lunes, 28 de marzo de 2016

Follando a la vecina (y a mi madre también)

Se despierta María, ya es de día y está sola en la cama. Recuerda vagamente a su marido, pero no recuerda ni el qué ni el cómo. Piensa que lo ha soñado, aunque la parte de la cama donde él suele dormir muestra pistas que la indican que él sí ha dormido allí, o al menos alguien. Todavía somnolienta mira la hora y son más de las once, no sabe ni cuantas horas ha dormido, pero sabe que son muchas, bastante más de doce, quizá quince, quince horas seguidas. Las necesitaría.

Recuerda que se tomó un par de pastillas para dormir y, a partir de ahí, nada recuerda. Pero antes, si que recuerda, le viene su memoria el recuerdo de que el vecino y su hijo la violó la tarde anterior, a ella y ¡a su hijo!

Se levanta asustada y se da cuenta que está desnuda, completamente desnuda sobre la cama. Recuerda vagamente que se acostó sobre la cama envuelta solamente en una toalla y que, lógicamente, de moverse en la cama, ésta se debió soltar dejándola en cueros.

La toalla descansa arrugada sobre la cama y la coge, tapándose con ella y anudándosela en mitad del pecho. Camina rápido por el pasillo camino del dormitorio de su hijo, y le encuentra allí, dormido y tumbado plácidamente sobre la cama. Como ella, ninguna prenda cubre su cuerpo. Su verga descansa relajada sobre su vientre. Recuerda que dejó a Mario, su hijo, sobre la misma cama que le encuentra ahora y que también le dio algún somnífero para que descansara. Está claro que también ha hecho su efecto.

Recuerda con inmenso dolor cómo le sodomizaron y se da cuenta que tiene que atrancar la puerta de acceso a la vivienda para que no entren los vecinos que, después de violarla a ella y a su hijo, se llevaron sus llaves.

Corre por el pasillo y, al pasar por la cocina, coge una silla metálica que hay allí, y la lleva a la entrada, colocándola haciendo cuña en la puerta de entrada.

Recuerda que el día anterior colocó esta misma silla como ahora la está colocando y, sin embargo, alguien la quitó y la llevó de vuelta a la cocina. No recuerda que fuera ella, pero ¿quién fue? Y si su marido entró anoche en la casa, ¿quitó él la silla para entrar o alguien la quitó? Duda ya si fue su esposo el que anoche se acostó con ella en la cama. ¿Se la follarían también anoche y ella ni se dio cuenta?

Pensando todo esto se ducha y se sienta para desayunar. Está dando vueltas a la cabeza sobre lo que sucedió anoche y a la amenaza que se cierne sobre ella y sobre su hijo. El vecino y su hijo quieren volver a follárselos y ella, por supuesto, no lo desea, y menos a su hijo, a su único hijo al que sobreprotege tanto como puede.

Encuentra dos alternativas, las dos más lógicas. Una es decírselo a su marido, a Mariano. La otra ir directamente a la policía.

La resulta evidente que su marido no puede enfrentarse físicamente con el vecino, ya que es casi medio metro más bajo, solamente vive para el trabajo, no hace ningún tipo de ejercicio físico y duda que sea algo agresivo, al menos con el llamado sexo fuerte, ya que a ella más de una vez la ha golpeado, especialmente en las nalgas desnudas con su cinturón.

Además tiene bien presente que hace bastantes veranos, poco después de casarse, ellos y la familia de su cuñada, hermana de su marido, habían alquilado un chalet en un pueblo del interior. Lo que parecían roces casuales con su cuñado se convirtieron poco a poco en intensos y reiterados sobes de tetas y culo, especialmente dentro de la piscina donde fue la primera vez que la bajó las bragas y la metió mano entre las piernas. Intentó ella disimular y huir de su cuñado, sin decir nada ni alarmar a nadie, pero la gota que colmó el vaso fue cuando una tarde la acorraló a solas en el jardín y, después de rasgarla por delante el vestido que ella llevaba puesto, la manoseo y chupó las tetas, para arrancarla a continuación las bragas e intentar violarla allí mismo. Por suerte, su cuñada, buscándole, estuvo a punto de pillarles follando, pero él soltó a María y, corriendo, fue al encuentro de su mujer y, disimulando, se fue con ella.

En la cama esa misma noche le empezó a comentar a su marido el tema, del acoso al que estaba siendo sometida, pero antes de que mencionara lo del jardín, su marido, mirándola con furia mal contenida, la atajó diciéndola entre dientes: 
¡No me cuentes tonterías ni cuentos de loca! Tenemos alquilado el chalet hasta final de mes y, por muchas mentiras que me cuentes, vamos a estar aquí hasta el final, que mi buen dinero me ha costado. 

Lo que ya ni le mencionó a su marido ni a nadie es que la noche siguiente, estando ella dormida en la cama, se metió su cuñado entre las sábanas y se la folló. Había dejado en el jardín a su esposo con su cuñado tomando unas cervezas y se fue a la cama, pero no fue su marido el primero en llegar, se le adelantó su cuñado y se marchó antes de que él llegara.

