lunes, 28 de marzo de 2016

Mi mamá me mima (y yo me la follo)

Han pasado más de cinco minuto desde que el vecino y su hijo, Flash, han marchado de la vivienda de María, pero ni ella ni su hijo se atreven a moverse, temerosos por si vuelven. María permanece completamente desnuda sobre su cama de matrimonio, Está de rodillas, con la cabeza sobre la cama y con el culo en pompa. La acaban de violar, varias veces, tanto por el coño como el culo, sus dos vecinos, el padre y el hijo.

Mario, el hijo de María, también totalmente desnudo, está sentado en el suelo a los pies de la cama donde se encuentra su madre, sin dejar de mirarla excitado el culo y la vulva, completamente dilatados los dos agujeros.

A él también le han sodomizado y humillado, obligándole a comerle la polla al vecino. Antes, sin embargo, no perdió la ocasión de tirarse también a su madre y, a pesar de todo, después bien que se marturbó delante de todos, sin ningún pudor, contemplando cómo violaban nuevamente a su progenitora.

Intenta levantarse del suelo, pero, los dolores que le producen su ano desgarrado, se lo dificultan, gimiendo de dolor en cada movimiento que hace, por lo que permanece sentado en el suelo, sobre un pequeño charco de su propia sangre.

Es María la que primero se pone en pies y, ante la mirada lúbrica de su hijo que la sigue en todo momento, se encamina totalmente desnuda hacia la puerta de entrada a la vivienda, cerrando el cerrojo y echando la cadena de seguridad, para intentar impedir que los dos violadores vuelvan a entrar en la casa. Sabe que se han llevado un juego de llaves y pueden abrir la puerta cuando quieran, por lo que camina por el pasillo a paso ligero hasta el salón, de puntillas más bien, dando pequeños saltitos, y coge una silla, llevándola a la puerta de entrada, y la coloca haciendo cuña en la puerta para dificultar todavía más el acceso a la vivienda.

Luego totalmente desnuda entra en su dormitorio, se acerca a su hijo y, tirándole de un brazo, le dice: 
Tienes que levantarte y lavarte, hijo mío. No puedes estar así. ¡Qué dirá tu padre si te ve, si nos ve así! ¡Qué vergüenza! 

Mario, sin dejar de mirarla las tetas y la entrepierna, se apoya en la cama, intentando levantarse sin lograrlo, por lo que ahora María le sujeta por debajo de las axilas, tirando nuevamente para levantarle.

Esforzándose, restriega una y otra vez sus tetas por el rostro de su hijo que, olvidando los dolores que tiene, se los lame con fruición, agarrando con una mano los duros glúteos de su madre, amasándolos con fuerza.

Poco a poco se va incorporando, pero, cuando lo hace del todo, vence hacia María, haciéndola caer bocarriba sobre la cama con él bocabajo encima, entre sus piernas abiertas.

Se preocupa ella de que su hijo no se haya hecho daño, pero Mario, ajeno a todo lo que no sean los melones de su madre, no deja de lamerlos, mordisquearlos y sobarlos, subiendo poco a poco, restregando su pene erecto por el interior de los muslos, el vientre y la entrepierna de ella, buscando la entrada a su vagina.

Cuando María se da cuenta de las intenciones de su hijo, poco puede hacer, simplemente recriminar a su hijo dulcemente, como su fuera un niño pequeño sin maldad, un angelito: 
¡Ay, ay, no, no, hijo, no, que soy tu madre, no, no...! 

Para chillar asombrada al sentirse penetrada: 
¡Aaaahhh! 

Mario, aprisionando con su peso a María, impide que se incorpore, que se mueva, y una vez la ha penetrado, jadeando, aprovecha la ocasión y no para de subir y bajar, de subir y bajar frenéticamente sus caderas y su culo, de friccionar insistentemente su verga erecta por el interior de la vagina de su madre, follándosela.

Ella, angustiada, no se atreve a detenerle, simplemente se deja, deja que se la folle sin oponer resistencia. Cree que su hijo está muy alterado por lo que ha sucedido y que él mismo se tranquilizará.

También ella, en contra de su voluntad, se va excitando poco a poco y, aunque intenta disimular ante su hijo ahogando sus gemidos de placer, poco a poco incrementan su volumen y acaba chillando a pleno pulmón ante las frenéticas cabalgadas de su vástago.

