, aquí sus mamografías gratis! 

El primer roce que la dan supone que es accidental, pero los siguientes la parecen ya muy descarados, aunque no se atreve a decir nada para que no haya ningún escándalo. 

De los roces también se pasa a los azotes en las nalgas, y alguno que la propinan la hace bastante daño, por lo que tiene que pararse para friccionar con su mano el cachete donde se lo han dado, dejando expuesta el otro a manos ajenas, pero no son solamente sus nalgas las que sufren, ya que los manoseos en sus tetas se repiten e incluso algún pellizco rápido y no tan rápido en los pezones, la hace chillar de dolor. 

Y entre sobes a tetas y culo, alguna mano fue también a su sexo, tanto por delante como por detrás, encima de la falda e incluso por debajo de ella, no siempre un ligero toque, a veces un sobe prolongado hasta que ella, huyendo de unos y de otros, encuentra la frutería en la que solía comprar hace tiempo. 

Se coloca en una fila, e inmediatamente detrás de ella se coloca un tipo con un fino pantalón y una enorme y dura erección debajo, que a punto está de taladrar el vestido de Rosa y meterla el rabo por el agujero del culo. Girándose ella lo suficiente, lo evita, y la afilada verga simplemente se le clava en uno de los doloridos glúteos, pero las manos de él, con la excusa de que le empujan, bien que se agarran a las tetonas de Rosa, haciéndola saltar los pocos botones que lleva y rasgando el escote del vestido, dejando sus tetazas al aire, pero enseguida son cubiertas por manos peludas que las amasan sin piedad. 

Intenta ella quitárselas pero las tienen tan agarradas a sus pechos, tan pegadas, que no les es posible, sintiendo como ahora la levantan la falda por detrás y un algo semejante a una gran y húmeda anaconda serpentea por sus nalgas, intentando entrar entre ellas. 

Casi lo consigue, si no es por el Ramón, el frutero de toda la vida, que, agarrando al tipejo por la pechera de la camisa, le levanta del suelo y le amenaza con su voz dura y potente: 
¿Te vas o te llevo, chaval? 

Y el tipejo, acobardado, se suelta en un momento, disculpándose. 
¡Ay, ay, lo siento, es que me han empujado! 

La sabandija enseguida se esfuma, no sin antes susurrarla amenazador al oído: 
¡Sé dónde vives! 

Ramón mirándola con esa mirada suya tan penetrante y profundamente masculina, la pregunta: 
¿Qué es lo que desea, doña Rosa? 

Sin darse ya cuenta que está mostrando sus tetazas desnudas a todo el mundo, Rosa, emocionada porque la ha salvado de ser violada y porque, después de mucho tiempo, el frutero todavía se acuerda de ella, la reconoce, y le pide, con lágrimas de agradecimiento en los ojos, de todo, … plátanos, melones, melocotones, naranjas, pepinos, ... de todo. Tanto que luego al ver repletas varias bolsas se da cuenta que no puede llevarlas, que es mucho peso y muchas bolsas, pero el Ramón, muy serio y servicial, pero sin dejar de mirarla las erguidas tetazas, se ofrece amablemente a llevar la compra personalmente a la casa de Rosa, dejando la frutería al cuidado de sus dos empleados, que, extrañamente sonrientes, le despiden agitando la mano socarrones y muy contentos. 

Y va ella delante y el Ramón detrás, sin dejar ni un momento de seguir sus carnosas y bamboleantes nalgas. Parece que ahora ya no la manosean, azotan o soban, y, si lo hacen, ella ni se entera, va flotando como en una nube. Se nota que ahora va acompañada por un hombre, por todo un hombre, por un hombre de verdad. 

Suben juntos Rosa y Ramón en el ascensor y ella, veinte centímetros más baja, no se atreve a mirarle a la cara, posiblemente por timidez, pero él, desde arriba, bien que la mira las tetas, seguro que por deseo, y nota cómo su prodigioso miembro crece y crece, aunque Rosa no parece darse cuenta, ya que sus enormes pechos ocultan el increible espectáculo. ¡Mi héroe! 

Al llegar a casa, Ramón no se contenta con dejar la fruta en la entrada sino que, muy galante, se presta a dejarla bien colocada en la cocina o donde Rosa le indique, observando que no hay nadie más en la vivienda y que, por palabras emocionadas de la mujer, infiere que no llegarán hasta la hora de comer, tiempo suficiente para “colocarla” las cosas. 