Pero no fue esa la única noche, desde entonces todas las noches de aquel mes de agosto la visitaba en la cama antes que su marido y se la tiraba.

Algo debió enterarse su cuñada, porque ese mismo año iniciaron los trámites para separarse, pero nunca llegó a realizarse ya que antes su cuñado falleció. Oficialmente se cayó accidentalmente por las escaleras de su casa y se rompió el cuelo, aunque no hubo testigos del suceso.

Volviendo su atención al presente se concentra en la segunda opción: ir a la policía y presentar una denuncia. Es una opción que no desea por los problemas que puede acarrearla con su marido, con los dos violadores, con el vecindario, con la familia, con todos. No quiere ningún problema ni que nadie se entere, pero no ve otra forma de pararles. Intentar asesinarles ella misma la parece un estúpida fantasía, ella no puede ni matar a una mosca y menos a una persona.

En ese momento aparece Mario, su único hijo, por la puerta, cruzando somnoliento el pasillo camino del baño. Ahora no va desnudo, lleva un pantalón corto que suele llevar en casa. Espera que orine y, una vez que sale del baño, María le dice que se siente con él, que quiere hablarle. Ya sentado, le pregunta por su estado, si le duele mucho, pero él, adormilado, evade las respuestas, no quiere ni mencionar lo ocurrido el día anterior, pero María se concentra ahora en buscar una solución. Le dice que va a salir a la calle. Primero visitará al cerrajero para que cambie la cerradura de la puerta y luego irá a la policía a presentar una denuncia, por lo que espera que hoy mismo detengan al vecino y a Flash, su hijo. Le dice que, inmediatamente después de que salga ella por la puerta, la atranque para que nadie pueda entrar. Ella se llevará sus llaves para entrar por el portal y, cuando quiera entrar en la vivienda llamará al timbre y Mario, antes de abrir, debe mirar por la mirilla si es ella la que llama.

Muy decidida se encamina a su dormitorio para ponerse la ropa y salir a la calle.

Su hijo, camino nuevamente del baño, se acerca a la puerta del dormitorio de su madre, observando en silencio desde el marco de la puerta, cómo ella, de espaldas a él, se quita la toalla que la cubre, quedándose completamente desnuda y apetecible, y la deja colgada del pomo de la puerta del armario para que se seque. Luego, abriendo el armario, elige unas braguitas blancas y se las pone. Apenas la tapan las sabrosas, respingonas y blancas nalgas.

Toma unos zapatos crema de tacón y, sujetándose levemente al armario, se los pone. Solamente observar la planta de los pies de su madre hace que Mario casi se corra sin ni siquiera tocarse. Verla la planta desnuda de los pies significa en muchos casos verla tumbada, y, si está tumbada, se la imagina siendo follada.

Con los zapatos puestos el culo de María se yergue todavía más, parece cincelado en mármol por el mismo diablo para tentar la lascivia de los débiles seres humanos.

Sin decir nada, el hijo observa especialmente sus macizos glúteos y sus torneadas piernas, notando cómo su pene lleva ya tiempo erecto y duro, levantando por delante la bragueta de su pantalón.

Selecciona María un ligero vestido blanco de verano que la hace parecer una novia en su noche de bodas, una virgen a la que todos desean desvirgar. Se pone el vestido por los pies y, una vez se lo ha subido, lo abotona por delante.

Finalmente un bolsito también crema en el que apenas cabe nada, quizá sus braguitas cuando se las quite o un preservativo para cuando se la vayan a follar.

Viendo como ella se da ya la vuelta para salir, es Mario el que se mete deprisa y corriendo en el cuarto de baño antes de que su madre le pille, pero ésta, a pesar de estar concentrada y asustada con lo que planea hacer, bien que se da cuenta que su hijo la ha debido observar y ahora se encierra en el baño.

Antes de salir, mira por la mirilla de la puerta y, al no ver a nadie, sale de la vivienda, cerrando la puerta a sus espaldas. No escucha ni ve a nadie en el pasillo, por lo que, utilizando el ascensor, llega al portal, saliendo a la calle.

Es un día soleado y caluroso, y poca gente hay en la calle al ser el mes de agosto.

Ha tomado la firme determinación de solucionar la situación y no dejar que la vuelvan a violar ni a ella ni por supuesto a su preciado hijo.

Va primero al cerrajero para que cambie la cerradura de su vivienda pero el local está cerrado por vacaciones.

Volviendo sobre sus pasos, ahora se encamina muy resuelta hacia la comisaría para presentar la denuncia, pero, al llegar a la altura de su casa, encuentra en la esquina a Flash, el hijo del vecino que junto a su padre la violó el día anterior. Él también la ha visto y, sonriéndola, se encamina hacia ella.

Asustada y muy nerviosa, corre hacia la puerta de su portal. Empuja la puerta para entrar, pero ¡está cerrada!

Abre su bolso tan rápido como puede, buscando histérica sus llaves para abrir la puerta. Las encuentra pero, al llevarlas hacia la cerradura de la puerta, sus manos temblorosas no pueden sujetarlas y se le caen al suelo. ¡Chilla al borde del infarto! Y se agacha para recogerlas pero, antes de que las alcance, alguien las recoge del suelo.