En el piso de abajo el hijo del vecino que la ha violado escucha a través del patio los chillidos de María y avisa a su padre para que vaya y, riéndose, grita por la ventana, animando. 
¡Ánimo, chaval, dala duro por el coño, follátela, venga, venga! ¡Fóllate a esa puta calentorra! ¡Zorra, puta, ninfómana, calientacamas, calientapollas, mamona, coño caliente! 

El padre, escuchando los chillidos de María, sonríe cruelmente como un depredador que sabe que devorará a su presa, y le dice a su hijo: 
Estos mañana sabrán lo que es bueno y no tendrán luego ningunas ganas de divertirse. 

María y Mario lo escuchan, pero nada detiene al chaval que, cautivo de su lujuria, cabalga sin freno a su madre.

Es ella la primera en correrse, pero enseguida la sigue su hijo que también grita desahogando su deseo y su rabia.

Permanecen un rato sin moverse, él encima de ella, con su pene dentro, hasta que, de pronto, se da cuenta de lo que ha hecho y, aterrado, no se atreve casi ni a respirar, avergonzado, pero no puede seguir así eternamente y, poco a poco, se atreve a moverse y es entonces cuando le vuelve otra vez el dolor, el dolor de su ano sodomizado, pero lentamente logra separarse de su madre, poniéndose en pie a duras penas a los pies de la cama, apoyado en ella.

María se levanta de la cama y ayuda a su hijo a ir al cuarto de baño.

Una vez lo deja dentro, cerrando la puerta, se dispone a eliminar lo más rápido que pueda toda huella de lo que ha sucedido para que su marido cuando llegue del trabajo no encuentre nada que le haga sospechar. No quiere ningún problema, ningún escándalo, y hará todo lo posible por evitarlo.

Completamente desnuda vuelve casi corriendo al dormitorio y quita rápido las sábanas de la cama, las lleva a la cocina y, utilizando un producto de limpieza, restriega con energía las manchas de sangre y semen eliminándolas, para meter las sábanas a continuación en la lavadora, con su detergente y suavizante, poniéndola a continuación en funcionamiento.

Se elimina rauda con agua y jabón en el mismo lavabo de la cocina el semen y los distintos fluidos que la cubren.

Luego llena el cubo con agua y echa amoniaco, volviendo al dormitorio con papel, el cubo con agua y una fregona.

De rodillas en el suelo, restriega con el papel las manchas de sangre, semen y de cualquier otro tipo, eliminándolas.

Se reincorpora y, sacando del armario, unas sábanas limpias, hace tan rápido como puede la cama con ellas.

Finalmente empieza a fregar el suelo utilizando la fregona, cuando escucha un ruido, levanta la vista y ve a alguien que la observa detenidamente desde la ventana frente a la suya.

No le reconoce, ¡es un hombrecillo! Éste levanta la mano saludándola tímidamente, y entonces ella de da cuenta que está completamente desnuda delante de un desconocido.

Chilla, dejando caer la fregona al suelo y se cubre las tetas y la entrepierna con sus manos. 
Hace calor, ¡eh! No me extraña que vayas desnuda. Yo, si pudiera también haría lo mismo, pero estoy trabajando. Ya veo que tú también lo estás. 

Dice el hombrecillo, pero, como ella está colorada como un tomate, tan impactada que la hayan visto así, que no puede ni se atreve a responder, el tipo continúa. 
Perdona, pero no me he presentado. Soy Juan, el de la inmobiliaria que han contratado para vender o alquilar el piso y ahora le estoy dando un repaso. Si quieres me paso ahora mismo por tu casa y te doy también un buen repaso, … un repaso a fondo, a conciencia. 

Ella continúa inmóvil sin decir nada y sin atreverse a moverse para no descubrir su desnudez, por lo que el hombrecillo reanuda su monólogo. 
No te preocupes que ya me voy y te dejo que sigas así … tan fresca. Siento haberte interrumpido. 

Y cierra la ventana, dejando a María totalmente avergonzada. ¡La han pillado!