Dejando las bolsas en el suelo, van colocando los dos a la vez la fruta en la nevera. Cuando ella se agacha, él la observa las tetas o el culo por detrás, mientras ella se maravilla del enorme bulto que hincha por delante el pantalón de Ramón. Cuando él se agacha, mete su cabeza prácticamente bajo las faldas de ella, disfrutando de un lujuriante panorama, mientras ella se deja hacer. 

Como no cabe todo en la nevera, empiezan a colocarla en la parte superior de un armario, por lo que se sube Rosa a una escalera para que él, desde abajo, la vaya dando la fruta y de paso, continúe investigando bajo la falda, tanto utilizando la vista como el tacto, ya que, con la excusa de ayudarla para que no se caiga, bien que la coge y la manosea las nalgas y el sexo. 

Pero Rosa no es tan inocente como parece, ya que, tanto toqueteo y miradita, la están poniendo pero que bien cachonda, y, cuando ya no cabe más fruta en el armario, se le ocurre que en el dormitorio hay una fuente donde si cabría más, aunque también es verdad que hay otra fuente en el salón y otra en la terraza, pero a ella se le ocurre que mejor en el dormitorio. ¡Caprichosa! 

Coge un montón de naranjas con las manos y se las coloca sobre sus erguidos pechos, sujetándolas con sus brazos y manos para que no se caigan, encaminándose hacia el dormitorio, ella siempre delante y él siempre detrás, con el cipote bien erecto y duro, sin perderse ni un solo detalle de su voluptuoso culo. 

Son tantas las naranjas que lleva que no puede o no quiere controlarlas ni sujetarlas, y ruedan y se le meten por el roto escote del vestido, deslizándose por su cuerpo desnudo, cayendo varias al suelo, pero Ramón muy solicito, introduce sus manos bajo el vestido de la mujer como si quisiera sujetar las naranjas, sobándola más bien los melones, sobándoselos con insistencia. 

Ella al principio parece sobrepasada, pero enseguida se ríe por la situación, a carcajadas, disfrutando del sobeteo al que la está sometiendo, y el frutero, viendo que ella no puede parar de reír y se deja manosear, aprovecha para amasarla bien las tetas e, incluso rasgando todavía más el vestido, besarla y lamerla las enormes ubres, mientras sus manos descienden a las nalgas y a la entrepierna de Rosa, sobándola también. 

Ante tanta pasión y sobeteo, el vestido se rasga de parte a parte, cayéndose al suelo a los pies de la mujer, dejándola desnuda al lado de su propia cama, pero el hombre no descansa, desea más, mucho más y, sobándola sin descanso, la hace tumbarse bocarriba sobre la cama, colocándose él encima, bocabajo, lamiéndola y mordisqueándola las gigantescas tetas empitonadas. 

Las manos del frutero no reposan y mientras una la soba las tetas, la otra desciende a la entrepierna de la mujer, metiéndola mano y acariciando insistentemente su vulva, penetrando entre sus labios vaginales, metiéndose sus dedos por la entrada a la vagina, toqueteándola, y acariciando reiteradamente el húmedo clítoris de Rosa. 

Ella ya ha dejado de reír, de carcajearse, y ahora gime, jadea, suspira, chilla y se retuerce de placer, sin ofrecer ninguna resistencia. 

Sin dejar de sobarla, los lametones descienden lentamente de las tetas de la mujer por su estómago y por su vientre, hasta llegar al interior de sus muslos, y de ahí a su vulva, ocupando la boca y la lengua de Ramón el lugar que antes ocupaban sus manos y sus dedos. 

Los muslos de Rosa se cierran, entre espasmos descontrolados, aprisionando la cabeza de Ramón para enseguida abrirse de piernas, dejando que la lengua juguetona del hombre recorra gozosa todo su sexo y sorba todos sus fluidos. 

Las manos de ella pasan de sujetarle la cabeza a tirar de su pelo, a soltarlo y a agarrarse con fuerza a la cabecera de la cama en el momento que la llega el potente orgasmo. 

¡Chilla, chilla de placer! ¡Se corre, se corre! 