Casi al mismo tiempo que las recoge con una mano, mete la otra bajo la falda de María, entre las piernas de ella, y, con las bragas en medio, la toca el sexo, se lo soba.

¡No se lo esperaba María! Al sentir cómo la palpan, sorprendida, pega un brinco y emite un agudo chillido de terror, pero la mano no se despega de entre sus piernas, sobándola la vulva.

Baja ella la cabeza y … ¡es Flash el joven que la mete mano bajo la falda! Está en cuclillas frente a ella, y la comenta, riéndose, sin dejar de sobarla. 
No te reconocía con tanta ropa. Si llevas hasta bragas. Pensaba que te habíamos quitado todas. 

Con el fin de quitarse la mano del joven, María intenta girarse y, bajo la falda, le agarra la muñeca, tirando de ella, pero no tiene ni la fuerza ni la determinación suficiente para lograrlo, simplemente la sujeta como puede.

Cuando siente que los dedos del joven, la retiran las bragas y la soban directamente la vulva, susurra entre angustiada y excitada. 
¡No, por favor, no, aquí no! 

Sin dejar de acariciarla de forma insistente, intentando masturbarla, la pregunta, sonriendo: 
Entonces ¿dónde? 
¡Ay, no, no, por favor, no! 
No te entiendo. Si aquí no, ¿dónde? ¿dónde quieres que te folle? 
¡Ay, ay, no, no! ¡dentro, dentro! 

Una mujer en edad de jubilación que, caminando por la calle, cruza por delante del portal y, al ver cómo meten mano a María, la insulta: 
¡Guarra! 

Con la cara muy colorada, María gira un poco la cabeza para pedir socorro, y ve al aprendiz de frutero, chaval de unos dieciséis años, que está frente al portal, apoyado en un coche, contemplando atónito toda la escena, pero, al ver cómo también una fuerte erección levanta su pantalón, no se atreve ella a decir nada.

La cara de María se pone todavía más colorada, como si fuera un tomate, y Flash, riéndose a carcajadas y sin dejar de masturbarla, vuelve a insistir: 
¿Dónde me has dicho que quieres que te folle? ¿dentro? ¿en el portal? 
¡Sí, sí, por favor, … dentro, … dentro! 
¡Venga, dilo, que te lo quiero oír decir por esa boquita de comepollas! Dilo: “Quiero que me folles dentro” 
¡Aaahhh, aaahhh, sí, sí. Quiero .. que … me .. folles … aahh … dentro! ¡Aaaaahhhhh! 

Y se corre María allí mismo en la calle, sin poder evitarlo.

Flash aprovecha la ocasión y su mano sube de la entrepierna de la mujer al elástico de sus bragas, tirando de ellas, y bajándoselas hasta los pies de un tirón. Desplazando un poco a María se las quita, y, con ellas en una mano, se incorpora y abre con las llaves la puerta del portal para que entre primero la mujer.

Mientras el joven abre la puerta, se gira y mira sonriente al aprendiz que, estupefacto pero con una impresionante erección, no ha se ha perdido detalle. Le guiña pícaro un ojo para lanzarle a continuación las bragas que acaba de quitar a la vecina. Éste las recoge al vuelo sin dejar de observar la escena.

María, avergonzada pero disfrutando todavía de su orgasmo, entra por la puerta sin pensárselo, como si fuera un autómata, levemente empujado por Flash, y, cuando cruza el umbral, la mano del joven la levanta la falda, mostrando sus nalgas al aprendiz y azotándolas sonoramente, a la vez que la anima: 
¡Venga, chochito caliente, entra que tengo que follarte ese enorme culazo que tienes! 

Pero María no se detiene en ningún momento. No quiere recuperar sus llaves, solo quiere huir, subir a su casa y esconderse allí sin que la vuelvan a humillar y a violar.

Ni espera ni llama al ascensor, sino que se acerca corriendo a las escaleras y sube por ellas, huyendo del joven que la acaba de masturbar y avergonzar en público.

Flash no se lo espera y, al verla corriendo por el portal y subiendo por las escaleras, la grita: 
Pero ¿dónde vas corriendo, culo gordo? ¿No esperes ni que te la meta? 

Los tacones de ella resuenan por todas las escaleras, dificultando y aminorando la velocidad de la huida.

Sube el joven deprisa detrás de ella, de dos en dos los escalones, y la alcanza en el tramo de escaleras entre el segundo y el tercer piso, levantándola la falda y dándola fuertes y sonoros azotes en las nalgas. Ella chilla entre angustiada y excitada, casi sin aliento, pero sigue subiendo desesperada.

Las manos de él se meten una y otra vez entre sus piernas, sobándola por detrás la húmeda vulva, pero ella continúa subiendo, hasta que él la agarra con una mano la falda, deteniendo su avance, y con la otra la mete mano a placer entre las piernas.

Chillando ella, se esfuerza por seguir subiendo y de un tirón se le sueltan ruidosamente los primeros botones de la parte frontal del vestido, continuando los otros después, para rasgarse totalmente el vestido por delante, quedándose en la mano del joven, mientras ella ya libre, continúa subiendo tan deprisa como puede, pero prácticamente desnuda sino es por los zapatos de tacón y el diminuto bolso que lleva.