Lo que no ha dicho a María es que hacía ya casi media hora cuando revisando la vivienda, escuchó un chillido de mujer por el patio y, asustado, abrió la ventana del patio y pilló a Mario follándose a su madre. Atónito, sin emitir ni un solo sonido, se quedó estupefacto escuchando los salvajes gritos de ánimo del vecino de arriba y disfrutando del espectáculo, cómo el cipote tieso del joven penetraba una y otra vez en el coño de la mujer. Luego al ver a María incorporarse completamente desnuda, con unas tetazas impresionantes y un culo de infarto, su polla creció y creció, abultando la bragueta de su pantalón. Más tarde a través de la ventana abierta de la cocina observó cómo ella movía frenética las tetas y el culo limpiando y restregando con ganas las sábanas y luego su cuerpazo, sus melones y su entrepierna. Volvió luego ella al dormitorio y, de espaldas a la ventana, se puso de rodillas en el suelo y a cuatro patas, limpiando el suelo, y enseñando un culo de impresión que se movía sensualmente adelante y atrás, adelante y atrás, como si la estuvieran follando. Finalmente inclinándose sobre la cama para hacerla, incluso poniéndose a cuatro patas sobre ella, mostró nuevamente su culazo en pompa y su vulva hinchada y jugosa. ¡Cómo movía frenética las tetas y el culo, qué placer! ¡Cómo se agachaba exhibiendo su sexo y su culo! Lo recordaría siempre y se masturbaría compulsivamente recordándolo durante toda su vida. Pero en ese momento sin poder evitarlo se corrió y su garganta emitió un sonido semejante a un graznido que alertó a la mujer cuando estaba utilizando la fregona, pasándola por el suelo, haciendo que se detuviera y le mirara.

Ahora María, después de ver y escuchar al hombrecillo, observa cómo éste se despide y cierra la ventana. Sin dejar de taparse las tetas y la entrepierna, se acerca despacio y con cuidado a la ventana de su dormitorio y, vigilando por si el hombre vuelve a abrir la suya, también cierra la de su dormitorio.

¡La han pillado a ella que no quiere que nadie se entere! Ahora ¿qué es lo que el hombrecillo dirá y a quien se lo dirá? Todo el mundo lo sabrá, incluso se inventarán historias sobre ella, historias increíbles de sexo y lujuria, leyendas urbanas.

En ese momento, escucha a su hijo que gimiendo de dolor sale del cuarto de baño después de haberse duchado y, en su afán de ayudarle, olvida nuevamente que está desnuda, y sale corriendo a su encuentro para socorrerlo y le encuentra caminando despacio por el pasillo camino de su dormitorio, llevando solamente una toalla enroscada a la cintura. 
Apóyate en mí. Voy delante y te llevo a tu habitación. 

Le dice y se coloca delante de él para que se apoye en ella, reiniciando juntos el camino.

Mario coloca sus manos sobre los hombros de ella y caminan despacio hacia el dormitorio de él, pero el joven no pierde de vista el culo que tiene delante, y su polla vuelve a reanimarse y a crecer y levantarse. Sus manos descienden de los hombros de María a su cintura y de ahí a sus caderas para colocarse finalmente sobre los glúteos de ella, una mano firmemente sobre cada glúteo.

La polla erecta y el movimiento de la pareja ayudan a que la toalla que cubre al joven se suelte y cae al suelo. Dejándole totalmente desnudo y con una impresionante erección apuntando al macizo culo de su madre. 
Mejor sujétate más que apoyarte, pero más arriba, en los hombros. 

Le aconseja María, deteniéndose, y él, obediente, sube las manos, pero nada más apoyar las manos en los hombros de ella, se lo piensa mejor y las baja, cogiendo a su madre por las tetas, a la

altura de los pezones.

María jadea fuertemente y pega un respingo al notar cómo la cogen las tetas, pero sintiéndose incapaz de contener a su hijo, disimula como si no pasara nada y continúa caminando despacio, guiándole, excitándose cada vez más y sintiendo como sus pezones se erizan e hinchan por el toqueteo al que están siendo sometidos.

Mario dando una zancada mayor que ella y, sin soltarla los pechos, se coloca inmediatamente detrás, apoyando la parte superior de su miembro erecto sobre las duras nalgas de su madre, presionando a cada paso que dan, acercándole a sus abdominales, acercando y alejando, acercando y alejando a cada paso que dan.