Y Ramón siente cómo la humedad del coño de Rosa aumenta hasta convertirse casi en un río que fluye por su boca, por su rostro, entre las piernas de ella. 

Se detiene por un instante, disfrutando del espectáculo de observar a Rosa corriéndose, para, a continuación, bajarse los pantalones y los calzoncillos, sacándose la verga, enorme, tiesa y congestionada. 

De un salto se coloca más arriba, besuqueándola ahora el rostro, penetrando con su lengua entre los labios carnosos y sonrosados de la mujer, que, deja de chillar y le devuelve los besos, los lametones, apasionadamente. 

Coge Ramón su enorme verga con una mano y la dirige a la entrada a la vagina de ella, penetrándola poco a poco, mientras la mujer, al sentirse penetrada, suspira y jadea fuerte y profundamente. 

La va metiendo el cipote un poco, luego lo saca casi del todo, lo vuelve a meter un poco más para sacarlo una pizca, hasta que, después de tres o cuatro mete-sacas, lo mete hasta el fondo, comenzando a moverse adelante y atrás, adelante y atrás, frotando su verga erecta sobre el interior de la empapada vagina de la mujer, sin dejar Ramón de observar en ningún momento tanto cómo la penetra su miembro, la cara que pone Rosa y cómo se bambolean descontroladas las tetazas de la mujer en cada envite. 

Cada vez aplica el hombre más energía a sus movimientos, haciendo que la cama rechine cada vez más y choque una y otra vez contra la pared, amenazando con romperla. 

Los suspiros y jadeos de Rosa van también aumentando su intensidad, convirtiéndose ya en chillidos, y ella, sin poder aguantar más, chilla a pleno pulmón y se agarra fuertemente a los barrotes de la cabecera de la cama, moviendo frenética las caderas y ayudando a que se la folle. 

Las manos del hombre ya no la sujetan por las caderas, no puede, sino que van directamente a sus tetazas, amasándolas lujurioso, como si fueran enormes masas de pan. 

Pero Rosa es insaciable. Quiere más, lo quiere todo y lo quiere ya, así que ansiosa le chilla mientras le empuja con sus dos manos sobre el pecho de él. 
¡Aaaaahhhh, más, más! 

Ramón, muy obediente, se tumba rápido bocarriba sobre la cama, y Rosa, prácticamente brinca en la cama, poniéndose de rodillas y a horcajadas sobre la verga tiesa del hombre, a la que coge con su mano derecha y se la introduce directamente en la vagina, comenzando a saltar, sobre ella, dentro-fuera-dentro-fuera, follando, mientras el frutero la sujeta por las nalgas para que no le desmonte y se caiga de la cama. 

Está tan concentrada saltando y follando, chillando y jadeando, que no se da cuenta que alguien está entrando en la casa. El frutero si lo ha escuchado, pero no tienen ningunas ganas de dejar de disfrutar de la calentorra, de follársela. 

De pronto, se escucha la vocecilla inocente y sorprendida de una niña: 
¿Qué haces, abuelita? 

Seguido a continuación de un grito aterrador: 
Pero ¡mamá!, ¿qué estás haciendo? 

Deteniéndose sobresaltada, Rosa detiene sus saltos y voltea la cabeza hacia la puerta, viendo allí ve a su hijo con sus dos nietecitas, los tres con el rostro lívido y los ojos abiertos de par en par, observando anonadados el espectáculo. 
¡Qué vergüenza, dios santo, qué vergüenza! 

Escuchando las voces y las miradas de su hijo y de sus nietas, no la salen las palabras, y siente como su rostro arde de vergüenza. 

¡La han pillado, la han pillado follando, y no precisamente con su marido! 

Su hijo, empujando a las niñas, las obliga a salir al pasillo y de ahí fuera de la casa, mientras Rosa que ya ha recuperado algo la compostura, balbucea: 
¡No es lo que parece! ¡No es lo que parece! 

Su hijo, antes de cerrar la puerta de la calle de un portazo, todavía la grita: 
Entonces, ¿qué es? ¿qué es lo que estás haciendo, puta? 
¡Follar, ostias, follar! ¿Estás ciego, ostias, que no lo ves? ¡FOLLAR! ¡FO-LLAR! ¡F-O-L-L-A-R! 

Atrona el frutero con su potente voz, reanudando ahora el folleteo a la mujer que se ha quedado paralizada como si fuera de mármol. 