Jadeando sobreexcitado el joven observa asombrado cómo María sube sin ropa por las escaleras y se fija especialmente en sus macizos glúteos que se bambolean y contraen espectacularmente en su subida.

Se detiene un momento extasiado, contemplándola el culo, pero cuando deja de verlo al doblar ella la primera esquina, desciende a la realidad y corre tras ella, dejando el vestido tirado en las escaleras.

La vuelve a alcanzar cuando llegan a su propio piso y esta vez la sujeta por las tetas, parando su marcha y haciéndola chillar. Se revuelve ella, soltándose, pero él la empuja con la intención de llevársela a su propia casa y follársela a placer.

Se sujeta ella con las dos manos al pomo de la puerta de una vivienda para no verse arrastrada, y, aunque Flash tira de ella, cogiéndola por las caderas, por la cintura e incluso por las tetas, sobándoselas a placer, ella aguanta chillando y pidiendo auxilio a voces.

El pomo al que se agarra María es el de la puerta de la anciana señora que ha visto en los dos días anteriores cómo ella bajaba y subía desnuda por las escaleras, y la que escuchó cómo el vecino la amenazaba y humillaba a voces. También ahora la anciana se acerca presurosa a la mirilla para observar lo que está sucediendo.

Flash, a pesar de los esfuerzos que hace, no logra arrastrar a María a su casa, concentrándose ahora en azotarla fuertemente las nalgas con la mano abierta. ¡Zas, Zas! Los azotes resuenan por toda la escalera junto con los chillidos de ella, mientras sus glúteos adquieren un color rojo cada vez más intenso.

Aprovecha el joven que ella está desnuda, con las piernas abiertas e inclinada hacia delante, para meterla mano entre las piernas y comenzar nuevamente a masturbarla. Aun así ella aguanta por lo que Flash se baja en un momento el pantalón que lleva y, cogiendo su enorme verga con la mano, se la mete a María por el coño hasta el fondo.

Ella, al sentirse nuevamente penetrada, jadea ruidosamente y chilla desesperada: 
¡No, no, otra vez no! 

María se agita, entre angustiada y sobreexcitada, intentando desmontar al joven, pero éste la sujeta por las caderas y, una vez la inmoviliza, comienza a follársela con rapidez y energía, escuchándose por toda la escalera los gemidos, chillidos y jadeos de ella, los resoplidos de él, y el repiqueteo continuo de los cojones del joven, chocando contra los labios genitales de María.

Todo esto bajo la expectante mirada de la anciana que contempla a través de la mirilla, en total silencio y a escasos centímetros, toda la escena, a pesar de que la puerta tiembla y cruje por las embestidas del joven.

El agarre de María sobre el pomo de la puerta se debilita y Flash, al percibirlo, la desmonta rápido y bruscamente la suelta las manos, empujándola a continuación otra vez hacia su casa. Como ella todavía se resiste, él la coge en brazos y se la lleva rápido hacia la puerta de su vivienda, pero ella no deja de agitarse y luchar, además de pedir a gritos, cuando puede, que alguien la ayude.

Para abrir con la llave la puerta de la casa tiene que dejar a María en el suelo, sujetándola para que no escape, cogiéndola por la cadera y azotándola las tetas mientras su dueña chilla de dolor y angustia. Sus pechos se bambolean descontrolados, consiguiendo unos tonos carmesí intensos.

Una vez que logra abrir la puerta de su vivienda, la empuja dentro y, ante su denodada resistencia, la coge en brazos, llevándola en volandas al primer dormitorio que encuentra, el de sus padres, no sin antes haber cerrado de una patada la puerta de la vivienda.

Todavía tiene ella fuerza para agarrarse al marco de la puerta para que no la meta dentro, pero, tirando de ella, Flash consigue soltarla.

La arroja bocarriba sobre la cama de matrimonio en cuyo colchón rebota y a punto está de caerse de la cama.

Antes de que se recupere, la coge las muñecas y rápido se las ata juntas a la cabecera de la cama con una media que encuentra de su madre sobre una silla.

Como ella no deja de chillar, el joven la sujeta por la mandíbula y la mete otra media en la boca, acallando sus gritos.

Mientras ella se toma un pequeño respiro para tomar aliento, Flash se quita la ropa sin dejar de observarla y la dice sonriendo ferozmente: 
¡Cuanto más te resistas, mejor, zorra! ¡Ya sabes que no te puedes escapar, que te voy a follar por todos tus agujeros! 

Una vez desnudo se acerca a María para montarla, siendo recibido por un aluvión de patadas que le echan violentamente para atrás. ¡No se lo esperaba!

Del cajón de la cómoda, toma Flash otro par de medias, el más largo que encuentra, y se lanza a un nuevo asalto. Aunque recibe unas buenas patadas, ahora logra sujetarla las piernas, sentándose sobre ellas, y consigue, con gran esfuerzo, atar primero una de las piernas de María a una pata de la cama y luego la otra a la otra pata, dejándola inmovilizada y bien abierta de piernas.