María lo siente, ¡vaya si lo siente!, siente el pene desnudo de su hijo sobre su culo desnudo, pero solo quiere llegar al dormitorio de Mario para que se acueste y descanse sin sufrir más daño, pero la naturaleza la delata y siente cómo, en contra de su voluntad, se va excitando cada vez más.

Pero no es ella la única, también su hijo que el deseo le ha anestesiado y ya no siente dolor. Cachondo, muy cachondo, cada vez más cachondo, solo piensa en eyacular, en volver a tirársela, y juguetea con sus dedos en los pezones de su madre, tirando de ellos, retorciéndolos, haciendo que María jadee, gima y dé pequeños grititos, mezcla de dolor y de placer.

Llegan al dormitorio de Mario y se acercan a su cama. La madre con la intención de que el hijo se acueste, el hijo con la intención de acostarse con su madre. Ella deseando que descanse y se reponga, él deseando metérsela y follársela.

Al llegar María a la cama, quiere girarse poco a poco, dejando a su hijo que se acerque a la cama para acostarse, pero Mario no quiere que su madre se escape y no la deja que se gire, por lo que la empuja sobre la cama, poniendo ella sus manos sobre la cama, soportando el peso de su cuerpo y el de su hijo. 
¡No, hijo, no, que se te va abrir más la herida! 

Se queja la madre, intentando convencer a su hijo para que no se la tire.

Empujada por la espalda, sube una de sus rodillas sobre la cama, luego la otra, colocando sin querer su culo en pompa, y el joven, al notar en su cipote erecto la dureza de los glúteos de ella, busca ansioso una entrada para su miembro, tanteando, restregándolo por el culo de ella, doblando algo las rodillas, inclinándose hacia delante, hasta que encuentra la entrada a la vagina y se la mete hasta el fondo.

Al sentirse penetrada, resopla María fuertemente, jadeando. ¡Otra vez se la ha metido! ¡No tiene ya remedio!

Inclinado hacia delante, descarga el peso sobre su madre y cogiéndola las tetas, mueve rítmicamente el culo adelante y atrás, adelante y atrás, introduciéndola una y otra vez el pene en la vagina.

El sonido rítmico de los cojones de Mario al chocar con el perineo de su madre se confunde con sus jadeos y resoplidos, así como con los chillidos de María que no puede otra vez contenerse., pero al escuchar unas risitas frente a ella, levanta la cabeza y ve, a través de la ventana abierta, al de la inmobiliaria que, babeando sonriente, observa la escena y saca fotos sin parar con su móvil.

Aterrada, logra chillar un breve y agudo “¡Hey!” y comienza a levantar un brazo para intentar cerrar la ventana, pero el otro brazo no soporta el peso de su hijo, haciéndola caer bocabajo sobre la cama, pero Mario no pierde el tiempo, y continúa cabalgándola, tumbado sobre ella.

María avisa, chillando desesperada a su hijo: 
¡Nos están viendo, nos están viendo! ¡Cierra la ventana, por Dios, ciérrala, ciérrala! 

Pero Mario ni la escucha, está tan absorto follándosela, que no la hace ningún caso, continuando con el mete-saca.

Es la madre la que, desesperada, se esfuerza bajo el peso de su hijo, alargando su brazo para cerrar la ventana, pero no llega y su hijo venga a metérsela y a sacársela, a metérsela y a sacársela, sin preocuparse de nada más. Levanta María la cabeza y ve al de la inmobiliaria con la polla erecta saliendo de la bragueta, masturbándose con una mano y fotografiándola con la otra.

Logra finalmente coger la almohada de la cama y, agitándola en el aire, golpea la hoja de la ventana, cerrándola de un portazo.

Al moverse María, la verga de su hijo se sale del coño de la madre, haciendo que resbale Mario sobre el cuerpo sudoroso de ella, cayendo a la cama.

Al sentirse María liberada del peso de su hijo, se levanta rápido, dejándole empalmado sobre la cama. 
¡Ahora a descansar! Déjate de tonterías, que te vas a desangrar y tendremos que ir a urgencias. ¡Ya me contarás que le contamos luego a tu padre! 

Le recrimina a su hijo y sale del dormitorio, dejándole sobre la cama empalmado e insatisfecho.