La sujeta por las amplias caderas para que no huya y ella, anonadada, no reacciona inicialmente, solo mira hacia atrás, hacia la puerta por donde ha aparecido su familia. 

Ante las embestidas del hombre, ella reacciona y, con un rápido movimiento, se logra desmontar y, quitándose las manos de Ramón de encima, se baja de la cama, pero no da ni dos pasos cuando el frutero, raudo y erecto, está otra vez sobre ella, gritando: 
¡No puedes dejarme así! 

La sujeta por detrás por las tetazas, y, empujándola sobre la cómoda, la abre de piernas al meter las suyas entre las de ella. 
¡Por favor! 

Parece suplicar Rosa, pero el hombre, sin prestar ninguna atención a sus palabras, la obliga a inclinarse hacia delante de forma que ella apoye sus brazos doblados sobre el mueble, y tantea con su cipote erecto, entre las nalgas calientes de la mujer, y, al encontrar la entrada a su vagina, vuelve a penetrarla. 

Resopla ella al sentirse nuevamente penetrada y, ante las acometidas de Ramón, tiene que sujetarse fuertemente a la cómoda que se mueve volcando todo lo que tiene encima. 

Se escucha por toda la casa el sonido machacón de los cojones del frutero al chocar contra la vulva de la mujer, así como los soplidos del hombre y los gemidos, jadeos y chillidos de Rosa. 

Pero, después de varios minutos follando, Ramón no consigue eyacular, por lo que la desmonta, y, girándola hacia él, la obliga a ponerse de rodillas. 

La sujeta la cabeza con una mano y con la otra la acerca la verga para que se la meta en la boca y le haga una mamada. 

Parece que ella al principio pone reparos, pero, ante la insistencia de él, claudica y la coge con las manos como si fuera un micrófono, dándole una chupada con la punta de la lengua en el glande, luego otra y otra. Se va motivando. No le sabe precisamente mal, y un lametón lleva a otro y a otro, como si estuviera saboreando una dulce piruleta. Luego lentamente y con cuidado se mete el cipote erecto y empapado en la boca y lo acaricia con sus labios, profundizando un poco más, hasta que se lo mete casi todo en la boca, acariciándolo con sus gruesos y sonrosados labios, mamándolo. Se lo saca de la boca y lo acaricia con sus manos, volviéndoselo a meter, repitiendo la acción una y otra vez, cada vez con más energía, con más ganas. 

Está Ramón a punto de eyacular, pero no, no quiere así, quiere hacerlo follándosela, por lo que la detiene y la obliga a levantarse del suelo y tumbarse bocarriba sobre la cama, volviéndola a penetrar por la vagina, y, ¡zas-zas!, en un par de movimientos eyacula dentro de ella, gritando a pleno pulmón. 

Aguanta con el miembro dentro más de un minuto, y, desmontándola se coloca tranquilamente la ropa, mientras ella continúa tumbada bocarriba sobre la cama, despatarrada, con todo el esperma de él rezumando el coño. 

Antes de irse, Ramón la dice muy modesto: 
Muchas gracias, doña Rosa. Cuando quiera fruta no hace falta que vaya al mercado. Me llama y estaré aquí en pocos minutos con todo lo que necesite, con todo. 

Nada más irse el frutero, la mujer se ducha, pensando en su hijo y en sus nietas, que la han visto siendo infiel a su marido, y teme posibles consecuencias. 

Llaman al teléfono y Rosa, todavía secándose con la toalla, sale desnuda de la ducha y lo contesta. 

Es su marido, que la dice indignado: 
Me ha llamado tu hijo y, ¡el muy gilipollas!, va y me dice que hoy no viene a comer. Me ha dado unas excusas estúpidas, que no las entiende ni él mismo. ¡Será gilipuertas! Así que ya sabes la comida que has hecho nos la comemos nosotros solitos y a tu hijo que le den por culo. 

Colgando el teléfono, Rosa se acerca al armario para ponerse algo que la cubra, encontrando un vestido que hacía años que no veía. Otro vestido parecido al que se puso hoy para ir al mercado, pero de una talla incluso más pequeña. Seguro que le está un poco ajustado, pero no importa, se lo pondrá mañana para ir a comprar encurtidos. ¡Tiene tantísimas ganas de comer … y de que se la coman!

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