Se levanta de la cama mirando desafiante a la mujer que, sudando desesperada, prueba sin conseguirlo moverse de nuevo y, totalmente indefensa, a merced de la lujuria del joven, emite unos ruidos amortiguados por la media introducida en su boca, que al principio parecen ser gemidos y lloriqueos pero luego se convierten en fuertes y profundos ronquidos, estertores más bien, mientras su rostro adquiere un color muy rojo.

¡Se está ahogando!

Flash se da cuenta y, riéndose, la dice: 
Si te portas bien y dejas que te folle, te quito la media de la boca, sino ya ves… ¡Kaput! Y te follaré una vez hayas muerto asfixiada. 

Y apunta hacia ella el puño con el dedo hacia abajo. 
Entiendes … ¿te vas a dejar follar? ¿sin chillar ni resistirte? 

Ella, sin dejar de emitir ásperos ronquidos, mueve espasmódica, como puede, la cabeza hacia arriba y abajo.

El joven, acercándose a ella, la sujeta la cabeza y la saca de la boca la media.

María tose fuertemente varias veces, lanzando flujos de saliva y flemas por la boca, hasta que poco a poco va recuperándose.

El sudor deja paso a las lágrimas que fluyen copiosamente por las mejillas de la mujer. Intenta controlarse, pero, a pesar de que hace pucheros, no lo consigue, y el joven, al verla, se ríe e imita burlonamente la expresión de su cara, para decirla finalmente: 
¡Ves lo que te ocurre por ser tan puta calientapollas! 

Ella no responde, solamente cierra fuertemente los ojos y llora amargamente en silencio.

Sus lágrimas descienden en torrente por sus mejillas, cayendo de su mentón a sus tetas, a su abdomen y a su vientre, para perderse entre sus piernas y por sus muslos.

El joven, contemplando cómo brilla y resplandece la piel de María por las lágrimas, especialmente sus enormes tetazas, nota cómo su cipote crece y crece sin parar. No puede controlarse y se sube raudo a la cama, colocándose de rodillas a horcajadas sobre la cama, con el pecho de ella bajo sus genitales. Sujetándose a la cabecera de la cama, dirige su erecta y congestionada verga entre los prietos pechos, haciéndose paso poco a poco entre ellos y, una vez penetrado, mediante rápidos movimientos de vaivén, restriega una y otra vez su erecto miembro hasta inyectar, aullando como un lobo, una fuerte y copiosa ráfaga de esperma sobre el asombrado rostro de la mujer que, al percibir la llegada del clímax, cierra fuertemente los ojos y la boca, aunque no con la rapidez necesaria para impedir tragarse parte del disparo.

Aunque escupe con asco la leche derramada, entre sus carnosos y sonrosados labios cuelgan grandes trazos de lefa blanquecina, pero también hasta los ojos han sido afectados, impidiendo abrirlos con facilidad por la gruesa capa que les cubre, así como sus mejillas, nariz e incluso cabello.

Sin dejar de mirarla sarcástico a la cara y después de reposar satisfecho unos instantes, el joven separa con sus manos los melones de la vecina, liberando su pene del lujurioso abrazo.

Los aullidos de Flash, atronando por el patio, despiertan al instante al hijo de María, Mario, que todavía duerme en su cama. Enseguida se da cuenta de que están follando por el patio y lo asocia a su madre, a la que dejó marcharse a la calle tal vez para cambiar la cerradura de la vivienda y para poner una denuncia.

Se levanta rápido de la cama y, moviéndose por la casa, descubre que, efectivamente, otra vez están follando en casa del vecino. Supone que puede ser nuevamente a su madre, pero quiere comprobarlo, además de que le encanta ver follar, especialmente si es a su progenitora.

Sin ni siquiera vestirse, solamente con el calzón con el que ha estado durmiendo, coge una pequeña escalerilla y sale corriendo de su vivienda, tomando en el último instante las llaves para poder volver a entrar.

Desciende por las escaleras hasta el pequeño ventanuco y, subiéndose en la escalerilla que lleva, abre y mira por él hacia la ventana abierta del vecino.

En ese momento ve a Flash que amasa sin piedad las tetas de su madre, exclamando: 
¡Joder, vaya pedazo de melones que tienes, zorra! ¡Cuántas cubanas habrás hecho, puta! 

El joven tira una y otra vez de sus pezones con fuerza haciendo que María chille de dolor, mientras él se ríe.

Satisfecho la desmonta y se baja de la cama, saliendo tranquilamente de la habitación avisando, sin dejar de sonreír, a María: 
No te corras que enseguida vuelvo. Todavía tenemos mucho que divertirnos. 

No tarda ni un minuto en volver, llevando en la mano un plátano y un pepino, y se pone de rodillas sobre la cama, entre las piernas de María, gateando lentamente hacia ella sin dejar de mirar fijamente a los aterrados ojos de la mujer.

Al llegar con su cabeza a la altura de los muslos de María, besa la parte interior de uno de ellos que la hacen estremecer, y, sacando la lengua, recorre a lametazos todo el interior del muslo, subiendo en dirección a la entrepierna de ella que intenta sin conseguirlo cerrarse de piernas.