Según pasa rauda por las habitaciones, va cerrando las ventanas por las que el de la inmobiliaria no deja de observarla y fotografiarla.

Al llegar al cuarto de baño, cierra la puerta y se mete bajo la ducha, limpiando su cuerpo, sin dejar de pensar en lo que ha sucedido. Quizá se equivoca y está mimando demasiado a su hijo, lo protege demasiado y debe ser menos flexible y complaciente con él, porque eso de follarse a su madre está mal, muy mal, y debe comprenderlo y no volver a repetirlo.

Pasa luego a pensar en el tipejo de la inmobiliaria y se preocupa más, mucho más. Ella, que quiere pasar completamente desapercibida y huir de cualquier tipo de escándalo, sin que nadie se entere de lo sucedido, se encuentra con un mirón que, no solo puede difundir todo tipo de información y comentarios sobre ella, sobre cómo la ha visto totalmente desnuda y follando con la ventana abierta, a la vista de todo el mundo, sino que además la ha tomado fotos con el móvil, y, lo que es peor, mucho peor, con su propio hijo.

Pero su última preocupación es la peor de todas, el vecino y su hijo. La han violado y sodomizado repetidas veces, incluso lo han hecho con su hijo, y quieren repetir, de hecho, no quieren dejar de hacerlo, de follársela, a ella y a su hijo. Además tienen las llaves de su casa y pueden entrar en cualquier momento y follársela, incluso delante de su marido. Empieza a pensar en avisar a la policía o a su marido, Mariano, o a ambos, pero no desea que se sepa, y prefiere resolverlo por su cuenta, lo más discretamente posible, pero no ve la forma.

Tanto pensar y preocuparse la han levantado un fuerte dolor de cabeza, por lo que nada más salir de la ducha, todavía secándose, se acerca al botiquín y se toma un paracetamol para ver si remite.

Encuentra un frasco con pastillas que utiliza a veces su marido para dormir, y, se acerca con ellas y con un vaso de agua al dormitorio de su hijo para darle un par y facilitar su descanso. Antes de llegar se anuda la toalla por debajo de las axilas, cubriéndose hasta medio muslo, pretendiendo no volver a despertar la libido de su hijo.

Le pilla medio adormilado sobre la cama, tapándose los genitales con las sábanas, y le hace reincorporarse un poco para que se tome un par de pastillas, lo que hace obedientemente.

Luego, después de tender la ropa recién sacada de la lavadora y revisar que la silla que ha colocado antes sujeta fuertemente la puerta de la entrada a la vivienda, se toma también una pastilla para dormir y se acuesta en su propia cama, tapándose solamente con la toalla. Todavía quedan horas antes de que su marido venga del trabajo y necesita descansar y recuperarse.

Tanto el cansancio físico y mental que la embarga como la pastilla que ha tomado la ayudan a dormir rápida y profundamente.

Entre sueños, le parece escuchar la voz de su marido que la reprende, susurrándola al oído, con una gran furia apenas reprimida: 
¡No te da vergüenza! ¡Completamente desnuda encima de la cama! 

Pero le parece tan ajeno a ella, tan irreal, y tiene tan pocas fuerzas para responder que ni lo hace, simplemente se agita levemente, pensando que es simplemente un mal sueño. 
¿Qué quieres? ¿qué te vea así nuestro hijo? ¿qué te vea las tetas y la raja? ¿quieres excitarlo, provocarle para que se masturbe, o, lo que es peor, que copule contigo? ¡zorra! 

Reacciona como a cámara lenta, sin poder abrir bien los ojos y ni siquiera mirar, intentando gesticular algo para defenderse y cubrirse pero no encuentra la ropa, palmoteando de forma ridícula en el aire.

Se voltea despacio intentando coger algo para taparse, pero encuentra el borde la cama y se cae lentamente al suelo, pero su marido la sujeta por la cintura antes de que lo alcance, y la levanta despacio, colocándola de pies en el suelo.

No tiene la suficiente fuerza como para mantenerse en pie, está drogada y no puede despertarse, está como en un sueño. Se tambalea por lo que su esposo la sujeta ahora por las caderas, luego por las tetas y, sentándose sobre la cama, la coloca bocabajo sobre sus rodillas, sujetándola para que ni se caiga ni escape, exclamando en voz baja: 
¿Qué has tomado, zorra? ¿Estás borracha? ¿Te has drogado? 