Un largo lametón a su vulva la obliga, en contra de su voluntad, a chillar de placer. Luego otro lametón, y al rato otro y otro, uno tras otro, como si estuviera saboreando un sabroso helado mientras la mujer jadea y gime de placer. Tumbado bocabajo sobre la cama, separa con sus dedos los labios vaginales, concentrando ahora sus lametones en el interior de la vulva, especialmente en el congestionado clítoris con el que alterna lametones con la punta de la lengua y con toda la lengua.

Cuando ve que la mujer, jadeando y chillando, está a punto de correrse, se detiene y pela el plátano, y, cuando percibe que ella está más relajada, la mete el plátano por la entrada a la vagina, como si fuera una polla, metiéndolo y sacándolo una y otra vez, sin dejar de estimularla el clítoris con los dedos, con la boca y con la lengua.

Otra vez se detiene cuando está María a punto de eyacular y, una vez se ha relajado, ahora la mete el pepino, mete-saca-mete-saca, deteniéndose nuevamente cuando está a punto de alcanzar el orgasmo.

Todo el cuerpo de ella se estremece de deseo y, ansiosa, le chilla con una voz aguda: 
¡Fóllame, por favor, fóllame! 
¡Puta! ¡Te hacías la estrecha pero solo deseas que te la meta hasta el fondo, que te folle sin parar! 

La dice despectivo, sin dejar de sonreírla, y la desata un tobillo, luego el otro, para colocarse sobre ella y meterla su cipote duro y erecto en la vagina, una vagina totalmente dilatada y mojada de fluidos seminales. Nada más metérselo, la dice a la cara: 
¿Te gusta, puta? ¿Verdad, que te gusta que la meta bien metida, hasta el fondo y me corra dentro de ti, como la puta calentorra que eres? ¿Verdad, que sí? ¡Venga dilo, grita lo puta que eres y lo mucho que te gusta que te follen! 
¡Sí, sí, fóllame, por favor, fóllame! 

Y, entrelazando sus piernas a la cintura de él con sus tacones apuntando al techo, comienza a mover el pubis para que se la folle, pero el joven, sin moverse y sin dejar de mirarla a la cara, la dice sonriendo: 
¡Di, que te gusta que te follen, que eres una puta calentorra! 
¡Sí, sí, fóllame, me gusta que me folles, soy una puta calentorra, pero, por favor, fóllame, fóllame, por favor! ¡No puedo más! 

Chilla desesperada. Un fuerte dolor invade su zona genital, totalmente congestionada y excitada, necesitando correrse para aliviarse. 
Eres una puta calientapollas 

La dice el joven despectivo, frotando sin descanso su miembro por todo el interior de la vagina.

Sujetándose en sus fuertes brazos, los estira y se levanta un poco de la cama para verla mejor cara y tetas. Nuevamente comienza el joven a moverse adelante y atrás, adelante y atrás, dentro-fuera-dentro-fuera, imprimiendo un movimiento cada vez más rápido y más enérgico a sus movimientos. No se pierde en ningún momento detalle de los vaivenes descontrolados que sus embestidas someten a las tetazas de María, así como de la cara arrebatada de la mujer que mantienen, disfrutando, los ojos semicerrados y se muerde y lame sus labios húmedos y golosos.

El orgasmo esta vez llega rápido para ella, que, moviéndose como en espasmo, chilla desgarradora tan alto como puede, retumbando en todo el patio del edificio. El joven, sin embargo, no descarga por segunda vez, tiene muy próxima la bestial descarga anterior, y desmontándola, la quita un zapato y luego el otro, dejándolos caer al suelo.

Se levanta de la cama y la suelta ahora las muñecas a María, dejándola encogida sobre la cama, en posición fetal, disfrutando todavía de los coletazos de su clímax, pero no está todavía satisfecha e intenta masturbarse nuevamente, utilizando ahora sus dedos que mete en su vagina y se restriega por su clítoris. 
¡Puta! 

La escupe el joven mientras la mira con sorna y, sujetándola las muñecas, las retira de su sexo y la impide que continúe masturbándose. 
¡Déjame, por favor, déjame! ¡Lo necesito! ¡No puedo más! 

Le suplica ella angustiada, pero él la ordena: 
Ponte las medias que te quiero ahora follar con ellas puestas. 

Cogiendo una media, María se sienta en la cama y se la pone tan rápido como puede, luego coge otra haciendo lo mismo. 
Póntelas bien, puta, que las tienes encogidas y torcidas. 

Jadeando angustiada, María se las sube rápido lo máximo que puede, cubriéndose casi todo el muslo, y las estira, quitándose pliegues y arrugas. 
¡Vale, puta! 

La ordena el joven y se tumba bocarriba sobre la cama, al lado de ella, y la indica nuevamente: 
Encima de mí, móntate encima de mí, puta, que te quiero sobar ese culazo gordo y esas tetazas que tienes cuando te folle. 

Apresurada se incorpora ella de la cama y se sienta a horcajadas sobre el joven, cogiendo con una de sus manos la verga erecta y dura de Flash y se la mete en la vagina.

María suspira fuertemente al sentir dentro el enorme cipote y comienza a cabalgar, lentamente los dos primeros botes para luego incrementar la velocidad y la energía, botando literalmente sobre el miembro del joven.

Todo esto lo contempla Mario, el hijo de María, totalmente empalmado desde el ventanuco de las escaleras.

Sobándose el miembro, observa de espaldas a su madre cabalgando su enorme culazo sobre la enorme polla, que la penetra una y otra vez por la vagina, mascullando con furia, mientras se la menea: 
¡Puta! ¡puta! ¡puta! 

Las manos de Flash la sujetan fuertemente los glúteos, amasándolos, mientras sus ojos no dejan de fijarse en los brincos de sus tetazas, viendo cómo suben y bajan, una y otra vez, con sus pezones duros e hinchados como cerezas maduras.

Choca la cama con la pared y suena como si fuera a romperse en cada salto de María.

Tan concentrada está María follando que no escucha cómo se abre la puerta de la calle y una mujer menuda aparece en el marco de la puerta del dormitorio donde la pareja copula desenfrenadamente.

¡Es Pilar, la madre de Flash!¡La vecina que visita María frecuentemente y con la que mantiene largas charlas informales mientras se toman un café!

Se queda Pilar conmocionada al ver cómo follan sobre su propia cama de matrimonio, hasta que, de pronto, chilla indignada. 
¡Aaaaaghhhh! ¡Fuera, fuera de mi cama! ¡animales, bestias! 

María pega un brinco asustada, saliendo el cipote de Flash de su vagina, y se da cuenta de que la han pillado follando. Se gira y ve a Pilar que, con el rostro desencajado y rojo como un tomate, grita como una posesa, mientras brinca de furia sin moverse del mismo sitio.

Escucha a Flash debajo de ella, riéndose a carcajadas.

Totalmente abochornada, recula hacia atrás, cayendo de culo desde la cama al suelo, pero se pone en pie al momento, sin saber qué hacer, solo quiere huir de allí, sin saber exactamente hacia dónde.

Pilar atónita, al reconocer a su vecina, a la que consideraba su amiga y confidente, exclama a voces: 
¿Tú? ¿María? 

Enseguida se recupera de la sorpresa, y, ante el silencio de María, la increpa a voces: 
¡Serás puta! ¡puta, puta, más que puta! 

María, sin encontrar otra salida, sale corriendo hacia la única puerta que hay, la que está ocupada por la madre de Flash, que la recibe a bofetadas y patadas.

Cubriéndose como puede, encuentra la puerta de la vivienda abierta de par en par y escapa por ella, subiendo corriendo por las escaleras, llevando como única prenda el par de medias.

Flash se incorpora de la cama y, desde el pasillo, observa cómo se aleja la vecina, fijándose especialmente en el sensual movimiento de su culo y la grita, riéndose a carcajadas: 
¡Corre, culo gordo, corre! 

Su madre, fuera de sí, propina furiosa una fuerte patada a su hijo en los genitales haciéndole caer al suelo.

Encogido y retorciéndose en el suelo de dolor, vomita todo el contenido de su estómago, ante los gritos iracundos de Pilar: 
¡Guarro, cerdo, degenerado! ¡Como tu padre, eres como tu padre! 

María en la subida por las escaleras se encuentra de frente con Mario, su hijo, que, totalmente empalmado y con el miembro fuera del calzón, baja en ese momento de la escalerilla en la que está subido, y, sin poder evitarlo, choca con él.

Tan sofocada se encuentra que no lo reconoce y, dándose la vuelta, intenta escapar escaleras abajo pero Mario, muy excitado sexualmente, la sujeta por detrás las tetas, reteniendo su marcha y, atrayéndola hacia él, apoya su verga erecta y dura en las nalgas de ella, intentando penetrarla.

Jadeando muy excitada, María necesita descargar su tensión sexual, por lo que se apoya en la pared que tiene enfrente, se inclina hacia delante, poniendo su culo en pompa y se abre de piernas, dejando que la penetre en la vagina por detrás.

La verga penetra hasta el fondo, ante los fuertes suspiros de madre e hijo, y, moviendo ambos sus caderas, comienza a restregarse adelante y atrás, una y otra vez, por el interior de la dilatada y húmeda vagina. El sonido de los cojones chocando con la entrepierna de la mujer se mezcla con los chillidos y jadeos hasta que una explosión de ambos supone la llegada del ansiado orgasmo.

Todo esto ante la atenta mirada de la anciana vecina que, por la mirilla de su vivienda, contempla atónita e indignada, cómo ahora es el hijo el que se tira a su madre. Sin poder ya aguantar más por el incesto que está presenciando, abre la puerta de su vivienda de par en par, vociferando sinsentidos y se lanza hacia ellos blandiendo amenazadora la escoba.

Un buen par de escobazos devuelve a la pareja a la realidad, que enseguida huyen escaleras arriba.

La puerta, aunque cerrada, se abre con la llave que porta el muchacho y, una vez dentro, María se da cuenta que es su hijo el que nuevamente se la ha follado.

Avergonzada se mete en el baño sin decir palabra, duchándose y limpiándose todos los fluidos y esperma que la impregnan.