Su marido la mantiene sobre sus rodillas, cogiéndola por los glúteos, sobándoselos, separándolos, mirando entre ellos y tanteando con sus dedos en el ano y en el sexo, y la dice con furia: 
Pero ¿cómo lo tienes? ¿Qué te has metido por ahí, zorra? ¿un nabo, un plátano, el qué? 

Se calla, metiendo cada vez más dentro sus dedos por todos los agujeros de ella. 
¿Te han follado, zorra, te han dado por culo? ¿Quién ha sido? ¿Quién? ¿Tu hijo? ¿Ha sido tu hijo? 
¡No, no, mi hijo, no! 

Balbucea, ella suplicando, sin saber exactamente qué ni a quién, pero quiere apartar a su hijo de todo mal. 
Entonces, ¿quién?, ¿quién te ha follado? 
¡No, no, él, no! ¡el vecino, el vecino! 

Continúa María negando, pero ya ha soltado lo del vecino, que se la ha follado. 
Por eso tenías la puerta atrancada con una silla, ¿no, zorra?, ¡para que te follaran mejor! 

Continúa su esposo sin prestar mucha atención a las palabras de su esposa.

Ella balbucea algo inteligible, intentando justificarse, pero no convence a su marido, cada vez más excitado. 
¡Eres una calentorra, una puta calientapollas! ¡Si quieres verga yo te la voy a dar! ¡Vaya si te lo voy a dar! ¡te la voy a meter hasta el fondo, zorra! 

Y comienza a azotarla las nalgas con la mano abierta, cada vez más fuerte, sonando los azotes por toda la habitación.

María, sintiéndose como en una pesadilla de la que no puede escapar, se agita, mueve ridícula brazos y piernas en el aire, gimiendo y jadeando, mientras su marido se excita cada vez más, mezclando la furia con el deseo sexual, y siente como su polla, aplastada bajo el cuerpo de su mujer, se hincha y crece cada vez más.

Mezcla los azotes en las nalgas, cada vez más colorados, con los sobes al sexo de su mujer que cada vez se lubrica más, humedeciendo la mano de su marido, que deja de azotarla y se concentra en manosearla la vulva, el clítoris, masturbándola.

Los jadeos y gemidos de sorpresa y dolor dejan paso a los de placer, y chilla al correrse, moviendo espasmódicamente las piernas. Una vez se ha corrido, se relaja, permaneciendo quieta sin moverse ni decir nada, pero su marido no ha descargado y está ávido por follársela, así que, incorporándose, la deposita primero de pies sobre el suelo y luego, empujándola, bocarriba sobre la cama.

Permanece María completamente desnuda sobre la cama, con los ojos cerrados y sin moverse, respirando profundamente prácticamente dormida.

Su marido, mirándola detenidamente desde arriba, especialmente su raja abierta y sus pechos, sus redondas y enormes tetas, se suelta tranquilamente el cinturón, bajándose y quitándose pantalón y calzoncillos.

La coge por los muslos y la levanta las piernas, colocándolas estiradas sobre su pecho, y se coloca entre ellas. Coge con su mano derecha su miembro duro y erecto y lo dirige a la entrada de la vagina de María, penetrándola sin dilación. Entra sin ningún tipo de resistencia y, sujetándola por las caderas, empieza a moverse adelante y atrás, adelante y atrás, sin dejar de observarla las tetas y cómo se balancean descontroladas por sus embestidas, aumentando el ritmo hasta que, en pocos minutos, descarga su leche dentro de ella. Permanece quieto, mirándola desde arriba durante casi un minuto, hasta que la desmonta y, dejándola sobre la cama, se va a duchar.

Al volver ya duchado la encuentra como la ha dejado, dormida y sin moverse, y, tirando de ella, la coloca con la cabeza en la cabecera de la cama y los pies hacia los pies de la cama, tapándola a continuación con la sábana y se tumba al lado de ella, durmiéndose enseguida, aunque un último pensamiento ronda su cabeza, lo que le dijo su mujer, que era el vecino el que se la había follado, ¡el vecino!

PARTE III
PARTE IV FIN

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