Esa tarde madre e hijo no bajan al piso de abajo para que se los follen los vecinos, permaneciendo solos cada uno en su propio dormitorio, con la puerta de la vivienda atrancada para que no entren a violarlos.

Escuchan por el patio cómo el vecino vuelve a su casa por la tarde, y cómo Pilar, su mujer, le recibe, indicándole muy indignada lo que ha encontrado al llegar. 
Copulaban como perros en celo tu hijo y esa mujer, María, la vecina de arriba, encima de nuestra cama, de mi cama, manchándolo todo y estropeándome las sábanas nuevas. ¡Qué asco! 

Escuchan cómo el vecino se ríe a carcajadas para luego mentirla sin dejar de reír: 
¿No lo sabías? Tu hijo lleva tirándose a esa furcia desde hace años. ¿Por qué piensas que bajaba tanto para hablar contigo? ¿Pensabas que quería escuchar tus gilipolleces de loca? Era para ver si estaba solo tu hijo y así poder follar con él. 

Escuchan llorar amargamente a la mujer y al vecino continuar torturándola con sus mentiras. 
¿No te diste cuenta la ropa que llevaba siempre que venía aquí, con esas minifaldas tan cortas y esos escotes tan abiertos? ¿No te fijaste que nunca llevaba bragas ni sostén? ¿No viste cómo se abría de piernas para que la viéramos el potorro o cómo sacaba los pezones de su blusa? Era para calentarnos a mí y a tu hijo. Conmigo no lo conseguía ya que siempre te he sido fiel, ¡jajaja!, pero tu hijo, tan joven y tan tierno, al final sucumbió y desde entonces se la ha estado follando todos los días. 

No quería María escuchar más por lo que cerró la ventana sin hacer ruido, llorando copiosamente sobre su cama, pero su hijo aún aguantó más tiempo escuchando, hasta que el vecino, después de humillar cruelmente a su mujer con sus palabras, la propinó una buena paliza y la violó sobre su cama, sobre las sábanas limpias recién puestas, mientras la gritaba despectivo: 
¡No vales ni para follar ni para puta! ¡Vieja loca sucia y asquerosa! 

Esa noche volvió Mariano, el marido de María, del trabajo. Muy tarde y muy cansado y cabreado, como es últimamente en él lo habitual, aunque hoy venía especialmente furioso. El proyecto en el que ha estado trabajando desde hace meses, con jornadas de más de quince horas diarias y perdiéndose vacaciones y fines de semana, había llegado a su fin y las medallas se las habían dado, como es lo acostumbrado, a los no participantes, y a él le habían simplemente ignorado cuando él había llevado realmente todo el peso del trabajo.

Está esperando el ascensor, concentrado y cabizbajo, cuando llega el vecino, el mismo que ha violado reiteradamente a María y a su hijo. Viene éste ebrio y eufórico del bar después de haber insultado y abofeteado a uno del barrio ante la acobardada mirada y el silencio cómplice de todos los presentes.

Al ver a Mariano, tan pequeño, tan insignificante, siempre concentrado y con aspecto de eterno cabreado, no se le ocurre otra cosa que darle una palmadita en el cogote y decirle socarrón: 
Pero ¿de dónde vienes a esta hora, enano cabezón? ¿No sabes que has dejado sola tu mujer todo el día y que nos la hemos estado pasando por la piedra todo el barrio? 

Y se carcajea, exclamando eufórico y hasta cerrando los ojos por el placer que siente al humillar: 
¡Cómo folla la muy puta! ¡Cómo mueve esas tetonas y ese culazo cuando nos la tiramos! ¡Se nota que está muy, pero que muy necesitada de un buen pedazo de rabo, no cómo el tuyo, escuálido y deforme! 

En ese momento a Mariano se le enciende una luz roja y recuerda lo que anoche le dijo su mujer y a la que no dio ningún crédito, que la había violado el vecino, ¡el vecino! , ¡el mismo que ahora le insultaba!

Toda la rabia concentrada de meses aguantando cómo le dan por culo de forma reiterada en el trabajo miserable que tiene se descarga en un potente gancho de derecha a los cojones del vecino que, no esperando que alguien se atreviera a enfrentarse, lo recibe de lleno y se dobla incrédulo de dolor hacia delante, para recibir un fuerte rodillazo en el mentón, rompiéndole al momento la mandíbula y arrancándole cuatro muelas de cuajo. Cayendo inconsciente hacia atrás, choca su nuca contra el macetero de mármol que hay en el portal, matándole al instante.

Ni una sola mirada le dirige Mariano, que ahora impasible, se monta en el ascensor subiendo a su casa como si no hubiera ocurrido nada. No es la primera vez que lo hace ni supone que será la última, pero ¡qué bien se ha quedado! ¡tan relajado y tranquilo! Ahora solo queda follarse a la María para poder volver mañana al curro con las pilas recargadas.

Esa misma noche la policía detuvo al borracho al que el vecino abofeteó en el bar, pero no tardó mucho en soltarlo por falta de pruebas. Dieron el caso por cerrado, al ser tantos los enemigos que tenía el fallecido. Nadie lloró su muerte y nadie asistió a su entierro, dejando tras de sí un suspiro de alivio.

PARTE III
PARTE IV FIN

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